Crepúsculo Carmesí



Capítulo 1
Crepúsculo Carmesí
Sección 1
A la vez que la luz cálida atravesaba los árboles e iluminaba su frente, su consciencia comenzó a regresar del profundo sueño.
—N-ngh…
De su garganta delgada salió una voz aguda, como la de un niño que aún no pasaba por la pubertad.
Una voz andrógina, difícil de identificar como masculina o femenina, que, junto con los rasgos candorosos de su dueño, llegaba incluso a transmitir un encanto indecente.
El origen era un pequeño y adorable niño que se movía sobre su cama.
Resaltaban su peculiar cabello rosado y la finura de su piel blanca. La voz no engañaba, pues el niño, que aparentaba estar cerca de los diez años, poseía una pureza asexuada que lo hacía casi afín a un ángel.
Su nombre era Schult. Antaño, la pobreza y el hambre habían estado a punto de arrebatarle la vida, mas ahora aquí yacía sano y salvo.
—Fuah… —bostezó Schult sobre la sábana, mientras alzaba su cuerpo y se frotaba los ojos.
Su rostro era cautivador por sí solo, pero sus iris, carmesíes como rubíes, lo elevaban a un plano superior. El pergeño de Schult podía describirse como la personificación de la pureza.
No obstante, esa evaluación objetiva y la que él tenía en su propia mente no eran muy compatibles.
—Mrrr, aún están demasiado delgados…
Una vez que terminó de frotar sus ojos adormilados y el despertar trajo su mente a la realidad, Schult se pellizcó los brazos, mientras una expresión de descontento deformaba sus mejillas enrojecidas.
La causa de su descontento era simple: sin importar cuánto entrenara, sus extremidades no se fortalecían, y el frecuente ejercicio que hacía jamás reflejaba resultado alguno en su cuerpo.
La noche anterior, Schult había estado practicando sin descanso con una espada de madera, y aun así sus brazos seguían blandos. Daba lástima el hecho de que sentía un leve dolor en ellos a pesar de eso.
En términos precisos, el dolor que Schult experimentaba se llamaba mialgia, y era prueba de que, en realidad, el deseo inocente del niño sí estaba progresando, pero…
—El señor Al dijo que este dolor en mi cuerpo significa que estoy mal… Otra vez debo descansar hasta que el dolor desaparezca.
Schult reflexionó sobre lo que le había dicho Al, a quien le pedía consejos a la hora de entrenar. Según los cálculos del programa que había preparado basándose en las palabras de Al, tendría un día de práctica y cinco de reposo.
Por supuesto, era absurdo pensar que un método de entrenamiento como ese funcionaría. Todo esto se trataba de un plan de Al, pero Schult no tenía por qué enterarse.
Sin embargo, Al no había ideado aquello por mera inmadurez o ingenuidad…
—¿Has despertado ya, Schult?
—Oh.
Tan pronto como escuchó esa voz, el cuerpo de Schult dio un pequeño brinco sobre la cama y cambió la dirección en la que miraba. Cuando Schult se volteó, la figura de una persona, que estaba en el fondo del cuarto, entró en su visión.
Ahí, sentada en una silla lujosa, con sus piernas largas en un cruce elegante, estaba una mujer. Su cuerpo, abundante en curvas femeninas, estaba envuelto en un delgado vestido de noche, mientras que sus ojos carmesíes avanzaban por las páginas del libro que tenía puesto sobre las rodillas.
Y a pesar de la simpleza de esto, todo aspecto de ella resplandecía a los ojos de Schult, como si estuviera ante una obra de arte suprema.
—Muy buenos días, señorita Priscilla.
—Mm. Fuiste espléndido esta mañana. En recompensa por cómo disfruté abrazarte por la noche, te concederé un elogio.
—M-muchas gracias…
Embelesado, Schult saludó a la mujer, Priscilla, ante lo cual ella cabeceó regiamente. Schult sintió algo complicado, entre alegría y vergüenza, al escuchar el elogio que le dio en el proceso.
El deber que se le había asignado a Schult era encargarse de las tareas del hogar y dormir junto a Priscilla; pero, de ser posible, quería pagar su gran deuda con ella de manera apropiada.
Ese era el sincero deseo de Schult, su sueño.
—Mmmm…
—Vaya, noto que hoy me miras con más pasión de lo usual. ¿Ocurre algo?
—N-no, no pasa nada. ¡Usted sigue siendo la mujer más preciosa de este mundo, señorita Priscilla! ¡Estar a su lado me hace el niño más feliz! Pero…
—¿Cómo que «pero»?
—Siempre he querido ser de mayor utilidad para usted, señorita Priscilla, pero no tengo la fuerza necesaria. Ojalá pudiera blandir una espada con tanta firmeza como el señor Al…
Al decir eso, Schult sintió la impotencia de sus brazos delgados una vez más.
Ni siquiera tenía que estar a la altura de Al, el caballero de Priscilla, o del «Escudo Rojo», su ejército personal. Todo lo que pedía era, por lo menos, ser capaz de proteger a Priscilla de una sola entre todas las adversidades en su camino.
—De ser necesario, podría ser su escudo… Oh, pero mi cuerpo es demasiado pequeño. Señorita Priscilla, podría cargarme y usarme como escudo y… ¡Au-au!
—Para de decir tales sandeces. Yo soy la única que decidirá cómo manejar mis posesiones. ¿A qué hora te armaste de valor para decirme lo que debo hacer? —dijo Priscilla, ahora parada frente a Schult, acariciando su cabeza con violencia.
—No q-quise decir… —Schult intentó disculparse apurado mientras la mano de Priscilla lo martirizaba—. Uuuh… Si no puedo ser su escudo, ¿entonces qué puedo hacer para serle útil, señorita Priscilla? Oh, ¿qué tal si me adhiero a usted para que me use como armadura…?
—El problema no es qué clase de equipamiento podrías ser. Schult, no te tengo aquí con la esperanza de que cumplas el deber de una espada o un escudo. Tu deber es el que ahora mismo desempeñas, nada más.
—Es decir, ¿ser su almohada?…
Ante las despiadadas palabras de Priscilla, Schult bajó la cabeza en silencio.
Aunque ya estaba consciente de ello, le angustió escuchar a su benefactora declararlo inutilizable. Toda la culpa era de sus brazos blandos. O de sus piernas flacas como palos, tal vez.
—Mm. —Priscilla observó a Schult despreciar su propio ser y cruzó los brazos, con lo cual resaltó su amplio pecho. Luego dio un profundo suspiro—. Schult, no te permitiré ser una espada, mas si te niegas a conformarte con el rol de almohada, puedes leer un libro. Eso me serviría más.
—¿Un libro? ¡¿Si leo libros, podré ser su escudo, señorita Priscilla?!
—Jamás. Abandona ya esa fantasía.
—Perdón, me ganó la emoción…
Schult se aferró a esa esperanza que vio por un segundo, y enseguida se arrepintió de sacar conclusiones antes de tiempo. Al ver a Schult así, Priscilla suavizó su mirada y señaló el centro del cuarto con un brazo.
Este cuarto era donde Priscilla dormía, pero aparte de la gran cama, también había una estantería, la cual ella usaba para acomodar los libros que quería leer. La mansión de Priscilla, la residencia Barielle, contaba con una extensa biblioteca, por cuya cantidad de libros podría incluso considerarse la más grande del reino.
Leip, el antiguo dueño y exesposo de Priscilla, prefería juntar solo libros necesarios; pero al pasar la mansión a pertenecer a Priscilla, ella había comenzado a añadir cuanto libro encontraba en su camino a su colección. Esta era tan grande que quien la viera no la llamaría una «amante de los libros», sino una usurpadora de conocimiento.
—A veces, la sabiduría salva más vidas que una espada o un escudo.
—¿Eh?
—Esas son las palabras que dejó un tal sabio hace muchos años. En general estoy de acuerdo, pero aún está a un paso de llegar a ser la verdad.
—Uh, entonces…
Las palabras de Priscilla eran tan complicadas que Schult se tardó en procesarlas. Sin embargo, Priscilla no iba a detenerse solo para sacar de dudas a Schult.
Priscilla siempre caminaba a su propio ritmo. Si querían contemplar su augusta figura desde atrás, aquellos fascinados por Priscilla debían correr constantemente. Pues de no hacerlo, terminarían quedando muy lejos de la imparable mujer.
—…
—La sabiduría es como un bastón omnipotente. La espada y el escudo cumplen su función cuando es necesario, ¿pero después qué? ¿Acaso la espada y el escudo fertilizan la tierra? ¿Acaso la espada y el escudo curan a las personas? ¿Acaso la espada y el escudo cultivan vidas? No, no lo hacen. La sabiduría es el bastón que sirve en todo momento. Yo puedo caminar sin nada ni nadie como apoyo. Mas eso no significa que soy incapaz de caer.
—Y c-caer duele…
—Así es, caer causa dolor. Y también heridas. E incluso sangrado. Sin embargo…
—¡Ah! ¡Pero cuando uno tiene un bastón, puede evitar caerse! —dijo Schult mientras levantaba la mano, emocionado por haber descifrado el significado de lo que Priscilla explicaba.
Al escucharlo, Priscilla relajó sus labios, contenta, y acarició la cabeza de Schult otra vez.
Esta vez no con violencia, sino con suavidad, gentileza y cariño.
—Ahora que lo entiendes, dedícate a la lectura. Sírveme, no como espada ni como escudo, sino como bastón.
—¡E-entendido!… Uh, pero yo no puedo leer esos símbolos…
—Que Al te instruya en eso. Al tiene demasiado tiempo libre, después de todo. Además, a pesar de ese aspecto que tiene, es diestro en la enseñanza. Y si no puede, le cortaré el brazo que le queda y listo.
—¡Qué gran responsabilidad! ¡Me esforzaré por el bien del señor Al! —repuso Schult mientras enderezaba su postura, pensando en lo dura que sería la vida de Al si perdiera ambos brazos.
Al ver la postura de Schult, Priscilla cabeceó, y de repente él notó la presencia de un objeto.
Era el libro que estaba encima de la silla en la que reposaba Priscilla hacía un momento. Schult recordaba haber visto antes ese libro de encuadernación rojo brillante con decoraciones doradas.
Como el encargado de dormir con ella cada noche, Schult lo reconocía. A Priscilla le gustaba mucho, y siempre se levantaba temprano a leerlo sin falta.
—Señorita Priscilla, ¿de qué se trata ese libro?
—Oh, ¿eso? No lo leo por diversión. Podrías llamarlo un cuaderno de notas. Tampoco creo que ninguna parte de su contenido te interese.
—¿Un cuaderno de notas?
Schult inclinó la cabeza, algo confundido por esa frase cuyo significado no reconocía. Viéndolo, Priscilla tomó el libro en cuestión con su mano y pasó su dedo por la encuadernación.
—No hay ninguna lección útil que obtener al terminar de leerlo. Aunque, por supuesto, las expectativas razonables para un libro dependen por completo de cuál leas… No obstante, la emoción de una historia también es uno de los placeres que ofrece la lectura.
—¿…? Pero, señorita Priscilla, para ser su bastón tengo que…
—Estudiar no es el único propósito con el que leo… Mm. —Priscilla hizo una pausa y se posó sobre la silla de nuevo. Luego abrió el libro sobre sus rodillas y ojeó lo que estaba escrito en él—. Esto será interesante. Schult, yo misma te leeré algo.
—¿De verdad, señorita Priscilla? Ay, ¡qué emoción!
—Je, me agradan tus reacciones tan mansas. Bueno… Comencemos.
Observando a Schult, quien estaba sentado recto y de rodillas sobre la cama, Priscilla comenzó a narrar. Ahora que había obtenido esta inesperada oportunidad, Schult estaba dispuesto a escuchar, con suma atención, cada palabra que dijera.
Como una grácil canción, la voz de Priscilla entró por los oídos de Schult.
El comienzo de la historia que contaba fue algo bastante convencional…
—Había una vez, en un lugar muy, muy lejano, una hermosa, encantadora y adorable niña…
Sección 2
Esa hermosa, encantadora y adorable niña portaba un vestido lujoso.
—…
La chica, en cuyo aspecto aún había matices de niñez, caminaba con la espalda recta mientras el faldón de su vestido, rojo como la sangre, se sacudía. Cualquiera podía predecir cuán glamurosa sería en el futuro al ver el intenso brillo que emitían sus ojos rasgados, iris carmesíes, piel clara como porcelana y facciones gallardas.
Rodeada de seis pajes que la acompañaban, la chica iba pisando la alfombra roja con andares imponentes. Al abrirse la gran puerta y pasar por ella, lo que recibió a la chica fue un comedor extremadamente suntuoso y nueve pajes más.
Cuando ella se puso en el centro de la mesa larga, cubierta por una tela blanca, un paje se apresuró a jalar una silla y comenzó las preparaciones para la comida. Se le llevaron los cubiertos que estaban puestos sobre el carrito, y así ella presenció cómo ordenaban todo sobre la mesa. La chica era la única que usaría este comedor vasto, pues los demás miembros del personal habían sido enviados para asistirla y nada más.
—¿Qué se hará hoy?
De repente, mientras las preparaciones de su comida avanzaban, la chica le hizo una pregunta sobre los planes para este día al paje que estaba a su lado. En respuesta, el paje hizo una cortés reverencia.
—Hemos preparado lo necesario para que estudie en su cuarto cuando termine de comer. Aparte de eso, el señor Vincent vendrá a visitarla a la hora del almuerzo.
—¿Estudiar? Vaya plan más insípido. Aunque mejora mi humor saber que mi hermano vendrá. Justo me apetecía cobrar mi revancha por aquel juego de Shatranj que tuvimos.
Al oír la calmada respuesta del paje, la chica contestó en un tono arrogante y cabeceó. Sin aludir a la actitud de su ama, el paje se inclinó y dio un paso hacia atrás para incorporarse de nuevo a la formación de los demás.
—Bueno, aquí vamos —dijo la chica, con un ojo cerrado, al observar su diligencia, y después volvió a mirar al frente.
La comida había quedado lista mientras hacía eso, y ahí estaba servido su primer platillo: una sopa que emitía vapor.
—Permítame.
—Mm.
Una vez listos los alimentos, lo siguiente era consumirlos… en la mayoría de los casos, pero no en este.
Una paje avanzó hacia el frente y, tras dirigirle la palabra a la chica, tomó la cuchara sin fuerza. Después, sacó una cucharada de la sopa y la llevó hacia su propia boca en lugar de la de la chica.
Todo aquel que fuera miembro de la nobleza requería, hasta cierto punto, pasar por esta prueba antes de comer.
Acostumbrada a ello, la chica no tuvo ninguna reacción en particular a la acción de la paje. Esta comprobó el sabor y la ausencia de veneno.
Casi cada comida que se le servía debía ser catada de esta forma primero. Por esa razón, rara vez podía disfrutar su comida cuando estaba recién salida de la cocina.
Por supuesto, estaba consciente de que tal medida era necesaria, pero…
—Es tan fastidioso.
Esa frase, formada por los labios de la chica, no llegó a nadie.
Ignorando el susurro, la catadora terminó su trabajo. Con un tinte de desánimo en su bello rostro, la chica notó que ya era su turno de sorber la sopa fría.
—…
Tomó una cucharada de la sopa y se la llevó a la boca. Sin demora dio el siguiente sorbo, como si expresara su deseo de terminar, de una buena vez, con ese alimento desabrido. De cualquier forma, su único deber era cumplir con las normas de etiqueta sobre la mesa, y así ninguno de los presentes se quejaría de la velocidad a la que comía…
Pero el mayor problema aquí ya no era la velocidad ni la etiqueta.
—¿Uh…?
Súbitamente, un sonido extraño salió de los labios de la chica.
La cuchara cayó de su mano y creó otro sonido. Ella procedió a sujetarse del mantel de la mesa, jalarlo y por consiguiente desordenar los platos y cubiertos colocados encima.
—Ack, gh…
Con la mano contraria, se agarró la garganta mientras un quejido salía de ella.
Sus ojos, abiertos de conmoción, lucían un intenso rojo, el color de la sangre…, y esta vez no solo estaba presente en sus iris.
La chica derramó lágrimas de sangre mientras la hemorragia se intensificaba y pasaba a salir también de su nariz y boca. La escena aberrante causó sobresalto en los pajes que la rodeaban, pero lo único que podían hacer era observar.
Entre los pajes, una sola persona reaccionó con algo diferente de estupor. Y al igual que la chica, esa persona, la catadora, tenía sangre que rebosaba por cada parte de su cara.
