El Lobo Espada de la Llama Rutilante
Capítulo 2
El Lobo Espada de la Llama Rutilante
Sección 1
Todos encuentran divertida una pelea a muerte cuando su propia vida no está en riesgo.
Podía parecer algo extremo de decir, pero desde su perspectiva, tenía un claro toque de verdad. No era algo que de qué reírse como si fuera una tonta exageración.
Oyó vítores salvajes desde arriba mientras rodaba por el duro suelo. Los vítores se convirtieron en abucheos por su torpe huida, pero a él le daba igual.
—¡Después de todo, aquí yo soy el que está arriesgando su maldita vida aquí! —escupió eso, acompañado de una flema, antes de levantar la enorme espada que tenía en la mano derecha.
Fue suficiente para detener a su oponente, que estaba a punto de seguir con un golpe con las manos descubiertas. El hombre pálido y calvo que se le acercaba adoptó una postura floja, con ambos brazos colgando mientras sonreía en un gesto de burla.
El calvo no empuñaba armas, una elección inusual en este lugar. Pero, en cierto sentido, algo mucho peor que cualquier espada o lanza residía en los brazos oscilantes del hombre.
Existía una técnica llamada Mano Venenosa. Un método de asesinato que consistía en empapar la mano en veneno y almacenarlo hasta el momento justo antes de la muerte. Con el tiempo, la toxina impregnada se acumulaba en las uñas, lo que significaba que el más mínimo rasguño podía matar a un enemigo. Los dedos y las uñas de color rojo púrpura del hombre calvo eran la prueba de que poseía esta técnica.
—Parece que tenemos a un shinobi que falló un asesinato importante.
Las manos y la inquebrantable disposición del hombre para matar bastaban para adivinar su historia.
Los shinobi eran asesinos que se habían sometido al entrenamiento más riguroso posible y a un aumento inimaginable de sus capacidades físicas. Algunas personas dudaban que en verdad existieran, decían que solo eran una leyenda urbana, pero de ser así, eran una leyenda urbana en la que valía la pena creer. Eran contratados por los grandes y poderosos como tropas de élite en el juego de matar o morir en el que vivían esas personas. No se sabía cómo había terminado este aquí, pero ahora estaba atrapado, así como los otros.
Porque esto era…
—Un pequeño y repugnante agujero llamado Ginunhive, la Isla de los Gladiadores, donde sus cautivos se ven obligados a pelear entre sí.
Los gladiadores eran literalmente esclavos, y ese era el estado de los dos hombres que luchaban en ese momento. Esas palabras representaban lo más bajo de lo más bajo; cada día, gran cantidad de su sangre se derramaba, muchos de sus huesos se rompían y varias de sus vidas se perdían. Y esta, la llamada «Isla de los Gladiadores», donde estas peleas a muerte se consideraban entretenimiento, era el lugar perfecto para que las horribles multitudes de súbditos imperiales saciaran su sed de sangre. Era el tipo de lugar que uno esperaría encontrar naturalmente en una tierra tan brutal como el Imperio de Vollachia
—¡No es que eso haga que sea mejor que ellos nos manejen como títeres! —gruñó el hombre, levantándose lentamente, con la pesada espada en una mano.
El peso del arma hacía que no se pudiera blandir con una sola mano durante mucho tiempo, pero, por desgracia, el hombre no tenía otra opción más que confiar en su mano derecha para pelear.
Su mano izquierda, que de otro modo lo habría ayudado, ya no estaba.
—…
Su largo y alborotado cabello estaba recogido detrás de la cabeza, para poder mirar a su oponente con unos ojos que algunos calificaban de malvados. Era lo único que podía hacer para mantener al enemigo a raya. El hombre manco dio un suspiro. No era que su brazo fuera una pérdida recientemente. Había sucedido en un pasado lejano y tenía tiempo que se había adaptado a cómo afectaba su equilibrio. Aun así, cuando peleaba contra oponentes con los que debía de tener cuidado, como este, a veces seguía sintiéndolo como una pesada carga.
—Lo que significa que no puedo alargar esto —dijo—. ¿Qué dices, señor Potencial-Shinobi? ¿Qué te parece si colaboramos para que nos «descalifiquen» en este juego?
—¿Descalificar…?
—Oh, ¿te interesa?
El hombre de la Mano Venenosa levantó una ceja con cautela. Intuyendo su oportunidad, el hombre manco prosiguió.
—Es fácil: yo sigo huyendo de ti y tú sigues atacándome, pero sin golpearme. Si esto se sigue alargando, los espectadores y el propietario empezarán a impacientarse. Hay posibilidad de que tengan a mano una mabestia o algo así que enviarán para que la cosa avance. Y entonces no tendremos que pelear entre nosotros, solo contra la criatura.
—Y si la derrotamos juntos, sobrevivimos otro día. ¿A eso te refieres?
—¡Seh, esa es la idea! Ahh, Es genial encontrar un tipo con el que se pueda hablar por una ve… ¡¿Aghh?!
Justo cuando el hombre manco sonreía y pensaba en lo fácil que estaba resultando la conversación, la Mano Venenosa dio un azote con sus afiladas uñas. El hombre manco logró esquivarlo, rodando hacia atrás para alejarse de su oponente.
El hombre calvo se burló de él, diciendo:
—No seas estúpido —dijo—. ¿Trabajar contigo para pelear contra una mabestia? ¿Dónde tal vez muera en el proceso? Cualquiera que tuviera que elegir entre un manco y una mabestia elegiría al lisiado. Y yo no soy la excepción.
—Oye, mira, sé cómo te sientes, ¿okay? Pero como compañero humano…
—Además, esta es mi oportunidad para mostrar las habilidades que he perfeccionado. Y no soporto que alguien me impida divertirme.
—¡Oh! Lo siento. No me había dado cuenta de que eras uno de esos asesinos natos. Supongo que vemos las cosas de forma demasiado diferente como para entendernos.
Le hubiera gustado rascarse la cabeza por la vergüenza, pero en el momento en que bajara el brazo, su única defensa, recibiría un golpe mortal. Se conformó con suspirar, y entonces la Mano Venenosa de su oponente se movió.
Lo sintió venir, o más bien, supo que iba a venir. Empezaría con la mano venenosa derecha y, si la esquivaba, el hombre golpearía con la izquierda… No, solo aparentaría. Sería una finta. Atacaría con la pierna: su carta de triunfo no era una Mano Venenosa, sino un Pie Venenoso. Algo bastante complicado.
Pero un truco ya no podía sorprender si se sabía cómo se hacía.
—¡…!
Con un agudo suspiro, el hombre manco esquivó el gancho derecho de su agresor, pero incluso cuando vio el brazo izquierdo moverse en el borde de su visión, levantó su espada para encontrarse con la pierna giratoria del hombre. El filo se clavó en la pierna, justo en la rodilla, cortándola y salpicando sangre oscura por todas partes. Algunas gotas salpicaron al hombre manco, que tuvo que esperar que al menos la sangre de su enemigo no fuera tóxica.
—Tuviste mala suerte… o más bien, tus estrellas eran malas —dijo el hombre manco, y entonces la cabeza del perdedor salió volando por los aires, aún con una expresión de incredulidad.
Sección 2
—Otra vez casi no la cuentas, ¿eh?
—Oye, me encantaría tener más victorias fáciles. Pero estos viejos huesos han visto más de treinta años, y con un solo brazo, estas pequeñas y torpes victorias son lo mejor que puedo conseguir.
El hombre manco se retiró de la arena, que aún resonaba con los vítores, a través de un pasadizo reservado para los gladiadores. Se encontró con uno de los guardias —en realidad, carceleros— que estaban posicionados alrededor del coliseo. Se encargaban de supervisar a los esclavos que proporcionaban el entretenimiento, y los gladiadores a veces se referían a ellos cariñosamente como esclavistas.
Muchos de los guardias trataban a los esclavos con desprecio, pero este —llamado Auran— era inusual, ya que era casi amistoso con los gladiadores. Con su actitud jovial, era muy cuestionable que fuera apto para el servicio de guardia, pero resultaba evidente lo suficientemente bueno que era en ello como para haber permanecido en su puesto durante los últimos años, y él y el hombre manco tenían cierta cercanía. De hecho, parecían más amigos que guardia y gladiador.
—Aquí tienes —dijo el hombre manco, lanzándole su arma manchada de sangre a Auran.
A los gladiadores no se les permitía portar armas excepto en la propia arena, y fuera del recinto de combate debían llevar esposas. Aun si tales restricciones fueran puramente decorativas para una persona manca.
—Bien, ya están puestas las esposas —dijo Auran. Después añadió:— ¿Sabes? me alegro de que hayas sobrevivido hoy. Tal vez no debería decirlo, pero había algunos rumores desagradables sobre ese tipo con el que estabas peleando. Sujetó a un par de guardias por el brazo y ambos murieron. Todos afirmaron que fue un accidente, pero…
—Pero que un usuario de Mano Venenosa tenga un «accidente» es casi como decir que les cortó la cabeza con su propia arma, ¿no?
—Es cierto. Pero no tenemos muchos de su tipo que piensen así. Era alguien que intimidaba demasiado como para hacerle muchas preguntas. Agh, aquí la vida de los guardias es tan barata como la de los gladiadores. No le digas a nadie nada de eso, ¿eh? —sonrió Auran débilmente; en verdad no tenía madera para trabajar de guardia. O tal vez el trabajo de guardia no le quedaba, quizás era Ginunhive. Probablemente era el Imperio de Vollachia.
El imperio premiaba las virtudes tangibles: convicción inquebrantable y la voluntad de llevar su propia vida al límite en una pelea. Los corazones blandos y la compasión generosa no ganaban ningún respeto aquí. Podía ser duro vivir con gente que tenía una visión tan rígida del mundo. Pero así era el Sacro Imperio de Vollachia.
—Bueno, ¡aun así es mejor que ser un gladiador como yo!
—Eso no es gracioso… Ah, oye, no intento decir que la única razón por la que me alegra que ganaras es porque el otro tipo era un pendejo. Es porque tú eres alguien bastante decente.
—Oye, ten cuidado. Si te pones demasiado sentimental, terminarás siguiendo mi route.
—¿A qué te refieres con «route»?
—Ah, olvídalo. Vámonos de aquí.
El hombre manco le dio un ligero golpe a Auran, aún confundido por el vocabulario desconocido, dándole una palmada en el hombro mientras intentaba que se pusieran en marcha. Por un lado, no le interesaba mucho quedarse allí platicando, pero por otro, ese pasadizo conducía a la arena. Lo que significaba que, tarde o temprano, los gladiadores del siguiente combate pasarían por allí…
—Ohhh, vaya. Me preguntaba quién podría estar revoloteando por aquí… Si no es mi dulce y pequeñito Al.
—Agh…
Esto era exactamente lo que deseaba evitar: un encuentro con la siguiente competidora. Al sintió que su boca se torcía en un gesto de disgusto.
—Oh, vaya, vaya, vaya —dijo la nueva gladiadora cuando lo vio, con una voz que sonaba como un cascabel. Se acercó a él luciendo como si la estuviera pasando a lo grande, con su largo y alto cuerpo meciéndose al caminar—. ¡«Agh», dice! ¡Qué terriblemente cruel! Y yo que pensaba que éramos amigos…
—Tranquila. Tendría un montón de problemas si fuera por ahí diciendo que somos amigos. Lo mejor que se puede decir de nosotros es que somos conocidos que de vez en cuando se detienen a charlar.
—¡Jejeje! Dices cosas tan graciosas, dulzura.
La mujer, con una sonrisa y una risa bastante bonitas, era alta y tenía el cabello oscuro y muy corto. De hecho, era inusualmente alta para este mundo, ya que medía más de un metro ochenta. Contaba con la fortuna de una figura perfecta, con curvas justo donde una mujer las querría, y las lucía con orgullo con un atuendo que dejaba ver mucha piel. En combinación con su rostro anguloso, todo ello la hacía parecer una escultura escapada de un museo de arte.
Pero había algo en ella que era mucho más memorable que su llamativa apariencia: sus brazos. Lejos de ser tan largos como sugería su complexión ectomorfa, ninguno de ellos se extendía más allá del codo.
En consecuencia, se enfrentaba a una desventaja aún mayor que Al con su único brazo, pero era la flor que había florecido contra esta adversidad. Los espectadores no le gritaban ni la abucheaban desde la primera fila, sino que quedaban embelesados. Ella misma era el evento principal aquí, en la Isla de los Gladiadores de Ginunhive.
—Te estoy muy agradecido, Hornet, de verdad, pero pensemos en nuestras respectivas posiciones aquí. Si una hormiguita como yo se pusiera a tu lado, sería arrastrado por el viento.
—Oh, por favor, no digas cosas así. Harás que me ponga triste. Después de todo, eres mi gran, graaan mejor amigo.
—«Graaan mejor amigo», ¿eh? Supongo que eso significa que todos los demás están muertos.
—¡Jejeje!
Dada la alta tasa de reemplazo en esta isla, uno podía ascender en la jerarquía de la vida de los gladiadores con una prontitud sorprendente. El hecho de que Hornet no lo hubiera corregido a Al resultaba de algún modo entrañable.
Entre su apariencia inolvidable, su forma de hablar y su comportamiento, Hornet tenía una manera de captar la atención de la gente y no soltarla nunca. Efectivamente era como su homónimo: dos o tres picaduras de su veneno y la vida de uno podría terminar. En comparación con una toxina como esa, la Mano Venenosa contra la que Al se había enfrentado unos minutos antes era como un juego de niños.
—Señora Hornet, ya casi es la hora…
—Oh, ya lo sé. ¿Si me haces el favor?
Creíble o no, era uno de los guardias quien se dirigía a ella con ese tono deferente. El compañero de Auran se arrodilló ante ella y le quitó los grilletes de los pies, que llevaba en lugar de esposas. Pero el gesto era el de un hombre inclinándose ante su reina.
Esta capacidad innata para hacer que los demás se postraran ante ella fue lo que la hizo ganar su apodo, la Emperatriz Gladiadora.
—Bueno, espero que tengas otra de tus encantadoras y elegantes peleas, ¿eh? —bromeó Al. Eso hizo que se ganara una mirada de odio del guardia que acompañaba a Hornet—. Oh, qué miedo —dijo ante la mirada.
El guardia se había convertido en un seguidor de Hornet de hueso colorado; probablemente no habría dudado en atacar a Al si ella se lo hubiera ordenado. En cambio, ella lo detuvo.
—No seas tonto. Vamos, querido, ahora, mis brazos.
—Sí, señora —aún arrodillado, el guardia asintió y, desde el fondo del pasadizo, apareció un carcelero de bajo rango, con la cara cubierta con un pañuelo, tirando de un carro que transportaba dos espadas enormes. Cada una era casi tan larga como la altura de un adulto, pero las empuñaduras tenían una forma muy extraña. Era normal, ya que estas armas eran exclusivamente para uso de Hornet.
—¡Yyy allá vamos! —dijo Hornet con languidez, girando sus brazos acortados hacia las espadas.
Los muñones encajaron perfectamente en las empuñaduras vacías, acomodándose con un clic audible. Entonces, los músculos de la mujer se tensaron y levantó las enormes espadas con facilidad, a pesar de que cada una parecía pesar más de cien kilos. Una persona normal ni siquiera habría sido capaz de levantar una, y mucho menos manejar dos al mismo tiempo. Eso era lo que hacía que su estilo fuera completamente único, y lo que la convertía en la luchadora más fuerte de la Isla de los Gladiadores.
—¿Al menos no vas a ver cómo peleo antes de que te vayas, dulzura? ¿Por favor, por favor, Al? Ya que estás aquí, quiero dedicarte mi victoria de hoy a ti y solamente a ti.
—¡Gracias, pero no, gracias! —No pudo resistirse a hacer otra broma a pesar de la mirada de odio del guardia de Hornet.
Aun así, Hornet volvió a sonreír y pasó junto a él para entrar en la arena. Un momento después, se escuchó un fuerte vítor: ella había entrado en el ring y el público enloqueció.
—Muy bien. Voy a regresar bajo tierra a dormir un poco.
—¡¿Qu…?! ¡Cómo te atreves a ignorar así a la señora Hornet! —espetó el guardia.
—¿De qué demonios estás hablando? Le dije en la cara que no iba a verla. Y ella smiled ante eso. Para mí, esa respuesta es suficiente. ¿Me equivoco? —Al le lanzó al guardia enojado una mirada dura y severa y vio cómo el hombre retrocedía, intimidado.
Estaba recién salido de una pelea, acababa de arriesgar la vida. Al parecer, eso bastó para que se le calentara la sangre. El guardia había visto a Hornet sonreír y dejar pasar el comentario de Al, así que no tenía motivos para insistir en el asunto. Solo podía permanecer en silencio, aunque no pareciera muy contento al respecto.
—¡Maldita sea, ella sí que sabe cómo mantenerte alerta! Difícilmente se comporta como una gladiadora, ¿verdad? —dijo Al.
Mientras pasaba junto al silencioso asistente de Hornet, alejándose de la arena, Auran se puso a su lado. Prácticamente se había vuelto invisible desde el momento en que Hornet apareció, y había sido la decisión correcta.
Para bien o para mal, lo mejor que se podía hacer por uno mismo era no toparse nunca con Hornet. Si se interesaba en uno, era peligroso, y si no lo hacía, tampoco era especialmente seguro. Esa era una regla no escrita en la isla.
—Oye, al menos parece que le caes bien, Aldeberan —dijo Auran sin malicia.
—Ya basta, Auran. Creo que ya te lo dije, pero… —el hombre manco, Aldeberan, le guiñó un ojo al guardia—. Llámame Al. Sabes que odio mi nombre completo.
Sección 3
Ginunhive, la Isla de los Gladiadores, yacía en el extremo occidental del Imperio de Vollachia, tan completamente rodeada por un lago que bien podría haberse llamado la isla del agua implacable.
La única forma de llegar a la isla era a través de un único puente, específicamente, un puente levadizo que normalmente se mantenía subido y era intransitable. La entrada a la isla —así como la salida de ella— estaba estrictamente controlada, y la razón de este aislamiento casi total de los habitantes de la isla era bastante simple: no se podía permitir que los gladiadores salieran de ella.
Los gladiadores eran exactamente lo que su nombre indicaba: esclavos a los que se les permitía tener espadas. No obstante, solo se les permitía poseerlas durante sus combates a muerte en la arena situada en el centro de la isla, combates organizados para el entretenimiento de los espectadores que venían de fuera. En términos más francos, la isla era el escenario de un espectáculo retorcido en el que se exhibía a los gladiadores mientras se mataban entre sí.
La mayoría de los gladiadores eran criminales o personas a las que no les había quedado otra opción más que venderse a esta vida cuando no podían pagar una deuda. Aun así, alguna vez después de mucho tiempo, alguna persona desafortunada que no tenía adónde ir era capturada y traída aquí. Independientemente de su procedencia, una vez que caían en la condición de gladiadores, todos querían lo mismo: sobrevivir un día más matando a sus oponentes. Eso era todo.
—He estado pensando algo, Al. ¿De verdad crees que podemos seguir con esto?
Bajo tierra, debajo de la isla, había unos dormitorios donde se alojaban los gladiadores. No obstante, «vivir» era un término relativo; no había comodidades ni detalles que hicieran el lugar más acogedor. Era solo un espacio en el que los esclavos podían existir.
Cada uno de ellos reclamaba un lugar para acampar allí abajo y pasaba las horas de ocio hasta que los llevaran a pelear de nuevo. Al no era una excepción.
Simplemente estaba recostado en su cama, agradecido de haber llegado allí un día más…
—Oye, ¿Al? ¿Me estás escuchando? ¡Holaaa, Al!
—… —Frunció el ceño ante la voz dulce y melosa del hombre para después darse la vuelta en el duro suelo.
Dar la espalda a la otra persona se suponía que era una señal de que no estaba interesado en hablar, pero el hombre no pareció entenderlo.
—Oye, vamos —dijo, sacudiendo el hombro de Al—. Te lo digo, tienes que escucharme. ¡Estoy hablando de algo verdaderamente importante!
—No te estoy escuchando, ¿y acaso te mataría empatizar con alguien? Acabo de terminar un trabajo y estoy cansado. Quiero irme a dormir. Es mi único maldito placer.
—¿Otra vez con eso? Sabes que hay cosas que disfrutar en esta isla además de dormir. Después de todo, eres muy popular, Al —el hombre sonrió y señaló con la barbilla a unas figuras que se veían a lo lejos.
Eran mujeres con ropa provocativa y, aunque oficialmente eran gladiadoras, servían como prostitutas de la isla. Nunca —bueno, casi nunca— eran convocadas para pelear en la arena, sino que se esperaba que estuvieran disponibles como desahogo para los demás gladiadores.
La idea de ser «popular» entre ellas era más mérito del que Al se atribuía a sí mismo…
—Agh —fue todo lo que dijo.
—¡Buah! Al, no puedes hacer e… ¡Eso es demasiado grosero! ¡Estamos hablando de mujeres hermosas! ¡Nadie tiene un trabajo mejor que el otro!
—No estoy discriminando por lo que hacen. Es… como, una especie de sentimiento —Al frunció el ceño, luchando contra la sensación de náuseas que le provocaba esta ráfaga de críticas.
Podía agarrar a las mujeres y jugar con ellas, eso seguro. Lo saludarían con la mano, le sonreirían, cada una de ellas buscando su próximo truco. Algunas de ellas estaban destrozadas por los clientes que encontraban. Eran mujeres a las que no se les había tratado con amabilidad.
Pero incluso en ese lugar, intentaban vivir lo mejor que podían. ¿Quién era para tratarlas como si fueran menos que él?
—No te sientes muy cómodo con las mujeres, pero siempre eres respetuoso con ellas. No es de extrañar que les gustes, Al.
—No tienen mucho para elegir. Si tuvieran más opciones, no le darían una segunda oportunidad a un vejestorio como yo.
—¡Ojojo, no te andas con rodeos! Pero eso es una de las cosas que me gustan de ti, Al —el hombre, de una belleza escandalosa, le sonrió. Al suspiró, sin saber muy bien qué hacer con la actitud aduladora del hombre.
El chico lindo de cabello largo y gris —que se llamaba Ubilk— había sido traído a Ginunhive como gladiador cinco años atrás. Era guapo y delgado, pero no era excepcionalmente talentoso. De hecho, era tan poco apto para pelear como cualquiera; era obvio que acabaría aniquilado a los pocos minutos de entrar en la arena. Entonces, ¿cómo había sobrevivido cinco años allí? De la misma manera que aquellas mujeres.
Puede que Hornet fuera la más famosa de las gladiadoras, pero no eran pocas las mujeres que demostraban ser luchadoras capaces en el ring. El trabajo de Ubilk consistía en satisfacer a varias de ellas, al igual que las prostitutas lo hacían con muchos de los gladiadores. Sus habilidades en «ese» sentido eran las que lo habían mantenido con vida todo este tiempo.
—Entonces, Al, regresando a lo que te estaba diciendo…
—¿No me oíste? No estoy de humor para charlar.
—Oh, no seas así. Tengo una invitación especial directamente de la propia Emperatriz.
—Entonces ahora estoy menos interesado —dijo Al frunciendo el ceño de forma exagerada; era una cara que no quería ver y un nombre que no quería oír por un tiempo.
Ubilk sonrió ante eso.
—¡Guau, estás hablando así de Hornet! Nada te asusta, ¿verdad, Al?
—No seas ridículo. Ya me viste hace unos minutos. Me aterran las mujeres, lo que incluye a Hornet. QED.
—¿Cuu eeh, qué? ¿Otra de esas palabras raras de tu tierra natal, Al? ¡Nunca entiendo lo que significan! —dijo Ubilk al inclinar la cabeza, tratando de captar el extraño vocabulario de Al.
Al no tenía intención de desviarse del tema para explicarlo. Ubilk, perfectamente acostumbrado a ese comportamiento, no lo presionó para que lo hiciera. Por desgracia para Al, eso no implicaba que iba a dejar de hablar.
—Vamos, tan solo escúchame. O si no, puede que Hornet me aplaste la próxima vez que me haga el amor. Y eso te haría sentir bastante culpable al respecto, ¿o no?
—Agh, por todos los… Si te escucho, ¿prometes no molestarme durante mi hora de dormir? Si puedes hacerlo, te daré unos cuantos minutos para que hables.
—¡Ja, ja! Eres tan simpático, Al. Es una pena que no sepas tratar con las mujeres.
—Ya cállate —gruñó Al, ignorando las burlas de Ubilk y exigiéndole que se diera prisa y hablara de una vez.
Finalmente, Ubilk fue al grano. Diciendo:
—Se rumorea que muy pronto habrá un gran evento aquí, en la arena. Los peces gordos de todo el imperio estarán allí.
—¿En serio? No habían hecho algo así en años. ¿Por qué ahora?
—Es porque… Ya sabes. El emperador de Vollachia murió y ahora tenemos uno nuevo. En otras palabras, todos los candidatos imperiales murieron.
—¿Todos están muertos, así que tenemos un nuevo emperador? Ah, te refieres a que el último candidato superviviente se convierte en emperador. Seh, supongo que eso implicaría que los demás ya no están con nosotros.
La explicación de Ubilk dejaba mucho que desear, pero Al era lo suficientemente inteligente como para entender lo que quería decir. Le guiñó el ojo en silencio.
Incluso aquí, en esta isla aislada, habían oído hablar de la muerte del emperador del Sacro Imperio de Vollachia y del llamado «Rito de Selección Imperial», que se llevaba a cabo para elegir a su sucesor. Fuera cual fuera el evento que se avecinaba, debía de ser una celebración del nuevo gobernante.
—Probablemente ni se caigan tan bien entre ellos, pero supongo que incluso así organizan una fiesta en momentos como este. Aunque apuesto a que no es una muy buena noticia para los de nuestro tipo.
—Un gladiador con diez años de experiencia tiene un nivel diferente, ¿no es así? ¡Tienes mi respeto! —dijo Ubilk, en parte en serio y en parte en broma.
Al chasqueó la lengua y dijo:
—Tsk. Basta. Pensar en toda mi «experiencia» solo va a deprimirme.
Reflexionando sobre ejemplos de su pasado, Al sabía que la celebración de un nuevo emperador probablemente conllevaría combates a muerte de algún tipo «especial». Las reglas habituales de uno contra uno se modificarían o se eliminarían. En al menos en un caso, diez esclavos se habían enfrentado a una gigantesca mabestia capturada especialmente para el espectáculo.
—La lucha contra esa avalancha de mabestias hace cuatro años… Esa fue la más difícil. Sin Hornet, todos habríamos muerto allí mismo. Los cuernos de esa cosa siguen decorando el salón principal.
—Sin duda, una batalla digna de los libros de historia. Lástima que Hornet y tú fueran los únicos que sobrevivieran.
—Seh, y eso fue lo que hizo que Hornet empezara a fijarse en mí.
Hasta ese momento, ella lo había considerado un fantoche sin remedio, pero su afortunada supervivencia a aquel encuentro infernal despertó su interés, para gran disgusto de Al. Ahora intentaba acercarse a él cada vez que se cruzaban. Ella era verdaderamente la autora de sus peores pesadillas.
Y aun así, no era como si él no le debiera nada: ella era la razón por la que había sobrevivido a esa brutal batalla cuatro años atrás.
—Pero a veces, cuando no puedes con algo, no hay nada qué hacer. Entonces, ¿qué pasa? ¿Qué quiere Hornet?
—Nada complicado, lo prometo. Va a ser un evento grande y especial, así que habrá montones de personas que normalmente no vienen. Y eso significa…
—… —Al no dijo nada.
Ubilk bajó la voz hasta que fuera casi un susurro, diciendo:
—Podríamos secuestrar a alguien importante, tal vez incluso a un gran conde o alguien de mayor rango. ¡Entonces podríamos exigir nuestra libertad!
Al volvió a hacer una mueca de dolor. Por audaz que pudiera parecer, para él no era novedad.
—En verdad que ustedes no saben cuándo rendirse, ¿verdad? ¿Cuántas veces le dieron vueltas a esa idea?
No era la primera vez que Ubilk le planteaba esa fantasía extraordinariamente improbable, y Al empezaba a hartarse.
Ubilk no estaba solo; muchos de los gladiadores de la isla tramaban en secreto sus intentos de conseguir la libertad. Mientras estuvieran allí, ningún gladiador tenía la seguridad de que llegaría el día siguiente.
Era lo más normal del mundo desear la libertad. No obstante…
—Te aseguro que cientos, tal vez miles de personas han fantaseado con ese mismo sueño antes que tú. ¿Y sabes cuántos han escapado? ¡NI UNO SOLO! Es una idea ridícula e imposible, ya vete de aquí.
—Créeme, lo sé. Pero eso es porque ellos no lo planearon lo suficiente o no lo hicieron de forma correcta. Esos planes siempre iban a fallar, y justo lo hicieron.
—Supongo que es una forma de verlo —Al no estaba en desacuerdo con Ubilk, pero todos pensaban en términos ideales cuando planificaban. El argumento de Ubilk no fue suficiente para superar la falta de interés de Al sobre el tema—. De todos modos, no creo que Hornet acepte nunca una mierda de ese tipo. A la Emperatriz le gusta estar aquí. Es una berserker. Vive para la lucha.
Hornet vivía sin impedimentos y no le faltaba de nada; había encontrado un lugar donde podía satisfacer todos sus caprichos. Al no veía por qué iba a renunciar a un trato tan excepcional. Lo cual, a su vez, hacía que toda la idea de que la invitación proviniera de Hornet resultara profundamente sospechosa.
—Ya te descubrí. Si te disculpas ahora mismo, quizá te perdone —dijo Al.
—¡Jajajaja! No te pareció, ¿eh? Se ve que le agradas a Hornet, Al, así que pensé que quizá podrías hablarle un poco sobr… ¡Ay!
—Solo dije que «quizá» te perdonaría —Al le golpeó la cabeza con sus nudillos al joven de aspecto inocente, Ubilk, lo que provocó que se le llenaran los ojos de lágrimas, para luego apartarlo de un empujón.
Ahora Al estaba mucho peor que antes de entablar la pequeña conversación con Ubilk. No obstante, probablemente valía la pena prestar atención al hecho de que habría un gran evento en la isla, y que sería pronto. Especialmente teniendo en cuenta cuántos acontecimientos de ese tipo había sufrido en el pasado, cuántas veces había estado seguro de que iba a morir.
—Es precisamente por eso que tenemos que superar este momento difícil y…
—¡Ya vete de aquí! ¡La próxima vez te daré un golpe de verdad! —Al levantó el puño ante el siempre persistente Ubilk, decidido a deshacerse de una vez por todas de ese pequeño desdichado.
Ubilk podía hablar, pero era imposible que creyera realmente que sus planes de escape fueran a funcionar. Era un sueño que ningún gladiador podría hacer realidad, un deseo que nunca se haría realidad.
Y Al ya había desperdiciado suficiente tiempo en sueños inútiles.
Llevaba más de diez años como gladiador en esta isla. Se había convertido en la única vida que podía imaginar.
Sección 4
La tensión en la habitación hizo que los músculos del viejo sirviente se tensaran tanto que casi crujían. Para el mayordomo anciano, esta vida al servicio de los demás había sido un regalo. Llevaba más de cincuenta años trabajando para la Familia Pendleton, desde la época de los padres del actual Jefe de Familia. E incluso si no hubiera tenido una deuda tan grande con su Señor, seguía existiendo el sentimiento de intimidad que le producía haberlo visto crecer. Todo ello significaba que el mayordomo no deseaba otra cosa que la felicidad de su Señor.