—Lo… logré…
Una sonrisa se abrió camino a través del feroz sufrimiento y llegó al rostro ensangrentado de la catadora, quien cayó de rodillas. Colapsó sin siquiera intentar apoyarse en el suelo, prueba de que ese instante sería la última vez que respiraría.
Aunque el mismo veneno la afligía, lo había soportado hasta el final para hacer creer a la chica que estaría a salvo. Y cuando vio el resultado, colapsó por fin, sabiendo que su trabajo como asesina estaba hecho.
Aunque le costó la vida, nadie sería capaz de negar los frutos de su tenacidad.
—Ou, ack…
La silla se desplomó, y la chica quedó tumbada sobre su costado en el piso. Sus brazos y piernas temblaron hasta el último momento, como si intentaran aferrarse a la vida, pero esas vibraciones desaparecieron eventualmente, y el comedor se sumergió en el silencio.
—…
El tiempo se congeló por completo en el comedor, a la vez que lo hizo para las dos víctimas, la asesina y su objetivo. Los pajes sabían que no debían hacer ningún movimiento innecesario ante las fallecidas.
Cualquier sonido que hicieran haría que el paso del tiempo se reanudara, y toda la responsabilidad recaería en ellos. Sus acciones se encontraban restringidas por esa extraña e incierta creencia.
Pero no por mucho tiempo…
—¿Qué es esto? ¿La asesina ha caído en su propia trampa?
—…
Una chica apareció en la entrada del comedor y habló, contemplando los cadáveres con una expresión de aburrimiento.
La llegada y voz de la chica cubrieron de sorpresa las caras de los presentes en el comedor. Eso era de esperarse. Después de todo, el rostro de esa chica era idéntico al de su ama, quien acababa de perecer por el veneno…, pero había algo diferente.
—…
Cruzando los brazos, la chica bajó la mirada hacia la otra que estaba en el suelo. Ciertamente, algunos de sus rasgos tenían un parecido enorme con los de la chica fallecida, pero, al observarlas con más minucia, las diferencias se hacían notables.
Si la fallecida era la obra maestra de un artista distinguido, entonces la chica que la observaba era una concentración de belleza, una cúspide que ni siquiera el mejor pintor sería capaz de alcanzar.
Los pajes abrieron grandes los ojos, pues ahora comprendían… La imponente chica frente a ellos era la auténtica.
—Señorita Prisca…
De repente, uno de los pajes, quien estaba justo al lado del cadáver, pronunció su nombre. En respuesta, la chica, Prisca, se volteó e inclinó la cabeza.
Su cabello tenía un brillo naranja como el sol, y sus ojos rasgados lucían como si estuvieran incrustados de rubíes. Cuando estaba presente, no tomaba más de una mirada darse cuenta de con quién se estaba lidiando…: un ser superior a muchos, y no solo por sus orígenes.
—Es bueno saber que está a salvo…
—Jm, ahórrate esas insignificancias. ¿Acaso creíste que yo sería derrotada con un truco tan absurdo como este? Además, conseguir a una doble apta para este trabajo tampoco fue barato.
Con la cabeza hacia abajo, el paje recibió una mirada afilada de Prisca, quien caminó hacia la occisa.
Era una doble, una persona que poseía una apariencia similar a la de alguien importante, a quien se contrataba para realizar tareas peligrosas como sustituto de la persona original. En ese mundo plagado de ardides donde habitaba ella, no era inusual recurrir a tales métodos, y la doble estaba completamente consciente de que arriesgaba su vida al hacer su trabajo.
No obstante, eso no significaba que quería verla morir en agonía. Y el hecho de que el objetivo había sido alguien cuya cara tenía tanto en común con la suya no dejaba a Prisca relajarse.
—Entonces hay alguien por ahí que ansía verme a mí con este mismo rostro exánime.
—…
Cuando la chica, de once o doce años, murmuró eso, los pajes comenzaron a temblar. Pero ¿quién se atrevería a llamarlos cobardes por ello? ¿Quién lo haría, tras ver el perfil de la chica y la brutalidad que había en sus ojos carmesíes, infantiles pero cautivadores?
—Paje líder, ven aquí.
—S-sí.
Al recibir la seña de Prisca, la representante de los pajes avanzó hacia ella.
—Mm. —Prisca cerró un ojo, mirando de hito a la mujer, veinte años mayor que ella, cuya cara y hombros reflejaban tensión. Luego le ordenó, con una seña más, que prestara atención—. Si no me equivoco, tú fuiste la encargada de seleccionar a quienes trabajarían en la mansión hoy.
—Es verdad. Por lo tanto, asumiré toda la responsabilidad por este fallo.
—Cretina. ¿Por qué razón crees que te asigné este trabajo?
—No lo sé, ¿por qué razón?
Como si la severa reprimenda la hubiera dejado sin palabras, la paje agrandó los ojos ante la pregunta inesperada. Al ver su confusión, los labios de Prisca se curvaron.
Formaron una sonrisa sádica y cruel, expresión que uno jamás esperaría ver en una niña.
Conservando esa sonrisa que, a pesar de todo, tenía cierto encanto, Prisca continuó:
—Si una incompetente está al mando, esos tontos lo verán como la oportunidad perfecta para condenarme a muerte, ¿no es así? En ese caso, debo eliminarlos a todos de una vez, antes de que causen problemas.
—…
Y justo después de que Prisca dijo eso, sucedió.
—Tch…
Formados alrededor de su perpleja líder, los demás pajes sacaron dagas de sus bolsillos y fueron contra ella.
Prisca no tardó ni un segundo en actuar tras detectarlas con sus ojos carmesíes. Agarró del collar a la paje líder e interpuso su cuerpo en la trayectoria de las dagas.
La paje líder gritó al sentir las dagas afiladas clavarse en su carne. No obstante, el grito se cortó enseguida y ella colapsó con los ojos en blanco. Esto evidenció que las dagas estaban cubiertas de un veneno de acción inmediata.
Mientras ocurría eso, Prisca dio un gran salto y aterrizó sobre la mesa en la que estaba puesta la comida; después jaló el mantel blanco por debajo de sus pies y lo extendió por encima de los pajes, o mejor dicho, asesinos que la perseguían.
—…
En un instante y sin decir nada, los asesinos tajaron el mantel tendido sobre ellos. Sin embargo, un solo segundo de obstruir su visión era lo que Prisca necesitaba para cumplir su objetivo.
—Agh…
Un cuchillo de cocina atravesó la garganta del asesino que estaba en la vanguardia. Impulsado por las pequeñas piernas de Prisca, el objeto destrozó su piel delgada, y la siguiente patada lo hizo clavarse aún más profundo.
El hombre, con una perforación fatal en la garganta, levantó su daga mientras su mano temblaba. Cuando lo hizo, Prisca saltó hacia él, le sujetó el brazo, lo movió e hincó la daga en el pecho de otro asesino. Un roce bastaba para que el veneno que cubría la daga dejara inconsciente a su víctima. Y una puñalada cerca del corazón garantizaba la muerte instantánea.
—¡¿Cómo nos está venciendo una niñita?!
—¿Qué, están teniendo problemas? Claro, después de todo, basura como ustedes es incapaz de hacerlo mejor.
Frustrado por el fracaso de sus ataques, el oponente gritó de impotencia, ante lo cual Prisca solo se burló y tumbó la daga embistiéndola con la silla que tenía a mano. El asesino siguió, con sus ojos, el camino que la daga recorrió por el piso; y mientras lo hacía, ella picó sus globos oculares con los dedos, para luego romperle el cuello, sin piedad, con un pisotón en cuanto perdió la vista y cayó.
En medio de esa abrumadora refriega estaba Prisca, su armada consistente de una sola persona, manipulando a los adultos a su gusto. Aun así, ellos la sobrepasaban en cantidad, y estaban comenzando a recuperarse y llenar el espacio poco a poco.
Otro factor que la ponía en desventaja era que a su alcance solo tenía el mantel y los cubiertos, objetos no diseñados para ser usados como armas.
Sin embargo…
—Basta, ya me harté de desgastar mis propias manos con esto.
Sin mostrar una sola pizca de preocupación por esa situación, Prisca le dirigió a sus enemigos una mirada repleta de nada más que aburrimiento puro. Al ver sus ojos carmesíes, todos los asesinos se pusieron tensos.
Si lanzaban un ataque simultáneo, incluso si alguien moría en el intento, por lo menos una daga llegaría a ella. Esas hojas venenosas eran capaces de robarle la vida a alguien con solo rozarlo. Prisca no sería la excepción.
Por lo tanto, la estrategia de los asesinos era, a pesar de sus riesgos, acertada.
Pero…
—Ngh…
—Son todos unos tontos. ¿Por cuál motivo creen que yo vine sola hasta aquí, aun sabiendo sobre su ataque?
Al mismo tiempo que los asesinos saltaron hacia ella, la fría voz de Prisca permeó sus mentes como si de veneno se tratara.
Pero los asesinos no tenían tiempo para preguntarse qué quería decir. No mientras sus cuerpos eran consumidos por el fuego y morían calcinados, sin siquiera poder gritar antes.
—…
Los catorce asesinos que intentaban acabar con Prisca ardieron en conjunto.
Sin excepciones, e incluyendo a quienes habían perecido previamente por la represalia de Prisca. Llamas de color verde se alzaron y crearon una escena maravillosa que hizo aplaudir a Prisca.
—Oh, qué gran espectáculo tenemos aquí. Las llamas jamás pierden su belleza. Ni siquiera cuando su leña son las vidas de unos tontos… Te concedo un elogio.
—… Me siento… honrada.
Mientras contemplaba a los asesinos ardientes, Prisca pronunció una loa, a la cual respondió otra voz. Esta última provenía de una figura pequeña que se encontraba en el espacio entre Prisca y los asesinos que habían intentado atacarla.
—…
Era una chica en la adolescencia temprana; a juzgar por su apariencia, no lejana a la edad de Prisca. De su cabeza salían dos orejas de perro, características de los semihumanos de su tipo, y en su mano sujetaba una rama sin pulir que parecía haber sido recogida de alguna arboleda.
Lo más destacable de la niña era su ligero aire de indecencia, causado por los paños menores que dejaban expuesta la mayor parte de su piel morena y lisa, y que en el flequillo de su cabello plateado había un mechón singular de color rojo.
Ella observó a los asesinos que ardían y, con ojos inexpresivos, volteó a ver a Prisca.
Luego…
—Eliminación, finalizada. Me alegro de que esté… Borp.
—Oye. ¿Acabas de dirigirme un eructo?
—No… Solo fue… Borp.
—Cretina. Eso es precisamente un eructo.
La chica lo negó con un meneo lento de la cabeza, sobre la que Prisca le propinó una palmada ligera.

—Auch —murmuró la chica de manera monótona. Después tocó las orejas caninas en su cabeza—. Señorita Prisca… ¿Qué le pareció?
—Ignorando la insulsez de tu pregunta, ya te lo dije hace un momento: fue algo digno de mis elogios. He resultado completamente ilesa. Además, la eliminación de los culpables fue espectacularmente deleitable.
—… Todo fue gracias a los espíritus.
Con una leve expresión de timidez, la chica bajó la mano y la separó de sus orejas. Cuando lo hizo, una tenue luz se tornó visible en su palma.
Esa luz era un ser insustancial conocido como espíritu, capaz de manifestarse por medio del prana; y más específicamente, pertenecía al grupo de los espíritus menores, seres de poder y consciencia escasos. Entre los espíritus, había algunos que podían comunicarse con los humanos y formar contratos con ellos para prestarles su poder.
Y esta chica era una de esas personas que tomaban prestados esos poderes.
Sin embargo, ella no necesitaba tener un contrato…
—Am.
Sin vacilar, la chica se echó a la boca el espíritu menor que tenía en la mano y lo masticó.
Al ver esto, Prisca entrecerró sus ojos carmesíes y sonrió, entretenida.
—A pesar de que lo he visto muchas veces, todavía me parece curioso. No esperaba menos de una «Devoraespíritus».
—Borp.
Al oír a la chica eructar de nuevo, Prisca cruzó los brazos y se encogió de hombros.
«Devoraespíritus». Ella tenía esa habilidad usurpadora que le permitía comer espíritus y obtener sus poderes sin contratos.
Por supuesto, no cualquiera podía robar el poder de un espíritu comiéndoselo. Ese atributo era extremadamente raro, por lo que incluso Prisca lo consideraba altamente valioso.
—Arakiya, has seguido mis órdenes al pie de la letra.
—… Por usted, hago lo que sea, señorita Prisca.
Llamando a la chica, Arakiya, por su nombre, Prisca avanzó por encima del montón de cenizas que antes eran humanos. Se dirigía hacia el único cadáver que no había quedado desintegrado por el fuego.
Ahí yacía una chica, la doble de Prisca, quien aún tenía la misma expresión de angustia con la que había muerto. Prisca se agachó al lado de la chica y, con sus propios dedos, le cerró los ojos y le arregló la cara.
—Aunque solo fue una vez, esta cara sirvió como suplente de la mía. Y por eso no puedo soportar verla en tal estado.
—¿Quién era… ella?…
—Alguien que cumplió su propósito. Con eso basta para que su vida haya tenido valor. La devolveremos a su familia y pagaremos el precio correspondiente. Eso será la recompensa por su excelente desempeño como mi representante —explicó Prisca a Arakiya, y luego se levantó.
Al ver su perfil, se notaba que de él ya había desaparecido todo rastro de interés por la chica que la había suplido. Hecho eso, Prisca movió su mirada, de la chica al interior del cuarto y después al techo, y murmuró:
—Bueno, supongo que dejaré que mi hermano se encargue de resarcir este desastre.
Sección 3
—¿Entonces causaste aquella catástrofe, aun previendo la llegada de visitas? Vaya, qué hermana más bestial tengo —dijo el visitante, aludiendo a la terrible escena en el comedor, mientras la curva de sus labios creaba una expresión gozante.
Quien exhibía esa sonrisa sádica era un joven de cabello negro. Sus ojos rasgados albergaban, aparte de hermosura, inteligencia, y sus iris de tonalidad oscura abundaban, asimismo, en una misteriosa refulgencia, como si de este mundo vieran hasta el más profundo abismo.
Aunque apenas frisaba en los veinte años, nada en su aspecto ni en sus maneras daba una impresión de inmadurez. Con su figura juncal conseguía que otros se arrodillaran, efecto del talento innato como líder que irradiaba ante quien lo observara.
Él era Vincent Abellux, noble del Sacro Imperio de Vollachia y medio hermano de Prisca Benedict.
Acompañado de su séquito, Vincent había venido a visitar la mansión de Prisca.
Al llegar lo recibieron Prisca, quien había terminado la masacre hacía casi una hora, y Arakiya, la única superviviente. Después de escuchar la historia detrás del asunto, él abrió la conversación con sus primeras impresiones.
Nadie normal encontraría esas palabras apropiadas para dirigírselas a una hermana después de un intento de asesinato, pero…
—Yo no he hecho nada bestial. Cuando una mosca pasa, hay que ahuyentarla, aplastarla o quemarla. No veo ninguna razón para juzgarme por hacer lo más lógico. Para empezar…
—Déjame adivinar: «¿Qué te hace creer que tienes derecho a juzgarme?»
—Ni tú estás exento de la norma, hermano.
A Prisca no pareció importarle que Vincent predijera su discurso. Notando esa actitud, Vincent cerró un ojo, recruzó sus piernas largas y miró a la chica que estaba junto a Prisca.
Inexpresiva, insensible, y además, postura carente de sofisticación.
Considerando cuán exigente era Prisca al elegir los adornos que se ponía, la presencia de esa chica a su lado se veía como una gran mácula para su imagen.
No obstante, Vincent confiaba profundamente en que su hermana nunca hacía algo sin razón. La forma en que había quemado a los asesinos con fuego verde servía como muestra de su capacidad.
—Bueno, si no te importuna que indague, ¿sabes cuál es el origen de aquellos asesinos?
—Lo desconozco. Fueron tan deficientes al atacar como excelentes al hacer su procedencia ilocalizable. Por más que me exacerbe, no puedo hacer nada más para rastrearlos. Y tú, hermano, ¿tienes alguna idea?
—Nada específico, pues razones por las que alguien nos querría muertos hay de sobra —contestó Vincent, con una sonrisa cruel, a la pregunta.
Prisca no tenía expectativas de una respuesta mejor, por lo que no se decepcionó.
—Ya veo —se limitó a responder.
Estaban en la sala de la mansión de Prisca, habitación ajena a los sucesos graves.
Prisca había dejado el desastre en el comedor tal como estaba al acudir a recibir a Vincent y sus acompañantes. E incluso después de enterarse de que varias personas habían muerto en la residencia de la niña, la expresión del joven no se había alterado en lo más mínimo. Al igual que Prisca, Vincent ya estaba muy acostumbrado a este tipo de incidentes.
La situación de ambos era tal que, desde su niñez, los intentos de asesinato se habían vuelto el pan de cada día. De entre todos sus medios hermanos, Vincent era aquel cuya audacia Prisca consideraba más equiparable a la suya.
Aunque a Vincent no lo haría muy feliz escuchar a una niña siete años menor darle tal evaluación.
De cualquier forma…
—Yo me encargaré de solucionar el asunto de la mansión. Incluso a mí me daría tristeza perder a mi hermana, después de años de pertinaz supervivencia, por una razón tan absurda.
—«Tristeza», muy loable tu razón. Pero bien, ¿cómo podría no aceptar de buen grado un favor de parte de mi amado hermano?
—Creo que el donaire no es tu fuerte.
—Si tan solo supieras que llamarte «amado» es el agasajo máximo que puedo ofrecer —repuso Prisca con viveza, alzando la taza de té que ella misma había preparado como única muestra de hospitalidad.
Con una sonrisa amarga, Vincent aceptó la taza, sin quejarse del afecto superficial. Se la llevó a la boca y dio un suspiro corto.
Entre estos hermanos, la capciosidad y el sarcasmo no podían faltar al momento de conversar.
Si bien la manera en que interactuaban sugería enemistad, a pesar de las apariencias, tanto Vincent como Prisca sentían aprecio el uno por el otro. Prueba de ello era el hecho de que él aceptó el té y, sin pensarlo dos veces, lo bebió.
—¡Su Excelencia, Su Excelencia! Ya terminé de dar mi ronda por el área.
De repente, un tercero interrumpió el tranquilo momento que compartían los dos.
La puerta de la sala se abrió desde el exterior, y apareció, sin pena, un joven de complexión asaz menuda. El chico, coetáneo de Prisca y Arakiya, tenía una figura delicada y cabello azul atado por detrás de la cabeza.
Su rostro era andrógino y tan fino que resultaba fácil confundirlo con una chica, pero su aspecto y conducta varoniles disminuían bastante la probabilidad de que su género quedara ambiguo.
El joven entró casi brincando y se estribó en el respaldo del sofá donde estaba sentado Vincent. Luego asomó la cabeza por encima del hombro de Vincent.
—Oiga, Su Excelencia, me siento esclavizado. Y encima me da un trabajo soso. Demasiado soso, de hecho. Aclaro que no me molesta que me utilice, pero ¿por lo menos, me podría dar un trabajo más apropiado para mis capacidades?
—Vaya estridencia. En primer lugar, no te corresponde darme sermones; yo soy el dueño. Tú eres el perro, y más vale que no lo olvides.
—Pues los perros también tenemos nuestro estilo. Siempre hay un lugar, un escenario para dar a conocer nuestro talento, ¿no es así? Lo que yo necesito es un escenario adecuado, en el que pueda exhibir mi ser en todo su esplendor. Vamos, que la vida es corta.
Consciente de que el joven no estaba dispuesto a quedarse callado, Vincent suspiró y no dijo más. Todavía con una mueca en su rostro, el chico miró al frente y se percató de Prisca.
—Oh —exclamó—, vaya, pero qué señorita tan hermosa tenemos por aquí. Y qué bonitos ojos tiene. Creo que me veo bien guapo reflejado en esos rubíes, ¿qué opina usted?
—Hermano, eres libre de acoger un payaso si así lo prefieres, pero has cruzado un límite trayendo este a enhastiarme. Me provoca desagrado absoluto.
—¿Payaso? ¿Dónde rayos hay un payaso por aquí?…
Acodándose sobre el reposabrazos de la silla, Prisca evaluó al chico enérgico. Sin embargo, el chico en cuestión solo pasó la mirada con prisa por todo el cuarto, como si no hablaran de él.
—Payaso, payaso, payaso… No veo ninguno. Un momento, ¿no estará confundiendo a la perrita con uno? Si se refiere a ella, ahí la tiene al lado, aunque se ve que tiene sueño.
—… ¿Perrita? ¿Yo?
Tomada por sorpresa por sus palabras, Arakiya se señaló a sí misma e inclinó la cabeza.
—Claro, ¿quién más? Me encantan tus orejas caídas, perrita. Pero, aunque sea para atraer a la gente, ¿no crees que esa ropa es excesivamente reveladora? Ver mucha piel expuesta es incómodo.
—Excesivamente, reveladora… Perrita…
Al escuchar la perorata rápida del chico, Arakiya miró de reojo a Prisca. Con esa mirada, Prisca adivinó sus intenciones y cabeceó.
—Hermano.
—¿Mm?
—Mejor ve y busca un payaso de repuesto.
Inmediatamente después de que Prisca dijo eso, la silueta de Arakiya desapareció de su lado.
En un abrir y cerrar de ojos, hizo su aparición de nuevo, esta vez en el techo de la sala. Ahí, con el cuerpo al revés, Arakiya se lanzó encima del chico que estaba tocando a Vincent.
—Guau guau.
Una luz azul rutiló en la mano de Arakiya y creó una llama lista para calcinar al chico…
—Cuánta impaciencia. Aunque esa reacción no me desagrada; de hecho, me gusta.
Cuando se dio cuenta, el joven ya había desenvainado una espada, detenido la palma de Arakiya y neutralizado por completo el ataque sorpresa.
Lo que el chico sostenía era una espada especial, conocida como katana, típica de la ciudad estado occidental de Kararagi. Gracias a su habilidoso manejo de esta, el chico había sobrevivido, con mínimo esfuerzo, al golpe letal de Arakiya. Pero eso no era todo, pues la hoja de otra katana, también empleada por él, estaba colocada sobre la nuca de Arakiya.
—…
Un movimiento de esa hoja y la cabeza de Arakiya caería… Tan pulida estaba su habilidad con la espada que podría convencer a cualquiera de eso. Quizás era más digno de sorpresa que semejante destreza estuviera oculta dentro de él cual hoja dentro de su vaina.
—Fue un hallazgo mío. Lo encontré hurgando un campo de batalla en búsqueda de armas abandonadas, y lo recogí.
—Obtener el arma perfecta nunca es cosa fácil. Mi plan era hacerme famoso a través de la labor bélica y luego comprarme una buena katana con mi salario, pero ahí fue cuando Su Excelencia se fijó en mí.
Rápida y ágilmente, el chico apartó las dos hojas del cuello de Arakiya y regresó ambas katanas a sus respectivas vainas, las cuales traía en la cintura.
—Ah, puedes emboscarme otra vez si quieres. ¿Qué tal si esta vez esquivo el golpe en lugar de detenerlo? Así quizás mi genialidad destaque más y… ¡¿Auch, auch-auch?!
—Detente. No tientes a tu suerte. Aún no tengo intención de hacer de Prisca una enemiga. Aún. —Vincent forzó al chico a callar jalándole una oreja. Después tiró de esta sin piedad y llevó al chico al frente—. Preséntate. Mal no te haría que ella te recuerde.
—Es un enorme placer conocerla. Mi nombre es Cecilus Segmunt. Soy confidente del aquí presente Vincent Abellux, la flor de este mundo y el actor estrella. Y algún día, me conocerán como el más fuerte del imperio.
—…
Al escuchar esa presentación atrevida, los ojos de Prisca, por primera vez, mostraron ligero interés.
—Ja —pronunció Prisca al abrir sus labios rosados—. Vaya pedantería me ha hecho escuchar este. Y lo más irremediable es que ahí no hay ni una brizna de impostura.
—Bueno, no tengo ninguna razón en particular para mentir. Ah, señorita Prisca… Ese es su nombre, ¿verdad? Su perrita también va por muy buen camino. Aunque tampoco tiene oportunidad contra mí.
—… Odio… a este… tipo.
Al ser rebajada por Cecilus, quien reía en voz alta y con total tranquilidad, Arakiya se enfurruñó. Prisca invitó a Arakiya a apoyarse en su regazo, y comenzó a acariciar la cabeza de la chica cuando ella lo hizo.
—Por cierto, hermano, dijiste que «aún» no estás dispuesto a enfrentarte a mí, ¿cierto? —preguntó mientras acariciaba a su compañera.
—Excelente oído… Es verdad, eso dije.
—Sé que, al igual que yo, seleccionas cada palabra con esmero. Y por eso, hermano, es más claro que el agua por qué motivo dijiste aquello… ¿Acaso ha llegado «ese momento»?
—Una vez más, compruebo que tengo una hermana muy perceptora.
La interrogación de Prisca hizo que la expresión de Vincent se transformara y adquiriera un semblante de complacencia. Sin comprender lo que significaba la conversación de los hermanos, Arakiya y Cecilus inclinaron la cabeza.
Sin embargo, a diferencia de la pasiva Arakiya, Cecilus no dudó en preguntar.
—¿De qué hablan? Disculpen que me meta, pero ¿acaso tiene algo que ver con esta visita?
—Lo intuiste… No, conociéndote, es simple especulación. Por supuesto que es pertinente. Nuestras circunstancias no son tan amenas como para visitarnos por motivos puramente amistosos.
Vincent respondió a la pregunta de Cecilus, y luego se levantó.
El hombre, cuya estatura superaba a la de los jóvenes presentes, bajó la vista para observar a Prisca, su hermana menor.
Prisca correspondió a la mirada firme de esos ojos oscuros con sus propios ojos carmesíes…
—¿Este es el comienzo?
—Así es, pronto… El Rito de Selección Imperial. Prisca, ve y prepara tus cosas para ir a la capital.
Vincent cortó sus palabras ahí por un momento, y luego continuó…
—Nuestro padre, el emperador, está próximo a su muerte.
Sección 4
El Sacro Imperio de Vollachia tenía el dominio total de la zona meridional del mundo.
El área vasta que ocupaban los territorios dentro de su dominio lo hacía el país más extenso, y esta magnitud no se veía opacada ni siquiera al compararla con los otros tres países existentes.
Entre las cuatro naciones, el Imperio de Vollachia, dotado de un clima templado y tierras fértiles, probablemente ofrecía el ambiente más cómodo para vivir…
No obstante, este reconocimiento solo valía en relación con su ambiente natural.
La prosperidad de la tierra permitía, por supuesto, que quienes vivieran en ella crecieran fuertes y recios.
Como resultado natural, el Imperio de Vollachia había instaurado un sistema que normalizaba la glorificación del fuerte y la opresión del débil. Los habitantes se encontraban regidos de forma absoluta por esta ley no escrita, y ni el paso del tiempo podía mitigar su influjo… Al contrario, lo hacía crecer.
Donde se podía apreciar con mayor claridad tal carácter era en el representante nacional, el emperador de Vollachia, y en la familia imperial que compartía su sangre.
—Cierto es que tener a todos los hermanos reunidos en el mismo lugar, como ahora, es un espectáculo —expresó Prisca, tras observar el gran salón y examinar a los asistentes.
—Tienes razón —respondió Vincent a las impresiones de Prisca.
Los medios hermanos compartían el momento sosteniendo copas de alcohol. Ni utilizando los dedos en ambas manos de Prisca y Vincent se podía contar a todos los presentes.
Contando tanto a los hombres como a las mujeres, Prisca tenía sesenta y seis hermanos… Aunque, si la cuenta excluía a los que ya no vivían, la cantidad se cercenaba hasta treinta y uno.
—…
Dieciocho hermanos, trece hermanas. El grupo entero de los treinta y uno, junto con Prisca, eran los hijos de sangre del emperador actual, Dreizen Vollachia.
Las diversas etnias que se mezclaban en el Imperio de Vollachia lo convertían en un crisol de razas. Los emperadores recorrían el país entero, tomando a mujeres prestigiosas, independientemente de la raza, para engendrar hijos. El actual había tenido, en total, sesenta y siete…; y por esto, se le consideraba poco fértil, de modo que algunos incluso lo llamaban desemillado en son de burla.
Esas burlas eran esperables, pues, a lo largo de la historia, el número usual de vástagos procreados por sus predecesores rayaba en los cien o doscientos.
—Bueno, debe de ser algo insufrible desde el punto de vista de aquellos que son engendrados. Tener más de sesenta hermanos implica muchas caras y nombres distintos que recordar… Si todo descendiente de un rey sabio heredara su sabiduría, tales adversidades no existirían.
Esa era la opinión sincera de Prisca como parte de ese grupo de sesenta y siete.
A algunos de sus hermanos ni siquiera los conocía. Una parte de su sangre la vinculaba a ellos, pero nada más. Eso, por sí solo, no era razón para amarlos ni para tenerlos en cuenta.
De no ser por los intereses comunes que había mencionado Vincent, no tendrían conexión alguna.
—Oh, cielos. Te noto muy poco animada hoy, Prisca.
—…
—Vamos, ¿ni siquiera me ofreces un saludo, después de tanto tiempo sin vernos? Cómo maltratas a tu pobre hermana.
Provista de una voz empalagosa, otra chica entró en escena y suscitó una mirada fría de parte de Prisca.
La chica se distinguía por su cabello, cuyo color era un naranja idéntico al de Prisca, sumado a sus ojos caídos y el brillo sugestivo que residía en ellos. Superaba a Prisca en edad por cuatro o cinco años, y su figura estaba dotada de curvas femeninas.
Ella era una de sus hermanas. Su nombre era…
—Esfúmate, Lamia. Con solo oír tu voz empalagosa comienzo a sentir rabia. Encuentro menos amenazante una daga envenenada en mi carne que tu voz en mis oídos.
—Mira nada más con qué palabras tan punzantes me has recibido. ¿Por qué será que una niña como tú es a quien nuestro hermano Vincent favorece tanto? Hermano, explica de una vez.
—Porque me parece un encanto su gran avilantez.
La respuesta de Prisca no fue solo desafecta, sino también malevolente, pero la chica, Lamia, no retrocedió. Al contrario, reaccionó con una sonrisa cautivadora, nulo esfuerzo por ocultar su malicia.
Lamia había establecido esta rivalidad con Prisca hacía años. Hubiera sido lindo creer que, en el fondo, quería la atención de su hermana, pero la cruel realidad era que sus acciones derivaban de animosidad pura.
Como prueba de ello…
—Oh, cierto —dijo Lamia con una sonrisa forzada—, por casualidad llegó a mis oídos que los sirvientes de tu mansión te atacaron… Uy, qué miedo. No puedes estar tranquila siquiera en tu propia casa, pobrecita.
—Cesa tus ladridos descarados, perra.
Ella mencionó aquel incidente, sobre el cual alguien ajeno no debería saber, con estilo deliberado, como si estuviera segura de que era imposible encontrar pruebas que la incriminaran. Maldiciendo su astucia para sus adentros, Prisca miró a Lamia con odio.
Una curva de placer apareció en los labios de Lamia cuando vio los ojos de Prisca.
—Me gusta esa cara, Prisca. Pobrecita de ti, no sabes nada.
Lamia se puso una mano sobre la boca y escarneció a Prisca. Una vez que perdió el interés en Prisca, procedió a acercarse a Vincent.
—En fin, ¿por qué no nos convocaron al Palacio de Cristal, sino a su anexo? Nuestro padre está en mala salud, ¿no te parece raro entonces?
—Obviamente, no fue una decisión aleatoria. El Palacio de Cristal es el emblema de la capital imperial, por lo que es impermisible que sufra cualquier estropicio. En cambio, un menoscabo al anexo no causaría problemas mayores.
—¿Y eso significa…?
Por un momento, Lamia entrecerró los ojos e intentó preguntarle a Vincent a qué se refería.
Sin embargo, antes de que ella pudiera hacer la pregunta, la situación cambió.
—…
La puerta se abrió junto con un sonido leve y atrajo las miradas de los presentes en el salón hacia allí. Lentamente, a través de la gran puerta apareció un hombre de cabello blanco que frisaba en la vejez.
En sus brazos, cuello y otras partes se notaba una pérdida de peso, y su piel había comenzado a perder el color, como la de un enfermo. No obstante, sus ojos carmesíes despedían un resplandor ardiente, y la falta de vitalidad en su cuerpo quedaba contrarrestada por su desbordante espíritu.
—El emperador, Dreizen Vollachia.
Prisca observó al hombre y pronunció su nombre.