No obstante…
—Jmm…
Una mano tomó la taza que el mayordomo había preparado y una nariz fina olfateó el contenido. Estaba seguro de haber hecho bien lo básico: el tiempo de dejar en remojo las hojas, la temperatura del agua y todos los demás detalles. El grado de dedicación podía parecer sorprendente, mas el sabor del té podía cambiar drásticamente con la más mínima variación en cualquiera de los factores.
Un ojo, brillante por su belleza y por su conocimiento de todas estas cosas, estudiaba atentamente su trabajo. ¿Sería capaz de complacer a su dueña? Ese era el reto que ahora obsesionaba a todos los miembros de la Casa. Trabajar mejor y más duro para mostrar el debido respeto a su Señor. Al mayordomo no le molestaba precisamente, pero tal vez sí a la persona que contemplaba la taza.
—¿Me permite preguntarle qué le parece, Señora? —dijo el mayordomo sin levantarse de su reverencia.
—Estoy dispuesta a aceptar el aroma. Solo resta el sabor. Veamos… —Quien hablaba era la segunda persona más importante de la Casa después del Señor: la esposa de Jorah Pendleton, a quien el mayordomo había servido durante tanto tiempo.
—… —Unos labios de color cereza besaron el borde de la taza.
El mayordomo observó el perfil de la mujer mientras sorbía el té oscuro. Sonrió al verlo. Su Señor había pasado tanto tiempo sin un buen prospecto de mujer… Ahora, por fin, a su avanzada edad, había recibido la fortuna de su primer matrimonio. Era un motivo de regocijo. Aunque su esposa tuviera apenas doce años.
Las diferencias de edad no eran nada inusual en los matrimonios entre nobles, y las uniones sin amor eran prácticamente una norma para consolidar las conexiones entre las Casas. Pero que un hombre de más de cincuenta años tomara a una novia de doce, incluso hizo que este mayordomo de larga historia de servicio se quedara desconcertado. Especialmente porque esta esposa en particular no parecía aportar ventaja alguna.
A la vez, la decencia básica de Jorah estaba fuera de toda duda. Poseía una de las cualidades más raras entre la élite del imperio: la amabilidad, y eso era más que suficiente para inspirar una lealtad inquebrantable en el mayordomo. Esa lealtad lo llevó a intentar ayudar a la joven en todo lo que pudo, sabiendo que se sentiría abrumada por su nuevo entorno. Sí, el mayordomo acogió a la joven esposa de su Señor con su propia determinación firme.
Esa determinación se desmoronó rápidamente ante la mujer.
Sí, la chica tenía doce años. Sí, había llegado a la mansión de Jorah a temprana edad y sin Casa propia. Pero era de una belleza impresionante y su alma ardía con más intensidad que cualquier fuego.
Priscilla. Ese era el nombre de la enérgica joven que había aparecido en esta casa como una conquistadora. Priscilla Pendleton.
—No está mal —dijo la chica, con una voz que emanaba de su pálida garganta de una manera que parecía penetrar profundamente en el cerebro del oyente.
El mayordomo tardó un momento en darse cuenta de que se trataba de su valoración del té. La razón de su comprensión tardía era simple: la cara de la chica. Nada en particular había pasado ni cambiado, simplemente era tan hermosa que lo había cautivado; había sido como si el tiempo se hubiera detenido.
Y cuando el tiempo volvió a fluir y el mayordomo se dio cuenta de que ella había pronunciado palabras de elogio, se estremeció. Esta chica, cuya edad no llegaba ni a la mitad de la mitad de sus años, hizo que su sangre pareciera correr más rápido con su cumplido; una sensación de parálisis se apoderó de su mismísima alma.
Ser mayordomo era como un regalo del cielo para sus viejos huesos. Quizás era normal que una persona así se inclinara ante una chica como esta, alguien que obviamente había nacido para gobernar. Porque servir a alguien significaba estar dominado por alguien.
—Retírate. Deseo conversar con mi marido.
—Sí, Señora. —Sin pensarlo dos veces, el mayordomo hizo una reverencia y salió de la habitación.
Se preguntó si ella tomaría un sorbo más de té mientras él se marchaba. Se preguntó si a la joven conquistadora no le importaría dar su aprobación a su trabajo.
La esperanza casi quemaba físicamente al viejo mayordomo mientras abandonaba la habitación en silencio.
Cuando el mayordomo se retiró y se quedaron solos, una voz débil dijo:
—Parece que tienes a todo el mundo bajo tu control, Priscilla. —El dueño de la voz era un anciano que estaba sentado en el asiento más alejado de la puerta, el asiento más importante de la habitación, por lo que valía.
Parecía apático y su cabello comenzaba a ponerse blanco, pero era el dueño de esta casa: Jorah Pendleton.
Como conde del Sacro Imperio de Vollachia, se podía decir que este hombre había tenido suerte en cuanto a su estatus y trasfondo familiar. En ese momento, la mirada incómoda de Jorah se posó en una hermosa chica de ojos color sangre y cabello naranja brillante recogido con una horquilla adornada con una joya: Priscilla.
La forma en que Jorah inició la conversación sugería que la diferencia de edad no era lo único que separaba a la pareja.
Priscilla respondió al inseguro acercamiento de su marido con un «Bah» y un fuerte resoplido.
—No me hables con ese tono tan tembloroso y ronco. Apenas consigo distinguir entre tu voz y una ligera brisa. O espera… ¿acaso fue una brisa lo que acabo de oír?
—N-no, no, no lo era. Era yo hablando… Solo quería decir que pareces llevarte bien con los sirvientes.
—Jmm. Si eso es lo que piensas, eso solo es testimonio de la ceguera que padeces.
—¿Qué? —dijo Jorah, agrandando los ojos.
Priscilla respondió a la ridícula reacción de su marido con una mirada de exasperación.
—Escucha. La relación entre ellos y yo no es una de «llevarse bien». Simplemente me obedecen. No conocen otra forma de vivir que no sea inclinarse, adular y servir. Todo lo que tengo que hacer es darles algunas instrucciones y ellos menean la cola con júbilo.
—Y-ya veo… Creo…
—De ser algo, me sorprende que hayas logrado retener a un personal de asistencia tan aceptable durante tanto tiempo.
—¿Retenerme a…? Lo siento. Me temo que no te entiendo muy…
El ojo abierto de Priscilla se agudizó aún más ante el continuo balbuceo de Jorah, pero, a pesar de la intensidad de su mirada fija en él, este no dio señales de cambiar su comportamiento.
—… Eres cada vez más inescrutable. Lo que digo es que pareces carecer de los deseos y las motivaciones connaturales que poseen casi todas las personas. No insinúo que nunca haya conocido a personas así. Mas…
—¿S-sí? —balbuceó Jorah.
—… siendo ese el caso, mi entendimiento sigue sin alcanzar la razón por la que me tomaste como esposa —dijo Priscilla, quien también siguió mirándolo fijamente.
La forma piadosa de describir el carácter de Jorah habría sido decir que era un hombre de buen corazón. La forma no tan piadosa sería describirlo como un cobarde que carecía de carácter y de espíritu aventurero alguno. Era perfectamente feliz siguiendo caminos trillados, sin desviarse nunca hacia el páramo indómito.
Puede que no fuera muy interesante, pero era firme y fiable, cualidades difíciles de encontrar aquí en el imperio, donde se valoraba tanto la intensidad desenfrenada de la vida. A menudo se burlaban de Jorah por su falta de voluntad, y tal vez por eso había pasado tanto tiempo sin esposa.
Jorah Pendleton vivía según unos principios sencillos: no buscaba aventuras y no se arriesgaba. Sin embargo, su matrimonio con Priscilla parecía ir en contra de ambos principios. Era, quizás, la vez que más se arriesgó. Porque…
—Sé que eres consciente de mi verdadera identidad. Soy Prisca Benedict, una joven que se suponía que murió durante el «Rito de Selección Imperial» —pronunció el nombre de una miembro de la familia imperial que fue derrotada en la sangrienta contienda para determinar el próximo emperador de Vollachia y que, supuestamente, había muerto como consecuencia de ello.
Pero Prisca no había muerto. Tras fingir su muerte, seguía viva. No bajo su verdadero nombre, sino con una identidad falsa como una joven llamada Priscilla Pendleton que aún estaba aprendiendo a desenvolverse en la sociedad civilizada. Muchas personas lo habían dado todo para garantizar la supervivencia de la chica… pero cuando Priscilla se casó con Jorah, no le ocultó nada de esto.
Por supuesto, si él la hubiera rechazado, por el conocimiento que tenía, era muy poco probable que Priscilla lo hubiera dejado vivir. Así que, en cierto modo, el hecho de que ella le contara la verdad fue un desastre indescriptible para Jorah. Pero eso no cambiaba el hecho de que, a pesar de conocer las circunstancias, él había aceptado casarse con Priscilla. ¿Y por qué lo hizo? Ni siquiera Priscilla, que había conseguido que el viejo mayordomo se inclinara ante ella y complaciera todos sus caprichos en un instante, parecía capaz de resolver el enigma de los verdaderos motivos de Jorah.
—… —Jorah pareció moderadamente sorprendido, pero luego sus labios se suavizaron en una leve sonrisa, una expresión amable como la que se le daría a un niño pequeño que no sabe responder a una pregunta.
—Puede que seas mi marido, mas no está en tu derecho el deshonrarme con tal mirada —dijo Priscilla.
—P-perdóname. Es solo que… hasta ahora, te has comportado como una jovencita sabia, siempre viendo a través de todo. Me sorprendió darme cuenta que…
—¿Darte cuenta de qué?
—… que a veces actúas acorde a tu edad. —Desde la perspectiva de Jorah, el comentario era en sí mismo una apuesta arriesgada. Priscilla parecía estar considerando internamente la posibilidad de que su cabeza saliera volando de un corte—. N-no tienes por qué preocuparte. No pretendo utilizarte ni delatarte ni nada por el estilo. En ese sentido, soy completamente sincero.
—Muy bien —dijo Priscilla después de un momento—. De cualquier forma, no habría importado lo que estuvieras planeando. Porque este mundo está hecho a mi conveniencia.
—… —Jorah no respondió.
Se podría calificar la filosofía de Priscilla como una creencia en el destino o quizás en la providencia. Tan pronto como las palabras salieron de su boca, la expresión de Jorah se suavizó una vez más. Y antes de que Priscilla pudiera comentarlo…
—Discúlpeme, Señor —dijo el mayordomo, entrando de nuevo en la habitación tras llamar a la puerta.
No estaba bien que interrumpiera al Señor y la Señora de la casa cuando mantenían una conversación privada, y un hombre con tantos años de servicio debería haberlo sabido. La razón de su indiscreción quedó explicada por el informe que les dio:
—Tenemos visitantes de la gran condesa Dracroy.
—¿La gran condesa? No he oído nada al respecto —dijo Jorah con el ceño fruncido, pero luego exclamó: —¡¿Priscilla?!
Su esposa ya se había levantado y avanzaba hacia afuera de la habitación con grandes pasos. No se detuvo a pesar del grito de su marido, sino que se dirigió directamente al vestíbulo de entrada de la mansión.
Cuando apareció en el pasillo, fue recibida por una voz que arrastraba las palabras:
—Vaya, vaya. Qué jovencita tan linda nos ha encontrado. —Las palabras procedían de un joven delgado al que Priscilla no reconocía; ella arqueó una ceja en respuesta.
El joven tenía tal vez diecisiete o dieciocho años y sostenía un paquete delgado. Sacudió la mano en un saludo a Priscilla con una sonrisa amistosa en su cara.
—¿Eres la hijita del conde Pendleton? ¿Está tu papi en casa ho…?
—¡Balle, bocón idiota! El conde Pendleton no tiene ninguna hija. —Un hombre de menor estatura, que estaba al lado del parlanchín recién llegado, le dio un golpe sonoro en la nuca.
—¡Ayyg! —gritó el joven, y el golpe produjo un fuerte ruido—. Miles, Hermano, ¿por qué hiciste eso? Sé que mi cabeza está hueca, pero aun así sería malo que me la abrieras.
—¡Ya cállate! Si tu cabeza está hueca, ¡llénala con algo antes de volver a aparecerte por aquí! ¡Y no me afectes con tus estúpidos errores!
—¿Errores? ¿A qué te refieres exactamente? ¿En qué crees que me equivoqué?
—¡El conde Pendleton acaba de casarse con una joven esposa! ¡Así que usa esa cabeza hueca que tienes y piensa! Llegamos a la mansión del conde Pendleton, QUE NO TIENE NINGUNA HIJA, y aparece una joven…
—¡Oh! Ya lo entiendo —por fin, tras completar el rompecabezas, el joven asintió y se pasó la mano por su cabello color caoba.
—Te tardaste mucho —refunfuñó el hombre bajito, encogiéndose de hombros como si estuviera agotado—. Siempre has sido dos cosas: lento y problemático. Si no me hubieran atado a ti desde que eras un mocoso, Balle, te juro que me habría librado de ti hace mucho tiempo…
—Créeme, Hermano, te debo demasiado. Pero ¿no has cometido tú un pequeño error?
—¿Eh? ¿Qué hic…? ¡Oh! —en ese momento de la conversación, el hombre bajito se fijó en la persona que había inspirado toda la discusión y se tensó.
Pero todo estaba bien. Priscilla —quien era el tema en cuestión— había estado escuchando la conversación sin decir nada. Cuando los dos visitantes voltearon hacia ella, encogió sus delgados hombros y dijo:
—¿Qué pasa? Continúen. Han de no preocuparse por mí. Ver a dos bufones discutir está resultando un espectáculo bastante ameno. Adelante, prosigan.
—Grrr… Manipulado como un puto juguete por una niñita…
—Cuidado, Hermano, tu lenguaje está empeorando. ¿Qué tal si empezamos por disculparnos?
—Grrr…
El dúo comenzó a temblar ante las palabras de Priscilla. Ella no había buscado ridiculizarlos específicamente, pero le decepcionaba tener que renunciar a estos entretenidos bufones, que parecían dispuestos a saltar y retorcerse ante cualquier cosa que ella dijera.
—P-Priscilla, estos son mis invitados. Por favor, no te diviertas demasiado a su costa…
—Jmm. Por fin nos has alcanzado, ¿eh? —dijo Priscilla, interrumpida en el acto de decidir qué decir a continuación por la llegada de Jorah.
—Ah —dijo el conde, levantando ligeramente una ceja al ver a la dupla frente a su esposa—. Me dijeron que los mensajeros de la gran condesa Dracroy estaban aquí. No me percaté de que se referían a ti, Miles.
—¡Conde Pendleton! Ha pasado mucho, tal vez demasiado, tiempo —dijo el hombre bajito cuyo nombre era Miles, evidentemente un conocido del marido de Priscilla. Se arrodilló ante Jorah y el joven que estaba a su lado se apresuró a hacer lo mismo.
—¿Quién es este? —preguntó Jorah, observando al notoriamente menos experimentado de los dos mensajeros—. No lo reconozco. ¿Es un novato?
—Sí, efectivamente. Es amigo mío desde hace mucho tiempo. La gran condesa Dracroy tuvo la amabilidad de darle un trabajo. Verá, tiene una habilidad bastante rara como domador de dragones alados. —Miles le dio un codazo al joven—. ¡Preséntate!
—Claro, Hermano. ¡Me presento! —el joven vio directamente a Jorah, y Priscilla observó que su marido estaba casi abrumado por la franqueza de su mirada.
Priscilla sonrió al presenciar tal determinación en una mirada. Aunque el joven lo ocultaba tras su comportamiento relajado, quizás sí fuera alguien especial.
Sin estar para nada consciente de la valoración de Priscilla, el joven colocó una mano en su pecho y dijo:
—Es un placer conocerlo. Mi nombre es Balleroy Temeglyph. Él, mi hermano mayor Miles, ha estado cuidando de mí desde que era un niño… y, como puede ver, aún lo sigue haciendo.

—Me doy cuenta. Miles siempre ha sido bueno cuidando de otros. Y en este asunto de la doma de dragones, ¿tú…?
—Sí, señor. Tengo uno muy enérgico bajo mi cuidado. —La amplia sonrisa de Balleroy parecía sugerir que no conocía el miedo, pero con este último comentario, el carácter de su expresión cambió. Aunque pudiera resultar inapropiada, la sonrisa se convirtió en una muestra de confianza en sí mismo.
—Según recuerdo, la capacidad de domar dragones alados es un arte secreto que se transmite entre ciertas familias —dijo Priscilla—. Una forma de ganarse los servicios de un dragón alado, criaturas que, por el contrario, son bien conocidas por no tener un aprecio especial por los humanos.
—Así es, señorita. Sí que sabe de eso. Puede que sea pequeña, pero debe de haber estudiado mucho… ¡Ayayayay!
—¡Tú eres el que necesita estudiar! ¡Sobre cómo tener unos malditos modales! —Indignado por la rapidez con que Balleroy abandonaba cualquier apariencia de decoro, Miles le dio un buen pellizco desde atrás al hombre alto, y su propio lenguaje descendió un escalón en la escala de cortesía en el proceso.
—Por favor, por favor —intervino Jorah—. No hay por qué molestarse tanto por cosas tan insignificantes. Debería haberla presentado antes. Ella es Priscilla Pendleton… Que es, ejem, mi esposa.
Priscilla resopló ante la idea de que eso fuera lo mejor que Jorah podía hacer a modo de presentación.
—Imagina esto, un hombre en su quinta década que se queda cohibido al presentar a su esposa. ¡Ponte derecho y habla con confianza! Eres el hombre más afortunado del mundo. ¡Porque cuentas con la fortuna de tenerme por cónyuge! —Jorah solo pudo sonreír incómodamente, mientras Balleroy y Miles lo miraban con los ojos ligeramente agrandados.
—¡Santo cielo! Sabe, esto me llamó la atención cuando estábamos charlando antes, pero tiene una esposa bastante combativa, conde Pendleton.
—Sí, me temo que estoy completamente a su merced…
—Cretino. Entonces, razón de más para considerarte honrado. Y tú, miserable plebeyo, no he de ser descrita con palabras tan triviales como «combativa». —Priscilla hizo una pausa—. Jmm. No, quizá la palabra «plebeyo» no se ajuste mucho a tu persona.
—Ahm, ¿debo tomar eso como un cumplido? —dijo Balleroy, mirando a Jorah con curiosidad, pero el conde solo sonrió con cariño, aunque con torpeza; sin duda, no tenía el control sobre su nueva esposa.
Fue Miles, que había permanecido en silencio durante un rato, quien finalmente rompió el punto muerto.
—Bien. Ejem, conde Pendleton, venimos con un mensaje de nuestra Señora. ¿Nos permite entregárselo?
—Oh, por supuesto, siento haberlos hecho esperar. ¿Novedades de Serena? ¿Qué dice?
—Creo que se trata de la Isla de los Gladiadores —sugirió Balleroy.
—La Isla de los Gladiadores… Sí, supongo que eso surgió —dijo Jorah, tomando la carta sellada y dando un vistazo al contenido. Exhaló un suspiro. No parecía muy contento con la idea de la isla.
—La Isla de los Gladiadores… Ginunhive. ¿Sabes? Creo que nunca he estado allí —dijo Priscilla.
—¡Oh! ¿Le interesa, doña? —preguntó Balleroy—. Ah, bueno, siempre he querido ver ese lugar, así que es una gran noticia.
—Jmm. ¿Debo deducir que su Señora tiene la intención de invitar a mi inútil marido a la Isla de los Gladiadores?
—Mm-jmm, diría que es algo así —confirmó Balleroy.
Priscilla era muy rápida de entendimiento. Por otro lado, Miles parecía molesto por el diálogo entre su «hermano menor» y Priscilla.
—Miles, ¿qué te pasa? —preguntó Balleroy.
—Me pregunto por qué nos molestamos en traer una carta…
Sin duda, parecía tener bastante con qué lidiar con su supuesto hermano menor. Pero tal vez eso era lo normal.
—Si viertes más agua de la que puede contener tu copa, es evidente que se desborde —observó Priscilla—. Si no quieres que se vierta, debes beber constantemente. E incluso así, puede que se derrame.
—Lo recordaré —dijo Miles.
Parecía bastante inteligente. El hecho de que no descartara las palabras de Priscilla como la simple farfulla de una niñita daba un buen testimonio de por qué se había ganado el respeto de Balleroy.
Solo quedaba responder al mensaje.
—Me complace bastante recibir la invitación de la gran condesa Dracroy —dijo Jorah—. Sin embargo, me temo que aquí estamos muy ocupados, así que voy a tener que…
—Ignóralo. Aceptamos la invitación a la Isla de los Gladiadores.
—¡¿P-Priscilla?! —Jorah había doblado la invitación y estaba a punto de declinarla con formalidad cuando Priscilla lo interrumpió.
Su cara delató una intensidad emocional poco habitual en él mientras se agachaba y le susurraba al oído:
—Priscilla, la Isla de los Gladiadores recibe muchos visitantes. ¿Y si alguien te reconoce?
—¿Es ese el motivo por el que rechazas la invitación? Entonces, permíteme darte el mío para aceptarla.
—¿T-tu motivo? ¿Qué podría motivarte a…?
—Es muy sencillo. La isla despierta mi interés.
Jorah la miró con puro asombro. Así era como Priscilla vivía su vida; era casi como una esposa suplicando dulcemente a su marido que le hiciera un favor. Aunque la situación hacía un poco difícil calificar el momento como dulce. En cambio…
—… —Jorah apenas podía hablar.
—Conde Pendleton, ¿qué desea hacer? Nuestra Señora no tiene prisa por recibir una respuesta, así que si desea tomarse un tiempo para considerarlo… —sugirió Miles.
Por otro lado, Jorah rechazó esta afable oferta con un: «No, gracias» al sacudir la cabeza de un lado a otro.
—No hay necesidad de que espere mi respuesta. Por favor, díganle a la gran condesa Dracroy que… aceptamos su invitación.
—Oh, es bueno oírlo. Estoy seguro de que la Señora se alegrará —dijo Balleroy, que parecía tan complacido con la respuesta como ajeno a lo difícil que había sido para Jorah darla.
Miles miraba a Jorah con cierta inquietud, pero no se atrevió a cuestionar su decisión. En cambio, hizo una profunda reverencia y dijo:
—Muy bien, señor. Encontrará los detalles de la fecha y la hora en la carta. Si desea que le llevemos una respuesta, lo haremos con mucho gusto.
—No será necesario. Dudo que incluso sus cabezas sean tan huecas como para olvidar una respuesta de una sola palabra en su trayecto de retorno. Así que llévensela a su Señora y entréguenla —dijo Priscilla.
—¡Jajaja! Ahí sí que nos ganó, Hermano. ¡Dio justo en el blanco!
—¡Cállate! —gritó Miles, con una voz que resonó por toda la mansión.
Al final, su actitud de mensajeros formales sufrió un desliz por última vez.
Sección 5
Con un gran aleteo, dos dragones alados se elevaron en el aire.
Incluso para los estándares de los dragones, los que eran alados eran particularmente temperamentales, una raza tempestuosa que a veces tenía fama de ser casi tan volátil como las mabestias. A diferencia de los dragones de tierra, que disfrutaban de la compañía humana, o los dragones de agua, que eran imponentes pero manejables, los dragones alados eran intrínsecamente difíciles de tratar. A quienes tenían el don para ello se les llamaba domadores de dragones alados, y los secretos de este arte habían pertenecido durante mucho tiempo exclusivamente a Vollachia, sin revelarse nunca fuera de sus fronteras. Y parecía que Balleroy y Miles se encontraban entre las codiciadas filas de domadores de dragones alados, de los que se decía que había menos de cien en todo el imperio.
—¿Sabes? En mis recuerdos no parece haber alguno en el que monte un dragón alado…
—Priscilla, n-no me digas que deseas montar un dragón alado…
—Ja. No tienes por qué acongojarte. Incluso yo reconozco que no es algo sencillo de hacer. Sé que incluso un refinamiento tan pulido como el mío es inefectivo con bestias que solo obedecen a sus instintos naturales.
—Ya veo. Sí… Sí, eso es tranquilizador —Jorah colocó una mano sobre su pecho con alivio.
Priscilla dejó de mirar la partida de los mensajeros y observó a su marido. Como siempre, daba la impresión de ser un cobarde tímido vestido con ropa de adulto. No obstante, había tomado una decisión peligrosa: ir a la Isla de los Gladiadores, y con Priscilla a su lado.
—¿Mhm? —preguntó Jorah—. ¿Pasa algo?
—… Tus motivaciones siguen desconcertándome. Jmm. O quizás esa sea precisamente la cualidad que te permitió cumplir los requisitos mínimos para ser mi cónyuge —murmuró Priscilla, contemplando la naturaleza insondable de la vida interior de Jorah.
Si se hubiera dejado llevar por la belleza de Priscilla, buscando utilizarla solo para satisfacer sus propios deseos animales, él no habría durado más allá de la primera noche de su matrimonio. Por otro lado, intentar aprovecharse de la verdadera identidad de Priscilla era demasiado peligroso para él. No era apto para tales complots y estratagemas, y eso lo convertía en una especie de bomba que aún no había detonado.
Finalmente, reconociendo que era poco probable que resolviera el enigma de inmediato, Priscilla dijo:
—Estoy dispuesta a postergarlo por ahora. En este momento, me encuentro mucho menos interesada en mi bastante gris marido que esta Isla de los Gladiadores.
—¿G-gris? Eso me hiere…
—Si no deseas que se te hiera, vuélvete algo que despierte un mínimo de interés en mí. Al menos en este momento, no eres más intrigante que un entretenimiento que nunca antes haya visto.
Los hombros de Jorah se hundieron bajo el despiadado ataque de su esposa. Dicho esto, era evidente que era capaz de soportar el castigo, porque, aunque no enderezó la postura, se las arregló para decir:
—Solo para que quede claro… ¿no te dejaste llevar por el momento? ¿De verdad tienes intención de ir a Ginunhive?
—Por supuesto que sí. Es de Dracroy, ejem, de la «gran condesa» Dracroy de quien estamos hablando. Aceptar su invitación para después renegar de ella sería una afrenta tal que podría muy bien declararnos la guerra. Ni siquiera yo deseo perder la casa en la que acabo de casarme. Sería un trago muy amargo.
Los hombros de Jorah se encogieron aún más, pero en ese momento Priscilla apenas le prestaba atención. Sus ojos carmesíes miraban al cielo, más allá del horizonte donde habían desaparecido los dragones alados, con sus pensamientos puestos en la Isla de los Gladiadores que debía de estar allí. La idea le provocó un cosquilleo en su, aún plano, pecho. Ni siquiera Priscilla podía predecir lo que les esperaba allí. Y aun así…
—No importa. Porque este mundo está hecho a mi conveniencia.
Sección 6
—¡Ahh! —Al se sentó de golpe en la cama, invadido por una sensación parecida al miedo. Miró rápidamente a ambos lados, pero no había nadie ni nada allí.
—¡Al! ¡Oie, hombre! ¿Qué fue to’o eso? ¿’tás jugando?
—¡Gajajajaja! ¿Qué no te basta con ‘tar exhibido arriba?
Los otros gladiadores, que estaban tomando unos tragos cerca, estaban más que felices de burlarse de él por ello. Del mismo modo que había prostitutas en la isla, aquí abajo había algunos que sabían cocinar y preparar cerveza.
Al vio con ira a sus compañeros borrachos mientras se pasaba una mano por su cabello negro.
—¿Holaaa? ¿Al? ¡Alll! No me digach que estách molechto —dijo uno de ellos.
—Ahórrame tus imitaciones de Hornet. Es como una pesadilla andante —espetó Al.
Después se puso de pie lentamente. Su estado de ánimo nunca se recuperaría si se quedaba allí sentado discutiendo con borrachos. Se alejó arrastrando los pies, con la esperanza de encontrar un lugar donde estar solo. Aun así, debía de tener cuidado: no quería toparse accidentalmente con Hornet o Ubilk. Esa idea lo hizo darse cuenta de que la única persona en la isla con la que podía relajarse de verdad era Auran, y eso lo deprimió de forma insoportable.
Al vagó hasta que salió del sofocante nivel inferior y se encontró con la brisa nocturna.
—…
Directamente conectado al espacio subterráneo dedicado al uso de los gladiadores había una pequeña zona de descanso para las patrullas que vigilaban las murallas exteriores de la isla. Dado que el puente levadizo era la única forma de entrar o salir de la isla, la seguridad era algo laxa a la hora de asegurarse de que la gente que estaba dentro permaneciera en el interior. Por supuesto, eso llevó a algunos imbéciles a intentar cruzar el enorme lago nadando…
—Pero eso no es un buen plan cuando el lago está plagado de mabestias que viven en el agua. Lo único que consiguen es que los maten —se dijo Al a sí mismo.
Así, a pesar del enfoque de mínima intervención con respecto a la seguridad, nadie había logrado escapar de la Isla de los Gladiadores. En un lugar como este, siquiera soñar con la libertad era el colmo de la estupidez.
Ese pensamiento le recordó a Al la ridícula charla de Ubilk de esa misma mañana, y chasqueó la lengua con enojo. No eran más que tonterías y, normalmente, habría sido capaz de ignorarlas, pero ese día le molestaban.
—Los sueños son para cuando estás dormido, no para cuando estás despierto. Maldito idiota —refunfuñó.
Levantó la vista al cielo y vio una luna en cuarto creciente. Parecía terriblemente grande, pero lo que le llamó la atención no fue la luna en sí, sino las estrellas que salpicaban el cielo nocturno a su alrededor. Innumerables puntitos de luz. Al las contempló durante un largo rato y luego se mordió el labio.
—Estrellas malas. Eso es lo que hay detrás de todo.
La celebración en la isla estaba muy, muy cerca de efectuarse.
Sección 7
La ferocidad personificada: esa fue la primera impresión que Priscilla tuvo de la gran condesa Serena Dracroy. Era una mujer increíblemente alta, con brazos y piernas delgados y tonificados. Aun así, no parecía poco sofisticada, sino que conservaba una forma femenina que atenuaba la impresión de que se trataba simplemente de una mujer que se había dedicado a la vida marcial.
Incluso se la podría calificar como una bestia hermosa, pero salvaje.
Una cascada de cabello rojo óxido le caía por la espalda y no llevaba un vestido, sino una capa como la que podría llevar el capitán de un barco mercante. Algunos decían que no parecía muy noble, pero solo a sus espaldas, porque en el Imperio de Vollachia, los poderosos y capaces podían comportarse como les viniera en gana.
¿Quién, entonces, podría criticar cualquier acción de Serena Dracroy, a quien a veces se la conocía incluso como la «Dama Incandescente»?
—Ha pasado mucho tiempo, conde Pendleton. ¿Has estado bien? —dijo Serena sonriendo, pero era imposible no fijarse en la vieja cicatriz que le recorría el lado izquierdo de su rostro, por demás impecable.
Era una herida de espada, grande y blanca, que le había infligido su padre cuando ella tomó las riendas de la familia. Su apodo, la Dama Incandescente, se debía a que —al término de aquella lucha por el poder familiar— supuestamente ella quemó vivo a su padre.
—¡Serena! Me alegra decir que sí. Y tú pareces gozar de buena salud. Eso es maravilloso. —La torpe sonrisa de Jorah contrastaba fuertemente con el saludo tranquilo y seguro de Serena.
Priscilla ya estaba acostumbrada a la mansedumbre de su «amado» marido; él siempre era así y no era una señal de que se sintiera intimidado por el rango de Serena.
Un conde y una gran condesa, un hombre y una mujer, uno de ellos enérgico y el otro débil: los dos parecían diferentes en todos los sentidos posibles, y los separaban más de veinte años de edad, pero parecían ser amigos. Aun así, frente a un hombre en su quinta década y su esposa de doce, ni siquiera Serena pudo evitar sorprenderse un poco.
—Tú debes de ser la nueva esposa de la que tanto he oído hablar —dijo, posando la mirada en Priscilla—. Me habían dicho que eras bastante joven y me preguntaba si tal vez esa era la razón por la que había estado soltero durante tanto tiempo… —Mientras su marido se moría de la risa, Priscilla se quedó a su lado, luciendo completamente en su elemento—. Pero esto me recuerda que no siempre se puede confiar en los rumores. Veo que Miles y Balleroy me dieron un informe preciso.

—Joh, ¿informaron sobre mí? ¿Y qué frases tan selectas se emplearon para halagarme?
—Si mal no recuerdo, dijeron que posees una compostura que supera tu edad. Y, si no recuerdo mal, que eras «impertinente» y que les gustaría «enseñarte modales».
—Joh…
Priscilla se había tomado la libertad de hablar con Serena sin siquiera presentarse adecuadamente, pero la gran condesa parecía dispuesta a pasar por alto el asunto. Priscilla entrecerró sus ojos carmesíes y miró a los dos hombres que estaban detrás de Serena: Balleroy y Miles, los mensajeros ocasionales de la gran condesa. Miles esquivó su mirada, pero Balleroy sonrió estúpidamente y sacudió su mano en un saludo.
—Supongo que no es menester aclarar cuál de los dos es el más avezado —comentó Priscilla.
—Yo no estaría tan segura. Miles puede no parecer gran cosa, pero es muy perspicaz. Ambos son peones importantes para mí. Lamento decirte que no puedes quedártelos, aunque te hayan caído bien.
—Tampoco los necesito. Los únicos que pueden permanecer a mi lado son aquellos que me superan en belleza o, al menos, algún bufón lo suficientemente entretenido como para no aburrirme. Francamente, ni siquiera mi marido cumple ninguno de esos estándares.
—¡¿Qu?! ¿Qu-qué tengo yo que ver con todo esto? —exclamó Jorah, con una voz aún más débil de lo habitual.
—Oh, cesa ya tus gimoteos —resopló Priscilla, entrelazando su delgado brazo con el de él.
En ese momento, Priscilla y Jorah habían abandonado la mansión en la que se habían acostumbrado a vivir como marido y mujer para aceptar la invitación de la gran condesa Serena Dracroy. Esto los llevó a los confines occidentales del imperio. Específicamente, a Ginunhive, la Isla de los Gladiadores, donde se iba a celebrar un gran festejo para conmemorar la ascensión al trono del nuevo emperador.
—Estrictamente hablando, no hay ninguna conexión necesaria entre el «Rito de Selección Imperial» y la Isla de los Gladiadores —dijo Priscilla—. Meramente no es más que una excusa a conveniencia para atraer a una gran turba.
—Qué lengua tan afilada tienes, señorita. ¿No te gustan este tipo de espectáculos? —preguntó Serena.
—¿Jhm? No están mal. Simplemente digo que no tiene ninguna relevancia específica como demostración de lealtad al emperador. Mas no soy de visión tan estrecha como para censurar a la chusma por dejarse llevar por este tipo de entretenimientos. Además…
—¿Sí?
—… ver a otros luchar por sus vidas y calificar su rendimiento es algo que especialmente me deleita. —Priscilla sacó un abanico plegable de su vestido y lo utilizó para cubrirse la boca mientras hablaba.
Serena agrandó ligeramente los ojos.
—Ja —rio ella—. ¡Me agrada! ¡Atrapaste a una buena, conde Pendleton! Creo que realmente podría hablar con esta damisela. Es una pena que sea demasiado joven para compartir una copa de vino.
—Por favor, vas a hacer que me duela la cabeza… Y, Priscilla, no debes hablar tan frívolamente de…
—Cretina. Desde luego que estoy familiarizada con el gusto del vino. ¿Por quién me tomas?
Jorah casi se atraganta, diciendo:
—¡¿Priscilla?! —pero Serena solo parecía más y más divertida.
La gran condesa sonrió, distorsionando la cicatriz blanca de su cara, y dijo:
—Uy. Por muy divertida que esta conversación pueda resultar, creo que será mejor que nos pongamos en marcha mientras la disfrutamos.
—Será un placer, tengo la certeza de ello —dijo Priscilla—. Ahora bien, según recuerdo, se accede a Ginunhive por un puente levadizo, ¿correcto? Asumo que, en tales festividades, sus umbrales hervirán de multitudes.
—No te preocupes. Como tu anfitriona, me aseguraré de que no te aburras — dijo Serena.
Confundido, Jorah inclinó la cabeza, pero Serena chasqueó los dedos y, ante la señal, Miles y Balleroy entraron en acción.
—… —Cada uno de ellos colocó sus dedos frente a su boca y silbó con fuerza, invocando…
—¡Santo cielo!
—Ah, dragones alados.
Jorah miró con asombro; Priscilla simplemente fijó la vista en las formas que descendían flotando desde los cielos. Dos dragones alados, desplegando sus alas y levantando una ráfaga de aire al aterrizar.
Si hubieran sido solo un par de dragones alados, no habrían sido diferentes de los que Priscilla y Jorah habían visto montar recientemente a Miles y Balleroy. Lo que justificaba la sorpresa era que estos arrastraban una nave detrás de ellos.
Las llamadas «naves de dragón», sujetas a las criaturas con cadenas, eran una visión inusual incluso en el Imperio de Vollachia, donde existían domadores de dragones alados.
—Dudo que incluso tú tengas mucha experiencia con algo así. Sé que es un poco tarde, pero considéralo mi regalo de bodas —dijo Serena, sonriendo con orgullo mientras la nave flotaba en el aire detrás de ella.
Jorah se quedó sin palabras ante su audacia, pero Priscilla sonrió complacida; sin duda era un regalo de bodas muy apropiado.
—Muy bien —dijo ella—. Gran acierto. Creo que eres de mi agrado, gran condesa Dracroy.
—…
Durante un segundo, Serena no dijo nada a la intrépida Priscilla, sino que se rascó la mejilla con cierta vergüenza. Luego se la oyó murmurar:
—Sí, conde Pendleton… ciertamente atrapaste a una muy buena.
Sección 8
—¿Oíste, Al? ¡Dicen que hay una nave de dragón aquí! ¡Una nave de dragón! —exclamó Ubilk, claramente emocionado, justo cuando Al estaba colocando una mano en la pared e intentando estirar los ligamentos de su pierna.
Otro día de trabajo, otro día arriesgando su vida: así era la vida de Al el gladiador en este horrible lugar. Puede que todo el país estuviera celebrando la coronación de un nuevo emperador, pero Al seguía teniendo que hacer su trabajo.
—De hecho, esa celebración significa que el espectáculo va a ser más grande que nunca por aquí —murmuró Al.
—¡No puedo creer que me haya perdido la nave de dragón! —dijo Ubilk—. ¡Tienes suerte de ver una de esas una vez en la vida! ¡Debo de ser la persona más desafortunada del mundo! ¡Al! ¿Me estás escuchando, Al?
—¡Ya cállate! ¡¿No ves que estoy intentando estirarme?! —Al estaba ocupado haciendo círculos con las caderas mientras Ubilk revoloteaba a su alrededor.
Se sentía mal por Ubilk, en verdad que lo hacía, pero en opinión de Al, Ubilk tenía al menos la suerte de evitar acabar en una pelea a muerte tras otra. Al estaba constantemente en peligro y luchando por su vida, expuesto hasta que finalmente se le acabó la suerte. Así era como vivía un gladiador y, al final, era cómo moría. Ubilk podía haber acabado en esta isla, pero no había sido absorbido por ese sistema asesino, y eso le parecía suficiente suerte a Al.
La sonrisa aduladora desapareció de la cara de Ubilk y dijo en voz baja:
—Eso no cambia el hecho de que siempre me torturan o me ignoran. Desde mi punto de vista, no creo que sea más afortunado que tú, Al.
Al también bajó la voz.
—Un prostituto, ¡que actúa como si fuera uno de nosotros, los gladiadores! ¡Rayos!
Era el tipo de comentario brutal que podría haber impedido que dos personas volvieran a hablarse de forma civilizada, pero Ubilk solo sonrió.
—Eres despiadado— dijo, rascándose la cabeza—. Supongo que mientras no sepa usar una espada, nunca podré ser tu amigo, ¿eh, Al? Supongo que seremos solo conocidos toda nuestra vida.
—No asumas que nunca empuñarás una espada en tu vida. Puede que ahora te salgas con la tuya por ser tan lindo y simpático, pero nunca se sabe si eso durará. Piensa dónde estarás dentro de diez o veinte años.
—¿Y tú, Al? ¿Piensas quedarte aquí otros diez años? Una cosa es la perseverancia y otra muy distinta es jugar sin importar las consecuencias.
Le molestaba oírlo, pero Ubilk tenía razón. La idea de sobrevivir diez o veinte años en esta isla era totalmente ridícula. Era probable que Al cayera mucho antes de alcanzar esos hitos. Tal vez el próximo año, probablemente la próxima semana. O quizás su hora le llegaría hoy.
—¿Por qué no, Al? Antes de que termines como…
—… —Al no respondió.
—Si lo mejor que puedes hacer es sentarte aquí y esperar a morir, ¿por qué no levantarte en armas contra tu destino? Si te unieras a nosotros, Al, ¡valdrías por cien hombres! —Ubilk debió de notar algo en los ojos estrechos y oscuros de Al, porque habló con un nuevo fervor.
Volvió a divagar sobre su revolución sin sentido y sin fundamento. «¡No te quedes ahí parado! ¡Ármate! ¡Lucha contra la opresión!» Probablemente le hacía sentir bien atosigar a la gente con ese tipo de discursos. Pero en cuanto a Al…
—Gracias, pero no gracias, niño. Aquí no tengo nada que hacer excepto pelear con todo y sobrevivir.
—Al… —De forma inusual, quizá por primera vez, Ubilk empezó a discutir realmente con él—. Bien, pero entonces, ¿por qué peleas? Si ganas, eso significa que alguien más pierde… y muere en el intento. ¡No creo que eso tenga algún sentido!
—Tiene todo el sentido. Es solo que no tengo ninguna razón para morir. —La voz de Al era fría.
Ubilk parecía querer decir algo más, pero vieron que alguien se aproximaba desde el pasillo para recoger a Al para la pelea. Era el guardia de Al, Auran. Si él estaba allí, significaba que había llegado la hora.
—Volveré. O tal vez no. Por si acaso, continúa y come. No me esperes.
—Volverás, Al. Lo sé.
—Suenas como la heroína perfecta. Por supuesto, si una girl me dijera algo así, no sabría qué hacer… —Al se cuidó de actuar indiferente, para no terminar en la ruta de Ubilk del simulador de citas.
Auran fue el acompañante de Al hasta la arena, mientras Ubilk y los diversos gladiadores que conocía lo veían partir. Llevaba las esposas puestas durante el trayecto, no tenía otra opción, pero en cuanto tuvo su querida espada en la mano, Auran le dijo:
—Ve y mantente con vida, Aldeberan. Como siempre haces.
—¿Sabes cuál es tu único problema? Que tienes muy mala memoria —dijo Al, sonriendo con tristeza mientras salía a la arena. Le había dicho a Auran que no lo llamara así.
En cuanto entró en la arena, fue recibido con gritos y vítores de los espectadores que disfrutaban de su pequeño y oscuro pasatiempo. Al hizo una reverencia profundamente sarcástica, pero no estaba por encima de complacer al público. Nunca sería su amigo, pero tenerlos de su lado no podía ser malo. Era solo una de las estrategias de supervivencia que Al había aprendido durante sus diez años como gladiador.
—Hay que decir que hoy, este lugar está muy animado… Puede que solo sea otra pelea a muerte, pero quizá haya algo de cierto en todo eso del nuevo emperador, después de todo.
El entretenimiento que ofrecían los gladiadores en Ginunhive era exactamente el mismo de siempre, pero estaba claro que el público era significativamente mayor de lo habitual. Razón de más para animarlos, para que le prestaran toda la ayuda que pudieran en su intento por sobrevivir.
—Damas y caballeros en sus asientos, todos nuestros queridos invitados de las salas VIP y todos los que nos ven desde la azotea, por favor, asegúrense de tener preparados sus pañuelos más grandes… ¿okay? —Al sonrió burlonamente para después adoptar con calma una postura de combate con su espada liuyedao.
Desde el túnel que estaba justo delante de él, emergió su oponente: un hombre grande y calvo que empuñaba un sable en cada mano. Su cuerpo estaba cubierto de visibles cicatrices de espada, lo que demostraba que él también era un gladiador experimentado.
Nunca sabías contra quién ibas a pelear hasta que llegaba el día. Sinceramente, Al siempre se había preguntado cuándo se enfrentaría a la Emperatriz Gladiadora, Hornet. Se alegró de que la sentencia de muerte no se hubiera dado hoy.
—Eh, ninguno de nosotros tiene suerte. No es culpa de nadie. Culpa a las malditas estrellas.
Sección 9
La cabeza calva salió volando por los aires, dejando tras de sí un rastro de sangre. En ese mismo instante, la multitud que observaba lanzó el grito más fuerte del día, aplaudiendo la batalla… no, mofándose del perdedor y, de hecho, también del ganador, incluso mientras lo vitoreaban.
—Caray, eso sí que es fuerte. Había oído que aquí se celebraban combates a muerte, pero no sabía que eran reales, que se mataban de verdad. Me pregunto por qué.
—Saca lo peor de la gente. No entiendo a las personas a las que les gusta ver este tipo de cosas.
Los subordinados de Serena, Balleroy y Miles, compartieron un momento de aprecio —o quizás de falta de él— por el espectáculo que estaban presenciando.
Balleroy parecía usar algún tipo de arma de asta, mientras que Miles afirmaba no tener ninguna habilidad para la lucha. De manera muy similar, sus opiniones sobre las batallas de los gladiadores parecían representar dos extremos. Bueno, dado que eran como hermanos, se podría decir generosamente que cada uno tenía lo que al otro le faltaba.
—¿Y qué hay de ti, Priscilla? ¿Te estás divirtiendo? —preguntó Serena—. Veo que tu amado marido está pálido como un fantasma.
—No está mal. La idea de que aquellos que no tienen nada lo arriesguen todo en el combate es intrigante —dijo Priscilla—. Aunque la forma en que luchó ese torpe bruto de hace un momento no fue particularmente divertida.
—¿Torpe? Ah, te refieres al hombre manco. —Serena se acarició la cicatriz de la cara y esbozó una sonrisa que apestaba a sangre.
Priscilla se refería al ganador de la batalla que había emocionado tanto al público. El hombre de cabello negro se llevó la victoria, pero había sido desagradable. Había jugado con su oponente grande y calvo antes de finalmente cortarle la cabeza, pero la forma en que lo hizo fue increíblemente poco sofisticada. No había elegancia en su estilo de pelea. No es que ella esperara ver habilidosos luchadores sobresalientes entre los gladiadores, pero aun así…
—Ni siquiera detecté ningún apego por su propia vida. ¿Por qué rayos está peleando? —Priscilla cruzó los brazos mientras emitía su veredicto sobre aquel hombre feo, de estilo igualmente desagradable a la vista.
Era una realidad que muchos de los que estaban prisioneros en esta isla se veían obligados a librar batallas que no deseaban. Y aun así, cada uno tenía sus propias razones para pelear, ganar y sobrevivir, o al menos eso se esperaría. Tal vez buscaban reunirse con un amigo o un ser querido, o quizás simplemente buscaban un tipo de fama cuestionable. Incluso la supervivencia en sí misma podía ser una motivación por derecho propio. Pero alguien que ni siquiera tenía eso… era inusual. Alguien que ni siquiera se preocupaba por su propia vida, sino que asesinaba simplemente para lidiar con lo que tenía delante. Era tan profundamente…
—Burdo —dijo Priscilla, al mismo tiempo que Jorah emitía un gorgoteo por las náuseas.
Dio un vistazo y vio al pálido conde apartando deliberadamente la vista de la arena, con el cuello y la frente empapados en sudor. Bueno, ella sabía muy bien que él no era apto para presenciar ningún deporte sangriento. Que hubiera aprovechado la invitación de Serena para satisfacer los deseos de su esposa de venir aquí era lo máximo que se podía esperar de él.
—Eres un hombre muy poco apto para la nobleza de Vollachia —le informó Priscilla.
—Lo… lo siento… Incluso yo pensaba que sería capaz de aguantar un poco más que esto, pero… ¡Blrr!
—Acertaste en el momento perfecto. Justo estaba pensando que me gustaría tomar un poco de aire fresco. Acompáñame —dijo Priscilla, tomando a su pálido marido por el brazo y poniéndose de pie.
Los asientos preparados para Priscilla y su grupo estaban a una altura que ofrecía una vista ideal del combate, pero no estaban tan alto como para que la peste de la sangre y la grasa —el hedor de la vida— no les llegara. Jorah nunca recuperaría el juicio mientras permanecieran en ese entorno.
—Utiliza el pasillo exterior. Balleroy, quédate con ellos —ordenó Serena.
—¿Qué? ¿Por qué yo? Tengo mucho que aprender de estos combates a muerte e… ¡Ay!
—¡No le contestes a la gran condesa! ¡Vete de aquí antes de que me avergüences aún más! ¡Y cuida tus modales con el conde Pendleton y su esposa! —dijo Miles.
—Sí, señor —respondió Balleroy, resignándose a la tarea.
Después siguió a Priscilla y Jorah alejándose de sus asientos, llevando un objeto largo envuelto en tela.
Salieron a una de las cubiertas de observación con vista al lago que rodeaba Ginunhive. Afuera, lejos del fervor arremolinado de la arena, los tres fueron recibidos por el aire salado. El sol ya se estaba poniendo, sustituido en el cielo por una luna roja como la sangre. La oscura superficie del lago la reflejaba, de modo que dos lunas, una en el agua y otra en el cielo, parecían fruncir el ceño al mundo.
—Ahh… Gracias por tu consideración, Priscilla. Lo siento de nuevo. Y joven Balleroy, te pido disculpas por obligarte a acompañarnos. Parecías estar disfrutando mucho de las peleas —dijo Jorah.
—Ah, no se preocupe. No pasa nada. No diría que disfrutaba de las peleas, la verdad. Solo aprendía un montón.
—¿Ah, sí?
—Claro. De todos modos, no hay razón que valga para quedarme allí si eso le molesta, conde Pendleton.
Se suponía que Balleroy había entrado al servicio de Serena recientemente, pero parecía bastante dispuesto a decir lo que pensaba. A Priscilla no le molestaba especialmente, pero Jorah parecía constantemente preocupado por si Balleroy decía algo que el conde se viera obligado a castigar. Priscilla miró de reojo a su marido, que seguía tan reacio como siempre a ejercer los privilegios de su nobleza, y luego se quedó mirando el lago.
—… —No dijo nada, pero pensó para sí misma que la Isla de los Gladiadores era algo menos de lo que esperaba.
Estaba casi emocionada por descubrir lo importante que era, pero verla en persona había disminuido su interés. Aunque, a diferencia de Jorah, ella no aborrecía la sangre ni sentía ningún desprecio por las competiciones mortales.
—De hecho, puede que sea lo único que me acelere el corazón —dijo ella.
Para bien o para mal, Priscilla también era de la nobleza de Vollachia. De hecho, aunque no podía hablar de ello públicamente, su sangre era tan propia de un ciudadano imperial como la de cualquiera.
Priscilla no creía que la personalidad residiera en el linaje, pero ella, al menos, no apartaba la mirada de los luchadores que arriesgaban sus vidas en la arena. Simplemente, dos insectos peleando en una jaula no eran suficientes para emocionarla.
—Oiga, doña esposa, tiene muchas agallas para ser tan joven —dijo Balleroy—. Incluso mi hermano Miles se estremeció un poco, pero usted ni siquiera parpadeó cuando la cabeza salió volando. —Balleroy miró a Priscilla, que estaba de pie junto al barandal mirando hacia el lago. Balleroy se apoyó en la baranda y levantó las piernas en el aire, un comportamiento poco propio de un sirviente.
En cambio, Priscilla no hizo ningún comentario al respecto; simplemente respondió:
—¿Qué intentas decir? ¿Que sería más linda o encantadora si chillara y gritara como una simple pueblerina y lloriqueara cada vez que un perdedor muriera?
—Nah, nah, nada de eso. También, cualquiera que viniera a esta isla solo para ponerse a llorar cada vez que alguien se quebrara, creo que estaría en un grave problema. Además…
—¿Sí?
—… Tengo gusto por las mujeres fuertes. Como la gran condesa Dracroy. —Ese comentario era aún más irrespetuoso que su postura, pero aun así, Priscilla no dijo nada al respecto.
Había varias razones para ello. Podía ver que no había malicia en las palabras ni en las acciones de Balleroy. Había juzgado que era alguien especial, un recipiente que sería una pena romper aquí y ahora. Y además, al fin y al cabo, era su guardaespaldas asignado en ese momento. Por muy relajado e indiferente que actuara, Priscilla notó que Balleroy seguía examinando regularmente la zona con una mirada avizora. Priscilla había conocido a muchos guerreros y podía ver que, aunque joven, Balleroy estaba entre los mejores. Si se le permitía seguir madurando y mejorando, bien podría convertirse en un guerrero conocido en todo el imperio.
—…
Después estaba Serena, que había asignado a este hombre para proteger a Priscilla y Jorah. Dado que era ella quien los había invitado a la isla, se podría decir que era normal que quisiera garantizar su seguridad mientras estuvieran allí.
Por el momento, Priscilla no tenía una mala impresión de Serena. Incluso trataba a Jorah, objeto de burlas por parte de muchos otros nobles, como a un igual. Priscilla no veía ninguna razón para mirarla con hostilidad. Por lo tanto, pensó que lo mejor sería seguirle el juego a Serena por el momento.
—Eso es raro —dijo ella, arqueando una fina ceja.
—¿Qué es raro? —preguntó Balleroy con un guiño.
Cuando Priscilla volvió a hablar, parecía más que siguiera hablando consigo misma que respondiéndole a Balleroy.
—¿Cuándo levantaron el puente levadizo?
Sección 10
“Creo que fui demasiado optimista sobre la situación.”
—… —Al aceptó con calma su situación, incluso cuando oyó los gritos que hacían eco en las paredes del pasillo detrás de él.
Hasta hacía un momento, literalmente unos minutos antes, había estado luchando por su vida. El hombre robusto con los dos sables había sido un luchador bastante bueno; por primera vez en mucho tiempo, Al había necesitado una cantidad de intentos de dos dígitos antes de poder arrebatarle la victoria a su oponente. Asegurar su supervivencia lo había agotado dramáticamente, y aunque sería incorrecto decir que estaba triunfante, la tensión ciertamente se desvaneció de sus hombros cuando regresó a los dormitorios, solo para terminar preguntándose…
—¿Esto es lo que consideras una broma, Ubilk?
—¿Broma? Deberías saber que nunca en mi vida he hecho una broma, Al. ¿No te dije? ¿No te dije que este lugar necesitaba una revolución?
El chico lindo le sonrió, demostrando que seguía siendo el mismo Ubilk. Excepto que a sus pies yacía el guardia llamado Auran en un charco de sangre, con la vida derramada por una profunda herida en el cuello.
A simple vista era evidente lo que había sucedido: Ubilk mató a Auran. Un «gladiador» había matado a un guardia.
—Matar a un guardia es el mayor tabú —dijo Al—. Esto no se va a registrar como un problema pasajero. Tenemos un desastre entre manos.
—Sí, si solo miras lo que está pasando aquí, tienes razón. No soy solo un gladiador; ahora soy un criminal que se enfrenta a graves consecuencias. Si las cosas no salen como yo quiero, podría incluso verme obligado a pelear en un combate a muerte como castigo… enfrentándome a Hornet o algo así. Jaja. Supongo que soy hombre muerto.
—¡¿Y te ríes de eso?! —Al estalló de indignación ante la incapacidad de Ubilk para comprender su situación.
Se puso en posición de combate con su liuyedao, enfrentándose a Ubilk, que solo empuñaba una tosca daga manchada con la sangre de Auran. Debía de haberla escondido entre su vestimenta. Era insignificante comparada con la gruesa espada de Al. Si llegaban a pelear, era obvio que no sería un verdadero enfrentamiento.
Ambos lo sabían…
—No puedes vencerme, niño. Incluso tú debes ser lo suficientemente listo como para saberlo.
—Sí, lo sé. Lo sé muy bien. No me hago ilusiones con que sea capaz de pelear contra ti… primero tuve que bajarle la guardia, si sabes a lo que me refiero.
Mientras hablaba, Ubilk arrojó la daga al suelo y alzó sus manos manchadas de sangre. Aparentemente se estaba rindiendo, pero Al frunció el ceño, sin estar aún seguro de cuáles eran sus verdaderas intenciones.
—Al, no importa cuántas veces me rechaces, seguiré preguntándote: ¿no nos ayudarás? Con tu fuerza de nuestro lado, estoy seguro de que la revolución tendría éxito.
—No lo tendrá. No podemos quedarnos aquí sentados en esta roca rodeada de agua y soñar con tonterías. La realidad es que a nadie le importa una mierda lo que tipos como tú y yo tengamos que decir.
—¡No, eso no es cierto! Si estuvieras con nosotros, Al… —Evidentemente, Ubilk se había quedado sin ideas, pero se negaba a dejar de intentar poner a Al de su lado.
—¿Es que nunca te callas? —Por su parte, Al estaba empeñado en que se callara.
“Lo siento, Ubilk, pero una revolución es un sueño. Está más allá de la realidad.”
Al no tenía intención de unirse a Ubilk en su barco que se hundía solo por unas cuantas palabras vacías. En cambio, dio un paso adelante y empuñó su liuyedao contra Ubilk con todas sus fuerzas.
—No quiero matarte —dijo—. Solo te voy a cortar un brazo, y cuando tú y yo tengamos eso en común, buscaré a los otros guardias y…
—¿Me entregarás a ellos? Me temo que prefiero que no. —La expresión de Ubilk se entristeció; miró a Al con sincera compasión—. Es una pena, Al, de verdad que lo es.
Al intentó dirigir la espada hacia él, como si quisiera borrarle esa expresión de su cara, pero entonces se detuvo. Bueno, en realidad, su espada se detuvo. Técnicamente hablando, su espada «fue detenida».
—¿Qu…?
Su golpe en diagonal se vio interrumpido cuando su arma rebotó contra una espada enorme. Podría haberse felicitado por haber conseguido mantener el mango, pero la imagen que se le presentó ante los ojos no le dio la oportunidad para tal autocomplacencia.
—¿Qué diablos es esto? ¿Otra de tus horribles bromitas? —Al tragó saliva con dificultad, con la mano temblorosa mientras intentaba ajustar el agarre de su espada.
Una figura alta se había movido para proteger a Ubilk, una figura terrible y abrumadora. La más bella y despiadada de todos los gladiadores de la isla, con sus crueles armas…
—¡¿Hornet?!
—Oh, santo cielo, qué mirada tan aterradora. Se supone que eres mi dulce y pequeñito Al. ¿Cómo puedes ser tan frío? —rio Hornet alegremente.

La mujer de cabello negro miró a Al; con sus largas piernas, era tan alta que él prácticamente tenía que estirar el cuello para mirarla. Sus armas, esas gigantescas espadas, ya estaban fijadas a los muñones de sus brazos; era la verdadera definición de un arma humana.
Hornet era la afamada Emperatriz Gladiadora, una mujer cuyas tretas y espíritu de lucha habían cautivado a muchos, a pesar de que era esclava en esta isla. Si ella protegía a Ubilk, las implicaciones eran impactantes.
—¿Así que estás de su lado? ¿Te has unido a la pequeña rebelión de Ubilk? Estás llena de sorpresas.
—Oh, cielos, ¿eso crees? ¿Pensabas que era una de esas mujeres aburridas y conservadoras? Eso me pone muuuy triste.
—Sé que no debo decirte boring si quiero seguir con vida. Pero tienes razón. Sigo sorprendido. Parecía que tenías todo lo que podías querer en esta isla.
Todos los demás gladiadores la respetaban, e incluso los guardias se inclinaban ante ella: Hornet prácticamente gobernaba Ginunhive. Le encantaba pelear y estaba invicta en la arena. Era casi una monarca aquí. La vida en esta isla le había ido bien y parecía más adecuada para ella que para nadie.
Entonces, ¿por qué apoyaba la ridícula fantasía de una revolución de Ubilk?
—Si quieres hablar de conservadores, yo soy prácticamente el ejemplo perfecto. ¿Por qué tirarías a la basura una vida estable por un aspirante a revolucionario? ¿Acaso perdiste la cabeza?
—Oh, vamos. Eso sí que es grosero. Pero esa es una de las cosas que me encantan de ti, mi dulce y pequeñito Al. Y estás siendo muy malito… Por fin hiciste lo que siempre quise que hicieras.
—¿Qué podrías querer de mí? —Al le guiñó un ojo a Hornet, incluso cuando sentía que la sed de batalla aumentaba, como un punto ardiente entre sus cejas.
No podía imaginar qué podría estar esperando ella de él.
—¡Jijiji! —rio Hornet entre dientes—. Lo que más quería no era que te unieras a nosotros, Al. Creo que es mucho más interesante tenerte como enemigo.
—¡…!
Un instante después, dos enormes espadas que no podían pesar menos de cien kilos cada una se abalanzaron sobre él. Hornet era una fuerza a tener en cuenta; Al no habría podido levantar una de esas espadas ni aunque su vida dependiera de ello, pero ella las manejaba con la misma facilidad con la que se balancean un par de ramitas.
El pasillo no era muy espacioso; apenas había sitio para esquivar sus ataques. Al se agachó para evitar el primer golpe y después saltó hacia atrás.
—Ohhh, eso no puede ser —dijo Hornet, siguiéndolo y dando un brutal ataque contra el pecho.
Lo lanzó aún más atrás, y el golpe le reordenó literalmente el corazón, el estómago y otros órganos internos.
La segunda espada se clavó en su cuerpo, golpeándolo de un lado a otro antes de que pudiera recuperar el aliento, cortándolo limpiamente —o más bien, de forma sangrienta— en dos.
La muerte era difícil de evitar, y se acercaba a Al...
—Ohhh, eso no puede ser —dijo Hornet, dando un paso adelante y lanzando un golpe con una espada gigante. Al la esquivó por muy poco. —Ohhhh —dijo Hornet, sorprendida; Al intentó usar su liuyedao para contraatacar, golpeando por puro instinto, ya que su oponente estaba detrás de él ahora que se había alejado de su golpe.