Él era el mismo Dreizen Vollachia, emperador del Sacro Imperio de Vollachia y padre de sangre de los treinta y dos presentes.
—…
Conforme avanzaba Dreizen, cada uno de sus hijos se arrodillaba en señal de respeto. Quienes estaban platicando hacía un momento habían cesado por completo y dejado el lugar en un silencio donde solo se escuchaban los pasos calmados de Dreizen. Por fin, el emperador llegó hasta el fondo del salón, donde estaba una silla cuyo diseño imitaba el del trono.
Dreizen dio un largo suspiro y examinó el gran salón con una sola mirada…
—Ahora es cuando diría que me complace verlos aquí reunidos…
—…
—Pero he avistado entre ustedes a algunos que no están arrodillándose ante mí.
Al escuchar las palabras de Dreizen, los que estaban arrodillados levantaron la cabeza, sorprendidos. Voltearon apurados hacia atrás, y al hacerlo, encontraron a varias personas que aún estaban de pie, empezando por Prisca.
En ese grupo también estaban Vincent y Lamia. Aparte de ellos, había unos cuantos más, aunque menos de diez, pero…
—Oigan, ¿qué creen que hacen? Nuestro padre… Su Excelencia el emperador está presente. ¡Qué irreverente de su parte!
—¿Irreverente? «Irreverente», no me hagas reír. Cualquier miembro respetable de la familia imperial sabría de inmediato quién tiene la razón entre tú y yo. Aprende a ser algo más que un esclavo del sistema, inepto.
—¿Qué…?
Uno de los hermanos de Prisca levantó la voz, a lo cual ella contestó con una objeción despiadada. Considerando que tenía alrededor de sesenta hermanos, no era extraño que su diferencia de edad con este fuera similar a la de un padre con su hija.
Al escuchar lo que dijo Prisca, quien era casi veinte años menor que él, el hermano habló con el rostro enrojecido y la voz temblorosa:
—Prisca, ¿cómo te atreves a responder de esa manera… a tu hermano mayor?
—¿Hermano? Oh, ya veo. Ahora lo entiendo. Disculpa, a pesar de que mis hermanos son numerosos, pocos son los que tienen el valor suficiente para que yo haga el esfuerzo de recordar sus caras y nombres. Vaya, quién diría que este sería hermano mío.
—Gh…
Con la cara enrojecida ante tal afrenta, el hermano se levantó. Su postura delataba que no dudaría en lanzarse sobre su joven hermana. Sin embargo…
—Basta.
—Eh… Pero, padre…
—¿Dices que me han faltado al respeto? Si estás tratando de complacerme, me parece sumamente ridículo. Yo no tengo intención de reprenderlos por no arrodillarse ante mí… Al contrario, lo aprecio.
El emperador detuvo la disputa de los hermanos. Pero sus palabras no estaban apoyando al hermano mayor, sino consintiendo la conducta de Prisca.
Como prueba, Dreizen cruzó sus manos, en las cuales se notaban sus huesos, y miró a Prisca con atención.
—Prisca. ¿Por qué razón no te arrodillaste ante mí?
—Eso es obvio. No lo hice porque no encontré en ti ninguna cualidad que amerite que yo me arrodille. Has envejecido, padre. «En el Imperio triunfan los fuertes», esa es la enseñanza que hemos recibido, y tú ya no luces digno de ser su máximo representante.
—Ja.
El emperador no se indignó cuando la niña le dijo eso; solo sonrió.
Con sus ojos carmesíes, echó un vistazo a los otros, aparte de Prisca, que no se habían arrodillado.
—…
Ninguno de ellos negó la afirmación de Prisca.
Todos ellos opinaban más o menos lo mismo… No podían reconocer al emperador, en su condición actual, como digno de reverencias.
—No esperaba menos de la familia imperial de Vollachia. He aquí la prueba de que son deudos míos.
—¡Padre…!
—Rommel, tú mismo lo dijiste. «Irreverente». Dijiste que eran «irreverentes». ¿Qué valor encuentras en algo así? Rommel, ¿por qué no lo intentas?
—¿Intentar qué?…
Ante las palabras del emperador, el hombre, cuyo nombre era Rommel, frunció el ceño. En el siguiente instante, el emperador lanzó su mano al aire y sacudió el brazo con fuerza.
Inmediatamente después, el espacio se distorsionó frente a los ojos de Rommel, y ahí surgió de repente la empuñadura de una espada.
—…
Rommel abrió grandes los ojos. Los demás también se quedaron sin aliento.
La empuñadura de la espada que acababa de aparecer era demasiado hermosa. Lo era tanto que uno quedaba pasmado con solo pensar en cuán venustas serían la hoja y vaina que la acompañaban.
—La «Espada Yang» de Vollachia.
—Conque esta es la famosa espada legada de generación en generación en la familia imperial… —susurró Rommel al escuchar a Dreizen, su rostro lleno de emociones.
Aunque tenía la cara tensa de temor y exaltación, obedeció a su padre y pasó al frente mientras tragaba saliva.
—E-es un gran honor que me asigne esta tarea, Su Excelencia.
Rommel agradeció temblando con deleite, a lo cual Dreizen no respondió. Rodeado de las miradas impacientes de todos, Rommel se armó de valor y estiró su brazo hacia la empuñadura de esa espada envainada en el aire.
El origen de la «Espada Yang», que portaba el nombre del imperio, se remontaba a la fundación de la nación.
Se decía que, como su nombre, Vollachia, sugería, solo el emperador del Imperio de Vollachia tenía derecho a manejarla, y este día fue la primera vez que Prisca la vio en persona.
Y ahí mismo comprobó lo que «solo el emperador tiene derecho a manejarla» significaba en realidad.
—¿Eh?…
Cuando Rommel agarró la empuñadura de la Espada Yang e intentó sacarla del aire, soltó un sonido atónito.
En el momento en que creyó haber desenvainado con éxito la hermosa hoja, la mano con la que había tomado la espada se incendió, y las llamas envolvieron su cuerpo en segundos.
—Ngh…
Envuelto en las flamas inmensas, Rommel trató de gritar. No obstante, lo primero en quemarse fueron su garganta y pulmones, órganos que necesitaba para eso. Ni siquiera se le permitió expresar su agonía.
En lugar de Rommel, aquellos que se habían arrodillado ante el emperador gritaron desesperados. Pero eso no sirvió de consuelo para nadie. Sin tener siquiera un momento para retorcerse, el cuerpo de Rommel cayó sobre la alfombra, tan carbonizado que era imposible discernir a qué dirección apuntaba su cara.
En cuestión de segundos, el fuego eliminó a Rommel de la familia imperial.
—Madre mía, vaya hedor —expresó Lamia con el ceño fruncido.
Algunos estaban a punto de vomitar a causa del hedor del cuerpo quemado.
Incluso Prisca, quien había quemado a todos sus pajes en un incidente reciente, sintió asombro, pero no repugnancia.
Ese asombro no fue por Rommel, sino por la Espada Yang que le había dado muerte al susodicho.
—Entonces, repele el tacto de cualquiera que no sea el emperador…
Aparte de los hermanos alterados, también hubo cerca de diez personas que reflexionaron en silencio sobre el porqué de la muerte de Rommel. Vincent fue uno de ellos, y, por supuesto, la conclusión que susurró coincidía con la de Prisca.
—¡P-padre! ¿De qué se trata todo este…?
—Silencio.
Con esa sola palabra, Dreizen enmudeció a aquellos que se encontraban agitados por la muerte inesperada.
Los ojos del emperador anciano recorrieron el salón entero y le dirigieron a sus vástagos una mirada penetrante que emanaba poder puro. Mientras el fiero brillo de sus ojos rojos dejaba inmóviles a varios, Prisca se dio cuenta de algo.
—¿Q-qué es eso?… —preguntó otra persona, que se dio cuenta de lo mismo que ella, en un tono miserable.
El espacio estaba distorsionándose frente a cada uno de ellos, y de ahí sobresalía la empuñadura de una espada roja. Apareció ante Prisca…; no, no solo ante ella, sino ante Vincent, Lamia y los demás por igual.
Para sorpresa de todos, en ese espacio estaba apareciendo una empuñadura de la «Espada Yang» de Vollachia por cada uno de los miembros de la familia imperial, menos el muerto.
—Con esto daremos inicio al «Rito de Selección Imperial».
Enfrente de esa escena surrealista, Dreizen declaró con vitalidad excelsa en su voz.
Dreizen, el hombre al que Prisca había juzgado como un árbol marchito, un emperador decrépito y un montón de ascuas vivientes indigno de reverencias, abrió con fuerza los ojos y contradijo todas esas impresiones; hizo sentir su presencia como si de fuego se tratara.
Y luego…
—La «Espada Yang» escogerá a su amo. Ser elegido por la espada es el primer requisito para llegar al trono.
—…
—Adelante, desenvainen hoy la espada y asgan su destino, pues el karma así lo dicta.
Con ese discurso, el emperador…, no, el exemperador Dreizen Vollachia se levantó. La empuñadura de esa preciosa espada también apareció por encima de su figura parada.
Dreizen la agarró con vigor. Y en cuestión de segundos, las llamas cubrieron su cuerpo.
—…
Así anunció la «Espada Yang» su abandono al exemperador y la búsqueda de su próximo dueño.
Dreizen Vollachia pereció y dejó vacío el trono del Imperio de Vollachia. Su muerte marcaba el inicio de aquella ceremonia, repetida por generaciones, en la que se elegiría a su sucesor.
En otras palabras, significaba el comienzo del «Rito de Selección Imperial».
—Prisca.
De repente, en medio del asombro por el hombre ardiente, Prisca oyó a Vincent llamarla.
¿Acaso él, quien había predicho la muerte del exemperador, sabía que esto ocurriría? Eso no importaba ya.
Prisca volteó, y con un cruce de sus ojos carmesíes con los ojos negros de su hermano, ambos se entendieron.
Y después, sin dudarlo un segundo, Prisca extendió su mano hacia la empuñadura delante de sí…
—El mundo está diseñado para mi conveniencia.
Desenvainó la espada.
Así comenzó el «Rito de Selección Imperial», origen del gobernante de cada nueva era para el Sacro Imperio de Vollachia.
O sea, una matanza despiadada entre los hermanos que descendían del emperador.
Sección 5
El emperador de Vollachia, Dreizen Vollachia, había perecido.
Ese acontecimiento y el inicio del «Rito de Selección Imperial» se difundieron en el imperio de manera inesperadamente pacífica.
Dreizen, quien a su edad ya no lucía apto para ser el emperador, había muerto calcinado por fieras llamas frente a sus hijos…, pero su orgullo se había mantenido firme hasta el último momento.
La muerte del emperador siempre venía acompañada de un periodo de vacancia del trono. Sin embargo, la población ya estaba familiarizada con el proceso de sucesión, por lo que ni la muerte ni la falta de un emperador levantaban mucho revuelo.
Una vez terminado el minuto de silencio en honor del imponente emperador, el interés de la población se trasladaba a la herencia del trono, o sea, los resultados del «Rito de Selección Imperial». En charlas comenzaban a mencionar por nombre a los hijos del emperador, y discutían sobre quién de ellos sería el próximo en sentarse en el trono.
Los participantes de ese «Rito de Selección Imperial» que tanto atraía a la comunidad eran aquellos que, enfrente del emperador llameante, habían logrado superar la primera prueba para poder convertirse en el próximo emperador: tomar la «Espada Yang».
Aun así…
—Quedaron once después de desenvainar la Espada Yang. Y no estoy segura de si la cantidad es un exceso o una escasez —murmuró Prisca, acodada sobre el brazo de la silla, junto con un suspiro.
El «Rito de Selección Imperial» había comenzado; ya estaba en marcha la competencia por el puesto de emperador. Por supuesto, Prisca estaba entre quienes se habían ganado el derecho a participar desenvainando la Espada Yang.
Durante la muerte del emperador estaban, excluyendo al ingenuo que había muerto antes, treinta candidatos, hermanos de Prisca…, pero al final solo once habían probado estar cualificados al agarrar la espada.
En otras palabras, Prisca tendría diez rivales en esta lucha por el trono.
—¿Rivales? Absurdo. Ahora resulta que debo enfrentarme a unos hermanos cuya existencia, hasta ayer, ni siquiera conocía.
Prisca afirmó su opinión con franqueza y apoyó su fina mandíbula sobre un dedo.
Los cualificados eran once. Los demás, tontos que se habían negado a tomar la espada por miedo a sus llamas, o que habían sobreestimado su propio calibre y terminado quemados. Los cobardes y los muertos no merecían atención.
Por consiguiente, solo diez eran rivales dignos…, incluyendo a Vincent Abellux.
Todos concordaban en que, en esta contienda, él era la mayor amenaza y el obstáculo más grande.
Por lo tanto…
—Una alianza, ¿eh?
—Cielos, ¿tan insólito suena? Unir fuerzas es normal en una situación así, creo yo. Aunque, considerando que jamás te ha gustado cooperar, entiendo que no lo hayas pensado.
Como una flor venenosa que se abría, los labios rubificados de Lamia Godwin formaron una sonrisa.
Lamia, media hermana de Prisca, era otra candidata que había desenvainado la Espada Yang. Y para Prisca, ella era la persona más aborrecible en este mundo.
Se notaba que Lamia sentía esa misma clase de desprecio por Prisca.
Hasta el día de hoy, la hostilidad había mantenido a estas hermanas en una relación asaz riesgosa, como si en cualquier momento pudieran iniciar una matanza.
Y por esa razón, Prisca entrecerraba sus ojos carmesíes mientras veía a Lamia, quien había venido por cuenta propia a su mansión, tras el inicio del «Rito de Selección Imperial», para dar sus ideas y propuestas.
Durante eso, Lamia se sentó en el sofá y pasó su mirada por la vacía sala.
—Ahora que lo veo, tu mansión está desolada. Aparte, te faltan sirvientes… Me extraña que, con lo ostentosa que eres, permitas que se vea así de pobre por tacañería.
—Por desgracia, purgué a los sirvientes inútiles poco antes de tu llegada inoportuna. Una lástima que hayan resultado ser títeres manipulados por una vampiresa cualquiera, pues no serán fáciles de reemplazar.
—Uy, una vampiresa. Qué arduo debió de ser eso.
Mientras se miraba las uñas, Lamia soltó, con una sonrisa descarada, condolencias hipócritas.
Aquel amago en el sitio de muerte del emperador era confirmación irrefutable de que Lamia estaba detrás de la transgresión de los sirvientes, pero Prisca no iba a mencionar eso aquí.
No había pruebas, y Lamia era meticulosa elaborando coartadas. Esta vez, tendría que conformarse con arruinarle tales preparaciones. Dejando eso a un lado…
—…
—¿…? ¿Qué ocurre, Prisca?
—Nada grave. Simplemente pensé: tenga o no sirvientes disponibles, tú jamás serás bien acogida en este hogar.
—Oh, cielos, cómo me odias. Igual ya sabía, y déjame decirte que el sentimiento es mutuo.
Prisca y Lamia se miraban, el desprecio indisimulado entre ambas.
De nada servía hablar sobre hospitalidad. Para empezar, ni siquiera se llevarían a la boca el té de alguien más. Mucho menos si dicho presente viniera de un pariente de sangre. La etiqueta de la familia imperial lo prohibía.
Solo dos motivos hacían aceptable ignorarla: como demostración de profunda confianza o para disipar sospechas de hostilidad.
Ninguno de dichos casos correspondía a la relación de Prisca y Lamia.
Y por este vínculo de sangre hirviente, valía la pena considerar la propuesta de Lamia.
—Entonces ¿qué dices? ¿Tendrás en cuenta esta propuesta de tu querida hermana?
—Veamos. Has hecho una jugada sobresaliente, no lo niego. Nunca imaginé que tú buscarías unirte a mí primero… Tú, de todas las personas.
—¿Insinúas que no dudaría en destrozarte primero, ahora que tengo una excusa? Oh, Prisca, como si no me conocieras. Sabes que yo jamás me precipitaría de esa forma, ¿no es así?
Con una sonrisa insensible, Lamia se recargó en su brazo, misma postura que Prisca. Copiar los gestos del otro era una especie de técnica que usaba para ganar simpatía al conversar.
Lamia comprendía eso, no por lógica, sino por instinto.
Por supuesto, esto no funcionaba con Prisca, pero ella mantuvo ese acto y continuó:
—Concediéndote un punto a favor, Prisca, admito que tampoco descarté por completo acabar contigo primero. Pero, verás, yo también tengo una cabeza para pensar. Una cabeza muy guapa y bonita, cabe mencionar.