Hornet esquivó su contraataque con una velocidad asombrosa para alguien tan alto, provocando que el ataque de Al pasara por encima de su cabeza. Al instante siguiente, recibió una patada desde abajo, y sus pies se separaron del suelo. Ya no podía evitar lo que se avecinaba; la enorme espada se abatió desde arriba, partiendo al luchador en dos…
—Ohhh, eso no puede ser —dijo Hornet, dando un paso adelante y lanzando un golpe con una espada gigante. Al la interceptó con su liuyedao inclinado, bloqueando su trayectoria a la fuerza. —Oh —dijo Hornet, sorprendida; Al ya estaba gritando, atacando la pierna pesada de su oponente con un corte de barrido.
Hornet saltó con gracia por encima de su movimiento. Pero tener a su oponente en el aire era la oportunidad perfecta para Al: instantáneamente se dio la vuelta y empezó a correr por el pasillo.
—¡Aaaaahhh!
Era la primera vez que peleaba contra Hornet, pero no la llamaban la Emperatriz Gladiadora por nada. Al sabía muy bien que en cien rondas con ella, moriría cien veces. Por mucho que le doliera, sabía que tenía que escapar del campo de batalla por completo.
No era de los que se obsesionaban con la idea de ganar siempre todas las batallas que libraba. Según su lógica, sobrevivir era tan bueno como ganar.
Lo que significaba…
—Si logro salir a la arena… y pongo al público de mi lado…
—¡Al! ¡Por favor, no me hagas perder la fe en ti! Piénsalo un momento, ¡sabes que es lo correcto! —le gritó Ubilk a Al, que se alejaba.
Al no quería escuchar. Pero no podía evitar que la voz de Ubilk pasara hasta sus oídos.
—En el momento en que conseguí que nuestra amiga Hornet se pusiera de mi lado, supe que tenía a todos los que necesitaba. Solo esperaba de verdad que te unieras a nosotros…
Al no quería pensar en lo que decía Ubilk, pero tenía que escuchar. Porque antes de que diera una respuesta, lo vio.
—… —De alguna forma, había llegado a la arena, pero todo había cambiado.
Hasta hacía unos instantes, los espectadores habían estado animando y abucheando los combates a muerte, pero estaban distanciados de todo ello; siempre eran otros los que libraban esas batallas a vida o muerte, nunca ellos. Ahora la pasión salvaje había desaparecido, sustituida por una tensión y un miedo palpables que impregnaban el edificio. Y no era de extrañar: ahora había gladiadores rebeldes armados revoloteando entre las gradas, atando a los espectadores que fruncían el ceño y tomando el control del lugar.
Probablemente, algunas personas habían intentado resistirse, pero Al estaba seguro de que los revolucionarios habían dado rápidamente ejemplo de ellos, cualquier intento de héroe fue reducido a un cadáver con las despiadadas espadas de los gladiadores.
Al estaba atónito, pero lo entendía.
—No me digas… ¿En serio él va a…?
“Tomar el control de la Isla de los Gladiadores y luchar contra el imperio.”
El sueño se estaba haciendo realidad.
Sección 11
Durante la celebración, el tráfico entre la isla de los gladiadores y el continente era abundante y frecuente. Priscilla creía haber oído que, por ese motivo, el puente levadizo, único medio de conexión entre ambos, permanecería bajado durante todo ese tiempo. Así que, cuando notó que estaba levantado, empezó a hacerse preguntas. Y entonces, cuando ella, Jorah y Balleroy regresaron apresuradamente a Serena…
—Parece que su suposición era acertada, doña esposa —dijo Balleroy.
Se quedó a su lado, contemplando la escena. Habían regresado, preguntándose si había ocurrido algo terrible, para descubrir una escena de caos. Pero no era el caos de los espectadores gritando y animando en las peleas a muerte.
—S-santo cielo… ¿Esos gladiadores están fuera de la arena…? —preguntó Jorah.
Le estaba costando un momento comprender la situación, pero su conciso resumen era bastante preciso. Como había observado el hombre, ahora pálido, los gladiadores se habían salido de la arena y se adentraron en las gradas, y ahora amenazaban con sus armas a los asistentes, antes relajados. El hecho de que aquellos que habían intentado oponerse a ellos ya yacían en charcos de sangre dejaba claro que no se trataba de un juego ni formaba parte del espectáculo. No, esto tenía que ser…
—Una rebelión de gladiadores, ¿eh? —dijo Priscilla.
—¿Qué? —dijo Jorah con voz entrecortada.
Pero la única respuesta a su pregunta fue una voz enfurecida que gritaba:
—¡¿Dónde ‘tá la gran condesa Serena Dracroy?
Un grupo de hombres evidentemente brutales se abrían paso entre los asientos, actuando con mucha autoridad. Evidentemente, buscaban a la anfitriona de Priscilla y Jorah. Parecía poco probable que fueran tan imprudentes como para matarla en cuanto la vieran, pero…
—¡Deja de esconderte y sal! ¡De lo contrario, mataremos a to’os los que estén en este puto estadio!
Priscilla se corrigió: dudaba que fueran tan irascibles, pero eran más irritables de lo que había imaginado. No parecían lo suficientemente listos como para no cumplir su amenaza. Priscilla sonrió, pensando en cómo se desarrollaría todo aquello.
—Priscilla, p-ponte detrás de mí —dijo Jorah, reuniendo la poca fortaleza que le quedaba cuando se colocó delante de la joven.
¿Qué pensó Jorah de la expresión de su esposa en ese momento? Fue suficiente para que su marido le dirigiera una mirada de sorpresa. Incluso Balleroy, a pesar de la clara y presente amenaza a su Señora, tuvo tiempo de soltar un impresionado «¡Eh!».
No obstante, el movimiento de Jorah también atrajo la atención de los agresivos hombres.
—¿Qué es esto? Oigan, la bola de allá, no les servirá de na’ que estén ahí arriba. Si creen que pueden escapar…
—Yo misma soy la mujer por la que buscan: Serena Dracroy —anunció Priscilla, interrumpiendo al hombre y provocando que sus compañeros la miraran con considerable sorpresa.
—¡¿Hngh?! —se atragantó Jorah.
—¡Pero, vaya! —comentó Balleroy.
La voz de Priscilla resonó en la tensa arena, atrayendo naturalmente la atención tanto de los rufianes como de los espectadores cautivos, entre ellos, la verdadera Serena Dracroy. Sus ojos se agrandaron ligeramente, pero pareció comprender la intención de Priscilla. Por supuesto que lo hizo. Serena no era ninguna novata. Por otro lado…
—Desde luego que ella aún no llega a mis habilidades —murmuró Priscilla para sí misma.
—¿Tú, niña? ¿Eres la gran condesa Dracroy? —preguntó un hombre de vestimenta negra, acercándose a ella.
Su cabello lo tenía arreglado de una forma extraña, largo en el lado derecho de la cabeza y totalmente rapado en el izquierdo. En la cadera llevaba una espada con una hoja curva, y era obvio que sabía cómo emplearla.
El hombre miró a Priscilla de arriba abajo, evidentemente escéptico.
—Lo que he oí’o es que esa mujer, la gran condesa Dracroy, es to’o un personaje, tan mala que la llaman la Dama Incandescente. Una niña como tú, que parece que apenas podría calentar una habitación fría, y ni hablar de calcinar a nad…
—Lo más probable es que ese apodo lo inventaran los plebeyos que fueron testigos de mi cabello rojo ardiente. En cualquier caso, no es de mi interés cómo me llamen las masas chismosas. Puedes observarme con tus propios ojos.
—… —El hombre no respondió.
—¿Qué opinas? ¿Parezco una joven tonta que juega a ser una gran condesa? ¿O alguien que necesita la corroboración de un apodo vulgar cuando ya soy miembro de la nobleza del Imperio de Vollachia?
Aunque el hombre imponía con su altura, Priscilla mantuvo la cabeza en alto y lo miró directamente a los ojos mientras hablaba.
El hombre se puso rígido. Debía de haber confundido a la joven con lo que parecía a primera vista: una niñita que saldría volando con solo soplarle. Pero en la expresión de Priscilla no vio ni rastro de miedo, ni atisbo alguno de debilidad de espíritu. Si este hombre era un gladiador, debía de haber mirado a la muerte a los ojos muchas veces en esta isla. Y aun así, la audacia de Priscilla bastó para intimidarlo.
—Lo siento, gran condesa. Tienes que venir con nosotros. Nuestro líder quiere conocerte. —El hombre intentaba ser educado, al menos, lo mejor que podía un plebeyo como él. Pero había aceptado la afirmación de Priscilla de ser una gran condesa.
Miró a sus compañeros y se dispuso a llevársela. Priscilla no tenía intención de luchar contra él. En cambio, eso dejó a Jorah, que seguía intentando afirmar su ya inútil hombría.
—¡T-tú, espera! Si te la llevas, ¡llévame a mí también!
El hombre de negro parecía haber notado a Jorah por primera vez. Quizás fuera así; Jorah se había pasado toda la conversación sin decir nada e intentando encogerse.
—No había oí’o na’ sobre que estuvieras aquí con tu papá… —dijo el hombre.
—No soy su padre. ¡Soy su marido!
—¿Su mari’o? —El hombre parecía más escéptico que nunca, mirando alternativamente a Priscilla y a Jorah.
Era probable que le sorprendiera menos la diferencia de edad entre ellos que la diferencia en el vigor de sus personalidades.
Aun así, sería un gran problema para Priscilla si Jorah fuera ejecutado allí mismo, así que dijo:
—Es cierto, ese hombre es mi marido. No puede ser mi padre, porque él fue consumido por las llamas ante mis propios ojos. Razón que creo más que suficiente para llamarme la Dama Incandescente, al margen de mi cabello.
—Buen punto. Pero si esa historia es cierta, entonces tu mari’o…
—Tráelo. De lo contrario, se limitará a gritar y forcejear y te complicará la vida. Será mucho más dócil si está junto a mí. Y si lo ejecutas ahora… Bueno, no querrás que yo vaya tras de ti en un futuro, ¿cierto?
Priscilla, por supuesto, no era de las que seguían piadosamente a su amado marido a su óbito; no se sentía atraída por esas ideas románticas. Pero los hombres ya estaban convencidos de que Priscilla era la viva imagen de la nobleza de Vollachia.
Y entonces ocurrió algo que les robó la poca compostura que les quedaba. Rompiendo el incómodo silencio que se había apoderado de la arena cuando Priscilla había llamado la atención de los hombres, uno de los rufianes miró hacia el coliseo y exclamó:
—¡Oigan! ¿Esa es Hornet?
Todos voltearon y miraron hacia el ring para descubrir que las peleas a muerte, interrumpidas por el estallido de la rebelión, se habían reanudado. No eran las programadas oficialmente, sino una verdadera pelea a muerte, una que había comenzado por su propia cuenta.
—Aunque con tal diferencia de destreza, es más afín a una ejecución —comentó Priscilla.
Uno de los dos gladiadores que habían entrado en el ring medía más de un metro ochenta y sus brazos amputados habían sido sustituidos por dos enormes y aplastantes cuchillas. Era obvio a simple vista que había acumulado una montaña de cadáveres a lo largo de su vida, derramado ríos de sangre… Debía de ser ella quien había provocado tanto miedo cuando una voz pronunció su nombre.
Se enfrentaba a un espadachín manco que, por desgracia, no poseía ninguna ventaja evidente. Su nivel de habilidad estaba claramente muy por debajo del de Hornet, y parecía que en cualquier momento… no, incluso en ese mismo instante, recibiría un golpe crítico.
—… —El hombre manco gruñó y salió volando con un chorro de sangre.
Su cuerpo golpeó el suelo y rodó, acabando en una fosa en un extremo del estadio que se utilizaba para deshacerse de la sangre y los cadáveres después de una pelea. Hornet se acercó a él y le dio una patada con sus largas piernas, enviándolo, aún vivo, a la fosa.
—Supongo que rechazó la invitación de Hornet. Qué idiota —el hombre con la espada curva suspiró al presenciar el espectáculo de la abrumadora fuerza de la mujer.
Quizás el gladiador que acababa de ser derribado era un conocido suyo. El hombre parecía ser un tipo tonto que se había negado a unirse a los rebeldes, aunque Priscilla no veía la ventaja de rechazarlos en ese momento.
—Imponer la voluntad exige cierto grado de poder. Desde esa perspectiva, quizá fue natural que aquel hombre hallara su fin. Dime, ¿has venido hasta aquí solo para quedarte inmóvil cual estúpido?
—Sí que eres jodidamente parlanchina, ¿o no, gran condesa? ¿Crees que no te pondremos ni un de’o encima? ¿Por eso tu lengua ‘tá tan suelta?
—¿En verdad crees eso, sucio plebeyo?
—… ¿Mhm?
—¿Entiendo correctamente que crees que mi actitud jactanciosa proviene de la convicción de que no me vas a tocar?
El hombre vio algo en la mirada de Priscilla que lo hizo tragarse lo que estaba a punto de decir. Apuntó con la barbilla para dar una indicación a sus compañeros, y estos se llevaron a ella y a Jorah.
—¿Y yo qué, doña esposa? —preguntó Balleroy, dispuesto a seguirlos, pero Priscilla lo detuvo con una palabra.
—Está claro que no esperas que diga que tú también eres mi marido. No habría trabajo para ti aunque nos siguieras. Sé bueno y espera, aguarda hasta que tu momento llegue.
Ni siquiera un guerrero del calibre de Balleroy podría imponerse a todos los gladiadores que había allí. Enfrentarse a un centenar de luchadores curtidos no serviría de nada; eso estaba bastante claro. Pero Balleroy era joven e inexperto, y un poco impetuoso.
—Para usted es fácil decirlo, doña esposa, pero yo tengo mi orgullo… ¡¿Mhg?!
—¡Ya cállate, imbécil!
Balleroy estaba desenvolviendo su lanza cuando Miles, que se había acercado sigilosamente por detrás, lo golpeó en la nuca con una botella. El arma improvisada produjo un ruido sordo y desagradable, y Balleroy cayó al suelo con los ojos en blanco. Miles le dio una patada y dijo:
—¡Van a empezar a pensar que todos somos unos tarados como tú! ¿Y de qué nos va a servir eso, eh?
—¿Y tú quién eres? —preguntó uno de los hombres.
—Nadie, nadie. No me interesa pelear con ustedes —dijo Miles, arrojando la botella a un lado y mostrando todas las señales de sumisión—. ¿Dijeron que tienen a la gran condesa? Pues bien, tomen a la chica y a su marido y váyanse. No estamos aquí para causar problemas.
Los hombres se miraron entre sí, pero ya no eran tan estúpidos como para creerse lo que decía Miles. Comprobaron que Balleroy estuviera realmente inconsciente antes de volver a llevarse a Priscilla. Justo antes de abandonar la zona de las gradas, Priscilla vio a Serena. Los labios de la gran condesa se movieron, diciendo en silencio: «Lo siento. Y gracias». Priscilla no respondió, sino que siguió a los hombres con la majestuosidad adecuada.
—Pri… ejem, Serena, ¿qué estás tramando? —susurró Jorah.
—Así que al menos eres lo suficientemente inteligente como para percatarte de que cuento con un plan. De no haberme identificado como tal, probablemente habríamos pasado toda esta rebelión sin ver nunca el rostro de su líder. Y eso no habría sido divertido.
Jorah se quedó sin palabras por la conmoción, para después decir:
—¿Q-que no sería divertido?
Priscilla no sabía qué respuesta contundente esperaba su marido, pero no iba a cambiar de opinión. No estaba claro qué quería ese «líder» de Serena, pero si se hubiera quedado en las gradas, Priscilla habría perdido la oportunidad de descubrir lo que estaba pasando allí. No habría sido diferente a acurrucarse en posición fetal a los pies del escenario.
—Y eso es lo último que quiero —dijo Priscilla.
—… —la respuesta de Jorah fue un tenso silencio.
—Relájate. No importa en qué posición nos encontremos, porque este mundo está hecho a mi conveniencia —dijo Priscilla.
La única respuesta de Jorah a la audaz filosofía de su esposa fue mirarla con asombro, aunque sus hombros se encogieron un poco. No fue una reacción particularmente inspiradora, pero Priscilla no tuvo tiempo de reprenderlo por ello.
—Pues ya llegamos —dijo uno de los hombres.
Tras unos minutos caminando, llegaron a una habitación con una puerta extraordinariamente pesada, por la que ahora los hicieron pasar. Priscilla, que había estado haciendo un mapa mental de la isla mientras avanzaban, calculó que esa habitación debía de estar en el punto más alto de la Isla de los Gladiadores; en otras palabras, probablemente pertenecía a quien dirigía el lugar. Eso explicaría el lujoso mobiliario y la costosa alfombra, que de otro modo habrían parecido fuera de lugar en una isla de gladiadores cautivos.
También podría explicar la sangre en la alfombra y el cadáver de un hombre corpulento que yacía allí como un cerdo destripado.
—¿E-ese es…? —comenzó Jorah.
—El Señor de la isla, he de asumir… El que antiguamente se encargaba de los actos de entretenimiento aquí. Los esclavos que exhibía estallaron en una revuelta. Se necesita ser idiota para no adivinar a quién ejecutarían primero.
El hombre se lo había buscado al no evaluar adecuadamente el peligro a pesar del odio que se había ganado. Por otra parte, quizás los gladiadores habían demostrado ser aún más inteligentes que el sentido del peligro del hombre…
Los pensamientos de Priscila fueron interrumpidos por un hombre que se acercó trotando con una sonrisa en la cara de querer caer bien, pasando por encima del cadáver del antiguo Señor de la isla.
—¡Bueno! Es un placer verla por fin, gran condesa. Siento darle la bienvenida… bueno, de esta manera. Me hubiera gustado conocerla en una habitación más limpia.
La impresión general que daba era de esbeltez; era una especie de chico lindo.
A diferencia de los rufianes, indudablemente toscos y preparados, este joven no parecía pertenecer a la Isla de los Gladiadores, pero Priscilla supo de un vistazo que debía de ser el líder de la rebelión.
—Eres tú, ¿correcto? El anfitrión de este banquete —dijo ella.
—¿Banquete? Oh, me gusta esa palabra. Me encantan las reuniones animadas, por eso no odiaba la vida en esta isla, ¿sabe? Aunque algunas partes fueran difíciles de soportar —el chico lindo sonrió, pero lanzó una mirada despectiva al cadáver que yacía en el suelo.
Eso bastó para que Priscilla comprendiera cómo había sobrevivido en la isla: no empuñando un arma, sino empuñando su cuerpo. Por supuesto, el Señor de la isla había muerto. Era algo previsible.
—¿Y qué es lo que quieren, entonces? Decidieron raptarme a m… ejem, a la gran condesa. Asumo que eso los llevará a algo.
—Ah, no la llaman la vencedora de cien batallas por nada… Aunque debo decir que parece un poco joven para haber participado en tantos combates. Bueno, eso facilita las cosas. La gran condesa Serena Dracroy, la famosa Dama Incandescente… Usted es una de las nobles más prominentes del imperio.
—¿«Una de las»? No seas imbécil. No hay nadie que pueda sustituirme. Compararme con esos otros villanos me es una afrenta.
—¡Sere…! —Jorah casi se atraganta con el nombre, pero logró sacudir la cabeza con vigor.
Priscilla frunció el ceño, pero se limitó a seguir con su actuación como Serena. Por la forma en que había empezado el joven, era bastante obvio lo que estaba planeando.
Quería utilizar a la gran condesa como rehén.
—Y esperas negociar algo con el imperio. ¿Qué sería?
—Es muy sencillo. La Isla de los Gladiadores debe obtener la independencia y todos los esclavos deben ser liberados. Quiero salir de este charco, gran condesa Dracroy —el chico lindo rio sombríamente entre dientes, a pesar de que su proclamación convertía a todo el imperio en su enemigo.
Sección 12
La Isla de los Gladiadores había sido tomada por los propios presos, y la gran multitud de espectadores era ahora rehén. Entre ellos se encontraban más de un puñado de nobles de Vollachia, entre los que destacaba la gran condesa Serena Dracroy. Los rebeldes esperaban utilizar a estos rehenes para negociar su libertad.
Tal era el informe que se había enviado al corazón del imperio, y cabría esperar que conmocionara al país justo cuando su nuevo emperador había ascendido al trono… pero esa conmoción nunca llegó.
—Congrega de inmediato una fuerza de respuesta y envíala a esa isla. No tengo intención alguna de negociar —ordenó el nuevo emperador, Vincent Vollachia.
La voluntad del emperador tenía primacía en todo, por lo que se formó inmediatamente una unidad de exterminio. Había alrededor de quinientos gladiadores en la isla, pero la fuerza imperial estaba formada por dos mil soldados cuidadosamente seleccionados. Ni siquiera luchadores experimentados y probados como los gladiadores podrían resistir tal número. Más aún, las órdenes del emperador sobre el destino de los habitantes de la isla consistían en una sola palabra: «Aplástenlos».
Esos dos mil soldados no fingían estar allí para rescatar rehenes. Tenían permiso para usar una fuerza abrumadora para aniquilar a la oposición.
—Aun así, abandonar a Dracroy solo dará más dolores de cabeza.
—Entonces… ¿Su Excelencia mintió…?
—¡No digas eso, chiquilla! No si valoras tu vida. No fue una mentira. Solo fue… conveniente. Esa es una mejor manera de expresarlo. Una forma de arreglar las cosas sin cometer errores. Esa es la verdad —dijo un anciano de cabello blanco que se rascaba el cuello sin molestarse en ocultar su molestia.
Ya era de baja estatura, y eso se veía agravado por el hecho de que tenía la espalda encorvada por la edad. Era excepcional que un humano común, y no un semihumano longevo, llegara a los noventa años, como lo había hecho este. Su vigor también era bastante impresionante teniendo en cuenta su edad. Uno podría dudar de sus oídos si le dijeran que este sabio y viejo hombre, con los ojos casi ocultos bajo sus cejas excesivamente pobladas, era uno de los Nueve Generales Divinos, guerreros famosos en todo Vollachia.
Para asegurarse un lugar entre los Nueve Generales solo se podía demostrar una destreza marcial suprema. Sin embargo, este anciano de cabello blanco —Olbart Dunkelkenn— era uno de ellos. Y hablando con él estaba una joven de piel morena, con gran parte del cuerpo al descubierto y un parche en un ojo. Olbart le sonrió desde debajo de sus amplias cejas, y dijo:
—Tu nombre. Recuérdamelo, era…
—Arakiya. Creo que… ya te lo dije varias veces…
—Ah, sí, claro. Arakiya, eso es, Arakiya. ¡Esta vez lo recordaré! Kakakaka—Olbart chasqueó los dedos y soltó una risa sibilante que lo hacía parecer bastante enfermo. Arakiya se limitó a suspirar y miró con los párpados pesados hacia la lejana isla.
En ese momento, Olbart y Arakiya estaban posicionados con el puñado de tropas imperiales enviadas a la región de Ginunhive, evaluando la isla.
—Lo más rápido sería amontonarnos allí, pero pa’ eso habría que bajar el puente levadizo —dijo Olbart.
—¿No podemos… usar barcos?
—¿Barcos? ¡Barcos! Seh, lo pensamos, pero… ia sabes. Ese lago está plagado de mabestias acuáticas. Las soltaron en el agua pa’ evitar que los gladiadores escaparan hace mucho tiempo, pero ahora son las dueñas del lugar. Así que, sin puente levadizo, no podemos entrar y los rebeldes no pueden salir. Es algo feo, ¿no? Kakakaka —volvió reír Olbart.
Arakiya dirigió su atención al lago y descubrió que, en las oscuras aguas nocturnas, podía ver formas que se desplazaban, flotaban y nadaban como peces. Excepto que no eran peces. Eran mabestias acuáticas. A muchas criaturas terrestres les resultaba difícil luchar bajo el agua, por lo que no era raro que muchos consideraran a estas bestias aún más peligrosas que algunas de sus contrapartes terrestres. No era de extrañar que Olbart se riera de la idea de que los barcos fueran poco prácticos. Y así…
—Iré… —dijo Arakiya.
—Oie, no estamos hablando de un simple chapoteadero. Te tragaría un monstruo antes de que pudieras acercarte a esa isla, ¿eh? Soy viejo y no me queda mucho tiempo, pero ver a una jovencita con to’ el futuro por delante tirar su vida a la basura… ¡es demasiado!
—No pasa… nada. Simplemente me convertiré… en agua.
—¡Ohh! —Las cejas de Olbart se movieron en lo que era sin duda una expresión de sorpresa.
Mientras observaba, Arakiya se quitó la poca ropa que llevaba hasta quedar completamente desnuda. Después se agachó junto al agua, extendió una mano hacia la superficie del lago y dijo: «¡Nom!». Recogió un espíritu de agua, un pequeño espíritu menor, y se lo metió en la boca.
Como «Devoraespíritus», Arakiya podía ingerir los espíritus del ambiente que la rodeaba y adueñarse de su poder. Solo podía usar esa fuerza hasta que el espíritu se consumiera por completo, pero como los espíritus estaban por todas partes si se buscaban, nunca le faltaba combustible.
Esta era la habilidad que le permitía ingerir el espíritu de agua y adueñarse de sus cualidades. Miró a Olbart y dijo:
—El puente levadizo… solo hay que bajarlo, ¿verdad?
—Sí, eso bastaría. De to’s modos, si volviera con Su Excelencia y le dijera que una niña como tú lo dio to’ mientras mis viejos huesos se quedaron sentados sin hacer na’, me mataría en el acto. ¡Ve a cumplir tu tarea, querida! —Olbart agitó superficialmente la mano para despedirla.
A Arakiya no le importó, simplemente asintió y se zambulló en el agua. Partió a una velocidad que rivalizaba con la de cualquier mabestia acuática.
Las criaturas acuáticas no se percataron de Arakiya, que prácticamente se había convertido en agua gracias al poder del espíritu. Ninguna bestia atacaría deliberadamente al agua vacía. Así, Arakiya logró lo que nadie había hecho desde la fundación de la Isla de los Gladiadores: cruzar el lago sola y con facilidad. Le había tomado menos de diez minutos.
—¿…? —De repente, se percató de algo que la hizo reducir su ritmo, hasta entonces constante.
Había divisado una pequeña isla entre la orilla y la isla principal. De hecho, era demasiado pequeña para llamarla isla; era más bien un conjunto de rocas. Se dio cuenta porque al estar involucrado un espíritu de agua se volvió más sensible a los ligeros cambios en la corriente y el flujo del agua del lago.
También detectó sangre en el agua. Cambió de dirección y se dirigió hacia el banco de rocas, siguiendo el olor de la sangre hasta llegar a tierra firme.
Ahora podía ver rastros de sangre que conducían a una pequeña grieta entre las rocas. Y cuando los siguió…
—Diablos, ya ni siquiera sé qué es lo que está pasando. Debí perder tanta sangre que estoy viendo visiones.
—… —Arakiya entrecerró los ojos para ver mejor.
—Una cosa es segura. Sé que una chica desnuda y de cabello plateado no pasó por aquí ni me encontró entre las rocas… No con mi karma…
En la grieta, encontró a un hombre al que le faltaba un brazo. Tenía el cabello negro empapado y una herida en el pecho que, a simple vista, parecía grave. Era su sangre la que había estado siguiendo, y estaba claro que si el hombre —presumiblemente alguien vinculado de alguna manera con la isla— no recibía ayuda pronto, la muerte no tardaría en llegar.
Arakiya pensó por un momento. Sus órdenes eran rescatar a la nobleza imperial de la isla. Para ello, tenía que bajar el puente levadizo para que Olbart pudiera cruzar. Y para conseguirlo, sería útil tener algún conocimiento del funcionamiento interno de la isla.
—¿No quieres… morir? —le preguntó.
—… —El hombre no respondió.
—Si no quieres morir… Mhm. Te ayudaré. A cambio, hablarás conmigo…
Arakiya basó los términos de su negociación en la forma en que su antigua Señora… No, en el corazón de Arakiya, ella seguía sirviendo a la joven. Pero era la primera vez en su vida que Arakiya intentaba negociar algo, y cuando el hombre al borde de la muerte la oyó, respondió con una risa tranquila.
—¿Crees que tengo miedo de morir, después de todo esto? Deberías haber intentado eso… antes de que muriera un millón de veces… —Sangre salpicaba los labios del hombre mientras hablaba. Sonaba como si estuviera pronunciando una maldición.
Sección 13
Los gladiadores de Ginunhive se habían rebelado y exigían ser liberados de la isla. Todos los espectadores que habían acudido a Ginunhive para celebrar la entronización del nuevo emperador habían sido tomados como rehenes. Ese era el plan, según explicó el chico lindo que parecía ser el líder de esta rebelión armada. Priscilla Pendleton, haciéndose pasar por Serena Dracroy, entrecerró sus ojos carmesíes.
Era una niña de solo doce años, pero el brillo de su mirada, el duro filo del conocimiento y la crueldad, bastaban para convencer a todos de que era la estimada gran condesa. Nadie en la sala se atrevió a dudar de su afirmación.
Por supuesto, si alguna vez descubrían la verdad, Priscilla perdería la vida, junto con la de su marido Jorah, que la había acompañado…
—¿Independencia para la Isla de los Gladiadores? Exactamente el tipo de sueño miope que esperaría de gente que vive una vida insignificante en una roca estrecha rodeada de un lago. No es de sorprenderse. No es interesante. Una verdadera pérdida de tiempo —resopló Priscilla.
—Oh… —exclamó Jorah, pálido.
Naturalmente, ninguno de los gladiadores que estaban alrededor tampoco parecía particularmente complacido. Solo el chico lindo que estaba justo delante de Priscilla reaccionó de manera diferente.
—¡Jeje! —se rio como si todo aquello le resultara muy divertido—. Tiene facilidad de palabra. Una forma despiadada. No estoy molesto… Aunque no estoy seguro de poder hablar por todos los que están aquí.
—Como si me importara lo que unos descerebrados incompetentes piensen de mis palabras. Está claro que bastaron uno o dos discursos adornados para que quedaran dóciles en la palma de tu mano.
—¡Vaya! ¿Acaso dije algo extraño?
—Yo diría que sí. Pareces una de las personas menos estúpidas de aquí, lo que significa que deberías apreciar que las posibilidades de lograr la independencia de esta isla y la libertad de los gladiadores son exactamente nulas.
El chico se encogió de hombros, pero ni siquiera se inmutó ante la declaración de Priscilla. Por otro lado, los rufianes que lo acompañaban sí lo hicieron.
—Oie, ¿qué es to’o esto? —exigió uno de ellos—. Dijiste que, si tomábamos como rehén a la gran condesa, esos cabrones de la capital…
—¿Los escucharían? —Interrumpió Priscilla—. Viven en Vollachia. Seguramente conocen ese ridículo dicho: «En el Imperio triunfan los fuertes». ¿Sería fuerte una gran condesa que regresara a la capital temiendo por su vida? ¿Y qué hay de ti, que has tomado rehenes con la esperanza de obtener ventaja en las negociaciones? ¿Eres fuerte?
—…
—Puedo decirte cuál será la respuesta de la capital. Cuando se entere de que exiges hablar con él sobre tu libertad, el emperador actuará rápidamente para destruir a sus enemigos. Supongo que participarán los Nueve Generales Divinos, que sirven directamente a Su Excelencia.
La mención de los Nueve Generales Divinos le dio un escalofrío tanto a los rufianes como a Jorah. Ellos eran los nueve guerreros más fuertes del imperio que estaban directamente bajo las órdenes del emperador. Los gladiadores en esta isla tenían cierta confianza justificada en sus habilidades tras sobrevivir tantos combates, pero los Nueve Generales Divinos estaban en otra liga.
En este mundo, algunos habían sido bendecidos con talentos específicos, habilidades naturales; y otros no. La brecha de poder entre ambos era desesperante, y los Nueve Generales Divinos lo demostraban. No era un título que se pudiera obtener por virtud del estatus o linaje, sino solo a través de la gloria de la violencia triunfante.
Una vivaz confusión estalló entre los gladiadores cuando se les dijo que los Nueve Generales Divinos podrían venir tras ellos. El hombre que había traído a Priscilla hasta allí se enojó con el chico lindo, diciendo:
—¡Esto no es algo pa’ reírse, Ubilk! ¿Es cierto lo que dijo? ¡No sabíamos na’ de esto!
—Por favor, cálmate, Ghajit. ¡Imagina lo asustado que estaría yo si aparecieran tipos como ellos! ¡Apenas sé cómo empuñar una espada!
—No es momento pa’ juegos, pequeño… —El hombre llamado Ghajit, el del sable, agarró al chico lindo, Ubilk, por el cuello de su ropa, pero este siguió intentando calmarlo.
—Es obvio lo que quiere la gran condesa —dijo—. Espera asustarnos, así, para que nos rindamos y nos entreguemos a ella. Pero yo… No, no, no nos dejaremos engañar por su pequeño plan. La persistencia e incluso la codicia son nuestro pan de cada día. ¿O me equivoco?
Ante eso, el otro hombre chasqueó la lengua «¡Tsk!» y soltó a Ubilk. Los demás gladiadores también parecían afligidos, pero ya no enojados.
A Priscilla todo aquello le parecía una idiotez, por decirlo de alguna manera, pero sabía que ya no podían detenerse. Ya habían hecho lo que tenían que hacer. No podían rendirse a ese punto, disculparse y decir que sus suposiciones habían sido erróneas. Era imposible. Ya estaban alejados del punto de retorno.
Por eso no podían retractarse.
—Pri… Serena, ¿qué estás planeando? —susurró Jorah.
—Jum. Así que mi marido ha encontrado un uso para su cabeza además de temblar de miedo. Considérame sorprendida.
—Po-por favor, no te burles de mí, es un asunto importante —la voz de Jorah temblaba, pero respiró hondo y dijo: —Estoy de acuerdo contigo en lo que respecta al juicio del emperador. No podemos esperar que reconozca la independencia de Ginunhive. No podemos esperar ayuda.
Mientras escuchaba a su marido criticar en silencio el plan de los gladiadores, Priscilla entrecerró sus ojos carmesíes, animándolo con su silencio a continuar.
—Yo mismo soy un conde de este imperio, aunque no sea muy bueno en ello. Sé cómo funciona esta nación. Aún si el nuevo emperador es una persona profundamente compasiva…
—Los métodos tradicionales de nuestro imperio nunca le permitirían mostrar nada que se pareciera siquiera a debilidad. El único final que puede tener esta rebelión armada es la destrucción —concluyó Priscilla.
—No puedo imaginar que él no lo sepa —dijo Jorah, dirigiendo lentamente la mirada hacia Ubilk, que seguía intentando animar a sus rufianes.
Priscilla estaba bastante de acuerdo con la evaluación de Jorah. Si Ubilk tuviera ojos para ver o mente para pensar, se habría dado cuenta de que esta rebelión había terminado antes de empezar. Y aun así, lo había hecho, y había convencido a estos gladiadores con una cortina de humo verbal. Esta situación era culpa suya. Entonces ¿por qué?
—La independencia de esta isla es solo para encubrir algún otro objetivo —dijo Priscilla.
Detestaba ver cómo tenía éxito, y le interesaba igual de poco seguir dejándose llevar por la situación. Priscilla nunca había sido de las que simplemente hacían lo que otros le decían. No importaba con quién tratara, ella decidiría cómo viviría.
Por lo tanto, Priscilla miró a su alrededor, esperando en silencio su momento. Su oportunidad llegaría y, cuando lo hiciera, no la dejaría pasar. Porque…
—Este mundo está hecho a mi conveniencia.
Sección 14
—Eso ayudará. Ahora no morirás… probablemente.
—Seh, bueno… ¡AGH! —el hombre intentaba darle las gracias cuando recibió un golpe en la herida recién vendada y gritó de dolor.
Los primeros auxilios que ella le había prestado no inspiraban mucha confianza y, cada vez que le tocaba la herida, a él se le llenaban los ojos de lágrimas. Lo irónico era que eso podría haberlo ayudado a mantenerse con vida, ya que lo mantuvo despierto en un momento en el que perder el conocimiento significaba una muerte probable.
En cualquier caso, el hombre —Al— finalmente vio a su enfermera y dijo:
—Tal vez sea un poco tarde para decir esto, pero tú no te avergüenzas tan fácil, ¿verdad? Tengo que admitir que nunca pensé en que sería lo suficientemente suertudo como para que una muchacha preciosa se mostrara ante mí como vino al mundo.
—¿…? ¿Dije… algo raro? —Preguntó la chica morena que en ese momento se rascaba la mejilla e inclinaba la cabeza hacia Al, todo mientras permanecía encuerada.
No había ni un gramo de carne superflua en su precioso físico, pero parecía completamente inconsciente a cualquier sentido de vergüenza respecto a estar desnuda.
Al supuso que la chica tendría unos doce o trece años, una edad en la que esperaba que fuera sensible a ese tipo de cosas.
—Supongo que todo depende de dónde hayas nacido y cómo te hayan criado. A mí me gustan los cuerpos explosivos, ya sabes, ¡bababum! Qué suerte. Parece que hoy nos han salvado la vida a los dos.
—A ti es a quien le salvaron la vida. Yo… estoy bien. Creo.
—Oye, tú eres la que hace las preguntas. Da igual, aquí estoy, viendo a una chica de cabello plateado cuando estoy a punto de morir… ¿Es posible que esté en el infierno? —Al se estremeció de repente, y no porque hiciera frío. Sonrió de forma lastimera.
La chica, Arakiya —así se había llamado ella misma cuando él le preguntó su nombre mientras ella lo trataba— se tocó el cabello. Estaba empapado, goteando agua. Entrecerró sus ojos carmesíes y dijo:
—Mi cabello plateado… ¿es raro? Es bonito. Eso es lo que siempre decía… la Princesa.
—Ah, no, no. Solo hablaba conmigo mismo. Es mi propio problema. No tiene nada qué ver contigo, niña… Es solo que tengo malos recuerdos relacionados con el cabello plateado. Me recuerda que soy un inútil pedazo de basura.
—¿…? —Arakiya simplemente volvió a inclinar la cabeza ante la diatriba de Al hacia sí mismo; no lo entendía.
La sonrisa de Al se volvió aún más amarga; no podía creer que estuviera descargando su ira sobre esta muchacha justo después de que ella le hubiera salvado la vida.
Suspiró profundamente, como si eso pudiera deshacer el nudo que tenía en el pecho. Pero, por supuesto, no pudo.
—Es… Ya sabes. Había alguien importante para mí y no pude ayudarla cuando más lo necesitaba.
—Oh… Lo entiendo. Me pasó igual. No pude ayudar a la Princesa… —Arakiya bajó la cabeza y se tocó el ojo izquierdo con los dedos.
Se había preocupado por el vendaje que lo cubría mientras atendía a Al. Su ojo derecho parecía ser de un rojo brillante, pero él sospechaba que, bajo ese vendaje, su ojo izquierdo había perdido la luz. Ese ojo ciego parecía ser la clave del recuerdo de sus remordimientos.
—Aagh. Supongo que no puedo decir nada bien —dijo Al.
Se sentía mal por la chica; no debería haber sacado el tema. Era enfermizo que un hombre de mediana edad involucrara a una joven con toda la vida por delante en su propio sentimiento de impotencia.
Había pasado suficiente tiempo inútil y vacío en esa isla como para pensar que ese tipo de autorreproche era apropiado.
—Oye, lo siento. Ahora estoy diciendo tonterías. Supongo que no estaría muy bien pedirte que hicieras como si no hubiera dicho nada, pero quizá podrías ignorarlo. Debe de haber algo que hacer aquí, ¿no? Si no, no estarías en un lago peligroso como este.
—Mjum. La isla… Ha sido tomada, ¿verdad?
—Eso parece. No vi muy bien lo que pasó —Al se sentía mal por no poder hablar con más autoridad, pero no había podido detenerse a asimilarlo todo.
Lo único que sabía era que, de repente, se había visto envuelto en un combate a muerte con la mujer más poderosa de la Isla de los Gladiadores. La verdad era que consideraba un milagro no haber sufrido ninguna herida mortal, y eso que había estado a punto. Había estado a un paso de la muerte por ese milagro.
—Y mientras yo estaba ocupado averiguando si iba a colgar los tenis, Ubilk y Hornet se hicieron con el control del lugar con todos los que se tragaron su rollo, ¿eh? ¿Y cuál es tu papel en todo esto, muchacha?
—El puente levadizo. Lo bajaré. Porque sin él… los soldados no pueden llegar a la isla.
—Eso no va a ser fácil.
—Jum —dijo Arakiya, molesta por la rapidez con la que Al evidenció la debilidad de su plan al oír lo que pretendía hacer.
Era una reacción adorable, muy propia de una chica de su edad, pero, por desgracia para ella, lo que Al decía era cierto. No le resultaría fácil hacerlo.
Mientras el puente levadizo entre la isla y el continente estuviera levantado, las tropas de la capital no podrían asaltar Ginunhive. En otras palabras, ese puente levadizo era la línea de vida de los gladiadores que actualmente ocupaban la isla, y ellos lo sabían. Lo que solo podía significar una cosa:
—La carta más fuerte que tienen en la mano la jugarán allí. Y la carta más fuerte de esta isla es un monstruo llamado Hornet. La llamamos la Emperatriz Gladiadora.
—¿La Emperatriz… Gladiadora? ¿Es fuerte?
—¿Recuerdas cuando me encontraste casi muerto? Ella me dejó así —dijo Al, señalándose a sí mismo.
—¿…? ¿Eso significa… que es fuerte? —La pregunta de Arakiya en realidad no fue respondida.
Probablemente, la destreza de Al era motivo de debate a sus ojos. Solo tenía un brazo, se aferraba a la vida cuando ella lo encontró, y la propia Arakiya probablemente no se quedaba atrás en una pelea. No podía culparla si no pensaba mucho en él. Pero no había duda sobre la fuerza de Hornet. No había nadie en la isla que pudiera hacerle frente, e incluso los guerreros más fuertes del imperio podrían tener problemas en una pelea directa. Incluso Arakiya, que parecía ser más fuerte que Al, probablemente no fuera una excepción.
—Quizás sea otra historia si lo pospones un tiempo, primero crece fuerte y sana. ¿Tienes unos años para esperar antes de que necesites bajar ese puente levadizo?
—No… Tengo cosas que hacer. —Arakiya sacudió su cabeza hacia los lados y dio la respuesta obvia.
—Me lo imaginaba. —Al sonrió con aflicción, pero se puso de pie, apoyándose en la pared.
Todavía se sentía un poco mareado por la pérdida de sangre, pero pensó que podría moverse si se concentraba en ello.
Arakiya lo vio levantarse y luego parpadeó mientras agrandaba los ojos.
—¿Qué vas… a hacer?
—¿Que qué voy a hacer? Necesitas llegar a esa isla, ¿verdad, muchacha? Necesitarás a alguien que conozca el lugar si quieres bajar ese puente levadizo. Por eso me ayudaste, ¿verdad?
—… ¡Oh!
—¡No me digas que lo olvidaste! … Ahh. Gritar hace que a un chico le dé vueltas la cabeza… —Al le sonrió a Arakiya, dándose cuenta de que era del tipo de persona que se perdía en lo que estuviera haciendo en ese momento.
Esta era la realidad: volver a una isla llena de enemigos era un suicidio, sin importar cuántas vidas tuviera. ¿Pero ir con Arakiya? Eso era otra historia.
Puede que su vida no valiera ni un grano de arena, pero se lo debía a ella.
—Y nadie va a acusarme de ser desagradecido. Te guiaré por esa isla. Pero…
—Mn. Eso ayudará. Pelear… Ese es mi trabajo.
No llegó a decir que cuando apareciera el enemigo, iba a huir con la cola entre las patas. Si Arakiya —que de verdad tenía una cola— estaba tan decidida, Al no podía ir por ahí quejándose.
Con los dos decididos, Al salió de la grieta entre las rocas y miró la maldita isla, el hogar de los gladiadores, donde un grupo de espectadores estaban retenidos como rehenes, y un grupo de personas, que eran o muy valientes o muy estúpidas, habían declarado la guerra al imperio…
Al cabeceó de un lado a otro para sacarse el agua de los oídos.
—Muy bien, sabemos que vamos a ir. Pero ¿cómo llegamos allí? —dijo Al frunciendo el ceño.
Se enfrentaba al mismo problema que había hecho necesario bajar el puente levadizo en primer lugar: el lago que rodeaba la isla, infestado de mabestias. El lago que tenían que cruzar si querían llegar a tierra firme.
Ese era el primer muro que sortear. Lo primero que se interponía entre él y el momento de devolverle el favor a su salvadora.
Sección 15
—Oie, ¿cuánto de lo que dijiste es verda’?
—… —Pensativa, Priscilla cerró un ojo mientras lo miraba desde su lujoso sillón, donde esperaba aburrida que pasara el tiempo.
El que hablaba era un hombre con un peinado extraño: se había rapado el cabello, pero solo la mitad. Era el espadachín, al que Ubilk había llamado Ghajit. Ella supuso que tenía cierta autoridad, allí donde se valoraba por encima de todo la capacidad demostrada. Sospechaba que sabía defenderse en una pelea. El hecho de que pareciera actuar como portavoz de los demás lo dejaba claro. No obstante, el hecho de que solo actuara cuando el verdadero líder, Ubilk, no estuviera presente, demostraba que la valentía de Ghajit era una farsa.
—No te hagas la tími’a conmigo, señorita noble. ¿Entiendes la situación en la que ’tás? ¿Eh?
—Ahórrame tu parloteo. Creo que eres TÚ el que no entiende la situación en la que te encuentras. El mismo suelo sobre el que estás es endeble y traicionero.
—¿Y eso qué significa? —Ghajit exclamó.
—Han dejado que ese agitador les dicte hasta la más mínima cosa. No están dispuestos o son incapaces de usar su propia cabeza. Y si no pueden usar su cabeza, eso implica que tampoco pueden emplear sus ojos, oídos o nariz que la acompañan. Todos ustedes han llegado hasta aquí cubriéndose los ojos, tapándose los oídos y obstruyéndose la nariz, dejándose llevar simplemente de la mano. ¿Es que me equivoco?
La actitud de Priscilla no cambió a pesar del intento de intimidación de Ghajit. A su lado, Jorah parecía claramente nervioso. En cuanto a Ghajit, que había sido duramente reprendido, no podía ocultar su descontento, pero no parecía que fuera a hacer nada precipitado.
En general, parecía que a los gladiadores se les estaban pasando las emociones de haber tomado la isla. El torrente de sangre que les subía a la cabeza estaba muy bien para iniciar una rebelión, pero ahora la pregunta de qué vendría después parecía ser inminente. Por eso le pusieron atención a Priscilla, o más bien, a la gran condesa Dracroy, la única persona allí con más experiencia en tratar con el imperio.
—La capital hará exactamente lo que he dicho. Los Nueve Generales Divinos vendrán; exactamente cuántos dedos de la mano del emperador caerán sobre ustedes depende de él, pero cuando los Generales lleguen, esta pequeña revuelta será sofocada en cuestión de segundos.
—Solo escúchate. ¿Cuántas personas crees que tenemos aquí?
—No tiene importancia. Y tú lo sabes.
—¡…!
Sin importar lo mucho que intentaran mostrar una fachada valiente, cualquiera que hubiera vivido en el imperio, cualquiera que se hubiera ganado la vida allí con la espada, lo entendía muy bien. Ghajit y los demás gladiadores no se hacían ilusiones de poder enfrentarse cara a cara con los legendarios Nueve Generales Divinos. Lo entenderían cuando se calmaran un poco.
—Y aun así, hicieron esto… ¿Por qué? —preguntó Jorah, mirando a los gladiadores pálidos. La pregunta no era precisamente de lástima ni de compasión.
—Ahh… —Ghajit dio un suspiro apático.
Un hombre frágil como Jorah nunca podría entender los sentimientos de hombres que poseían una fuerza mayor, aunque todavía mediocre, como él. Un hombre bendecido con riqueza y estatus nunca podría entender la desesperación de los hombres atrapados en una isla aislada. Tampoco Priscilla. Aunque se les hiciera imaginarlo, no lo entenderían. Y Ghajit no tenía intención de esforzarse por intentarlo. En consecuencia…
—Pueden elegir entre dos caminos, plebeyos. Pueden seguir dejando que ese agitador los maneje a su gana y permitir que sus vidas sean extinguidas al intentar desafiar a los Nueve Generales Divinos y fracasar. O…
—¿Sí? ¿O qué?
—O pueden alzarse contra el sino que los oprime y recobrar sus vidas con sus propias manos.
Los gladiadores tragaron saliva con dificultad, todos ellos cautivados por las palabras de Priscilla. El camino que tenían por delante en ese momento solo podía ser un callejón sin salida. Era una tontería y nada más que eso el que se hubieran tendido una trampa a sí mismos de esa manera, privándose de su propio camino de regreso. Pero abandonar toda esperanza de que pudiera haber alguna forma de salir de ese callejón sin salida era renunciar a cualquier otra posibilidad que no fuera la muerte.
—…
—Intenten usar esas cabezas que tienen, que hasta ahora no han sido puestas a prueba. Su destino es suyo —dijo Priscilla, pero al ver a los hombres intentar agudizar un ingenio que no tenían, solo pudo encogerse de hombros.
Justo cuando se le estaba frunciendo nuevamente el ceño a Ghajit, se oyó una voz:
—Gran condesa Dracroy. ¿Quiere acompañarme al balcón? Se puede ver muy bien la costa —era Ubilk, que había regresado a la habitación.
—Una invitación mundana. Mas supongo que es mejor que estar aquí —Priscilla se levantó para aceptar la oferta del chico lindo, pero al hacerlo, volteó hacia su marido y le dijo: —Permanece aquí. No deseo que surjan sospechas extrañas.
—¡¿Qué?! —dijo Jorah con los ojos ampliamente abiertos, pero Priscilla lo ignoró.
Había asumido este peligroso papel y lo llevaría a cabo hasta el final. Con la mirada ansiosa de Jorah fija en ella, siguió a Ubilk al balcón, donde la brisa nocturna los acariciaba. El puente levadizo seguía levantado, como lo había estado desde hacía varias horas, aislando Ginunhive del mundo exterior.
Pero había algo que también era diferente de lo que ella recordaba. Que era…
—Parece que las tropas del emperador han acampado en la orilla opuesta. Se ven pequeñas luces por allí —dijo Ubilk, sombreándose los ojos con la mano.
Y, efectivamente, se veían fogatas titilando en el lejano continente. Cuando llegaron a la capital las noticias sobre los acontecimientos en Ginunhive y las demandas de los gladiadores, evidentemente se había enviado al ejército para rodear el lago. La brisa traía consigo una sensación de expectación casi palpable mientras los soldados se preparaban para la batalla.
—La vi hablando con Ghajit y los otros. No son muy rápidos a la hora de actuar, ¿verdad? Sé cómo se debe sentir, de verdad. Pasé cinco años convenciéndolos de que dejaran de dar largas.
— No oses comparar tu sofisma con mi grandeza, plebeyo. Tal atrevimiento es afrenta hacia mí.
—¿Sofisma? Eso me dolió —dijo Ubilk. Pero luego se rio entre dientes—. Así que soy un plebeyo irrespetuoso, ¿no? —Se apoyó en el barandal del balcón.
Se estaba volviendo terriblemente vulnerable. Sí, había un guardia a cierta distancia, pero si Priscilla entraba en acción, el guardia nunca llegaría a tiempo. Como el propio Ubilk dijo, no era un luchador. Arrebatarle la vida al chico lindo habría sido sencillo para Priscilla. Pero entonces…
—No significaría nada, ¿o sí? Hemos llegado hasta aquí. Cortarme la cabeza ahora no lo detendría. Solo di un pequeño empujón.
—Jum. Un empujón. ¿Y a quién, exactamente, le has dado ese empujón?
—Oh, a quienquiera que estuviera cerca. A cualquiera que no pareciera tener mucho en qué pensar —Ubilk se rio en voz alta.
Después tomó el dobladillo de su propia camisa y comenzó a levantarla. Era el atuendo sencillo y tosco de todos los cautivos de la isla, y al subirla, reveló su cuerpo delgado y huesudo.
Priscilla frunció el ceño, pero pronto se dio cuenta de que él no se estaba desnudando simplemente por el gusto de hacerlo. Le estaba mostrando algo. Algo que explicaba cómo había logrado avivar las llamas de esta rebelión.
Allí, en medio del pecho de Ubilk, había un tercer ojo, cerrado en ese momento.
—El Clan del Ojo Maligno.
—Precisamente. Una visión poco común, ¿verdad? No quedan muchos de nosotros. Soy uno de los pocos supervivientes —Ubilk dejó caer la camisa y levantó las manos en una postura burlona de «te voy a atrapar». Priscilla no reaccionó en absoluto, pero cruzó los brazos, apoyando los codos en las manos.
Incluso entre los semihumanos, el Clan del Ojo Maligno poseía habilidades excepcionalmente raras. Tenían un tercer ojo, comúnmente conocido como Ojo Maligno, en algún lugar de su cuerpo, y este les otorgaba una serie de poderes. Era similar a una Protección Divina; visto de otra manera, se podría decir que el Clan del Ojo Maligno era un pueblo que siempre manifestaba una Protección Divina.
Las Protecciones Divinas no eran exactamente magia, y un pueblo que siempre nacía con lo que era efectivamente una de ellas resultaba una perspectiva apetecible para aquellos que deseaban utilizar esos poderes para sus propios fines. Había habido más de una batalla en la historia de Vollachia para controlar al Clan del Ojo Maligno. Y muchos miembros del clan, tratados como tesoros que se robaban una y otra vez, perecieron en las guerras…
—Ahora se supone que el Clan del Ojo Maligno está prácticamente extinto —observó Priscilla—. Se les considera casi tan raros como los Oni.
—Está bien informada. Sí, soy miembro de ese clan tan raro. Aunque, ejem, las razones por las que le gustaba al Señor de la isla no tenían nada que ver con mi Ojo Maligno.
—Eres un prostituto.
—Es vergonzoso, pero es verdad —Ubilk se rascó la mejilla y, por primera vez, parecía que realmente hablaba desde el corazón.
Priscilla, en cambio, desestimó su vergüenza con un —Jum. ¿Qué necesidad hay de avergonzarse?
—¿Qué?
—Toda vida busca labrarse un lugar utilizando las habilidades que posee. Y si tú te labraste el tuyo sin un arma, entonces debiste hacerlo con tu ingenio. Y eso demuestra que no eres una bestia, sino un ser humano.
Lograr la victoria cuando ambos oponentes se mostraban los colmillos era demostrar que se era físicamente fuerte. Pero usar la inteligencia en lugar de los colmillos demostraba no la fuerza física, sino la intelectual. No es que una fuera inherentemente mejor que la otra. Cada una tenía su lugar.
—Ya veo… Usted es bastante lista —dijo Ubilk.
—Por supuesto que lo soy, cretino. ¿Por quién me tomas?
—Bueno, esa es una pregunta difícil —sonrió Ubilk con tristeza a Priscilla.
Por la forma en que hablaba, por la que hinchaba el pecho, sospechaba que ella sabía lo que él iba a decir a continuación. Si Ubilk hubiera fabricado esta situación con la esperanza de capturar a la gran condesa Serena Dracroy, ya se habría dado cuenta.
—Sea quien sea en realidad… No es la gran condesa Serena Dracroy, ¿verdad, señorita?
—No pierdas el tiempo afirmando lo evidente. ¿Acaso tu cabeza es tan hueca como la de todos tus compinches? —No había ninguna malicia en particular en la respuesta de Priscilla.
Los hombros Ubilk se encogieron, y dijo:
—Pensé que intentaría hacerse la tonta. En cambio, lo admitió sin tapujos ni reparos…
En realidad, a Priscilla no le importaba que Ubilk hubiera descubierto su mentira. No esperaba que su máscara durara mucho tiempo. Por su parte, Ubilk, que tenía cuidado de mantener esta conversación fuera del alcance de los oídos de los guardias, no parecía tener intención de revelar a los demás gladiadores quién era realmente Priscilla.
En cierto sentido, era una estrategia de negociación por su parte. Sabía que ella no era quien decía ser, pero no se lo diría a nadie. Y a cambio…
—Necesito que se mantenga alejada de mí durante un tiempecito, señorita.
—Muchachito necio. Incluso tú deberías comprender que tu efímera rebelión será pronto reducida a polvo. Con puente levadizo o sin él, esas huestes que aguardan al otro lado hallarán la manera de cruzar el lago tarde o temprano. Es solo cuestión de tiempo.
Ubilk sonrió y dijo en voz baja:
—Sí. Y tiempo es precisamente lo que quiero.
En ese momento, de entre el torbellino de preguntas de Priscilla surgió una respuesta que le pareció lógica.
—Así que eso es lo que buscas— dijo ella.
Ahora entendía por qué Ubilk había instigado este levantamiento, sabiendo perfectamente que sería aplastado. Sabía por qué quería ganar tiempo tan desesperadamente.
Él la miró sorprendido. Sus palabras murmuradas habían delatado que ahora ella conocía su plan.
—Vaya, vaya. ¿Eso es todo lo que le hizo falta para descubrir lo que buscaba? Y… ¡Y! Lo extraño es que no dudo de que esté diciendo la verdad. Es extrañamente persuasiva en ese sentido.
—No me importa en lo más mínimo si me encuentras persuasiva o no. La pregunta es: ¿qué vas a hacer? Ahora que he averiguado tu plan, ¿qué va a pasar?
—Sí que estamos en un aprieto. Y yo que pensaba que usted tenía todo bajo control —dijo Ubilk, rascándose la cabeza y sonriendo con un toque de amargura.
Bajo su camisa, el Ojo Maligno de su pecho estaba fijo en Priscilla. Si fue el Ojo Maligno lo que le permitió provocar esta rebelión, entonces su poder debía estar relacionado con la capacidad de sentir las emociones de los demás, una habilidad peligrosa.
Por otro lado, Ubilk sacudió su cabeza hacia los lados y dijo:
—No. Mi Ojo Maligno no hace nada tan conveniente. Y dudo que funcionara con usted. Así que supongo que lo más sensato sería silenciarla…
—… —Priscilla no dijo nada.
—… pero una duda persistente no me deja hacerlo. Y por eso… —Ubilk llamó a los guardias con un chasquido de sus dedos.
Aparecieron dos hombres, uno grande con armadura completa y otro más bajo con el torso descubierto.
—Por favor, escolten a la dama a una habitación separada de su marido. Y traten de ser educados al hacerlo.
—Educa’os. Buen chiste —dijo el hombre más pequeño, con una risa chirriante que sonaba como un insecto zumbando en su boca—. Si eso es lo que siempre somos por aquí. «Educados».
—Bueno, ella es nuestra carta de triunfo —Ubilk volteó y miró a Priscilla. Sus ojos eran tan profundos que era imposible saber qué emoción albergaban—. Voy a tener que pedirle que se quede con nosotros por un tiempo. Aunque admito que puede parecer arrogante, teniendo en cuenta que los Nueve Generales Divinos van a reducir este lugar a cenizas.
—Joh. ¿Así que cuentas con un plan? ¿Algo que frustrará a los propios Generales del emperador? —Cuestionó Priscilla levantando una ceja.
—Solo digamos que usted tiene a su emperador… y nosotros a nuestra Emperatriz.
La palabra emperatriz llamó la atención de Priscilla. Si había alguien en esta isla a quien se le llamara así, o era la bufona más ridícula del mundo o…
—… alguien lo suficientemente fuerte como para desafiarlo por el trono imperial.
Sección 16
Glug glug, glug glug.
El paisaje pasaba a toda velocidad. Bueno, eso no era del todo exacto. En realidad, no había nada lo suficientemente llamativo como para llamarlo «paisaje» en los alrededores, y no era lo que les rodeaba lo que se movía, sino ellos mismos.
Solo un hombre manco de mediana edad llamado Al siendo arrastrado por el agua del lago a una velocidad fantástica.
—¡¿Blurg?! —exclamó cuando la natación se detuvo abruptamente.
Incapaz de detener por completo su impulso, Al salió volando del agua y rodó por una superficie dura. Se detuvo boca arriba en el suelo frío, donde llenó con avidez sus pulmones con todo el oxígeno que pudo.
—Ohh… Ohh… ¡Pensé que sí me les iba! —jadeó Al, reflexionando sobre el hecho de que había estado muerto de miedo y a punto de morir.
Una de las razones era, por supuesto, que no podía respirar bajo el agua, pero la segunda era que se había encontrado con la mirada de más de una mabestia nadando por el lago.
Allí abajo era, literalmente, un mundo diferente, y pertenecía a esos tipos, que consideraban el agua su hogar. El mero hecho de que Al hubiera sobrevivido y fuera arrastrado hasta la pequeña roca donde Arakiya lo encontró fue posible únicamente gracias a una sarta de pequeños milagros.
“Es ridículo pensar cuántas veces debí haber sido destrozado por esas criaturas”, pensó Al.
Hubo un chapoteo cuando Arakiya lo siguió fuera del agua.
—Llegamos —dijo ella.
—Gracias, eso veo. Y toma… ponte esto —dijo Al, frunciendo el ceño a la aún desnuda joven, quien no mostraba vergüenza alguna, y le lanzó su propia camisa raída.
Estaba empapada, cubierta de sangre y llena de agujeros, pero sin duda era mejor que ir por ahí con una chica desnuda. Arakiya, por deferencia hacia los sentimientos de Al, rasgó la camiseta en dos, envolviendo una parte alrededor de su pecho y la otra alrededor de su cintura, eliminando así los aspectos más problemáticos de su escasez de ropa.
Una vez resuelto el problema lógico, Al inclinó la cabeza y dijo en voz baja:
—De vuelta en casa, y solo han pasado unas horas… aunque este lugar me resulta inquietante. —Contempló la Isla de los Gladiadores, sobre la que se había extendido un manto de silencio.
Él y Arakiya habían arribado en el vertedero de la parte baja de la isla, un sencillo embarcadero desde el que se arrojaban al lago la basura, los desperdicios y cualquier otra cosa innecesaria que se generaba en la isla para alimentar a las mabestias. A pesar de su acceso directo al lago, no había guardias que vigilaran si algún soldado imperial intentaba infiltrarse por allí. Las mabestias acuáticas eran guardias suficientes, por lo general.
—Deben de pensar que nadie estaría tan loco como para intentar entrar por aquí.
—Este lugar… ¿Para qué es?
—Es donde botan la basura de la isla. Comida podrida, mierda humana… y cualquier persona que se haya convertido en desperdicio.