—…
—Supongamos que te destrozo por puro placer… ¿Y luego? ¿Qué hago después? Solo un estúpido haría algo así sin deliberación. Como los que no tomaron la Espada Yang en ese momento. Aunque los que murieron quemados al tomarla fueron la cúspide de la estupidez.
Al escuchar a Lamia escarnecer a los difuntos, que asimismo eran sus parientes, Prisca cerró un ojo.
No estaba ofendida, mas le irritaba el hecho de que su dictamen fuera igual al suyo.
Todas las opiniones que Lamia había dicho hasta ahora coincidían por completo con las de Prisca.
Coincidía, aunque le disgustara, en su criterio sobre quienes se habían arredrado ante la Espada Yang o sido carbonizados. Y también en que, al iniciar el «Rito de Selección Imperial», había considerado empezar con la más desagradable.
Por supuesto, eso se debía a que percibía a Lamia como una enemiga peligrosa, incluso más que como una hermana incompatible. Lamia era, sin duda, una rival que necesitaba eliminar en cuanto fuera posible.
Sin embargo, había alguien que suponía un riesgo aún peor que Lamia. Ese era…
—Nuestro adorado hermano, Vincent Abellux.
—… Eres una mujer de lo más repugnante.
—Gracias por el cumplido, pequeña.
Lamia sonrió, orgullosa de haber expuesto lo que Prisca tenía en mente. Al percatarse de la malevolencia oculta en lo profundo de los ojos de Lamia, Prisca sintió ligera complacencia.
Por lo menos, sabía que la mujer que tanto odiaba también estaba conteniendo su inquietud por convertir de inmediato esta conversación en una matanza.
—Competir contra nuestro hermano Vincent es imposible sin adjutores. Tampoco voy a resignarme a elegir a aquellas escorias. Si viertes veneno, que sea letal. Y en eso estás de acuerdo conmigo, ¿o me equivoco?
—¿Y es por eso que propones esta alianza? Una treta taimada, como tú.
—«Taimada» suena muy cruel. Prefiero el término «astuta».
—¿«Astuta», dices? Suena perfecto para describir a una raposa. Lo apruebo.
La risa de Lamia sonaba cual liviana campana, tan liviana como su actitud, pues estaba respaldada por la certeza de que nada aquí la pondría en jaque.
Mejor dicho, la certeza de que la «Legión de Poda», que ella controlaba, no permitiría que Prisca hiciera algo violento.
La «Legión de Poda», posesión de Lamia, era una unidad militar conocida como una de las más fuertes entre las que cada miembro de la familia imperial de Vollachia tenía.
Si bien aquella gran unidad no estaba rodeando la mansión de Prisca, su existencia era una amenaza por sí sola. Aun si las dos estaban aisladas y sin intermediarios, aun si la mansión era propiedad de Prisca, las hermanas no se encontraban en posiciones iguales.
La aparentemente indefensa Lamia podía asegurar que no estaba, en modo alguno, «indefensa».
—…
A diferencia de Lamia, el poder militar de Prisca consistía, excluyendo a un ejército privado de poca utilidad para la endeble Casa de Benedict, solo en Arakiya.
En ese sentido, este trato representaba un desequilibrio inmenso. Casi no había beneficios que Lamia pudiera obtener al unirse a Prisca… Aparte de satisfacer su deseo sádico de forzar a Prisca a reconocer su clara desventaja y obedecerle, desde luego.
—Prisca, créeme, te considero valiosa. No tengo ningún interés en la Casa de Benedict. Me interesas única y exclusivamente tú.
—…
—Por eso, antes de que nos volvamos enemigas, te haré mi aliada. Al final tendré que matarte de todas formas, pero por eso mismo, primero hagamos algo…
—¿Dices que me protegerás de quien quiera romperme? Vaya idea más arrogante la que expones.
—Pero, dime, ¿de verdad puedes darte el lujo de rehusar?
Lamia abrió los brazos, sacudiendo su abundante busto, impropio de su edad de dieciséis. Luego miró a Prisca de hito.
—He estado haciendo miles de arreglos para este día. Tomé en cuenta las edades a las que perecieron los anteriores emperadores de Vollachia y concluí que llegaría pronto. Ocurrió unos cuantos años antes de lo que supuse, pero tampoco rebasa el margen… Confío en que ganaré contra cualquiera que esté menos preparado. Pero…
—¿«Pero»?
—Tú y nuestro hermano Vincent son diferentes. Él es una amenaza ante los ojos de cualquiera. Por otro lado, Prisca… Tú eres una amenaza de aspecto inofensivo.
—…
—Es obvio que eres peligrosa. ¿Pero hasta qué punto? ¿De qué manera? Uno no sabe que eres venenosa hasta que muerdes, cuando ya es tarde. Por lo tanto…
—¿Acaso pretendes ponerme en tu mano y observarme?
—Bueno, si quieres puedes acomodarte sobre el regazo de tu amable hermana.
Lamia recruzó las piernas ocultas en su falda y se acarició los muslos de manera coqueta. Esta chica mostraba una sonrisa tierna, consciente de que su hermosura era un arma conquistadora.
Muchos hombres se desviarían de la rectitud y razón por la oportunidad de tocar ese cuerpo. Lamia Godwin estaba dotada de un encanto que lo hacía parecer posible.
Ese atractivo no surtía efecto en Prisca, pues era su hermana y además la odiaba. Pero aun así, sentía que no podía rechazar al momento la propuesta de Lamia.
Lamia cabeceó contenta al notar la indecisión de Prisca.
—Nunca pensé que tendría la oportunidad de decirte esto. Todavía tienes tiempo para decidir, así que espero con ansias tu respuesta.
Lamia sonrió, complacida por la falta de rechazo, y se levantó con calma.
Procedió a dirigirle la espalda a Prisca de manera despreocupada. Se veía tan indefensa, como si esperara ser ejecutada en ese momento… No, más bien, como si quisiera realzar el hecho de que Prisca no iba a, ni podía, actuar ante tal provocación.
—Oh, cierto, regresaré después para conocer tu elección… Sabes cuándo será eso, ¿verdad?
—Cuando haya finalizado la poda, asumo.
—Jeje. Felicidades, acertaste.
Lamia volteó solo la cabeza, manteniéndose de espaldas. Cuando su rostro bello e importuno pasó al otro lado de la puerta de la sala, esta se cerró con gran ruido.
—… Maldita zorra —murmuró Prisca mientras ella se iba, sin siquiera acompañarla afuera del cuarto.
En cualquier caso, no necesitaba una guía para salir de esta casa, por la que iba como si fuera toda suya. Si la «Legión de Poda» estaba esperando fuera para recibirla, nadie en el imperio podría detenerla.
—… Princesa, ¿todo bien?
Cuando Lamia desapareció y Prisca quedó sola en el cuarto, otra voz sonó. De la sombra de Prisca se escabulló una chica de cabello plateado, Arakiya.
Ella era la acompañante de Prisca y, en la práctica, la única combatiente en su posesión, quien había estado oculta en las sombras durante la visita de Lamia. Sin embargo, la probabilidad de que Lamia atacara en esa situación era nula, por lo que esa medida era una mera garantía.
Además, Lamia parecía ya estar consciente de la presencia de Arakiya.
—No es como si tuviera muchas opciones. Aun si interferimos ahora, no hay nada que ganar… Por más que me exacerbe.
—… ¿Y qué hay de su cabeza?
—Piensa en lo que perdería a cambio de obtener su cabeza. Estoy segura de que si yo no te hubiera advertido, se la habrías cortado ya.
—… Odio… a esa… tipa. Se burla de usted…, señorita Prisca.
Arakiya sonaba como una niña irrazonable, mas cuando Prisca vio la animosidad tenue en sus ojos entrecerrados, se recargó en su brazo bienhumoradamente.
Su franqueza respecto a sus emociones daba a la devoción de la chica el matiz de una fiel mascota. Ese carácter adorable era una de las razones por las que llevaba a Arakiya consigo.
La inteligencia le hacía un poco de falta, pero…
—Es injusto compararte conmigo o con mi hermano. Escucha, tú has de cumplir mis órdenes. Mientras no falles en eso, aseguro que vivirás siempre en plenitud.
—¿…? Mm…, sí…, entiendo.
A juzgar por esa respuesta, en realidad no lo entendió del todo, pero al menos se esforzó por hacerlo, así que Prisca decidió aceptarla. Por otro lado…
—Esa mujer es tan ingeniosa como aranera. Por el momento, aparentaré estar marchando a su conveniencia. Arakiya, más vale que no actúes sin mi permiso.
—…
—Arakiya, ¿por qué no respondes?
Prisca frunció el ceño, extrañada de que no respondiera. Ante la pregunta, Arakiya tocó el único mechón rojo en su flequillo y habló:
—… ¿Está… enojada… porque fallé?
—¿En qué?
—… Cuando perdí… contra el chico de azul… del señor Vincent.
—Ah, eso.
Las palabras zozobrosas de Arakiya hicieron a Prisca recordar lo ocurrido hacía pocos días: la derrota de Arakiya ante el diestro espadachín que Vincent había traído a la mansión.
La personalidad de Arakiya estaba, de cierta forma, basada en atender a Prisca, y como respaldo tenía su poder de «Devoraespíritus» y fuerza de combate. Que un chico igual de joven fuera capaz de perturbar su confianza así despertaba algo en ella… El miedo de ser juzgada como inepta para servir a Prisca.
No obstante…
—Cretina.
—Auch.
Golpeando la frente de la cabizbaja Arakiya con un dedo, Prisca la hizo lagrimear.
—Cretina —dijo Prisca de nuevo, mientras veía con cariño su expresión—. Yo no soy estúpida ni demente para mantener en mano una herramienta inutilizable. Conoce tu lugar, Arakiya. No te atrevas a menospreciar a mis herramientas.
—… ¿Eso… me incluye?
—¿Qué, acaso crees que eres dueña de ti?
—…
Al escuchar eso, Arakiya abrió los ojos de más y movió la cabeza hacia los lados con apuro. Sus orejas largas se sacudieron, similar a cuando un perro meneaba la cola de alegría.
De hecho, su cola también empezó a sacudirse con gran intensidad, prueba de que sí se sentía así.
—Y, señorita Prisca… ¿Qué es una… «poda»?
—Una poda es cortar el follaje innecesario de las flores o árboles para mejorar su crecimiento. Definámoslo como varias tareas para poder llevar a cabo el «Rito de Selección Imperial» con normalidad. Yo no tengo interés en hacer esas trivialidades, pero…
—¿Pero qué?
—Lamia lo hará por iniciativa propia… Porque así de vulgar es ella.
Sección 6
El «Rito de Selección Imperial», ceremonia que siempre se ponía en marcha cuando el Imperio de Vollachia necesitaba reemplazar a su gobernante, consistía en una matanza feroz entre familiares de sangre.
El emperador de Vollachia tomaba mujeres prestigiosas en cada territorio del país y engendraba varios hijos. Después, su sucesor se elegía entre sus descendientes.
Al fenecer el emperador comenzaba el «Rito de Selección Imperial»: una guerra de sucesión en la que los cualificados para imperar peleaban hasta quedar solo uno. En otras palabras, ascender al poder significaba trepar por la pila de cadáveres de sus hermanos y hermanas, mayores y menores.
«En el Imperio triunfan los fuertes».
Esa enseñanza se extendía por el Imperio de Vollachia entero y se convertía en el lema de sus habitantes.
El emperador y su familia debían ser exponentes de ese código estricto y ejemplarizarlo por iniciativa propia. Dicho principio regía el «Rito de Selección Imperial», destinado a nunca terminar sin antes formar un mar de sangre…
—Pero aunque así sea, no tiene gracia vivir siendo esclavos de una tradición de tantos siglos. Los tiempos cambian, y con ellos las actitudes. La clave está en adaptarse —dijo Barthroy Fitts, bebiendo de una copa de vino.
A sus veintisiete años, Barthroy estaba justo en medio de los hijos del exemperador Dreizen, en términos de edad. Las edades de sus más de sesenta hermanos iban desde los diez hasta los cuarenta. Sin embargo, el lazo de sangre no hacía amena su relación en modo alguno.
Nacer en la familia imperial de Vollachia implicaba estar siempre consciente del inminente «Rito de Selección Imperial». Por lo tanto, era inusual que congeniaran entre ellos.
El afecto creaba compasión. La compasión eliminaba la crueldad e impedía matar.
Por miedo a eso, solían tratarse con indiferencia o desprecio.
—No obstante, esa idea es una generalización terrible. Tú estás de acuerdo conmigo, ¿verdad, Lamia?
Barthroy se volteó y miró a la visitante de ojos rojos y hermosos: su hermana menor, Lamia.
—Válgame. —Lamia dio una pequeña sonrisa—. Impresionante opinión. Cuéntame más, hermano Barthroy. ¿Desde cuándo has estado pensando en todo esto?
—Obviamente, me ha tomado bastante tiempo. Como sabes, esta ceremonia maldita se nos ha impuesto desde hace varios años. Si no proteges tus manos al agarrar una cadena oxidada, te puedes lastimar.
Era de vital importancia dejar todo preparado de antemano para este fin.
Mientras Lamia cabeceaba de manera impresionada, Barthroy apretó fuerte la mano. Esa misma mano había fallado en empuñar la Espada Yang mientras Dreizen se quemaba.
Barthroy había abandonado su oportunidad en el «Rito de Selección Imperial» aquel día.
Aparte de Barthroy, otros nueve habían perdido sus cualificaciones por rechazar la Espada Yang. El resto eran los once que habían aceptado la Espada Yang y sobrevivido, más los diez fallecidos en el incendio.
Once, incluyendo a Rommel aunque se había quemado antes, habían perdido la vida ahí. Quería mantener la cantidad de sacrificios en la mínima posible.
—Y ahí, Lamia, es donde entra en juego nuestro acuerdo.
—Entonces, en caso de que obtenga el trono, pongo a quienes renunciaron al «Rito de Selección Imperial», incluyéndote, bajo mi protección.
—Sí, eso mismo. Para eso convencí a los otros nueve —respondió Barthroy, cabeceando, a la frase que soltó Lamia.
Los diez desertores, liderados por Barthroy, habían decidido renunciar a sus cualificaciones antes del comienzo del «Rito de Selección Imperial». Al final, los que no estaban convencidos habían tomado la Espada Yang y muerto consumidos por sus llamas. La oposición no era en vano.
Gracias a esa oposición, se habían salvado de ser acabados por el fuego de la Espada Yang.
Como se mencionó antes, los hijos del emperador, por lo general, no eran allegados. No obstante, Barthroy pretendía ser la excepción. Armado de asertividad, procuraba darle a los otros la confianza para acercársele cuando tenían problemas o dudas.
Y ese esfuerzo culminaría durante este «Rito de Selección Imperial».
—¿Pero por qué me elegiste a mí? No es por recelar, pero, entre todos nuestros hermanos, yo soy poco más que una niñita.
—Ya deberías saberlo. Lamia, las nociones que tengo vienen de ti.
—¿De mí?
—Claro. ¿Y quién mejor que tú para entenderlo? Aún siendo una niña me lo dijiste. Preguntaste si podríamos convivir en paz como hermanos.
El sueño efímero de la niña había sido como un regalo del cielo para el joven Barthroy en tiempos de desesperación.
Desde entonces, Barthroy no había parado de pensar, de correr, hasta llegar a hoy.
—El «Rito de Selección Imperial» comenzó como previmos, y tu victoria está asegurada. Tendrás la colaboración de los diez, empezando por mí. Si todo sale bien…
—Podré ganar contra nuestro hermano Vincent, ¿verdad?
—Sí, eso.
Barthroy cabeceó y sintió sequedad en la garganta al oír el nombre de Vincent.
Vincent Abellux era uno de los medios hermanos de Barthroy. Sin embargo, para bien o para mal, apenas podía creer que tan imponente eminencia era deudo suyo.
Vincent, erudito y estratega bien versado y de formidable ojo previsor, una vez había levantado la Casa de Abellux del estrato menor de la nobleza de Vollachia y, con nada más que su propio ingenio y poderío, se había alzado al rango de conde mayor.
Por orden, el más cercano al puesto de emperador era Vincent. Considerando eso, hubiera tenido más sentido presentarle la oferta a él, pero…
—Sería ilusorio creer que Vincent le tendría piedad a sus hermanos.