—¿Una persona que se haya convertido… en desperdicio?
—Hablo de cadáveres. Las mabestias se los llevan. Es muy… eco-friendly, ¿sabes? —dijo Al.
—… —Arakiya parecía profundamente perturbada.
Independientemente de lo que ella pudiera pensar, Al consideraba que era una forma muy razonable de manejar las cosas. Al fin y al cabo, mientras los gladiadores tuvieran que pelear entre sí para entretener a los espectadores, la isla seguiría generando cadáveres. Toda la isla estaba dedicada a los combates, no podían reservar terreno para enterrar a nadie. Además, ¿quién iría a visitar las tumbas aunque las hubiera?
Por todo lo anterior, era la forma más eficaz de ocuparse de los muertos.
—Por supuesto, de vez en cuando hay algún espectador con gustos… peculiares que compra uno de los cadáveres.
—¿A los cadáveres? ¿Y qué hacen con ellos?
—Oye, no todos los gladiadores son unos brutos grandes y feos como yo. A veces hay algún tipo guapo, e incluso alguna que otra mujer atractiva que pasa por aquí. Pero todos mueren cuando les llega la hora. Si mueren guapos, hay gente que paga por ellos.
Incluso Al había oído hablar de gente que compraba los cuerpos de semihumanos raros para disecarlos; no eran pocos los miembros de clanes inusuales que pasaban por la isla de los gladiadores.
En cualquier caso, salvo aquellas pocas almas pobres que seguían siendo degradadas incluso después de la muerte, la mayoría de los cadáveres eran arrojados al lago, donde se convertían en nutrientes para las mabestias y entraban en la cadena alimenticia.
—No estoy seguro de que una cosa sea mejor que la otra después de morir —dijo Al.
En lo que a él respectaba, no creía que le importara mucho después de morir si su cuerpo se convertía en un juguete o se lo daban de comer a las bestias. Estar muerto es estar muerto; después de eso no quedaba nada.
No quedaba nada, pero existía un ciclo natural adecuado.
—¿Jum? ¿Qué pasa, muchacha? No dejas de mirarme.
Arakiya, ajena a los pensamientos y sentimientos de Al en ese momento, tenía la mirada clavada en él, con un ojo en el que ardía una chispa y otro en el que se había apagado la luz.
—No está mal… creo —dijo ella.
—¿Jum? ¿Qué no está mal?
—Tu cara —dijo de forma insegura—. Sí, tu cara. No creo que seas un bruto feo.
Al se quedó sin palabras: de todo lo que había pensado que ella podría decir, eso no era. Por un lado, le sorprendió que Arakiya se fijara en el aspecto físico de un hombre, y más aún que siguiera con el tema por consideración hacia él. O tal vez no fuera realmente ninguna de esas cosas; quizás, a su manera, simplemente estaba diciendo lo que tenía en mente, pero incluso eso sería sorprendente en cierto modo.
A Al no le gustaba mucho su propia cara. De hecho, lo odiaba un poco. Casi hubiera preferido mantenerla oculta, si pudiera.
—… El puente levadizo. La cosa que hay que mover… ¿dónde está? —mientras Al trataba de averiguar de qué forma decir gracias, Arakiya ya había cambiado de tema.
Eso decidió la suerte de Al: dejó de preocuparse por las palabras de agradecimiento y levantó la barbilla.
—Es eso. ¿Ves la gran torre que hay junto al puente levadizo? Es la torre de control del mecanismo del puente. Si consigues entrar ahí, no debería ser nada difícil bajar el puente.
—… —Arakiya miró hacia donde Al había señalado, forzando la vista para ver mejor la torre.
Si subía allí y bajaba el puente, las tropas imperiales cruzarían en masa desde la orilla opuesta y esta rebelión armada sería reprimida en un instante. Los gladiadores que habían dejado que Ubilk los convenciera de formar parte de su descabellada idea, de su imprudente lucha, serían aplastados, probablemente aún fantasiosos.
—Y eso significa que todos los que conozco probablemente desaparecerán de golpe… igual que hace cuatro años —dijo Al—. Oye, espera. ¿También me van a culpar a mí por esto? ¿Acabarán conmigo al instante?
—Está bien… Hablaré con ellos. Probablemente no lo olvidaré. Sin duda.
—¡Eso es un poco vago para mi tranquilidad! De todos modos, y… —pero entonces Al dejó de hablar, porque Arakiya lo estaba mirando de forma extraña a pesar de su mueca.
Por mucho que le costara admitirlo, Arakiya no tenía ninguna garantía de que pudiera reunirse con sus compañeros de forma segura. De hecho, podía esperar que la torre de control estuviera custodiada por la Emperatriz Gladiadora, Hornet, a quien Al había dicho que era imposible de vencer.
—… —Al no pretendía fingir que su propia fuerza fuera algo despreciable, pero Hornet era la luchadora más poderosa de la Isla de los Gladiadores.
En su mente, le parecía increíblemente plausible que incluso pudiera pelear contra los Nueve Generales Divinos —los guerreros más fuertes del imperio— en igualdad de condiciones. Si el plan de Ubilk tenía alguna esperanza de tener éxito, significaba contar con alguien con destreza en el combate que pudiera igualar a los Generales cuando llegaran a la isla. Para llevar al Imperio de Vollachia a la mesa de negociaciones, necesitarían la fuerza necesaria para no ser aplastados por la espectacular violencia del gobierno.
Hornet tenía que ser la clave del plan de Ubilk. Desde esa perspectiva…
—En verdad no creo que puedas vencer a Hornet, pequeña.
Arakiya era más fuerte que Al, o al menos eso sospechaba. Pero Hornet era más fuerte que «cien Als». No había forma de que Arakiya pudiera vencer a ese monstruo.
Pensó que debían retirarse, ir a buscar a los Nueve Generales Divinos, que supuestamente esperaban en la otra orilla. Arakiya podía arrastrarlos hasta aquí a través del agua, de la misma manera que lo había hecho con Al.
—Creo que… nadar sería difícil. En una distancia corta, podría estar bien, pero…
—Me imagino que no es muy realista pedirles aguantar la respiración durante diez o quince minutos, ¿no? Pero no estoy seguro si es mejor pensar que puedes vencer a Hornet —comentó Al tras interrumpir a Arakiya.
—Estoy pensando. Si no puedo ganar… entonces no pelearé.
—¿Qué? —Al parecía sorprendido, pero Arakiya tomó algo del aire: un espíritu menor, que brillaba tenuemente. Sin dudarlo un instante, se lo metió en la boca y masticó al ser incorpóreo.
—…
Le había dicho a Al que era una «Devoraespíritus». Podía consumir a los innumerables seres conocidos como espíritus que flotaban en el aire, incorporándolos a su cuerpo y adquiriendo sus características. Así era como se había convertido en una especie de espíritu menor de agua para cruzar el lago de forma segura. De hecho, no sería exagerado decir que se había convertido en agua, nadando a una velocidad que superaba con creces a la de cualquier persona normal. ¿Cómo podía Al no creer su explicación? Ella lo había arrastrado a través del lago a una velocidad tremenda.
Así que, para cruzar el lago, Arakiya había consumido un espíritu de agua. En ese caso, para llegar a la torre de control y bajar el puente levadizo, consumiría…
—Un espíritu de viento.
—Oye, espera, no puedes hablar en serio… —mientras Al observaba, el cuerpo de Arakiya comenzó a transformarse en viento. Lo que significaba que poco a poco se volvía invisible.
Si forzaba la vista, Al podía ver la silueta de Arakiya, pero solo porque sabía qué buscar.
—Guau, puedes hacer cualquier cosa con esas cosas. Qué conveniente. Creo que a partir de ahora voy a empezar a alimentarme de los espíritus.
—No te lo recomiendo… Puedes terminar desapareciendo.
—Ahh, así que es de ese tipo de cosas, ¿eh? No puedes mantener tu identidad y entonces… ¡puf!
Entendió que, para fusionarse con los espíritus como un «Devoraespíritus», se requería un sentido de identidad absolutamente inquebrantable. Y si la clave era el sentido de identidad, bueno, ella tenía razón: él no servía para eso. Al era prácticamente el ejemplo perfecto de no saber quién era en realidad.
—Va a ser un desastre si subes allí y descubres que Hornet ni siquiera está dentro.
Después de todas sus advertencias sobre lo poderosa que era, si Hornet no estaba en esa torre de control, sería realmente decepcionante. Aunque eso también facilitaría mucho a Arakiya el logro de su objetivo.
Por otro lado, Arakiya ni siquiera sonrió ante la pequeña broma de Al. En cambio, la joven translúcida miró hacia la torre y dijo:
—No. Ella está allí.
Sección 17
Al y Arakiya, llenos de dudas y cautela, regresaron a la isla en poco tiempo. Se dirigían a la torre de control, aunque fue puramente por circunstancias que Al se quedara con Arakiya. Quería devolverle el favor por haberle salvado la vida, pero una vez que sintiera que había saldado su deuda, planeaba separarse de Arakiya para vivir una vida diferente.
A esas alturas, ya le había enseñado cómo bajar el puente levadizo, la ayudó a moverse por la isla y le dio suficiente ropa para que la gente no la tildaran de pervertida. Pensaba que todo eso era una gran ayuda. No le quedaba mucho por saldar.
—¡Argh! —mientras Al observaba, el hombre de cabello corto que tenía delante se desplomó, con sangre brotando de su cabeza.
Otro hombre que había estado hablando con él reaccionó conmocionado ante la repentina y violenta muerte de su compañero de plática. Pero no era tarea de Al explicarle lo que había pasado, ni calmar su corazón herido. En cambio, le arrebató el cuchillo que el hombre asustado llevaba en la cintura, lo sujetó con el mango hacia atrás y se lo clavó en el corazón para después girarlo con fuerza.
Los dos guardias murieron sin emitir ningún sonido, con cinco segundos de diferencia entre uno y otro.
Tal vez podrían continuar su conversación en otra vida.
Al dejó escapar un sonido de admiración mientras se limpiaba la sangre del cuchillo con la camisa, diciendo:
—Fiuf. Hacerse invisible. Eso sí que es una ventaja injusta.
—Y tú… Eres más fuerte de lo que pensé. Aunque solo tengas un brazo —respondió Arakiya, apenas visible.
Al pensó que tal vez su valoración era demasiado sincera, pero decidió tomárselo como un cumplido.
En cualquier caso, los uniformes de los guardias estaban demasiado manchados de sangre como para poder ponérselos, así que parecía que el viejo Al iba a tener que continuar esta misión secreta a medio vestir.
— Vaya, de verdad que se han apoderado de esta isla, ¿no? —dijo Al.
—¿Pensabas que mentía?
—Digamos que esperaba estar… soñando.
Al no había querido a nadie en la isla, ni siquiera tenía amigos. No, eso no era cierto. El guardia llamado Auran fue su amigo. Al lamentaba su muerte desde lo más profundo de su corazón. Pero eso era todo. Después de diez años como gladiador, Auran era la única persona por la que Al sentía algún afecto. Por lo demás, realmente no había nada aquí para él. La razón por la que esperaba que fuera un sueño era porque todo se había puesto de cabeza, incluida la vida de Auran.
—Me pregunto qué haré después…
Al menos en cierta medida, habría cambios en la isla una vez que todo esto terminara. Lo único que quería que permaneciera igual ya había cambiado, y habría más cambios por venir. Si eran inevitables, ¿por qué iba a quedarse aquí? ¿Qué había logrado en la década de su vida que había pasado en esta roca?
—Ni una mierda, solo eso. No hice nada y probablemente tampoco lo haría en el futuro.
Había pasado sus días como la hierba que mece el viento, como una hoja que se desliza sobre un estanque a capricho de la brisa. Nunca había tenido siquiera la imaginación para vislumbrar qué le esperaría al final de todo…
Mientras Al estaba junto a los guardias a los que había eliminado, de repente habló Arakiya:
—Ahí.
Al contuvo el aliento y miró en la dirección que ella señalaba. Vio losas de piedra, la torre de control rodeada de muros tanto naturales como artificiales, y al pie de ellos…
… había una figura muy, muy grande, dándoles la espalda.
—¡…! —Al casi se ahogaba, presa de una sensación como si le hubieran atrapado el corazón en un tornillo de banco.
Se apresuró a esconderse en las sombras junto a la pared. Solo había asomado la cabeza un segundo. Era imposible que alguien que estuviera de espaldas pudiera haberlo visto, y ni hablar de Arakiya. Imaginarse lo que pasaría si ella hubiera estado mirando en su dirección en ese instante…
—Ahh… ahh… —Al se dio cuenta de su respiración entrecortada mientras se colocaba una mano en su pecho, que de repente volvió a dolerle.
Había mirado a la muerte a los ojos una y otra vez y había vivido para contarlo, pero en ese momento se sentía abrumado por un terror casi irresistible a la muerte. No era que temiera experimentar el sufrimiento y la desesperación una y otra vez. Podría enfrentarse a ellos decenas, cientos, incluso miles de veces, siempre y cuando supiera que acabarían algún día. Pero, ¿y si no terminaban nunca? Al —Aldeberan— sabía que en este mundo había algunos enemigos que no podían ser derrotados. Algunos muros que nunca podían ser sorteados.
La Emperatriz Gladiadora era una de ellas.
—… ¡Ja! —Con ese pensamiento, Al rio burlonamente, reactivando sus pensamientos congelados.
¿Qué le hacía estar tan seguro de que ella no podía ser derrotada, que no podía ser vencida? Al no era quien tenía que pelear contra ella. Le había dicho a Arakiya que llegaría un momento en el que habría hecho lo suficiente para devolverle el favor. Había llegado el momento de huir con la cola entre las patas.
Sabía que, si ella lo veía, vendría a matarlo de nuevo. No quería pasar ni un segundo más al alcance de sus colmillos venenosos, quería salir de allí.
—Oye… Muchacha… Lo siento mucho, pero esto es lo más lejos que puedo llegar.
—… —Arakiya no dijo nada.
—Ella casi me mata una vez… Diablos, más bien unas cien veces. En mí no hay nada que pueda hacer contra ella.
Así fue como Al le dijo a Arakiya que abandonaba el campo de batalla, esperando que ella lo reprendiera por ingrato. Pero incluso si Arakiya lo atacaba furiosa allí mismo, sería mejor que enfrentarse a ese monstruo en otro combate a muerte. Ese monstruo podría ser un muro infranqueable, pero Arakiya… él creía que podía encontrar la manera de vencerla.
Resultó que los nervios de Al eran infundados. Arakiya simplemente dijo:
—Mjum. Entendido. Gracias.
Su respuesta sincera lo dejó parpadeando, pero no detectó ningún cambio en la actitud de Arakiya. Ella aceptó su cobardía con total naturalidad y simplemente lo excluyó de la fuerza de combate que tenía a su disposición.
No obstante, esto también indicaba que ella no iba a retroceder ante esa bestia…
—Escucha, niña, ríndete. Nadie te culpará. Al menos, yo no lo haré. ¿Me oyes, verdad?
—Probablemente sea fuerte.
—No hay ningún «probablemente». De verdad lo es. Es al menos la tercera o cuarta criatura más fuerte que he encontrado en mi vida.
—¿Cuáles son la primera y la segunda?
—No quiero pensar en ellas.
Tenían una cosa en común: todos esos monstruos habían hecho que su corazón se sintiera como si se estuviera congelando en su pecho. El tan solo pensar en enfrentarse a ellos lo hacía morir un poco en su interior. Después de todo, había sido imposible. No importaba cuántas veces, no importaba cuántos cientos o miles de veces peleara contra ellos, seguiría siendo imposible.
Porque sabía que en este mundo había algunos muros que eran imposibles de superar.
—Escucha, niña… —comenzó Al, pero su sermón de hombre maduro no pudo detener a la precipitada joven con futuro.
—Adiós —dijo Arakiya, y entonces su cuerpo casi invisible se fundió con el viento mientras se dirigía a la torre de control, literalmente tan rápida como la brisa.
La larguirucha guerra que tenían delante seguía dándoles la espalda; estaba contemplando el lago. Arakiya estaba a punto de pasar sigilosamente a su lado cuando…
—Oh, vaaaya. Qué brisa tan extraña.
Arakiya no iba a pasar simplemente en sigilo. Algunas personas eran sobrehumanas; vivían en un mundo más allá de la experiencia ordinaria. Hornet era una de esas personas. ¿Qué sutil cambio había detectado en el viento? Fuera lo que fuera, se dio la vuelta y lanzó sus espadas —sus propios brazos— directamente a través de la brisa. El golpe horizontal parecía amplio, sin dirección, pero alcanzó a Arakiya justo en el pecho. La habría partido en dos si no se hubiera defendido. Pero detectó el aura de la muerte que se avecinaba y flotó en el aire, esquivando el golpe.
No obstante, ese no fue el final de la danza de la muerte.
—¡Vaya! ¡Vaya, vaya, vaaaya! —Hornet casi parecía cantar mientras continuaba con su danza macabra, desprendiendo maldad.
—¡…! —Arakiya, una con el viento, podía moverse mejor y más rápido de lo que pudo haber esperado, pero Hornet la presionó con golpes despiadados de sus espadas —que eran sus brazos— hasta que Arakiya quedara casi acorralada.
Ella intentó desesperadamente evadir la espiral de la muerte; era obvio que estaba librando una batalla monumental, pero Hornet seguía jugando.
Lo cual no quería decir que no estuviera disfrutando de la pelea. El asesinato era su pasatiempo, y el tormento, era uno de sus favoritos. Por lo tanto, el intercambio de ataques y defensas que le permitía acorralar a Arakiya era parte de un ritual para su placer.
—Yo… —comenzó Al, pero no se atrevió a decirlo en voz alta.
“Te lo dije.” Ella había sido imprudente, sí; era obvio que esto iba a suceder. Pero había sido decisión de Al no detener a la joven por la fuerza.
Por supuesto, existía la clara posibilidad de que no hubiera podido detenerla aunque lo hubiera intentado, pero así era como pensaban las personas que solo tenían una oportunidad en la vida. Eso no se aplicaba a Al.
Si hubiera querido, podría haberla detenido. Y aun así, no lo hizo.
Al ya no tenía ningún deseo de gastar sus energías tratando de doblegar la voluntad de los demás. Por eso había visto a la chica ir a una batalla en la que sabía que moriría, por eso se había limitado a observar la pelea a sabiendas y por eso vería cómo la chica encontraba un final sangriento.
—…
Algo en lo más profundo de su ser le dolía; era como si un peso tremendo fuera a aplastarle el corazón. Si eso era un síntoma del estrés de enfrentarse a algo profundamente difícil de soportar, ¿por qué estaba allí, observando algo que no quería ver? No por ninguna razón heroica, como querer ver las consecuencias de sus decisiones. No era una persona lo suficientemente relevante como para tener razones tan importantes como esa.
Era solo un hombre de mediana edad con un arma lamentable y toda una vida evitando de alguna manera cualquier herida mortal, aunque aún conservaba las cicatrices de tantas otras. Su espíritu estaba quebrantado. Ni siquiera podía soñar.
No tenía motivos para pelear ni nada que lo llevara a ganar. No tenía ninguna motivación para pelear contra nada.
Y aun así, Al…
—Oh.
—¡Vaya!
La gran espada descendió en un golpe imposible de esquivar.
La sangre bailó en el cielo nocturno.
El vínculo de la chica semidesnuda con el viento se rompió; tropezó hacia atrás y cayó sobre las losas. La Emperatriz Gladiadora miró a la chica salpicada de sangre y le dedicó una dulce sonrisa.
—Pero sí que eres una cosita de lo más linda, ¿o no? No te reconozco… Me pregunto cómo llegaste aquí.
—…
Hornet inclinó la cabeza con curiosidad, pero la chica no dijo nada, solo la miró fijamente con un único ojo escarlata que ardía de hostilidad. La sonrisa de Hornet se hizo más profunda.
La sangre que goteaba tiñó de rojo el precioso cabello plateado de la niña y salpicó su piel morena, que parecía latir con el combate.
Hornet levantó sus espadas, saboreando lo que iba a hacer a continuación…
—Muy bien, ya fue suficiente —dijo alguien justo antes de que pudiera bajar las armas. ¿Quién interrumpía su diversión?
En cambio, su molestia se desvaneció cuando vio al dueño de la voz.
—¡Vaya, vaya, vaya! —sus ojos se abrieron ampliamente al reconocer con placer la figura iluminada por la luz de la luna.
Al igual que ella, carecía de alguna extremidad para tenerlas todas; de forma parecida a ella, tenía ese inusual cabello negro; y al igual que ella, había logrado sobrevivir en este lugar de muerte…
—¡Aldeberan! —dijo ella.
—No me llames así —espetó él—. Bah, ¿a quién le importa? Tengo un sentimiento como si quisiera morir —dijo Al, apuntando con su daga a Hornet.
Era un arma corta y tosca, mucho más corta que la enorme espada que solía usar. Y así, el hombre que había huido de ella en la arena, el que acababa de evitar sufrir heridas graves, regresó tras ella.
—¡Vaya! Esto es inesperado. ¡No sabía que mi dulce y pequeñito Al fuera un hombre tan apasionado!
—No soy para nada apasionado. Es que la chica es demasiado bonita como para dejarla morir tan joven… y ver su sangre en ese cabello plateado me repugnó más de lo que esperaba. Y…
—¿Siií? —dijo Hornet, arrastrando la pregunta.
Al frunció el ceño, pero después soltó una siniestra risa entre dientes. Hornet le devolvió la sonrisa, sintiendo un agradable escalofrío recorriendo su espalda.
Mientras permanecían allí, sonriéndose el uno al otro, Al dijo:
—Tus estrellas eran… Nah. Es mi humor lo que es malo el día de hoy.
Sección 18
—El veneno ya debería estar haciendo efecto —murmuró Priscilla desde su silla.
—¿Qué raios? —dijo el hombre pequeño y a medio vestir, abriendo ampliamente los ojos.
Era uno de los dos guardias que habían sido asignados a Priscilla después de su conversación con Ubilk en el balcón, cuando ella y Jorah habían sido llevados a habitaciones diferentes. El otro guardia, un hombre grande con armadura completa, permanecía en silencio, pero ella había captado su atención. A ambos les preocupaba lo que ella había dicho.
Levantó un dedo con un ademán ostentoso para que pudieran verlo, y dijo:
—No es difícil. Se los explicaré para que incluso ustedes, cretinos de pocas luces, puedan comprenderlo: el veneno es figurativo. No hay ningún veneno «real» circulando por ningún sitio. Mas hay algo que carcome la vida, que roba la vitalidad incluso mientras hablamos.
—Cuanto más hablas, menos senti’o tiene lo que dices. ¡Pero sé cuándo alguien se burla de mí!
La habitación en la que se encontraba Priscilla dejaba mucho que desear en cuanto a opulencia en comparación con la cámara del Señor de la isla. El hombre pequeño, al que le había tocado el aburrido turno de guardia, empuñó una daga en cada mano y miró a Priscilla con ira. Su enojo por las palabras de ella se reflejaba en su fea cara, al igual que su deseo de descargar esa ira sobre ella.
No obstante…
—Si esperas amenazarme, llegas demasiado tarde —declaró Priscilla.
—¿Seh? A ver cuánto tiempo pue’es seguir hablando así, pequeña…
—Nah, creo que se seguirá hablando así hasta el día de su muerte —dijo alguien, interrumpiendo al hombre pequeño que gritaba.
Él dio un salto hacia atrás, listo para pelear, pero fue alcanzado por una estocada de lanza, un solo golpe que le atravesó la cara y le quitó la vida. Cayendo en el acto.
En ese mismo instante, el hombre grande se desplomó sobre la alfombra roja con un estruendo ensordecedor por su armadura. Eso fue gracias al hombre con el sable y el extraño corte de cabello: Ghajit, que había matado a otro gladiador.
Acompañándolo en la sala estaba…
—Sabes cómo hacer esperar a una mujer —comentó Priscilla.
—Ay, me apuré, de verdad. Pero primero, Miles tuvo que darme una buena paliza, y después la gran condesa me dijo que esperara el momento oportuno…
—Cesa las excusas. Al menos tienes mi elogio por llegar antes de que el veneno surtiera su efecto —eso fue todo el agradecimiento que Priscilla le ofreció al desanimado Balleroy. Después volteó y miró a Ghajit.
Él era una de las gotas de veneno que Priscilla había vertido. Ahora sacudía la sangre de sus compañeros de su sable, chasqueando la lengua cuando vio que ella lo miraba.
Presumiblemente, todo eso demostraba que había elegido luchar contra sus circunstancias para tomar el control de su propio destino. Si Ghajit se había puesto en marcha, lo más probable era que los gladiadores que estaban en la habitación con Jorah también hubieran tomado una decisión.
—Aunque existe la posibilidad de que estén todos muertos, junto con mi amado marido.
—Ay, no diga eso, que me asusta. La gran condesa me dijo que protegiera también al conde Pendleton, ¿sabe?
—Entonces será mejor que nos pongamos manos a la obra —dijo Priscilla con consumada indiferencia.
Se levantó, enderezándose el vestido al hacerlo. Ya se había cansado de los entretenimientos efímeros de esta revuelta y tenía una idea bastante clara de lo que tramaba su líder, Ubilk. Todo ello significaba que ya no podía esperar que la situación la salvara del aburrimiento.
En consecuencia, Priscilla Pendleton solo tenía una cosa que hacer…
—Para su acto final, debo honrar esta tosca presentación con la flor que yo misma represento.
Sección 19
Con la pálida luz de la luna a sus espaldas y la torre de control del puente levadizo delante, se enfrentó a su enemigo más poderoso.
—…
Era bastante dramático, si se permitía decirlo, pensó Al con pesar. Un espadachín manco con una joven ensangrentada a su lado. Era como algo salido de una leyenda heroica o una saga… si ambos salían con vida, claro estaba. De lo contrario, bueno, entonces podría ser una de las grandes tragedias que tan a menudo se encuentran en estas historias. Si no hubiera sido él, sino algún guerrero más poderoso y apuesto, sin duda aquel momento habría sido digno de un cuadro.
—Je, supongo que este momento también podría ser un cuadro. Uno de esos sobre el infierno —dijo Al con amargura.
Luchó contra una punzada de remordimiento mientras apuntaba con su daga hacia delante. En una situación en la que incluso su amado liuyedao lo habría puesto en desventaja, verse reducido a depender de esta lamentable excusa de arma era aún más deprimente.
Al empezó rápidamente a tener dudas sobre su decisión. Mientras tanto, Hornet le dedicó una de esas brillantes sonrisas.
—Mal humor, ¿eh? —le dijo la Emperatriz Gladiadora con una risa burlona.
Entre su complexión alta y las dos espadas enormes que surgían de los muñones de sus brazos, casi parecía tres personas paradas una al lado de la otra. Al se descubrió pensando una vez más en qué figura tan extraordinaria proyectaba.
Un oponente verdaderamente fuerte es alguien a quien puedes ver y darte cuenta de que no tienes ninguna posibilidad de vencerlo. Hornet sin duda encajaba en esa definición. Dos brazos amputados normalmente se habrían considerado una desventaja, pero Hornet los había convertido hábilmente en su mayor fortaleza.
—¡Je! ¡Jejeje! ¡Ajajajajaja! —rio Hornet, pareciendo abrazarse firmemente a sí misma con sus propias espadas, sin mostrar interés alguno por la valoración que Al hacía de la situación. Parecía completamente encantada, a pesar de que estaba apuntando sus armas contra un viejo compañero.
—¿Qué demonios tiene tanta gracia? —preguntó Al.
—Oh, mi dulce y pequeñito Al, ya deberías saberlo. Siempre quise tener una pelea a muerte contigo.
—No es algo que quisiera saber, pero seh, tenía una corazonada. Tuvimos una pelea a muerte y perdí como un idiota. Me tiraste a la fosa de los cadáveres, ¿recuerdas?
—Siií. Y aun así, estás aquí. Lo que solo significa una cosa.
—¿Sí? ¿Qué cosa? —Por desgracia para Al, no podía comprender los pensamientos de una luchadora obsesionada con las batallas como ella.
En diez años en la Isla de los Gladiadores, nunca había disfrutado de una pelea. Dicho esto, si se veía obligado a seguir peleando en contra de su voluntad, seguramente no le habría hecho ningún daño disfrutar de un brindis por la victoria una vez en su vida.
Pero Al no podía hacerlo. No era capaz de sentir felicidad al quitarle la vida a otra persona. Y dudaba que alguna vez pudiera hacerlo. Por eso…
—… Nunca te entenderé, ni en un millón de años, Hornet.
—No tenemos que entendernos, dulzura. Si puedo divertirme un poquito, eso es todo lo que quiero.
Qué visión del mundo tan interesada y unilateral. De lo más apropiada para una Emperatriz. Para el imperio.
Si, desde luego, él mismo no terminaba sacrificado por esa misma visión del mundo.
—Bruto feo —murmuró Arakiya.
—Oh, cállate y mírame trabajar, muchacha. Me tomé muy en serio cuando me dijiste que no era un bruto feo —dijo Al.
—… —Arakiya lo miró, incapaz de ocultar el dolor de su réplica. No mostraba mucha emoción en su único ojo, pero estaba claro como una llama ardiente que sabía que Al estaba en desventaja.
—Es una desventaja abrumadora. Créeme, lo sé mejor que nadie —dijo Al.
Nadie necesitó decirle cuáles eran las probabilidades del francamente idiota desafío que había aceptado.
—¡Muy bien, dulzura, aquí vamos! No te mueras tan fácil, ¿bien? —La voz de Hornet era verdaderamente empalagosa, pero entonces desató sus espadas y una tormenta envolvió el puente. Al se agachó inmediatamente, levantando su cuchillo con la esperanza de resistir.
—¡…!
Pero sintió cómo su arma era apartada de un golpe… junto con su torso, y Al murió. Con demasiada facilidad, resultó ser el caso.
Sección 20
—Creo que el verdadero objetivo de este disturbio es la cabeza del emperador —dijo Priscilla, levantando el faldón de su vestido mientras pasaba por encima del cuerpo del gladiador que había estado haciendo guardia en el pasillo.
—Maldición, pues vaya suposición —respondió Balleroy, con los ojos ampliamente abiertos. Solo un segundo antes, había clavado su lanza en el corazón del gladiador.
El joven tuvo que apresurarse para despejar el camino a Priscilla, que avanzaba cada vez con más valentía, pero no pronunció ni una palabra de queja. Con la punta de su lanza goteando sangre, miró a su alrededor y dijo:
—Una cosa es iniciar una rebelión en la Isla de los Gladiadores y exigir su libertad ante el imperio. De hecho, lo hicieron, así que supongo que puedes fiarte de ellos en eso. Pero, ¿cómo va a ir tras el propio emperador? No cree que exigirá la cabeza del emperador a cambio de liberar a los rehenes, ¿o sí?
—No, de ningún modo. No imagino que el emperador tomara una decisión que pusiera en riesgo su propia vida salvo como último recurso; si no quedara otra opción para dar fin a la existencia de su oponente.
—Vaya, pues no sé. Creo que incluso eso es ir demasiado lejos —dijo Balleroy, rascándose la mejilla y sonriendo un poco ante la declaración de Priscilla.
Las palabras de la audaz joven tenían fuerza; si uno la escuchaba sin pensar mucho, era muy fácil empezar a asentir y terminar aceptando todo lo que ella decía.
Aun así, la forma en que hablaba, como si conociera personalmente al emperador, parecía realmente exagerada.
—¿No cree que eso es un poquito ilógico, doña esposa? Lo mejor que pueden esperar es atraer a los Nueve Generales Divinos, los representantes militares del imperio. Supongo que, para ser justos, parece que realmente pueden estar allí, en esa costa…
—Ya veo que al menos eres capaz de poner a trabajar el mínimo atisbo de inteligencia que posees. Prueba con esto entonces: si los Generales Divinos se presentan, ¿qué le pasará a la isla?
—Bueno… creo que la rebelión fracasará y los gladiadores serán derrotados y sometidos.
El compañero de Balleroy, el gladiador llamado Ghajit, parecía dolido por la facilidad con la que lo dijo, pero era un hecho. Los Nueve Generales Divinos, que se encontraban en la cúspide de la milicia de Vollachia, no eran elegidos como los oficiales militares de otras naciones. Ni los antecedentes familiares ni la personalidad entraban en la ecuación: al más puro estilo de Vollachia, solo importaba la fuerza.
Por lo tanto, los gladiadores serían aniquilados, hasta el último de ellos.
Eso era bastante obvio.
—Sí, eso es una conclusión inevitable —dijo Priscilla—. Entonces, ¿por qué su líder planeó una rebelión que sabía que sería aplastada?
—Bueno, eh… sabía que los Generales Divinos saldrían y que sin duda lo destruirían…
—Indudablemente. No obstante, eso significa que, en ese mismo momento, los Generales no estarán al lado del emperador.
—… —Los ojos de Balleroy se agrandaron por lo que Priscilla había dicho. Tragó saliva a pesar suyo y reflexionó sobre el significado de sus palabras. Luego sacudió la cabeza hacia los lados y dijo: —Nah, nah. Entiendo la lógica, pero que uno o dos Generales se ausenten unos minutos no sería suficiente para poner en peligro la seguridad del emperador. Son nueve, ¡por eso los llaman los Nueve Generales Divinos! Entonces, ¿por qué…?
—Muy bien. Entonces supongamos que se produjera una revuelta que requiriera el envío de los nueve. Supongamos que ocurriera algo más allá de lo que está pasando en la Isla de los Gladiadores.
—¿No estará diciendo que…? —¿Se trataba de una operación conjunta, meticulosamente planificada en colaboración con algo o alguien más? —Pero eso es ridículo —dijo Balleroy, pero una vez que se le mostró la posibilidad, no pudo sacársela de la cabeza.
El hecho era que él y todos los demás en esta isla estaban aislados de cualquier información sobre lo que estaba sucediendo en el mundo exterior.
Tal vez había insurrecciones como esta ocurriendo en otros lugares; no tenían forma de saberlo.
En cambio, el emperador sí lo sabría. Si hubiera otros brotes de rebelión, comprometería las fuerzas necesarias para sofocarlos. Enviaría a los nueve Generales que le servían personalmente.
—El emperador no es un hombre descuidado, ni tampoco lo son sus guardias. Dudo que enviara a los nueve Generales a la vez. No obstante, serían menos de lo habitual y, en consecuencia, podría surgir una oportunidad.
—¿Así que todos los gladiadores de esta isla son solo un gran sacrificio? —preguntó Balleroy, lamiéndose los labios secos con un escalofrío.
Un plan que no tenía en cuenta el daño infligido a los involucrados era más que digno de elogio. Alguien había concebido una jugada maestra, una que requeriría un número tremendo de corderos sacrificiales para lograr su objetivo. Pero si Balleroy no podía ocultar el escalofrío que le recorría la espalda, no era por el plan en marcha, sino por la perspicacia de Priscilla al descubrirlo. Se preguntaba: ¿Cómo veían el mundo esos ojos carmesíes?
Al menos estaba seguro de una cosa: que esta joven era condescendiente si consentía en ser la esposa del conde Jorah Pendleton.
—¡Oie! ¡Esto no es ninguna jodi’a broma!
Si Balleroy encontraba la lógica de Priscilla irrefutable, no se podía decir lo mismo de uno de los peones involucrados, tales como Ghajit. Sus labios temblaban y sus ojos ardían de ira.
—¡¿La cabeza del emperador?! ¿A quién mierda le importa eso? Nosotros solo queremos…
—¿Escapar del callejón sin salida en el que se encuentran? Sus prosaicas motivaciones hicieron que fuera fácil manipularlos. Deberían haber intentado usar la cabeza primero —dijo Priscilla sin piedad.
—¡Mrn! ¡Por qué, pequeña p…! —Ghajit apuntó con su sable desenvainado al cuello de Priscilla.
Era un momento volátil, pero Balleroy se limitó a encogerse de hombros y decir:
—Vamos, tranquilo, amigo. No es con doña esposa con quien debes enojarte. No conseguirás nada haciendo eso.
—¡Ia cállate! Así que no voy a sacar na’ de esto, ¿verda’? ¡Si tienes la razón en esto, entonces no conseguiré na’! Intentar liberar la isla era una cosa, ¿pero matar al emperador? ¡¿Somos cómplices de eso?!
—No, la doña solo lo está suponiendo. No lo sabe con certeza.
—Te dije que te calles, lancero. Sé que solo intentas calmarme. ¡Pero io… io le creí al debilucho antes!
—… —Esta vez, Balleroy no respondió al cada vez más en pánico Ghajit.
La verdad era que, personalmente, estaba de acuerdo con el gladiador: la perspectiva de Priscilla probablemente era la correcta. El enemigo seguramente quería la cabeza del emperador. Y eso significaba que, lo supieran o no, Ghajit y sus compañeros habían ayudado e incitado a una conspiración para asesinar al emperador. Esto no iba a acabar bien para ellos. La pena de muerte era casi una certeza.
—…
Por mucho que se compadeciera por la posición de Ghajit, Balleroy cerró un ojo mientras se sumía en sus pensamientos. Si realmente lo intentaba, podría alcanzar a Ghajit con su lanza desde donde estaba. Si le daba en algún punto vital —el cuello o el pecho de Ghajit, por ejemplo—, Balleroy podría acabar con su vida con un mínimo de sufrimiento. Pero, teniendo en cuenta el nivel de habilidad de Ghajit, existía la posibilidad de que escapara de una lesión grave y tuviera la oportunidad de herir a Priscilla en respuesta. Y Balleroy quería evitar cualquier daño hacia ella. En parte porque esas eran las órdenes de su Señora —Serena—, pero, por otro lado, también por su propio criterio.
No quería bajo ninguna circunstancia que pasara algo que le hiciera perder a Priscilla. Entonces, sus pensamientos se vieron interrumpidos por un brusco:
—¿En qué te entretienes? ¿A qué se debe tal cavilación, Balleroy Temeglyph?
No era otra que Priscilla quien pronunció su nombre. No mostraba más que una compostura total a pesar de la espada en su cuello. De hecho, las llamas aún ardían en sus ojos cuando le dijo a Balleroy:
—Este mundo está hecho a mi conveniencia.
—…
—Como tal, tus propias decisiones no pueden herirme. Te insto a que lo recuerdes.
Ella decía que era el centro del mundo, y lo decía con tanta naturalidad. Balleroy y Ghajit tragaron saliva, sorprendidos por la afirmación. Y al siguiente instante…
—¡Arrrraahh!
—¡Aagh! —se oyó un grito ronco y un trozo de escombro salió volando y golpeó a Ghajit en un lado de la cabeza.
Él gritó por el impacto, al que siguió rápidamente una figura que saltaba con otro trozo de escombros que golpeó sin piedad la cabeza del gladiador. Ghajit cayó con fuerza, y su sable provocó un ruido metálico al rebotar por el suelo del pasillo.
—¡Jum! Apuntar con un arma a la gran condesa ¡Nunca había oído hablar de tal insolencia!
—¿M-Miles? ¿Hermano? —dijo Balleroy conmocionado. Y efectivamente era Miles quien acababa de vencer a Ghajit.
Era sorprendente verlo allí, cuando había estado protegiendo a Serena en las gradas. Pero Miles solo miró con ira a su asombrado hermano menor y dijo:
—¡Buen trabajo, quedándote ahí parado como un estúpido! ¿Y si la esposa del conde Pendleton hubiera resultado herida mientras tú titubeabas? ¿QUÉ HABRÍA PASADO ENTONCES, GRANDÍSIMO IDIOTA?
—No soy un estúpido ni un idiota, Hermano… —dijo Balleroy, encogiendo los hombros.
Su hermano mayor podía estar gritando con tanta ira que le salía saliva por la boca, pero, al mismo tiempo, su presencia comenzó a aliviar la sensación de aislamiento que se había apoderado de Balleroy. Ese pensamiento disipó las nubes que le habían dificultado tanto decidir cómo lidiar con Ghajit.
—Dicen que incluso los recipientes más grandes tienen tapas que los cierran —comentó Priscilla cuando vio lo aliviado que estaba Balleroy—. Aunque he de decir que tu tapa es bastante desagradable a la vista —dijo ella con una sonrisa en sus labios mientras hablaba.
Miles, que se unió a ellos en medio de la conversación, no entendió a lo que ella se refería, pero Balleroy sí. Y tenía razón. Su «hermano mayor» siempre había compensado sus propias deficiencias.
—Nunca he sido muy pensativo. Siempre he dejado que Miles sea el cerebro —dijo Balleroy.
—¿Jum? ¿De qué estás hablando? ¡Bah, a quién le importa! Señorita, ¿está bien? ¡La gran condesa estaba preocupada! —Miles, ignorando casi por completo a Balleroy, levantó a Ghajit del suelo e intentó ver si Priscilla estaba ilesa.
Ghajit seguía vivo, evidentemente, ya que dio un suave quejido, pero había perdido toda su convicción.
—Claro que sí —dijo Balleroy, agradecido con Miles por intervenir—. No tiene ni un rasguño. ¡Tal como quería la gran condesa!
—¡Cierra la puta boca! ¡No te estaba preguntando a ti! ¿Por qué debería confiar en ti? ¡Te quedaste ahí parado mirando al enemigo! ¡El que salvó a la señorita del peligro fui yo! ¡Miles!
—Eres tan reprochable como él. No es momento de maullar cual gato en celo —dijo Priscilla, poniendo fin al debate—. No estoy herida. Ahora vámonos —dijo ella, dándose rápidamente la vuelta.
Miles y Balleroy estaban a punto de seguirla, pero entonces Balleroy se dio cuenta de que no se dirigía hacia la sala del señor de la isla, donde se tenía a Jorah.
—Em, ¿doña esposa? Por ahí no encontrará al conde Pendleton…
—No seas ridículo. Mi amado esposo puede esperar. Puede que el verdadero objetivo de nuestros enemigos sea la muerte del emperador, mas nuestra crisis más acuciante está aquí, en esta misma isla. Primero debemos dar fin a esta rebelión.
—¿Que qué? ¿Quieren matar al emperador? E-espere… ¡¿Que quieren QUÉ?! ¡¿De qué está hablando?! —exclamó Miles, que acababa de alcanzarlos.
Balleroy lo ignoró.
—Muy bien, ¿y entonces qué? —le preguntó a Priscilla.
Si su objetivo no era liberar a Jorah, sino reprimir el levantamiento de los gladiadores, ¿cómo pensaba hacerlo? ¿Adónde iba?
La respuesta era sencilla.
—El gladiador de hace un momento nos ha dado un excelente ejemplo. Basta con alertarlos de su situación.
Sección 21
La isla de Ginunhive ofrecía una gran variedad de entretenimientos protagonizados por sus gladiadores. El más sencillo era un combate a muerte uno contra uno. A veces, podía haber combates por equipos, tres contra tres o cinco contra cinco. Otras veces, se traía una gigantesca mabestia y los gladiadores se veían obligados a luchar contra ella en una batalla tipo «incursión». Cualquier cosa con tal de saciar la sed de sangre y violencia de los espectadores.
En la Isla de los Gladiadores, cualquier batalla era permitida si satisfacía el ansia de violencia del público. Pero incluso en ese contexto, era difícil llamar batalla a lo que estaba sucediendo ahora. Después de todo…
—No te mueras tan fácil, ¿bien?
—… —Al solo pudo resistir la tempestad que siguió a esas palabras durante un tiempo.
Nunca podría esperar superarla. La tormenta de golpes le llovía desde arriba, abajo, izquierda, y desde la derecha… la manifestación de una fuerza implacable que podía destruir el mundo. No importaba si saltaba hacia atrás, si se defendía con su daga. No importaba si se movía hacia un lado, hacia adelante o en diagonal. Dondequiera que fuera, moría.
Su cabeza fue aplastada, su torso fue partido, sus piernas fueron cortadas, sus brazos se rompieron, sus entrañas se derramaron por el suelo… Por mucho que lo intentara, no podía escapar a ese futuro.
Fue una masacre. Una trágica masacre. Por supuesto, había algunos entre el público de la isla que se habrían deleitado incluso por ver morir a una mosca siendo aplastada, pero la mayoría de los espectadores se sintieron decepcionados con el resultado. Si lo único que querían era ver morir a alguien, la mayoría de los que tenían el poder para venir aquí por placer podrían haberse quedado en casa y provocar un pequeño derramamiento de sangre en sus propios dominios. No, lo que querían ver era una lucha por la supervivencia, gente peleando por sus propias vidas.
Desde esa perspectiva, este espectáculo habría sido una completa decepción.
Pero a Al no le importaba lo que pudieran pensar de él después de haber sido partido por la mitad.
—¡Dooonaaa!
Alrededor del escenario número veinte, según su recuento, intentó un desesperado estallido de magia. Sin objetivo, solo un encantamiento, el hechizo hizo volar las losas del puente. Concretamente, volaron hacia Hornet, dándole algo a lo que dirigir sus espadas aparte de Al.
Al aprovechó la apertura instantánea, arriesgando su vida al lanzarse hacia ella, esquivando por muy poco la primera respuesta. Entonces consiguió algo de distancia y, sabiendo que había superado el primer obstáculo mortal…
—¡Aghh!
… estuvo a punto de soltar un suspiro de alivio cuando un golpe desde arriba le aplastó la cabeza.
—No te mueras tan fácil, ¿bien?
—¡Dooonaaa!
A partir del momento en que entonó su magia, saltó hacia atrás, coordinando sus movimientos con los de los escombros de piedra. Después, sin siquiera tomar un respiro, saltó hacia un lado.
Un golpe aullante se estrelló contra el suelo, haciendo que pareciera que todo el puente temblaba violentamente. Hornet, con una gran espada clavada en el suelo, se retorció y se acercó a Al con un golpe que destrozó el pasillo. Al saltó por encima del golpe aplastante y luego su estocada alcanzó a Hornet. Desafortunadamente, ella repelió su ataque más poderoso como si fuera un insecto que picara.
—¡Eso es lo que quería! ¡Oh, mi dulce Al, sabía que podrías hacerlo!
—¿Tú crees? He estado luchando todo este tiempo con mi vida pasando delante de mis ojos. ¡Creo que estoy fuera de mi liga!
Con perdón de Hornet, que estaba debidamente satisfecha, ella y Al vivían en mundos completamente diferentes. Ella podía verlo como alguien que se esforzaba al máximo y encontraba la capacidad de estar a la altura de las circunstancias cuando había una crisis real, pero en opinión de Al, cuanto más se prolongaba la pelea, más agotado se sentía; así era siempre.
Cada vez que se enfrentaba a alguien tan fuerte como ella, tenía el mismo pensamiento: “Nunca podría ser como él.”
No era por su único brazo, ni por su edad. Era algo más fundamental, algo que tenía que ver con su constitución básica como ser vivo. Había un famoso proverbio que decía: «¿Por qué es fuerte el tigre? Porque es un tigre». Era así de simple. Los fuertes eran fuertes porque habían nacido así. Los débiles eran débiles porque habían nacido así. Ni más ni menos.
Y entonces…
—¡Aún no he terminado! ¡Divirtámonos un poquito más! —dijo la fuerte, Hornet, blandiendo sus espadas alegremente.
Y Al, el debilucho, lo más probable es que fuera aplastado, pisoteado muchas más veces: cientos, hasta miles de veces.
Sección 22
Arakiya observaba atentamente cómo se desarrollaba la batalla entre la terrible mujer con las espadas gigantes y el espadachín manco. Solo habían pasado veinte o treinta segundos desde que comenzara la lucha, pero ya había visto una cantidad asombrosa de ráfagas e intercambios: ataque, defensa. La chica estaba al borde de la muerte y aun así, se encontraba paralizada.
—…
El que intercambiaba ataques con la mujer de las enormes espadas, Hornet, era el hombre que la había traído hasta allí. Al parecer, se llamaba Al, dado que Hornet no dejaba de referirse a él como «mi dulce y pequeñito Al».
El hecho de que Al siguiera sobreviviendo de alguna forma contra Hornet le parecía a Arakiya nada menos que una sarta de milagros. Tristemente, a sus ojos, las habilidades de Al no eran más que de segunda, siendo generosa.
Habiendo pasado su vida en la Isla de los Gladiadores, debía de haber sobrevivido a muchas batallas. Pero no podía esperar mejorar aún más sus habilidades, ni siquiera con más combates mortales como este. El hombre llamado Al había alcanzado los límites de sus habilidades naturales, lo que le dejaba a una gran brecha de la Emperatriz Gladiadora, un abismo de poder, talento y habilidad que sería difícil de superar. Arakiya consideró que, si hubiera querido, incluso ella podría haber acabado con Al en cuestión de segundos.
Y aun así, se enfrentaba a la realidad que veía ante sí.
—Asombroso…
No era que su estimación de la habilidad de Al hubiera mejorado, sino que el estilo de pelea de él —la forma en que paraba o esquivaba los ataques de Hornet por muy poco, para luego intentar un contraataque lamentable— fue lo que poco a poco cambió la opinión de Arakiya.
Él ya debía estar muerto. Con esas habilidades, no debería haber durado ni dos segundos contra Hornet. Y a pesar de eso, ahí estaba, aún vivo e incluso intentando contraatacar. A diferencia de Arakiya, que esperaba pasar desapercibida —una táctica deshonesta—, Al se enfrentó a Hornet de frente y siguió peleando.
Y lo hizo todo —enfrentarse a Hornet— para proteger a Arakiya.
—¡…! —apretó los dientes y concentró toda su fuerza en los brazos y las piernas.
No era que el golpe de la espada gigante la hubiera cortado, sino que el impacto en sí había amenazado con aplastar a la joven. Sospechaba que tenía varios huesos rotos, por no hablar de una serie de lesiones internas. Estaba utilizando el poder del espíritu de agua que había ingerido para acelerar su recuperación, pero no se curaría rápidamente. Y lo que es más…
—Ding —dijo Hornet en tono de advertencia, volteando hacia Arakiya.
Incluso mientras luchaba con Al, había estado pendiente de lo que hacía Arakiya. Si Arakiya hubiera intentado escapar hacia la torre de control, Hornet sin duda habría interrumpido su combate para detenerla. Y por mucho que odiara admitirlo, a diferencia de Al, Arakiya no se le ocurría ninguna forma de esquivar un ataque así. Habría sido enterrada por el golpe y no hubiera tenido sentido que Al saltara para ayudarla.
Entonces, ¿qué podía hacer Arakiya? Arakiya, quien no había podido devolver ni lo más mínimo a la persona más importante de su vida…
—Princesa… —murmuró, bajando la mirada al suelo al pensar en quien había sido como su segunda mitad. Alguien que había estado a su lado desde su nacimiento, pero que ya no podía seguir estándolo. La joven imperiosa que parecía gobernar el mundo entero y que sin duda había gobernado a Arakiya.
“¡Escúchenme, turba de gladiadores!”
Una voz rebosante de arrogancia resonó en toda la isla, sobresaltando a Arakiya y deteniendo a Al y Hornet en medio de su combate. Ambos miraron a su alrededor con curiosidad, pero el asombro de Arakiya era mayor que el de ellos. A ellos les sorprendió la repentina aparición de la voz, pero Arakiya estaba atónita porque la reconocía.
“No hay futuro alguno para su levantamiento. Su líder tiene por objetivo la cabeza del emperador; toda esta prédica sobre la libertad de los gladiadores no es más que una distracción.”
“Los han engañado. No son más que unos lastimeros peones decapitados.”
“La muerte es lo único que les aguarda, cretinos. No obstante, su nuevo emperador no es ajeno a la misericordia. Si demuestran la actitud correcta, podría reconsiderar su destino. Les aconsejo que usen el ingenio de esas cabezas que les faltan y decidan cómo actuarán.”
“¡Es ahora, peones decapitados! Si desean una mínima esperanza de recuperar sus cabezas, esta es su última oportunidad.”

Con eso, antes de que Arakiya pudiera siquiera superar su estupefacción, la voz condescendiente se cortó, habiendo dicho lo que quería decir.
Se había transmitido a través de dispositivos de comunicación repartidos por toda la zona —tubos metálicos que transportaban la voz— y Arakiya, Al y Hornet no eran los únicos que lo habían oído. Había llegado a todos los rincones de la isla.
Arakiya estaba tan conmocionada que apenas le quedaba espacio en su cabeza para pensar en lo que la voz había dicho realmente. En cambio, Al y Hornet tuvieron reacciones diferentes.
—No sé quién era, pero supongo que está buscando darle la vuelta a la situación —dijo Al.
—Sí, eso creo. Y estoy segura de que los cobardes entre nosotros se convertirán en traidores. Incluso si lo hubiéramos conseguido, dependiendo de cómo hubieran ido las cosas.
—Je, no seas ridícula. No puedes creer que en verdad fuera a funcionar.
—¡Ejejeje! —Hornet abrazó sus espadas y rio, y su cuerpo produjo un crujido al tener un espasmo.
—Oye —dijo Al, mirándola con auténtico disgusto—. Sé que es una locura hablar de tener una vida estable en este lugar, pero ¿de verdad te tomaste a Ubilk tan en serio que estabas dispuesta a abandonar lo que tenías? Dime que en verdad no estás intentando matar al emperador.
—Ohh, por supuesto que no. El emperador vive en otra realidad y no podría importarme menos. Si fuera un gran guerrero, podría estar interesada en tener una pelea con él, pero no parece que lo sea.
—Seh, también es lo que he oído. Así que lo que buscabas era poner a prueba tu fuerza. Te apoderas de la isla y luego te enfrentas a cualquiera de los Nueve Generales Divinos que envíen tras de ti. Sí que estás loca, señorita —dijo Al, pero Hornet no dejó de sonreír.
Ella no lo negó, lo que significaba que él tenía razón. Su objetivo había sido luchar contra los Generales Divinos, y su deseo se haría realidad si bajaban el puente.
—Entonces, ¿por qué no nos dejas bajar el puente levadizo?
—Buena pregunta. Oh, pero la dulce tentación de pelear contra mi dulce Al me atrajo. Por no hablar de todos los demás gladiadores con los que nunca me he peleado. Solo pensé…
—Okay, espera, tiempo. No creo que quiera oír el resto…
—Pensé que primero mataría a todos los que estaban en la isla y, cuando no quedara nadie con quien pelear, entonces bajaría el puente.
—Acabo de decir que NO quería oírlo —Al frunció el ceño, disgustado por la blasfema idea de Hornet.
Ella planeaba matar a todos los que estaban en la isla: los gladiadores, cualquiera relacionado con ellos, todos los espectadores que habían venido a verlos… Y después, cuando se hubiera saciado de su sangre, se lanzaría a la batalla contra los Nueve Generales Divinos. Una especie de gran suicidio.
—No creerás de verdad que eres la más fuerte del mundo, ¿verdad? La persona más fuerte que conozco en este mundo está paseando por Lugunica con una mochila de primaria ahora mismo.
—No me hago ilusiones de ser la más fuerte. No, no, para nada. En algún momento del combate se me acabarán las fuerzas y moriré.
—… —Al no dijo nada al respecto.
—Pero a mí me parece bien, ¿sabes? Caer gloriosamente en combate es lo que quiero. Por el honor de mi familia, juro que les daré un espectáculo antes de que los deje.
Hornet se humedeció los labios con expectativa ante la batalla mientras describía la forma en que moriría. Demostraba que había tomado una decisión y que no tenía intención de retirarse. Al entrecerró sus ojos negros mientras observaba a la guerrera hacer su loca declaración, luego tomó la débil daga que tenía en la mano y se arañó el cuello con la hoja. Entonces dijo:
—Todo el mundo se toma muy en serio la muerte. Es ridículo.
—… —Esta vez, fue Hornet quien no dijo nada.
—La muerte no es la salvación, ni es un tesoro. Solo es dolorosa y triste. ¿Por qué no lo entienden? —La miró con frialdad, con disgusto. No sentía más que desprecio por ella.
La profundidad de los oscuros ojos de Al era tan cruel que helaba el corazón de cualquiera que lo mirara. Había un abismo en ellos, un lugar tenebroso y profundo en el que nadie había mirado jamás. Era tal que incluso Hornet, que nunca había perdido el control, se quedó sin palabras, desconcertada por su afirmación de que aquello por lo que había vivido y por lo que moriría era trivial, ridículo.
—Yo también… pelearé.
—Oye, muchacha, no creo que debas esforzarte demasiado. Quédate ahí y descansa.
—No… no puedo hacerlo.
En el silencio de la conversación apareció Arakiya, arrastrándose a cuatro patas antes de ponerse en pie. Su hombro destrozado se había regenerado y sus huesos habían comenzado a soldarse, por lo que al menos ya no parecía que fuera a desmoronarse cada vez que se movía. Aún estaba lejos de estar completamente curada, pero no podía dejar que Al peleara esta batalla completamente por su cuenta. ¿Cómo podría volver a mirar a la Princesa a la cara si permitía que alguien muriera después de verse envuelto en una pelea por su propia incompetencia?
—La Princesa…
La voz que había oído durante el anuncio pertenecía a la chica más importante de la vida de Arakiya. Demostraba que no había cambiado en absoluto. Seguía siendo arrogante, firmemente convencida de que tenía el mundo en la palma de su mano. Esa había sido la voz de la gobernante de este mundo.
Al oír esa voz, el alma de Arakiya ardió en su interior. Seguía bajo el control de esa chica.
—¡Sigo… perteneciendo… a la Princesa!
El saberlo, sentirlo en lo más profundo de su ser, hacía a Arakiya más feliz que cualquier otra cosa. Cuando Al vio el destello de su ojo carmesí, pareció decidir que no tenía sentido seguir discutiendo. En lugar de eso, volvió a sujetar con fuerza su arma y miró hacia delante, él y Arakiya flanqueando a Hornet, él delante de ella y Arakiya detrás.
—Muy bien, Hornet. Te concederemos tu deseo y acabaremos contigo. Porque no hay nadie que pueda vencerme.
Sección 23
Sosteniendo el dispositivo de comunicaciones en una mano, Priscilla se alejó de la unidad de transmisión. Se dio cuenta de que su anuncio —que la rebelión armada en Ginunhive no era más que el preludio del intento de asesinato del emperador— había provocado un nuevo revuelo en la isla. Tal y como esperaba, habían comenzado las luchas internas entre los gladiadores.
—Los que creen en el éxito de esta rebelión y los que tienen un mínimo de sentido común han comenzado a adoptar objetivos diferentes. Por tanto, tenemos dos grupos con objetivos opuestos, y ambos están armados. Además, ambos están acostumbrados a las brutales peleas a muerte, por lo que no hace falta decir que quien ataque primero tendrá la ventaja.
—Así parece —dijo Balleroy.
Había estado escuchando con mucha atención y probablemente comprendía la situación de la isla incluso mejor que Priscilla. Estaba poniendo a trabajar sus perfeccionados cinco sentidos.
—Mhm —asintió Balleroy—. Es tal y como usted dice, doña esposa: muchas discusiones y peleas están comenzando por aquí, allá y acullá. Si los dejamos en lo suyo, probablemente se destrozarán unos a otros.
—¿De verdad crees que irá tan bien? Estas personas no son insectos ni peces. Se darán cuenta de que están en problemas tan pronto como su número comience a disminuir notablemente. Aunque estoy de acuerdo en que probablemente podamos mantener un bajo perfil hasta entonces —dijo Miles.
—No, no podemos —respondió Priscilla—. Una vez reducidos a los que aún pueden razonar hasta cierto punto, dará inicio la etapa siguiente de nuestro plan. El inicio de nuevas negociaciones, con los poderosos como rehenes, sin depender de su cabecilla.
—¡Ah! —Miles entendió a qué se refería; Balleroy, por su parte, parecía seguir estando perplejo.
Priscilla vio que Serena tenía toda la razón: los dos se complementaban muy bien, Balleroy con su ligera falta de ingenio y Miles compensando con inteligencia lo que le faltaba en fuerza para luchar. Miles no alcanzaba del todo los estándares de Priscilla, que también valoraba la belleza física, pero quedarse solo con Balleroy tampoco valdría la pena.
Por el bien de su amado marido, consideraría una victoria poder mantener relaciones con la gran condesa.
—Miles, Hermano, ¿no tienes la extraña sensación de que estamos siendo… evaluados?
—Bueno, no hace falta que lo digas en voz alta, imbécil. Aun así… para ser una niña tan chica, tiene mucha presencia. Es noble e imponente. Hasta dan ganas de disciplinarla.
Los hermanos se acercaron el uno hacia el otro para conversar a susurros, pero los oídos especiales de Priscilla captaron fácilmente sus secretos. El comentario sádico de Miles era técnicamente irrespetuoso, pero mientras no lo llevara a cabo, Priscilla no se sentía obligada a considerarlo una ofensa. Un hombre que la deseaba era un hombre que se pondría a su servicio.
—… —Sintiendo sus miradas sobre ella, Priscilla continuó por el pasillo a paso rápido.
Si alguien intentaba interponerse en su camino, Balleroy se deshacía rápidamente de él. Ni siquiera los experimentados guerreros de la Isla de los Gladiadores podían rivalizar con su destreza con la lanza.
Finalmente, Priscilla llegó ilesa a la habitación que estaba buscando.
—Les aconsejo que se aparten, plebeyos. He venido a recuperar a mi marido.
—¿Qu?
Los hombres que estaban en la habitación se quedaron atónitos al ver a Priscilla derribar la puerta y exigirles algo, pero el más sorprendido de todos fue Jorah, que estaba sentado en una silla en el centro de la habitación.
—¡¿Priscilla?! —exclamó al ver aparecer a su esposa.
—Tsk —Priscilla chasqueó la lengua al ver que Jorah había olvidado que ella utilizaba un nombre falso—. Ese es el problema de mi querido marido: perder la cabeza solo por haber cumplido los cincuenta —murmuró Priscilla mientras agarraba un florero que estaba junto a la puerta y lo arrojaba al interior de la habitación.
Su puntería fue certera; el florero golpeó el respaldo de la silla en la que estaba sentado Jorah, tirándolo al suelo junto con su ocupante. Eso implicó que, por un instante, los hombres que estaban en la habitación no supieron dónde había ido Jorah. Y en ese momento…
—Adelante, Balleroy.
—Síp. Como desee, su Señoría. —Al oír su nombre, Balleroy salió disparado, atravesando el centro de la habitación como un rayo de luz.
Los hombres habían tardado en reaccionar ante Priscilla, pero respondieron a este nuevo intruso desenvainando sus armas. Los seis se movieron a la vez para enfrentarse a Balleroy.