—Y además, no conviene ofrecerle tal avenencia a quien es capaz de ganar sin ayuda.
—No se te escapa nada, Lamia.
—Jeje, tranquilo, no estoy enfadada. Si me escogiste es porque crees que soy la mejor después de nuestro hermano Vincent, ¿no? Casi me siento halagada.
El orgullo y autoestima de Lamia provocaron una sonrisa incómoda en Barthroy.
Estaba en lo cierto. Excluyendo a Vincent, la más capacitada para ganar era ella.
Los nueve restantes también importaban, pero Barthroy pensaba que Lamia tenía más posibilidades de igualar a Vincent que ellos.
Había otra hermana relevante, pero su personalidad era afín a la de Vincent.
—Ella es joven, pero no le falta aptitud como noble de Vollachia…
Si el «Rito de Selección Imperial» hubiera comenzado cinco años después, esa niña habría cultivado lo necesario para subir al escenario de la lucha por el trono. Sin embargo, el caso no era así.
Por lo tanto, Barthroy había acudido a Lamia para esto.
—Y bien, hermano Barthroy, ¿qué harás después?
—Mm, lo siento. Me distraje un poco. Sobre lo que va después… Claro, eso es crucial.
Tenía que informarle sobre el siguiente movimiento a los nueve que habían renunciado a sus cualificaciones.
Barthroy todavía mantenía en secreto con quién se estaba aliando.
El plan tenía el potencial de desmantelar el «Rito de Selección Imperial», la ceremonia más estimada en el imperio… Una filtración sería fatal. No podía dejar nada a la suerte.
Aun así, el día en que su trabajo duro daría sus frutos estaba cerca. Ella no rompería su promesa, ¿o sí?
—Lamento hacerte tomar la Espada Yang, aun si fue para ayudarnos. Si ese día…
—Si yo también me hubiera quemado, estarías en un gran lío, ¿no es así?
—Desde luego que sí. Ejem, no debería reírme de eso.
Barthroy sacudió la cabeza hacia los lados, reprendiéndose por la sonrisa amarga que le surgió. Vertió vino de nuevo en la copa vacía para humedecer la garganta que sentía seca desde hacía un momento.
Tomaba el líquido a una velocidad tremenda, quizás porque estaba satisfecho con el avance de su misión. ¿O acaso quería escapar de la realidad en la que sus hermanos se asesinaban mientras él estaba aquí?
Siguió bebiendo el alcohol a grandes tragos…
—Por cierto, hermano Barthroy… Me he puesto a pensar en algo…
—¿Mm? ¿En qué?
—La furia y la desesperación permiten a las personas usar más fuerza de la que poseen. Esa es mi idea.
—¿La furia y la desesperación?…
Barthroy, sentado en el sillón, miró a Lamia, confundido por la afirmación repentina. Lamia, sin cambiar de postura, levantó dos de sus finos dedos y cabeceó.
—Sí, como oíste. Lograste reunir a esos nueve…, pero sabes cuán apremiante es la situación. Estoy segura de que todos están desesperados por contribuir. Sin embargo, ¿no crees que, en el fondo, algunos temen por sus vidas?
—… Supongo, pues ninguno es experto en conflictos de esta índole.
—Entiendo, mas todos deben poner de su parte para cumplir nuestra meta. Lo que necesitan es algo que los enfurezca al grado de que olviden ese miedo. Por ejemplo…
—¿Por… ejemplo…?
La voz apacible de Lamia comenzaba a oírse extrañamente lejana.
Barthroy notó su cabeza pesada y el mundo enrarecido, a la vez que la cabeza le tambaleaba de un lado a otro. Su garganta estaba seca como nunca. Se sirvió más y más alcohol. La copa rebosó.
Pronto, la copa cayó, y el líquido tinto permeó la alfombra…
—Por ejemplo, que el dulce hermano en que tanto confían pierda la vida en una trampa ruin.
No oía a Lamia.
Su garganta estaba seca. Seca. Quería alcohol… El alcohol que Lamia le había obsequiado.
—…
El alcohol…
Sección 7
Lamia dirigió la vista hacia la alfombra manchada de alcohol, donde yacía Barthroy.
Su hermano no respiraba ni movía un solo dedo.
De repente, Lamia retiró el pie que le había acercado, agarró su copa y derramó el contenido, al cual no le había dado ni un sorbo, en el piso, sobre Barthroy.
El hombre no tuvo la más mínima reacción.
—Cielos, me hallo impactada… ¿En serio no consideró los riesgos?
No había descartado la posibilidad de que Barthroy fingiera su muerte, pero su cautela se disipó cuando notó que, decepcionantemente, sí había muerto, incauto hasta el final.
Lamia tiró la copa vacía al suelo y, entrecerrando sus ojos carmesíes, miró el cadáver.
—Años de preparación para terminar muriendo como un perdedor. Eres realmente estúpido, hermano.
La incomprensión de Lamia sobre los pensamientos de Barthroy era genuina.
Decía que Lamia le había dado un regalo celestial, pero, desde la perspectiva de ella, no había hecho más que fingir ser una niña inocente para incitarlo. Y además, lo había hecho para su propio beneficio.
Por otro lado, tampoco esperaba que aquello la ayudara quitándole diez rivales.
—Aunque esos diez se habrían quemado al tocar la Espada Yang de todos modos.
Pero seguía sin entender cómo Barthroy se atrevía a esperar que lo apoyara solo porque eran familiares. Para empezar, salvar a otros era una idea arrogante, un juego que solo la gente poderosa podía permitirse.

Había concluido que la mejor forma de cumplir su deseo era congraciarse con los fuertes y aprovecharse de su generosidad; él mismo se condenaba a fracasar.
—Estabas casi rogando que te mataran, hermano Barthroy.
«En el Imperio triunfan los fuertes».
El código del Imperio de Vollachia, no escrito pero sí estricto, otorgaba a los fuertes el derecho de oprimir a los débiles. Conforme a esa regla, el débil, fuera o no de la familia imperial, debía sucumbir ante el fuerte.
Y después, el fuerte podía razonar lo que deseara con base en la «muerte» del débil.
—Su Excelencia, hemos tomado el control con éxito.
Mientras Lamia observaba al muerto, detrás de ella sonó una voz ronca y masculina.
En la sala de la mansión de Barthroy, donde Lamia estaba de visita, apareció alguien que no era habitante del lugar, sino asociado de ella.
Era un anciano de cabello blanco y abundante, ojos sabios y rostro marcado por profundas arrugas. El hombre que la llamaba «Su Excelencia», título propio del rango más alto en Vollachia, era el oficial de operaciones de la facción de Lamia Godwin.
—Grandioso, Berstetz. No hubo ningún problema, ¿o sí?
—Correcto. El señor Barthroy posicionó la cantidad mínima de personas en la mansión, tal como usted indicó.
—Mmmm, entiendo… De verdad, ¿cómo se le ocurre desprotegerse a tal grado ante su hermana de sangre?
—…
El hombre, Berstetz, bajó la cabeza de manera reverente y calló.
La gente útil no decía nada innecesario. Lamia encontraba a los ancianos muy propensos a la incompetencia, razón por la que le desagradaban. Les concedía tolerancia si eran competentes.
Sin embargo, los ancianos tendían a hablar de más, así que no iba a quejarse de que guardaran silencio.
—Tomando eso en cuenta, me impresiona la rectitud de mi padre. Un retiro indecoroso opaca los logros que uno consiguió durante su época dorada. Qué horror, ojalá nunca me ocurra.
Ni siquiera el más poderoso estaba exento de la decrepitud de la vejez. La sucesión del trono estaba diseñada para reemplazar al superior antes de que esta llegara, lo cual Lamia encontraba sensato.
Ella deseaba poner fin a su vida antes de envejecer y ver su inteligencia y belleza marchitarse.
—Bueno, aun así, pretendo hacer que dure por tanto tiempo como pueda.
—… Si me permite, continuaremos ejecutando el plan. ¿Está de acuerdo?
—Claro, como debe ser.
Sin unirse a la reflexión de Lamia, Berstetz solicitó aprobación para ejecutar su siguiente tarea. Lamia cabeceó en respuesta, sin reprochar, y cerró un ojo.
Barthroy había caído y despojado de su dirigente a los ingenuos que lo seguían.
Ya que tampoco estaban cualificados para participar en el «Rito de Selección Imperial», su única opción para salir de tal apuro era encontrar un nuevo guía…; es decir, obedecer a Lamia.
—Un equipo formado por mi hermano Barthroy… Yo asumo que para unirse es requisito tener la cabeza hueca, así que será suficiente informarles sobre su muerte para que caigan a mis pies.
Mostraba la misma estupidez que quienes habían perecido al tomar la Espada Yang creyéndose dignos.
Lamia opinaba eso sobre Barthroy, con total sinceridad. No obstante, su estupidez había traído consecuencias favorables para Lamia, así que no había vivido en vano.
—Escucha, hermano Barthroy. Quiero aclarar que yo no te odiaba, de verdad.
Antes de marcharse, Lamia volteó a ver el cadáver de Barthroy, que yacía boca abajo, y le habló.
Por supuesto, no hubo respuesta. Pero Lamia no buscaba una.
Esto no era una confesión ni una disculpa, sino una mera declaración.
—Solo es que nadie era más susceptible que tú a las ideas fantasiosas de una niñita.
Declaró que aquello era un simple preparativo entre los varios que había hecho desde su niñez.
Tras ese sencillo tributo para el fallecido, Lamia le encargó el resto a su oficial y salió tranquila de la habitación. Para el momento en que atravesó la puerta y subió al carruaje, ya había olvidado la cara de su hermano.
Y luego…
—Bien, con esto finalizo la poda. Espero con ansias el siguiente paso, Prisca.
La sonrisa cautivadora de Lamia delataba el traslado de su interés hacia su próximo objetivo.
Sección 8
En términos simples, el «Rito de Selección Imperial» era una guerra civil interna en el imperio.
Como tradición, cada vástago del emperador reunía su milicia, ingenio e inteligencia y se enfrentaba al resto por el trono, haciendo del país entero un campo para la batalla decisiva.
Por supuesto, las tensiones internacionales alcanzaban su punto álgido durante este periodo.
Eso era predecible debido a las alteraciones en el orden del país y la inevitable decadencia en la potencia de este.
Décadas atrás, tras el inicio de un conflicto masivo por todo el reino colindante de Lugunica, dicho país recelaba invasiones de parte de las otras naciones, empezando por Vollachia. Algo similar ocurría ahora.
Y, aunque no era la única causa, los conflictos surgidos a partir del «Rito de Selección Imperial» eran, en general, de corta duración. A nadie le convenía que el trono estuviera vacante por más de un año.
Quizás por eso, el «Rito de Selección Imperial», por mucho que se prolongara, nunca excedía de dicho límite.
Y todo esto significaba que…
—Este es el cenit del «Rito de Selección Imperial» —susurró Prisca mientras posaba un abanico rojo sobre sus labios y miraba el cerco que se había preparado.
Incorporado a la formación encima de una montaña pequeña, guardando los alrededores de Prisca, estaba el ejército privado de la Casa de Benedict. Los soldados, uniformados de rojo al gusto de Prisca, tenían un potencial menoscabado por su baja eficacia, fuerza deficiente y entrenamiento infructuoso. No obstante, moral no les faltaba.
—Su incompetencia es lamentable, mas si son capaces de obedecerme, puedo perdonarlos. Arakiya, ¿estás ahí?
—… Sí, para servirle.
En respuesta al llamado de Prisca, Arakiya apareció en medio de los soldados de rojo. La manifestación repentina conturbó al ejército, pues no habían detectado ningún signo previo de esta.
Tras refrenar la conmoción con su mano, Prisca dirigió la mirada hacia Arakiya.
Traía para la batalla su típico atuendo altamente revelador y la rama delgada de siempre. A pesar de que su equipo era mucho menos funcional que la armadura de los soldados, Arakiya tenía justificación para vestirse así.
Aunque el joven espadachín de Vincent lo encontraba ridículo, Arakiya dejaba expuesta la mayor parte de su piel con el fin de aprovechar al máximo su poder de «Devoraespíritus».
Según ella, los espíritus menores preferían estar en armonía con la naturaleza, por lo que solían alejarse de aquello procesado por manos humanas.
Y por eso, Arakiya exhibía su piel y atraía a los espíritus menores hacia su cuerpo casi desnudo para convertirlos en el sustento de la «Devoraespíritus».
Arakiya no buscaba más que demostrar el potencial entero de sus habilidades. Si para lograrlo necesitaba llevar descubierto el cuerpo, Prisca apoyaba que lo hiciera.
—Aun así, eso sería cuestionable si fueras fea.
—¿…? Princesa, no entiendo.
—Me refiero a que eres hermosa. Tanto, que mi escrutinio no me impide apreciarte.
—… Pues… ¿gracias?
Al recibir ese inesperado elogio sobre su apariencia, Arakiya inclinó la cabeza, confundida. Prisca no estaba nada dispuesta a profundizar en el tema.
Tampoco estaban en un buen momento para una charla casual.
—¡Su Excelencia! ¡Un reporte! —exclamó un mensajero que llegó corriendo hacia Prisca.
Mientras su armadura roja se sacudía, el mensajero se abrió paso a través de los soldados, se arrodilló enfrente de Prisca y presentó una carta. Arakiya la tomó, desató el lazo y se la entregó a Prisca.
—Jm —resopló Prisca al revisar la carta—. ¿De parte de quién viene esto?
—Ah. ¡Del oficial de operaciones de la Casa de Godwin, el conde Berstetz Fondalfon!
—Berstetz… Ah, aquel vejestorio.
Cuando halló a esa persona entre los nombres y caras que podía evocar, Prisca cerró un ojo.
Por lo general, Prisca nunca recordaba gente insignificante. Permanecer en los recuerdos de Prisca implicaba ser memorable, como Berstetz.
Lamia gozaba de implantar gran toxicidad en sus artilugios. Si bien esa perversa inventiva era facultad connatural a ella, su arte estaba influenciado por el apoyo y las enseñanzas de mucha gente. Eso incluía a Berstetz.
Aquel jardinero había regado la flor venenosa conocida como Lamia, hasta hacer crecer enormes sus pétalos.
—Princesa, ¿qué dice… la carta?
—Nada trascendental. Que nos mantengamos en la retaguardia cuando procedan al asedio del castillo.
—«Retaguardia»…
—Básicamente, nos están ordenando observar la batalla desde atrás.
La expresión de Arakiya fue cambiando a medida que descubría el contenido de la carta. Primero, frunció el ceño de manera dudosa; después, abrió de más los ojos; y a lo último, hizo una mueca de descontento.
—… Princesa, ¿se están… burlando de nosotros?
—Por supuesto que pretende avergonzarnos. Esa zorra no desaprovechará una oportunidad para injuriarme. No obstante, no es tan imprudente como para arriesgarse a la derrota por un capricho.
—¿Entonces?
—Supongo que es su forma de hacernos saber que puede triunfar, con o sin nuestra asistencia. Y, a decir verdad, al ver semejante formación, no se le puede culpar por pensar así.
Mientras sosegaba la irritación de Arakiya, Prisca apuntó al entorno con la barbilla. Arakiya dejó sus ojos guiarse por ese gesto sutil hasta llegar a detectar unos cuantos estandartes.
Pertenecían a soldados posicionados, como los de Prisca, en múltiples áreas: un ejército mixto, resultado de la alianza de seis cualificados que Lamia Godwin había convocado.
Lamia también había discutido con otros cuatro hermanos, aunque era incierto si les había propuesto lo mismo que a Prisca o algo diferente, para concebir el plan actual.
Y dicho plan era…
—El sitio de Vincent Abellux.
A lo lejos, allende del bosque, se encontraba el castillo, propiedad de la Casa de Abellux.
Desde un precipicio empinado, Prisca entrecerró los ojos y oteó el castillo rodeado por el ejército, consciente de su rol como factor en la desgracia de quien era su hermano y asimismo la mayor amenaza.
El plan sonaba lógico.
Para retirar pronto del tablero a Vincent, el más probable para ser el siguiente emperador, valía la pena unir fuerzas con los demás antes del venidero conflicto.
Ahora, incluso Prisca era partícipe de ello.
El desequilibrio era evidente: en teoría, un asedio requería que los atacantes tuvieran el triple de fuerza que los defensores, pero en simple cantidad, las tropas aliadas era cinco veces más potentes.
Los soldados de Prisca, a pesar de su ineficacia, todavía traían la moral alta. No hallaban razón para encogerse de miedo, pues tenían la seguridad de que su lado estaba en enorme ventaja.