Fueron muy lentos. En tan solo un segundo, su lanza trazó una gran media circunferencia.
—¿Creen que una lanza solo sirve para apuñalar? Piénsenlo bien. También es buena para ataques amplios—Balleroy guiñó un ojo… y entonces los tres hombres a los que les habían abierto el estómago derramaron sus entrañas por todo el suelo.
El trío se inclinó hacia delante, sumándose a los montones de sus propias entrañas.
—¡Aaaah! —dos de los gladiadores supervivientes saltaron por encima de los cadáveres de sus tres compañeros, tratando de atacar a Balleroy.
Uno era un luchador cuerpo a cuerpo con clavos incrustados en los puños y el otro, un hombre bestia con un hacha corta en cada mano. Ninguno de los dos tenía el alcance de una lanza, pero si conseguían acercarse lo suficiente, tendrían una clara ventaja.
De hecho, lograron acercarse y estaban tratando de aprovechar su ventaja cuando…
—«Los lanceros solo pueden usar lanzas». ¿Es eso lo que están pensando? Otra pequeña idea errónea.
El puño izquierdo de Balleroy cayó sobre la cara del luchador, dejándolo inconsciente y sin los dientes frontales. Balleroy había arrojado su lanza a su mano derecha, dejando la izquierda libre para golpear.
El hombre inconsciente cayó hacia atrás, directamente en la línea de ataque del hacha del hombre bestia. Se oyó un golpe sordo cuando el hacha impactó en la nuca del hombre, privando a su conciencia ausente de cualquier lugar al que regresar. El hombre bestia, imperturbable, intentó atravesar la cabeza de su compañero para aplastar el delgado cuerpo de Balleroy. La fuerza física que ejercía este semihumano era digna de elogio, pero…
—Yo sigo siendo más rápido.
Balleroy soltó la lanza con la mano derecha y atacó con un golpe recto de su mano. Sus dos dedos extendidos alcanzaron la cara del hombre bestia, clavándose en sus ojos y dejándolo ciego.
El hombre bestia lanzó un aullido de dolor y se tambaleó hacia atrás. El hecho de que dejara al descubierto su cuello al hacerlo fue su mayor error. Balleroy pisó la tráquea del hombre con un pie, tomó su lanza con la mano izquierda y le clavó la culata en la garganta. El hombre bestia cayó hacia atrás, ahogándose en su propia sangre, retorciéndose, incapaz incluso de emitir un estertor final.
Con eso, cinco de los seis hombres de la habitación estaban muertos. En cuanto al último, no había ido a por Balleroy, sino a por Jorah, que yacía derribado.
—¡No te muevas! Si das un paso, te…
Era una idea decente, pero lo único que podía hacer el hombre era mantener la daga en el cuello de Jorah.
—¡Ahora, Gaius!
—¡Hkk!
Desde detrás de Priscilla, Miles, de pie en la entrada, gritó, y el techo de la habitación se derrumbó, con un dragón alado asomando la cabeza por el agujero y agarrándose a la cabeza del hombre que amenazaba a Jorah. Este fue arrastrado impotente hacia arriba y fuera, con solo su grito resonando detrás de él. Una copiosa lluvia de sangre se derramó a través del techo destrozado, empapando a Jorah, que estaba justo debajo.
—¡¿Aah?! ¿Sangre? ¡Esto es sangre! Priscilla, este es mi fin…
—Cretino. NO es tu sangre. Esa le pertenecía a un plebeyo —Priscilla resopló al ver a Jorah perder la cabeza por un poco de sangre.
Levantó la vista y se encontró mirando a los ojos del dragón alado que la observaba desde el techo.
Reconoció a la criatura. Era uno de los dragones alados que los había llevado a la isla en la nave de dragón. Dado que había obedecido la orden de Miles, asumió que era su mascota. Y Priscilla dijo:
—Una gran actuación. No obstante…
—Aquí están todos, ¿no? ¿Y qué hay de ese, em, cabecilla? —dijo Balleroy.
Una rápida mirada alrededor de la habitación confirmó que el chico lindo, Ubilk, no estaba entre los muertos. Priscilla entrecerró sus ojos carmesíes mientras miraba los cadáveres; a su lado, Balleroy apoyó su lanza en el hombro y pareció estar buscando lo mismo. Pero Ubilk no se veía por ningún lado en la cámara del Señor de la isla. No, quizás era más que eso.
—Quizás huyó de la isla —dijo Priscilla.
—Pero el puente levadizo sigue levantado. No hay forma de salir de aquí.
—No hay una forma fácil. Mas escabullirse aún es posible. Incluso el emperador en su capital tiene acceso a dispositivos ocultos afines a la magia que permiten desplazarse instantáneamente a un lugar lejano.
—¡Cielos! Siento que podrían matarme solo por saber eso —dijo Balleroy. Aun así, al menos tenía la educación suficiente como para no preguntarle a Priscilla adónde había obtenido esa información.
Una vez más, reevaluando su opinión sobre Balleroy y Miles, Priscilla se acercó al balcón de la habitación y se dejó llevar por el lejano estruendo de la batalla.
—¿Priscilla? Ejem, creo que puede ser peligroso quedarse aquí por mucho tiempo…
—Las cosas ya están resueltas en su mayoría —dijo ella, silenciando el molesto ruido de fondo que era la voz de Jorah—. Lo único que resta es que los gladiadores tomen partido. En cuanto al puente levadizo, hay muchas formas de derribarlo —cerró los ojos un momento—. Por ahora, disfruto escuchando la brisa.
El choque de las espadas se podría oír en todos los rincones de Ginunhive, el sonido de todo siendo destruido, siendo destrozado. El estruendo más notable de todos provenía de la dirección del puente levadizo, aún levantado.
Junto con las grandes ráfagas de viento y el clamor de la lucha, oyó un pequeño sonido, algo parecido al de una rata peleando desesperadamente por su vida. No obstante…
—Dicen que una rata acorralada sabe morder. Me pregunto quién acabará siendo devorado al final.
Sección 24
La participación de Arakiya cambió el rumbo de la batalla contra Hornet. Ahora, preocupado no solo por su propia muerte, sino también por la de Arakiya, Al sentía que su cabeza iba a explotar por la enorme avalancha de pensamientos que surgían en su interior.
—No conozco tus rarezas, no sé nada de ti, ¿cómo se supone que peleemos juntos?
—Solo muévete en tándem…
—¡¿Crees que soy lo suficientemente rápido para eso?!
Arakiya era una «Devoraespíritus»; podía consumirlos y utilizarlos para manifestar poderes especiales. De hecho, era demasiado especial; Al nunca había hecho ninguna «simulación» sobre cómo trabajar con alguien como ella. La forma en que peleaba a cuatro patas, incluso utilizando los dientes, lo hacía pensar en un animal salvaje, pero ver a una chica tan hermosa pero tan poco desarrollada como Arakiya hacerlo tenía algo de sórdido y erótico. La impresión solo se vio reforzada por el hecho de que su oponente era otra mujer hermosa, esta sin brazos.
—Me hubiera gustado grabar este combate, si hubiera podido ser un espectador observando desde una distancia segura —dijo Al.
—¡Vaya! Es un honor recibir un cumplido de ti —respondió Hornet.
Había una gran sonrisa en su cara mientras atacaba con sus espadas, el comienzo de un movimiento combinado que hizo que Al evitara la muerte por poco; había visto el ataque suficientes veces en sus decenas de revanchas como para haber descubierto una forma de sobrevivir.
Sintió el impacto en todo el brazo y apretó la daga con todas sus fuerzas para evitar que se le escapara de la mano. Puede que no fuera gran cosa, pero un arma era un arma. Si perdía esa, podía esperar perder el otro brazo poco después.
—¡Rng! ¡Dooona! —gritó mientras retrocedía tambaleándose bajo el golpe; su conjuro levantó varios trozos de roca del suelo.
Hornet se protegía con calma de cualquier ataque desde los ángulos muertos que creaba la piedra, pero parecía molesta por la pequeña rama que había metido las narices en su batalla.
—Sí que eres molesto —dijo con una risa burlona, y luego clavó ambas espadas en las losas. Desde allí, esquivó hábilmente la carga envuelta en llamas de Arakiya, y luego la Emperatriz vertió su fuerza en sus brazos y comenzó a girar, destrozando el suelo.
Con el suelo bajo sus pies cediendo de repente, Al y Arakiya fueron succionados por la tormenta de destrucción. Ambos dieron un breve grito mientras caían desde justo delante del puente levadizo hacia los niveles más bajos de la isla. Al cayó indefenso, pero Arakiya se impulsó con una pared y lo sujetó, estabilizándolos.
—¡Aah! Gr-gracias, niña. Me salvaste…
—Está bien. Pero no te he salvado. Eso aún está por verse.
Cuando finalmente aterrizaron en las profundidades más recónditas de la isla, Al y Arakiya entrecerraron los ojos, tratando de ver más allá de la nube de polvo que habían levantado.
Lo que vieron fue a Hornet, atravesando fácilmente el levantamiento de polvo. Frotó sus espadas entre sí, creando un chirrido metálico ensordecedor, y rio diciendo:
—Ahora tenemos un poquito más de espacio para nuestra pelea. Oh, mi dulce Al, espero que me hagas pasar un buen rato.
—… Si te golpeo los pies con una rama, hay un sesenta por ciento de posibilidades de que destruyas el puente.
—¿…? ¿Qué dijiste? —preguntó Hornet, perpleja por las palabras de Al.
La sonrisa se congeló en su cara. Pero Al no había terminado de hablarle a la Emperatriz Gladiadora.
—Cuando el puente se derrumbe, la chica me salva el cien por ciento de las veces. Es muy leal. Cuando cargo en el momento en que empiezas tu pequeña danza de espadas, mi cabeza será aplastada. Si me limito a observarte, termino rebanado, e incluso si intento huir, más del setenta por ciento de las veces, la chica y yo no nos ponemos de acuerdo.
—…
—Todo es prueba y error, setecientas trece veces. Esta noche me has matado setecientas trece veces.
—…
—Mhm. En realidad, si contamos esa primera batalla en la arena, supongo que son setecientas noventa y dos veces.
Hornet, quedándose muda, solo podía escuchar a Al explicando con calma… algo. Al estaba sinceramente impresionado de que ella no lo interrumpiera ni se comenzara a carcajear por lo ridículo que sonaba. Eso sugería que Hornet entendía que él no estaba tratando de amenazarla y que no estaba loco.
Eso debía significar…
—Tú también lo ves, ¿verdad? El dios de la muerte con el que estoy atrapado.
—… No veo nada de nada, ni siquiera entiendo lo que significan todos esos balbuceos. No he conseguido matarte ni una sola vez, dulzura. Pero… —Hornet hizo una pausa y sus ojos se llenaron de sed de sangre y deseo—. Poder matarte ochocientas veces me parece un sueño hecho realidad.
Hornet se inclinó hacia delante con facilidad, con la cara sonrojada por la emoción.
Era la primera fase de su mortífera danza de espadas. Podía dar lugar a varios patrones, pero todos ellos terminaban en muerte. Lo único que se podía hacer era no dejar que empezara. Para protegerse, tenía que…
—Muy bien, dulzura, ya terminamos con esta charla inútil. Prepárate.
—No fue… inútil.
—¿…?
—Todo lo que hice fue para ganar tiempo.
Hornet frunció el ceño al oír eso, pero entonces Al vio el resultado de su trabajo.
—¿Qué…? —Hornet jadeó y cayó de rodillas.
Tenía los ojos inyectados en sangre y su respiración se aceleró notablemente. Pero cuanto más rápido y profundo respiraba, más se consumía su vida.
La Emperatriz Gladiadora miró a su alrededor con los ojos enrojecidos, tratando de comprender lo que había pasado. Al se colocó frente a ella y, al mirarla, comprendió que no le producía ningún placer hacer que otra persona se arrodillara ante él. Pensando en lo que le debía por aquella batalla contra la mabestia cuatro años antes, decidió explicárselo.
—Es veneno —dijo.
—Ah… eno… —Hornet lo miró, con la cara marcada por la incredulidad y el dolor.
—Saqué la idea de una vieja película. Dicen que el veneno ha matado a más gente que cualquier otra arma.
—¿Ven… eno…? ¿Cuándo lo… tomé…?
—Lo mezclé aquí mismo. Aquí, donde ponen los cadáveres.
Sacudiendo la cabeza, Al le explicó a Hornet que allí, en lo más profundo de la isla, era donde guardaban los cadáveres. Se lo había mencionado a Arakiya: la idea de que ciertos espectadores con gustos particularmente retorcidos disfrutaban comprando los cuerpos de aquellos que habían perdido la vida en un estilo especialmente espectacular. Cada uno tenía sus razones, ya fuera porque el luchador procedía de algún lugar especial o era excepcionalmente bello, o para que el comprador pudiera diseccionar las habilidades más inusuales de una persona. Cualquier cantidad de cosas.
Entre los cadáveres recogidos para este fin estaba el que Al quería.
Concretamente…
—Hace poco, peleé contra un tipo, un shinobi, que tenía la Mano Venenosa. Debía de estar empapado de esa cosa hasta el final. Le pedí a la muchacha que lo hirviera por mí.
—¿C…?
—El veneno se propaga con el viento. Y tú lo inhalaste.
Hornet se inclinó hacia delante sobre el suelo, con los ojos inyectados en sangre y ampliamente abiertos. La forma en que su cuerpo temblaba y se retorcía hacía que pareciera que la Emperatriz Gladiadora estaba suplicando perdón a Al y Arakiya. La Emperatriz Gladiadora, que había hecho que tantos se arrodillaran ante ella, ahora se encontraba en la posición contraria.
—Me alegra mucho que el gas venenoso haya funcionado. Costó mucha prueba y error colocarte justo en este punto cuando se derrumbó el suelo. Me alegro de que todo haya salido a la perfección.
—N-no… Espera. ¿V-veneno? ¿U-usaste… veneno? ¿En mí? No es… justo.
—¿Justo? Es una maldita broma, ¿verdad? No existe lo correcto o lo incorrecto cuando se trata de sobrevivir en la Isla de los Gladiadores. ¿O es que ni siquiera sabías eso, novata?
Hornet podía llamarlo como quisiera mientras lloraba lágrimas de sangre, pero Al era despiadado. Aunque Hornet había dominado la isla con su destreza, sometiéndola a su voluntad, había malinterpretado algo: aquí los fuertes no se llevaban la victoria. Ganaba quien ganaba.
Inundar al oponente con gas venenoso, usar un segundo luchador para acorralarlo… No importaba. Si ganabas, ganabas.
—Si el gas no hubiera funcionado, habría sido bastante complicado. Tal vez, habría tenido que derribar toda la isla o aplastarte con el puente levadizo… Probablemente no me quedaban ni diez ideas más bajo la manga. Y quién sabe si alguna de ellas habría funcionado —dijo Al en voz baja.
—Khhg… —Hornet, con los ojos nublados por las lágrimas rojas sangre, le tenía miedo.
Entendía que no era mentira, esa charla sobre formas de ganar que él no había probado. Incluso si no hubiera tenido el veneno, Al habría tenido otras formas de matarla.
Hornet nunca podría hacer realidad sus sueños de entretenerse con competencias asesinas. En el momento en que había decidido pelear a muerte contra Al, esa posibilidad había desaparecido.
—…
Al reflexionar sobre esa realidad, Hornet descubrió su propia forma de aceptación dentro de la agonía: quien ganara, quien sobreviviera, era más fuerte. Era una forma muy propia del estilo de vida imperial el reconocer la derrota. Y así, finalmente, se arrastró hasta Al.
—Al… dulzura… Acaba ya… conmigo…
Le suplicó que terminara lo que había empezado con sus propias manos, que le diera un final digno de la Emperatriz Gladiadora. Al hizo una mueca de dolor. Y entonces…
—¿Qué, quieres que al menos te dé el golpe de gracia? Oye, lo entiendo, pero…
—Ah…
—Pero nunca se sabe lo que alguien puede hacer si te acercas demasiado en el último momento. Voy a quedarme aquí y esperar a que mueras.
Con los dientes, Al soltó el trapo sucio que había sujetado su daga en la mano y se alejó un poco más de Hornet. Ella había usado sus últimas fuerzas para arrastrarse hacia adelante como una cochinilla, pero él había rechazado su petición de ser su verdugo, y la desesperación de ese hecho la embargó de nuevo mientras él se alejaba.
Así que la Emperatriz Gladiadora no tendría el final digno que deseaba. Al se rascó la barbilla con la mano libre mientras contemplaba la desolación que esto provocaba en su cara, que siempre había estado lleno de seguridad en sí mismo. A continuación, se rascó la cabeza y dirigió una mirada de lástima a su conocida, que ya no podía oírlo.
—Te lo dije, Hornet. Te dije que sería aburrido pelear contra mí.
Sección 25
Una vez que se bajó el puente levadizo y las tropas de la otra orilla cruzaron, la derrota estaba asegurada. Aunque había que decir que la derrota se consumó en gran medida en el momento en que la voz de la joven del sistema de avisos reveló las verdaderas intenciones de los conspiradores. Los Generales Divinos y el resto de las tropas de socorro se encontraron con una simple operación de limpieza.
Y estaba yendo bastante bien…
—Oie, Arakiya. El viejo abue no te dejará salirte con la tuia, ¡si es un hombre extraño mucho mayor que tú! ¿Cuántos años más tiene? No podemos dejarlo aquí, supongo que tendremos que matarlo.
—… ¿De qué estás hablando? —preguntó Arakiya.
—¡Kakakaka! Así es como un viejo habla. ¿No te parece gracioso? Oh… pues no. Claro, claro, no es agradable ver a un viejo haciendo ese tipo de cosas. Ha sido un error por mi parte. Perdón, perdón.
El origen de la escandalosa carcajada era un viejo diminuto y canoso: Olbart Dunkelkenn. Arakiya estaba algo desconcertada por el comportamiento del hombre que afirmaba ser el Tercero de los Nueve Generales Divinos, pero Al, que había sido arrastrado ante el viejo, estaba aún más confundido.
Al estaba agotado por completo; lo único que quería era echarse en cualquier sitio y dormir. Por supuesto, no se atrevería a decirle eso a Olbart ni aunque lo fuera a matar —de forma literal. Después de todo…
—Eres tú, ¿verda’? Tú ayudaste a bajar el puente. Fuiste de gran aiuda. Sobre to’, teniendo en cuenta que, si no hubiera solucionado todo esto rápidamente, Su Excelencia me habría matado.
... Después de todo, los instintos de Al le advertían con urgencia que, a pesar de la actitud cómica del anciano, su poder era aún mayor que el de Hornet, de quien Al solo había escapado tras cientos y cientos de intentos. Al definitivamente consideraba a Hornet la tercera o cuarta persona más poderosa que había conocido en su vida, pero esa clasificación estaba cambiando rápidamente.

—El mundo es un lugar muy grande… pero esta pequeña isla ha sido suficiente para mí —dijo Al.
—No tienes deseos mundanos, ¿verda’? Eres… bueno, creo que no lo suficientemente joven como pa’ que te llamen joven. Aunque, desde mi punto de vista, ¡la mayoría de la gente es joven! Y se supone que los jóvenes tienen sueños, ¿no? —preguntó Olbart.
—¿Sueños, eh? Ya tuve uno muy bueno —esa fue la respuesta de Al al descarado comentario de Olbart mientras miraba a Arakiya, que estaba de pie junto al venerable anciano.
Extendió la mano y le acarició la cabeza, con su polvoriento cabello plateado. Arakiya todavía parecía un poco confundida, pero aceptó su gesto.
—Soñé que fui capaz de proteger a una hermosa muchacha de cabello plateado. Era lo que tenía que hacer en todas mis vidas.
—Oie, ¿lo dices en serio? No dejaré que te quedes con Arakiya, ¿sabes? ¡Eso es soñar demasiado!
—Le tengo cariño. Pero eso no significa que esté interesado románticamente. El cabello plateado es mi única traba —dijo Al, retirando la mano mientras intentaba apaciguar la simple desconfianza de Olbart.
Arakiya, más o menos ajena a su conversación, miró a Olbart y dijo:
—Um… Este bruto feo. ¿Qué va a pasar con él?
—¡Qué palabras tan hirientes! ¡Y ni siquiera tiene mala intención! Ay, mi corazón… —se quejó Al.
—¿Él? Na’. Si quiere una recompensa, se la daré si mi autoridad me lo permite. Y si quiere salir de aquí, creo que se lo ha ganado —Olbart miró a Al, a quien le resultó un poco molesto que le preguntaran indirectamente qué quería, pero asintió a Olbart de todos modos.
El viejo no había sobrevivido tanto tiempo sin motivo; toda una vida de experiencia le decía lo que había en el corazón de Al.
—Así es. No necesito nada. Tampoco tengo planes de irme de aquí. Si tuviera que escoger algo, solo pediría que este lugar siguiera existiendo.
—No creo que tengas que preocuparte por eso. El imperio no tiene escasez de villanos, y este pequeño episodio nos ha proporcionado un montón de nuevos criminales. ¡Repondremos el número aquí en poco tiempo! ¡Kakakaka! —Olbart volvió carcajearse y le dio una palmada en el hombro a Al.
Después, el viejo se dio la vuelta para marcharse y Arakiya estuvo a punto de seguirlo. Al observó la pequeña figura durante un momento y, justo cuando estaba a punto de salir, ella se detuvo. No se dio la vuelta por completo, solo giró la cabeza para mirarlo, y…
—Gracias —dijo simplemente.
Al se limitó a encogerse de hombros y decir:
—You’re welcome, niña.
—… No sé qué significa eso.
—No necesito más agradecimiento. Ya con eso es un diez. Oh, vaya, se me está poniendo la piel de gallina… Que tengas una vida próspera, niña.
Arakiya frunció el ceño por un segundo, pero después asintió y, esta vez, siguió a Olbart. Al la vio marcharse y luego se estiró con fuerza. El levantamiento en la Isla de los Gladiadores había sido reprimido y la mayoría de las personas que conocía, incluida Hornet, habían muerto. Solo había una excepción: se rumoreaba que el principal culpable, Ubilk, había desaparecido sin dejar rastro. Era un poco sorprendente, teniendo en cuenta que su plan supuestamente abarcaba no solo Ginunhive, sino también rebeliones en todo el imperio que eran solo el preludio del asesinato definitivo del emperador.
Bueno, el emperador seguía vivo, y Al se dijo a sí mismo que probablemente Ubilk se había convertido en comida para peces o algo así. Un fin adecuado para un fugitivo estúpido y sin valor que no tenía derecho a jugar con el destino de los demás.
—Jum. Aunque, supongo, que cambié el destino de esa chica, Arakiya.
Gracias a él, Arakiya seguiría viva, tal vez encontraría a alguien, tendría hijos, nietos y bisnietos. Tal vez una nueva línea familiar surgiría a partir de ella. Eso podría revolucionar el mundo de formas inimaginables.
Podría resultar ser una de las pocas huellas que Al había dejado en el mundo.
—Me imagino lo mucho que me golpearía mi Maestra si empezara a hablar así —dijo Al, rascándose la cabeza.
Se dio la vuelta para volver a la Isla de los Gladiadores. No importaba quién ya no estuviera allí, no importaba si nadie lo quería, ese era su lugar. El único lugar donde se permitía su existencia, un paraíso para ovejas negras como él.
—«Peones decapitados», ¿eh? —murmuró, recordando de repente la voz que había oído por el sistema de avisos. «Peones decapitados» fue la descripción despectiva que la chica había dado a los gladiadores que se habían levantado en una rebelión armada sin pensar, pero Al no era tan diferente de ellos. Ella les había dicho a los tontos que recuperaran la cabeza.
—Una mujer tan cruel, sí que lo era.
Enfrentar a la gente con la verdad no siempre era suficiente para salvar a quienes vivían en la mentira. Temblando ante esa declaración sangrienta, carente de cualquier atisbo de bondad, Al se humedeció sus labios resecos.
Si él tenía esperanza por algo, era que él y la dueña de esa voz arrogante nunca se encontraran mientras viviera.
Sección 26
—En cierto sentido, me fue divertida esta pequeña excursión. Permíteme darte las gracias en nombre de mi marido —dijo Priscilla, con su arrogancia intacta, mientras estaban sentadas en la sala de la mansión Pendleton. Mientras hablaba, se llevó una taza a los labios.
Frente a ella, la distinguida Serena Dracroy sonrió y aceptó el agradecimiento de Priscilla.
—Como su anfitriona, me quita un peso de encima oírte decir eso. Y hablando de tu marido, no creo haberlo visto. ¿Dónde estará?
—Se ha encontrado indispuesto desde nuestro viaje. Fue sobrepasado por los estímulos. Es un debilucho, como sabes.
—Si lo que me han contado Miles y Balleroy es cierto, no puedo culpar al conde por sentirse abrumado. Pero, en cualquier caso, me alegro de saber que está a salvo.
Priscilla sonrió en silencio; tal decencia era inesperada en la Dama Incandescente, conocida por su profunda brutalidad.
Tal y como Priscilla había predicho, se habían producido levantamientos armados y rebeliones a gran escala en todo el imperio, no solo en la Isla de los Gladiadores. En cambio, cada uno de ellos fue rápidamente reprimido por el General Divino enviado para hacer frente a la situación, y la capital, que en teoría era el objetivo de toda la operación, permaneció dichosamente intacta.
Al final, el verdadero objetivo del enemigo siguió siendo desconocido. Ubilk, que había iniciado el conflicto en Ginunhive, desapareció, y todo el incidente dejó tras de sí una desagradable irritación.
—Nuestro nuevo emperador parece disfrutar de una calma prematura, aun tras ceñir tan pronto la corona. Observaré con gran interés si realmente puede hacer frente a la tarea que tan ansiosamente ha asumido —dijo Priscilla.
—Así que utilizas ese tono incluso con Su Excelencia el emperador. Eres realmente increíble, joven esposa. Y…
—¿Y qué?
—No es nada. Me temo que estoy en deuda contigo. Te puse en peligro. —Serena se encogió de hombros. Se refería a cómo Priscilla había asumido la identidad de Serena, y el peligro que ello conllevaba, en la Isla de los Gladiadores.
Desde fuera, podría parecer que Priscilla había estado tratando de proteger a Serena del desastre que amenazaba con abatirse sobre ella. Pero las dos mujeres sabían muy bien que los motivos de Priscilla no eran tan admirables.
Serena habría escuchado los informes de Balleroy y Miles, quienes estuvieron con Priscilla. Era difícil saber qué habría notado o dicho Balleroy, pero Miles seguramente no habría medido sus palabras al describir las acciones de Priscilla. Es más, lo que Priscilla había logrado iba mucho más allá de simplemente actuar como doble, y Serena aparentemente valoraba mucho ese servicio. Lo que estaban haciendo ahora era una especie de ritual para resaltarlo.
—No me gusta deberle nada a nadie —dijo Serena—. Quiero saldar mi deuda lo antes posible. ¿Hay algo que desees? Aparte de mis subordinados, de los que me temo que no puedo desprenderme…
— No insistas en que repita lo mismo. Si quisiera a tus lacayos, no me molestaría en pedirte permiso. Vendrían a mí por su propia voluntad.
—¿Ah, sí? Esa es una perspectiva aterradora. Muy bien. Entonces, ¿esta deuda seguirá existiendo?
—Por el momento, sí.
Serena frunció el ceño y miró a Priscilla, quien volvió a fijarse en la cicatriz blanca de espada que recorría el lado izquierdo de la cara de la mujer. Ella le guiñó el ojo izquierdo, pero miró directamente a la gran condesa.
Una de ellas era considerablemente mayor que la otra, pero compartían algo: ambas eran mujeres autoritarias que podían hacer temblar a los hombres ante ellas. Por lo tanto, Serena, con su intuición susurrándole al oído, podría incluso haber adivinado que la única razón por la que Priscilla se había hecho pasar por ella en la isla había sido para crear esta deuda.
Priscilla, por supuesto, no diría exactamente cuáles eran los hechos. No obstante…
—Algún día te reclamaré por el favor que hoy me debes. Por el momento, puedes saborear la espera de cuándo y cómo sucederá.
—Je. Parece que he contraído una deuda bastante seria.
La chica que tenía delante era tan joven y a la vez tan encantadora. La Dama Incandescente solo pudo tragar saliva ante la perspectiva de tener que cumplir algún día con esta obligación.
—Ahh… —dejó escapar un suspiro.
Sección 27
—Oye, Aldebaran, toma esto.
—Ya te he dicho que no me llames así.
Las esposas, puramente por formalidad, fueron retiradas y le entregaron su liuyedao. La conversación era ya prácticamente un ritual, pero Al no la compartía con esa rara persona de la Isla de los Gladiadores a la que le había abierto su corazón, sino con el amargado guardia que sustituyó al hombre muerto.
A veces aún extrañaba al difunto Auran. Quizás parte de su motivación para enfrentarse a Hornet había sido una cierta venganza, un intento de compensar lo que había pasado.
—Je. Seh, claro… El intento de asesinato del emperador fracasó, tenemos un montón de caras nuevas en la isla y la vida aquí sigue como siempre. No hay mucha diferencia en el panorama general de las cosas.
Todo cambió; nada duró. Ni la sedición de Ubilk, ni la maldad de Hornet, ni los fervientes deseos de los gladiadores, ni la lealtad de Arakiya, ni la astucia de Olbart. Ni siquiera la muerte de Auran. Todo se desvanecería con el tiempo. Las hormigas podían lamentarse y llorar, pero no podían detener el flujo del río. La rebelión en la isla había hecho que Al se diera cuenta de esto. El pensamiento seguía en su mente cuando entró en la arena, recibido por los gritos salvajes de la multitud.
Cuando su oponente en el combate a muerte de hoy salió del túnel opuesto, Al abrió ampliamente sus ojos.
—¿Ghajit? Tú también lo conseguiste, ¿eh? Pensaba que de seguro estabas muerto.
—Oie, yo también. Pero sobreviví y no sé cómo mierda pasó. El karma o algo así, supongo. Quizás sea lo mismo que significa que uno de nosotros va a morir aquí hoy.
Era el espadachín con la cabeza a medio rapar. Al había oído que fue uno de los primeros en unirse a la rebelión, pero debía de haber hecho algo para ganarse la clemencia, porque allí estaba.
Y ahí estaba Al, enfrentándose a él en una pelea a muerte. Todo cambió. Nada duró. Nada en el mundo. Ni siquiera el mundo mismo.
—Vamos a darle, entonces. Sin rencor, ¿eh, Ghajit?
—Seh, claro. Somos gladiadores hasta que morimos. Incluso Hornet terminó estirando la pata. Así que nos pasará algún día.
—… —Al no respondió a eso.
En cambio, mientras Ghajit preparaba su sable, Al adoptó una postura de combate, preparándose para dejar que su liuyedao tuviera la última palabra.
Todo el mundo moría. Todo el mundo iba a morir. Era algo de lo que nadie podía escapar. Excepto Al.
—Al menos por ahora —murmuró.
El frenesí del público se intensificó y un gong anunció el comienzo del combate. Ghajit se agachó y cargó contra él, y Al corrió a su encuentro.
Ghajit quería cortarle la cabeza. Al simplemente tendría que cortarle la cabeza a Ghajit primero. Siempre era así. Era solo que…
—Tus estrellas eran malas.
Eso era todo.