Por más que le exacerbara, el plan de Lamia era el molde de un sitio sin hueco ni imperfección.
Y por último…
—El resto, hermano, dependerá de cómo afrontes la cacería que aquella zorra ha iniciado.
Sección 9
Lamia Godwin era un portento sin par.
Tal credo profesaban los soldados de la «Legión de Poda» de la Casa de Godwin.
Por sus armaduras uniformes y las grandes tijeras que empuñaban con ambas manos, la «Legión de Poda» infundía miedo por varios rincones del Imperio de Vollachia.
La extensión de tal fama se remontaba a siete años atrás, cuando Lamia tenía nueve de edad.
En aquel tiempo, la Casa de Godwin había sufrido la pérdida de casi la mitad de su territorio, debido a la rebelión de un conde medio afiliado a ella.
En Vollachia, donde se glorificaba al fuerte, la rebeldía del lobo valía más que la lealtad al cerdo. Por lo tanto, tampoco hubo ningún tercero que intentara salvar a la Casa de Godwin de la represión que enfrentaba.
Y entonces, Lamia Godwin vino a dar a este partido el giro definitivo para reprimir la revuelta.
Cuando el cabeza de familia comenzaba a resignarse a una muerte honorable, ella lo aisló so pretexto de enfermedad, lo reemplazó como autoridad de la casa y, por medio de su ingenio, hundió a las fuerzas enemigas. Con provocaciones, forzó al conde a revelar el instigador de la rebelión y ejerció un castigo extremo, cuya noticia redundó en advertencia para los oyentes.
Para ese fin y el porvenir, se creó la «Legión de Poda», carta de triunfo de la Casa de Godwin.
Ocultaban sus rostros bajo armaduras y, sujetando malignas tijeras, tajaban a sus enemigos sin tregua. En un instante, convirtieron el nombre de Lamia Godwin en sonado emblema de atentados crueles contra la dignidad humana y el orgullo del guerrero, más represalias horripilantes contra todo adversario.
Para transformar un puñado de humanos sensatos en una tropa de soldados de sangre fría, era menester inculcar en ellos fe y devoción rayanas en sumisión.
Lamia Godwin, la «Princesa Venenosa», lo había conseguido, y por ello era un portento.
Arraigado en el ser de la «Legión de Poda», estaba el deseo de materializar cualquier futuro que la «Princesa Venenosa» esbozara…
—…
Esa mentalidad, que para otros parecía entrega total al fatalismo, para la «Legión de Poda» era un escudo contra su mayor pernicie: la cordura.
Arrebatándoles la cordura, ella los acondicionaba para actuar en nombre de aberraciones presentadas como justicia.
Tal talento la posicionaba merecidamente entre los seres que preponderaban en el mundo.
Y por lo tanto…
—¡Muerte a Vincent Abellux! ¡Por nuestra señora Lamia!
—¡¡Por nuestra señora Lamia!!
El clamor fragoroso de la «Legión de Poda» señaló la inauguración presta del ataque.
A la embestida se unió el ejército mixto corriendo en dirección al Castillo Abellux.
Sujeto a las pisadas, el suelo retumbaba, recordativo de un terremoto; y aun así, el ejército de Abellux permaneció inmóvil dentro del castillo. En otras circunstancias, una estrategia de defensa apropiada; en medio de esta desigualdad de poder, un desacierto horrible.
Quizás no habían elegido hacerlo por disposición, sino por resignación y desesperación.
Y si ese era el caso, la «Legión de Poda» lo convertiría en motivación para luchar.
—¡¡Prepárense!!
Vociferando así, el primer grupo se adentró en el campo enemigo…
—Guaaau, cuánta valentía siento por aquí. No me desagrada; de hecho, me gusta.
De repente, los miembros de la vanguardia percibieron lo que confundieron con una mera ráfaga.
En realidad, cierto «objeto» había pasado enfrente a velocidad atosigadora, imposible de seguir para el ojo ordinario.
No obstante, los efectos que acarreaba consigo se presentaron de forma inconfundible.
—Ah.
Por un momento, vieron el mundo temblar. Sus piernas pararon, mientras que sus manos soltaron las tijeras y se dirigieron a aplacar sus cabezas tambaleantes…
En vano, pues un destello vívido ya estaba desprendiéndolas de sus cuellos.
—…
Por sus labios escaparon voces débiles, imperceptibles.
Antes de que colapsaran los decapitados, vino corriendo el siguiente grupo, que con cada patada y pisada rompía el lazo entre algún torso y su preciada cabeza.
Y cuando se percataron de los cadáveres de sus aliados, ya era demasiado tarde.
—Así se trate de intuición, decisiones o manejo de la espada, ser veloz es la clave. Miren, ya sé que soy un oponente temible, pero me gustaría que hicieran un esfuerzo por adelantarse, ¿sí?
El disturbio se contagiaba mientras destellos plateados creaban, con rapidez idéntica, una mortandad imparable.
No registraron lo sucedido hasta que, muy a su pesar, el espadachín ya se encontraba entremetido en el grupo y las bajas superaban la decena.
—¡Vaya, muy buena jugada, Su Excelencia! ¡Me dio la katana que deseaba, como si hubiera predicho que al hacerlo se duplicarían mis proezas!
El chico, de cabello azul, sonrió entusiasmado y limpió la sangre adherida a su espada.
Sobre su físico grácil, un kimono color rosa claro y zoris; en las manos, dos katanas que venían de su cintura; y alrededor de su ser entero, un efluvio afilado que lo presentaba como la parca encarnada.
El ejército atestó sus tijeras hacia él en frenesí tembloroso.
—¡En guardia! ¡Rodéenlo y ejecútenlo de una vez!
—Oh, qué rápido se han recuperado. Enhorabuena. Sería muy decepcionante que se quedaran como sacos de arena justo cuando llega mi momento tan esperado. ¡Recuerden: mueran con gracia o terminarán oscureciendo a la estrella!
—¡Niñato desquiciado!… ¿Eres de… Vincent Abellux?…
—No hacía falta el insulto, pero he oído su pregunta y aquí la respondo: ¡sí, afirmativo, correcto!
Mientras giraba la cabeza para ver a la «Legión de Poda» completa, el chico posó con su katana. Su pose no se veía muy práctica para el combate, y en efecto, no lo era; solo servía para lucirse.
Luego dio un pisotón en el suelo y, para oídos del público, exclamó:
—¡Mi nombre es Cecilus Segmunt! ¡Hoy me llaman confidente de su excelencia Vincent Abellux; mañana me aclamarán mejor espadachín de Vollachia! Soy la flor de este mundo, el actor estrella… y el emisario que los sacrificará para bendecir el camino de Su Excelencia hacia el trono.
—…
—¿Oh? Se supone que esta es la parte en la que prorrumpen en aplausos… Vamos, no sean tímidos.
Inclinó la cabeza, y con ella se meció el cabello que tenía recogido por detrás.
En lugar de aplausos, Cecilus oyó a la «Legión de Poda» estallar en un arranque de ira ante tan descarada mofa.
La horda y los tijereteos se acercaban furiosos, ante lo cual Cecilus se rascó la frente con un dedo.
—Vaya, ¿tal vez debí dejarlos presentarse antes de hacerlo yo?
E ideando esa solución desviada, salió con su katana al encuentro de las tijeras.
Sección 10
—¡Las tropas de la Casa de Godwin han chocado contra las fuerzas de Abellux!
Comenzó la batalla, y por debajo llegaron gritos de guerra que perturbaron la atmósfera.
Con la «Legión de Poda», maliciosa como su dueña Lamia, al mando, la incursión a las tierras de Abellux para sitiar a Vincent había iniciado firme.
Sin embargo…
—Conque aquella élite, seleccionada para agilizar el traspaso, fue derribada por aquel espadachín…
Prisca cerró su abanico y vio de lejos, con sus ojos carmesíes, cómo bregaba la vanguardia.
La distancia los hacía ver como motas, pero no impedía que Prisca apreciara claro el vigor abrumador de aquella espada imponente que mantenía a raya a las tropas.
Él era la baza oculta que Vincent había venido a ostentar antes del «Rito de Selección Imperial». De todos modos, ya sabía que era más fuerte que Arakiya.
—… He de admitirlo: es espectacular.
Era increíble cómo, obrando solo, detenía a los enemigos con la potencia de un ejército de mil.
La ofensiva de Lamia era cinco veces mejor que la defensa de Vincent. Pero su teoría se basaba en una comparación entre los soldados de ambos, así que quedaba inválida al incluir un tercer ejército…, aunque este fuera un individuo actuando como mil.
—Quiero… ir…
—Arakiya, ¿tanto te mortifica aquel?
Arakiya, obligada a esperar su turno, contemplaba lo mismo que Prisca con el rostro amargo.
—Mm, sí —respondió Arakiya—. Entonces…, ¿puedo?
—Me gustaría decir que sí, pero lo deniego. Permanece donde estás, a mi lado. No creo que consigas ahora oportunidad para vengarte del espadachín, pero…
—¿Pero… qué…?
—Necesitaré tu poder.
Cuando Prisca dijo eso, la cara descontenta de Arakiya cambió. Parpadeó sorprendida, y la expresión floja que tenía se transformó en el semblante de una guerrera.
Satisfecha con eso, Prisca cabeceó. Luego ordenó a los soldados cercanos que formaran una unidad pequeña.
Considerando cuánta gente había en ambos lados del enfrentamiento actual, el tamaño ofrecía un margen de error ínfimo. Acompañada de ellos, Prisca se preparó para moverse al siguiente campo.
Y entonces…
«Prisca, ¿adónde vas?»
—…
Cuando esa voz la tomó desprevenida, Prisca cerró un ojo.
Nadie alrededor notó ese gesto. Ni siquiera reaccionaron a la voz. Y eso era esperable, pues no la escucharon, ya que había sido emitida directamente a la consciencia de Prisca.
Solo conocía a una persona capaz de establecer ese tipo de comunicación unilateral, telepatía. Era otro partícipe de esta batalla, cualificado para el «Rito de Selección Imperial»…
«Procaz de tu parte, Palladio. ¿Quién te ha autorizado a dirigirme la palabra?»
«… No creo que necesite permiso para hablarle a mi hermana».
Aunque la técnica solía ser difícil de dominar, Prisca respondió de inmediato, y sintió la ligera alteración del remitente al hacerlo.
El objetivo de enviar el mensaje abrupto era, quizás, inquietarla y ganar una ventaja psicológica sobre ella.
«Reconozco tus taimadas intenciones. ¿Acaso los Ojos Malignos no saben hacer más que ilusionismo y trucos baratos?»
«… Lamia te ordenó mantenerte en la retaguardia. Abstente de cualquier imprudencia».
«Qué adorable, un muñeco obediente. Si te apetece, puedo jugar a cambiarte la ropa después. Has de saber: no me quedaré danzando sobre la mano de aquella zorra».
«… ¿Planeas traicionarla ahora?»
«Ja. Nunca fallas en hacerme reír. Lo que haré es ir a cubrir una falta».
La vacilación del emisor, Palladio, se transmitía por vía telepática.
Ya que la telepatía empleaba la voz interior, tenía un defecto flagrante: revelaba las emociones. Mientras más blando de mente fuera uno, más descifrable se hacía su corazón. Palladio no era la excepción.
Por supuesto, el desprecio y ludibrio de Prisca también se le transmitían con lujo de detalles.
«No perderé el tiempo concediendo explicaciones a un tipejo ignorante. Repórtalo como desees».
«Me desdeñas como si ni siquiera fuera tu hermano. Prisca, eres desagradable».
«Considérate afortunado. Gracias a tu comentario, he decidido cortarte la cabeza con mis propias manos».
Con una sonrisa sádica, Prisca hizo sentir su desinterés y cortó la conexión por su lado. Palladio tenía la capacidad de enviar una represalia directamente a su consciencia, pero no el valor.
Era un cobarde sin agallas, juzgó Prisca para sus adentros.
La gente de la tribu del Ojo Maligno estaba dotada de un ojo en el cuerpo y poderes únicos. Sin embargo, semejante tesoro de talento se volvía un desperdicio bajo la posesión de un inepto.
—… ¿Princesa?
—Estoy bien. Acabo de educar a cierto delator que se da ínfulas de vigilante. ¿Están preparados?
Cuando Arakiya confirmó cabeceando, Prisca entrecerró sus ojos carmesíes y desdobló su abanico. El abanico tajó el aire, y su sonido atrajo las miradas de la unidad hacia ella.
Enfrente de ellos, Prisca dirigió el brazo hacia el campo…, pero no aquel en donde las fuerzas de la vanguardia luchaban, sino uno de su propia elección.
Y así declaró:
—Yo daré muerte a Vincent Abellux. Ustedes sigan mis pasos.
Sección 11
—Su Excelencia, preste atención a donde pisa. Estamos en terreno lodoso.
Alguien se abría paso entre los árboles frondosos, guiando al galán que caminaba a su lado y advirtiéndole sobre el camino. El guía era Chisha Gold, un joven alto, cenceño y de aspecto denegrido.
Soldados recios custodiaban la zona mientras Chisha avanzaba junto a su amo, y por dentro lo remordía el recuerdo de su pésima suerte.
La familia de Chisha carecía de estatus noble o historial de servicio a la Casa de Abellux.
Él era un ciudadano común del imperio. Un día, había ayudado a desatascar un carruaje en una carretera, sin saber que se trataba de la posesión de cierto príncipe. Como producto de tal casualidad, había terminado bajo el patronato de Vincent.
Fascinado por el gran dominio del cálculo que demostraba Chisha al desatorar la rueda caída en una zanja, el excéntrico noble había despojado a Chisha de su normalidad ahí mismo.
Desde ese día, Chisha servía a Vincent, aunque no se sentía apto.
Y nada lo hacía sentir tan inepto como esta batalla: la guerra de sucesión que llamaban «Rito de Selección Imperial». ¿Cuántas noches había pasado preguntándose por qué estaba aquí?
Aun así, tampoco podía asignarle esta misión a otro. No quería molestarse en dar indicaciones detalladas, y además, su amo no confiaba en cualquiera. Cecilus no era mala opción si de confianza se trataba, mas sería estúpido pedirle a aquel perro que siguiera una estrategia precisa.
Por lo tanto, Chisha tuvo que aceptar que la empresa solo daría resultados si él mismo la ejecutaba.
—Te observo decaído, Chisha. Me atrevo a decir que tu palor resalta más que de costumbre.
—… Supongo que es correcto. Ahora mismo, estoy lamentando la situación que me rodea.
—¿Joh? ¿Y a qué se debe tu lamento?
—Verá, no me place que un plan mío implique un riesgo de muerte; y por si no fuera suficiente plantearlo, encima me veo forzado a sufrir participando en él —gimoteó Chisha, acariciando su cabello negro con delicadeza.
Su tono era bronco, como tos, pero, extrañamente, nadie parecía tener problemas para entenderlo. Incluso ahora hablaba en voz baja, ante lo cual una risa leve escapó de la garganta de su amo.
Imaginaba cuán deleitoso sería picarle la cabeza y decirle que no era momento de risas. No obstante, Chisha era demasiado racional para cometer tal acto, y más aún tratándose de semejante prócer.
A lo lejos se oía la greguería bélica de armas y vociferaciones.
Dos bandos afirmaban su respectivo derecho a atacar o defender en un choque que provocaba un estallido mortífero, cuyo detonador era, sin duda, el mismo hombre que Chisha atendía: Vincent Abellux.
La muchedumbre evaluaba a Vincent como el mejor competidor del «Rito de Selección Imperial». Si bien ya había predicho que los demás candidatos intentarían deponerlo, el sitio era más severo de lo esperado.
Los ataques a los que estaba expuesto usurpaban el primer puesto entre los riesgos considerados en su hipótesis.
Sin embargo…
—Al fin y al cabo, mi hipótesis también abarca esa categoría, así que el progreso está en nuestras ma…
—Interesante. Veo que no te hacen falta piezas competentes, hermano. Te concedo un elogio.
—…
Chisha suspendió su andar y la explicación discreta cuando esas palabras azotaron sus tímpanos cual llamarada.
Casi sintió el fuego ilusorio quemar sus pensamientos de modo tangible. Por medio de su mero son, la voz femenina emanaba llamas de ufanía ardiente e incendiaba todo a su paso.
Chisha presenció, tenso y sin aliento, cómo un grupo emergía de la oscuridad. Ahí, al lado de una chica de cabello plateado y delante de varios soldados de rojo, se encontraba una damisela carmesí…
—Prisca Benedict.
Cuando apareció Prisca, a Chisha se le secó la garganta. Murmuró su nombre sin adjuntar el título debido, pero ella no lo corrigió… Peor aún, ni siquiera registró su existencia.
Sus ojos ignoraron al sorprendido Chisha y se posaron sobre Vincent.
Los hermanos sanguinarios cruzaron sus miradas, gozo en los labios de ambos.
—Saludos, Prisca. ¿Te encuentras bien?
—De maravilla, hermano. E imagina cómo mejoraría mi día si tu cabeza cayera aquí y ahora.
Hermano y hermana compartieron sonrisas, para así inaugurar juntos la doble ceremonia: un reencuentro con olor a sangre y la ruptura de un lazo irreconciliable.
Sección 12
En los tres meses transcurridos desde el inicio del «Rito de Selección Imperial», la guerra civil del imperio había alcanzado raudamente su clímax.
Varios de los potenciales gobernantes de Vollachia habían rodeado al sucesor más probable al trono, Vincent Abellux, y estaban apretando el nudo. Cada uno había traído consigo un formidable y consumado ejército personal, que en ese momento se dedicaba a manchar de sangre las tierras del gran conde Abellux, esparciendo el hedor de la muerte y la destrucción a lo largo del campo de batalla.
Los gritos de ira y odio que proferían ambos bandos dejaban claro lo cruel y brutal que era esta sangrienta guerra civil. Cualquier persona cuerda querría apartar la vista y quedaría marcada por la tragedia. Excepto, claro está, por unos pocos muy concretos.
Los miembros de la familia imperial de Vollachia que aspiraban a ser el próximo emperador de Vollachia; los leales siervos que les servían de escudos y lanzas, y los desertores, aquellos que habían reprimido su destructivo egocentrismo y ahora trabajaban solo para lograr sus propios fines.
A estas personas se las podía considerar elegidas en cierto modo; ellas y solo ellas veían cómo se desarrollaba la tragedia a su alrededor, impasibles ante el coruscante resplandor y el abrupto desvanecimiento de las vidas en el campo de batalla. Este era un lugar al que no se podía acudir sin el espíritu poco común que estas personas poseían.
En cierto sentido, eran seres supremos, aquellos que eran gobernantes por naturaleza; o que algún día podrían serlo.
En lo profundo del bosque, un hombre y una mujer se confrontaban, cada uno respaldado por un pequeño conjunto de partidarios. Los hermanos de sangre no eran una excepción a la regla aquí; de hecho, eso era precisamente lo que hacía de estos dos sus más grandiosos ejemplos. Para cada uno de ellos, en ese momento, solo existía el otro. Su mera existencia influiría en el destino de muchas vidas y podría cambiar drásticamente el futuro del Imperio. Ambos lo sabían y actuaban acorde a ello.
Cada uno veía que la senda que seguían conducía al futuro de su nación…
—¡Je!
El reencuentro entre el hermano y la hermana que se enfrentaban, Vincent y Prisca, fue tan violento como un trueno. De pie en medio de la vegetación, intercambiaron lo que equivalía a breves cortesías y, como si fuera una señal, ambos extendieron una mano. Al instante, cada uno de ellos empuñó una venusta espada que resplandecía en rojo.
Se decía que este mundo albergaba diez espadas mágicas de un poder sin parangón. La Espada Yang era una de ellas, y si alguien indigno la tocaba, quedaba reducido a cenizas al instante. La espada se había transmitido en la Casa de Vollachia durante generaciones, y durante el «Rito de Selección Imperial», había tantas Espadas Yang como candidatos al trono. Nadie sabía por qué.
Pero, ¿la existencia de múltiples Espadas Yang difuminaba su fulgor?
… Definitivamente no.
—…
Las espadas gemelas atravesaron la penumbra del bosque como rayos de sol. Prisca y Vincent avanzaron el uno hacia el otro con facilidad, empuñando las espadas, e intercambiaron tajos con una elegancia tal que parecían estar bailando, bañando el bosque en una lluvia de luz roja y blanca.
Las dos llamas opuestas se entrelazaron, cada una aumentando el calor de la otra; la escena era hermosa. El fuego consumía al fuego y amenazaba con hacerle lo mismo a cualquiera que se atreviera a tocarlo o incluso a acercarse. Con toda razón, varias de estas espadas no deberían haber existido a la vez; verlas enfrentadas entre sí era una visión más allá de las fantasías más salvajes.
Los séquitos de los hermanos tardaron en reaccionar; sintieron su piel abrasada por la ola de calor, y fue solo entonces cuando comprendieron lo que estaba sucediendo. Solo entonces se percataron de que sus Señores ya estaban batiéndose en un duelo a muerte.
—¡Qué grave error de cálculo! ¡Si es que no tengo tiempo para quedarme mirando y cuestionarlo! —El viento caliente contra su piel devolvió a Chisha a la realidad y lo hizo lamentar su error.
Buscó en los pliegues de su ropa y sacó un abanico plegable, hecho de hierro, convirtiéndolo en un instrumento de guerra adecuado. Se preparó para ayudar a su Señor.
No obstante, antes de que pudiera llegar al lugar de la pelea, fue lanzado a un lado, alejado del mismo lugar que iba a utilizar como trampolín para saltar a la refriega. El golpe fue tan cruel como la mordida de un animal salvaje.
Chisha miró con ira a quien se lo había asestado y luego sonrió con sus ojos rasgados.
—La Princesa está ocupada. No dejaré… que interfieras. —Arakiya permaneció de espaldas a la acalorada confrontación entre Vincent y Prisca.
Era una joven miembro de la gente-perro, de piel morena, gran parte de la cual estaba al descubierto. En su mano tenía una rama de un árbol perfectamente normal; parecía estar casi relajada en su totalidad, lo que la hacía parecer muy vulnerable. Aun así, Chisha terminó tragando saliva con dificultad, con las mejillas tensas.
Se dio cuenta de que ella era un animal salvaje, igual que Cecilus.
—Yo no soy de los que hacen trabajos físicos por su cuenta —dijo Chisha—. Usted debe de ser la espada secreta de la señorita Prisca.
—¿…? Soy Arakiya. Peleo… por la Princesa.
Su respuesta fue bastante breve, pero eso mismo evidenciaba su lealtad profundamente arraigada e inquebrantable. Chisha suspiró profundamente. En ese caso, no iban a llegar a ninguna parte hablando. Adoptó una postura de combate con su abanico de hierro, mientras que detrás de él, los soldados de Vincent también alistaban sus armas.
—Yo mismo y estos soldados que están tras de mí peleamos por otra persona, pero con la misma dedicación. Me temo que no tengo planeado participar en algo tan ineficaz como un duelo. Debe disculparme.
—¿Eh…?
—De manera más sencilla, pretendo abrumarla con superioridad numérica —anunció Chisha, y los soldados lo tomaron como una orden para cargar, cosa que hicieron con entusiasmo, gritando y bramando.
Arakiya agrandó los ojos. Miró detrás de ella a los hermanos en combate: Prisca blandía alegremente la espada Yang, y Vincent recibía cada tajo y respondía de la misma manera. Arakiya dio un paso adelante, decidida a impedir cualquier interferencia.
—A las cosas difíciles… no las entiendo. Pero esto es por la Princesa. Por la Princesa moriría.
Sección 13
Todos los soldados que la presionaban estaban cargados con el fervor de la batalla.
—…
La espada y la lanza eran los únicos medios que tenían para expresar su sed de guerra; las clavarían en la piel de Arakiya, le desgarrarían la carne, le romperían los huesos y acabarían con su vida. La batalla no era más que un ritual para lograr tales fines. La vida enfrentada a la vida hasta el final.
Bueno, Arakiya también podía llevar a cabo ese ritual.
—Ñom —casi de forma perezosa, se metió un espíritu en la boca.
Era el momento oportuno: los espíritus menores de fuego, provocados por la batalla entre Prisca y Vincent, habían comenzado a reunirse a su alrededor. Arakiya simplemente tomó uno en su cuerpo y convirtió su fuerza en la suya. Ese era el curso natural de la acción para un «Devoraespíritus».
—Guau, guau.
Arakiya se agachó, con todo su cuerpo rodeado por un fuego azulado y brillante.
Eran demasiado hermosas para describirlas con términos comunes como las «llamas del infierno», pero, independientemente de ello, era imposible evitar la impresión de que estaba envuelta en fuego. Mientras una conmoción momentánea recorría a las tropas que atacaban las vestiduras sagradas, Arakiya concentró su fuerza en las piernas y saltó hacia ellas.
Su cuerpo flotaba con la misma facilidad que el viento, pasando por la primera línea de soldados. Simplemente esquivó sus ataques, y los hombres, al darse la vuelta para perseguir a Arakiya de regreso a la formación, se dieron cuenta de algo: sus propios cuerpos estaban ahora envueltos en llamas azules.
—¡Naggghhhhaaa!
Los soldados aullaban en agonía, consumidos de pies a cabeza por un calor abrasador. A diferencia de Arakiya, que llevaba las llamas como si fueran un manto digno de los dioses, las que envolvían a los soldados no eran hermosas ni agradables. Los hombres se tiraron al suelo o intentaron cubrirse de tierra, pero las llamas no se apagaban. El fuego quemaba hasta lo más profundo de su ser, arrebatándoles la vida y abrasándolo todo hasta que los soldados no fueron más que montones de cenizas.
—¡Aguanten! —gritó alguien.
Eran los soldados personales de Vincent, y al darse cuenta de que no podían hacer nada para salvar a sus compañeros aniquilados, se centraron inmediatamente en atacar a Arakiya.
Pero qué triste fue: ni siquiera la violencia calculada de los números podía resistir una violencia aún mayor. Los números solían decidir el resultado de una batalla. En igualdad de condiciones, dos personas eran más fuertes que una, y cien eran más fuertes que diez. Eso estaba claro. De hecho, la medida de un estratega era su capacidad para idear un plan que superara esas diferencias en la fuerza de combate.
—Bueno, esto es sumamente molesto… —Chisha, el que había comandado a los soldados, colocó su mano libre sobre la mano que sostenía el abanico de guerra férreo.
Ciertamente sabía que la estrategia era su misión; sepultar al enemigo era su papel. Ese era el talento que Vincent buscaba cuando lo sacó del terreno del desconocimiento público; esa era la razón por la que ahora estaba con Vincent en esta situación.
Elaborar un plan, controlar las circunstancias, aniquilar a la oposición y hacer todo esto con estrategia: ese era su deber. Lo había llevado a cabo en muchos campos de batalla, y por eso lo sabía. En este mundo, había algunos seres supremos que traicionaban todos los cálculos estratégicos, porque trascendían los números.
El muchacho que Vincent había acogido hacía apenas unos cuantos meses era uno de ellos. Y ahora esta Arakiya, la misma a quien Chisha había visto aniquilar a sus tropas como un animal salvaje, era otra.
—¡Agh!
—¡¿Aghh?!
—¡Aaaaaagh!
Una serie de gritos provenían de hombres grandes y poderosos que eran arrojados al suelo. Algunos fueron inmolados en su totalidad; otros quedaron con la cara mutilada o con los brazos y las piernas rotos, mientras que algunos fueron destrozados y cayeron al suelo, para no volver a levantarse jamás.
Arakiya estaba agachada a cuatro patas como un animal; su única arma era una simple rama, pero era suficiente para romper las espadas de los soldados, así como para robarles su orgullo y sus vidas. Para arrebatarles todo.
—Basta ya de esto… —Chisha, tomando la difícil decisión de poner fin a este «desangramiento» innecesario de tropas, dio un paso al frente.
Gastar tantos soldados comunes contra alguien que trascendía los números era simplemente un desperdicio de vidas. Como persona a la que se le confiaron esas vidas, Chisha no podía permitir que continuara.
—Soldados, retrocedan, por favor —dijo Chisha—. Yo me encargaré de esa… cosa.
En el momento en que hizo retroceder al pelotón, Arakiya dejó de moverse. Permaneció agachada en el suelo como un perro, pero levantó la vista hacia el joven alto, inclinando la cabeza y lo miró fijamente.
El joven suspiró ante ese gesto casi animal, diciendo:
—Estratega de Vincent Abellux, Chisha Gold.
—El perro de la Princesa Prisca, Arakiya.
Con las presentaciones terminadas, los dos compañeros íntimos de los participantes en el «Rito de Selección Imperial» se lanzaron el uno contra el otro. Pero solo fue un único choque, y la contienda se decidió en un abrir y cerrar de ojos.
Arakiya se acercó a Chisha, quien sostenía su abanico de guerra férreo, desde el suelo. Reconociendo el ataque bajo, Chisha descendió el abanico y lo estrelló contra la cabeza de la chica. Su cabello plateado, con un único mechón rojo, se manchó de sangre oscura, al menos eso era lo que Chisha esperaba que sucediera. Pero, justo antes de que su golpe acertara, Arakiya abrió la boca y tragó una pizca de luz. De súbito, desapareció; no podía verla.
Mientras Chisha se quedaba allí con los ojos ampliamente abiertos, Arakiya, aún en el suelo, le dio una patada. Su delgado cuerpo se elevó en el aire con el impacto, que casi pareció haberlo perforado. La rama de Arakiya lo atravesó de la espalda al vientre, desgarrándole el torso y clavándolo en la tierra.
—Aahg… ahhh… —jadeó. Tosió una espectacular cantidad de sangre, pero con la rama sujetándolo en su sitio, Chisha ni siquiera podía desplomarse al suelo.
Arakiya se alejó rápidamente de él, mirándolo solo para decir: «Listo», con las yemas de los dedos unas contra otras. Volteó para informar a su Señora de que había vencido al poderoso enemigo.
—Prin…
Pero un segundo después, una luz roja, que llegó desde el cielo, engulló a Arakiya, junto con todo el bosque.
Sección 14
Lamia Godwin nunca olvidaría aquella fiesta de jardín.
La fiesta se celebraba cada año con motivo del cumpleaños de su padre, el emperador Dreizen Vollachia. Duraba siete días y todos los hermanos de la familia imperial estaban obligados a asistir —y en consecuencia se veían obligados a reunirse— quisieran o no. Por supuesto, con el «Rito de Selección Imperial» pendiendo sobre sus cabezas, solían organizar sus agendas para verse lo menos posible. Aun así, con más de sesenta en un mismo lugar, era imposible evitar a cada uno de ellos todo el tiempo.
—…
Ese año, Lamia —que entonces tenía nueve— buscaba a su hermano Vincent, que sabía que había venido a saludar a su padre el mismo día que ella.
Muchos de los hijos de la realeza imperial de Vollachia eran maduros para su edad. Se trataba de un entorno en el que un huevo que no eclosionaba con prontitud simplemente se rompía: o crecías rápido o morías. En consecuencia, Lamia no tenía nada de la dulzura de una niña de nueve años normal; ya era una joven lista y perspicaz. Para este momento, estaba aprendiendo a evaluar a quienes la rodeaban y le gustaban las personas capaces. Por eso buscaba a Vincent; hablar con su inteligente y apuesto hermano le aceleraba el corazón.
Había recorrido el vasto Palacio de Cristal, donde se celebraba la fiesta, buscando a Vincent y, mientras tanto, tratando de convencer a su hermano Barthroy, que siempre parecía demasiado incauto hacia sus hermanos menores. Justo cuando por fin encontró al hermano que buscaba…
—Prisca Benedict, ese es mi nombre.
—… —junto a Vincent, descubrió a una pequeña niña de un brillante vestido carmesí.
Apenas tres meses después, Lamia Godwin tomó medidas severas para destituir al irresponsable Jefe de Familia y castigar a un conde rebelde.
—Impacto de cañón de piedra mágica confirmado. Cuando se disipe el humo, le informaré de los resultados —informó Berstetz.
—No me importa si gastas todas las piedras mágicas que disponemos; solo asegúrate de conseguir lo que deseo. Mantenme informada conforme la situación evolucione —dijo Lamia.
—Mi Señora —respondió Berstetz con una reverencia respetuosa.
Lamia apoyó la barbilla en las manos y miró hacia el bosque, que ahora era un campo de luz resplandeciente. Sonrió. Había reunido a muchos de sus hermanos para lograr el sitio de Vincent. El hecho de que inclusive hubiera contado con su enemiga mortal, Prisca, como partícipe en esta agrupación no era en realidad una señal de lo mucho que deseaba asegurarse de tener la fuerza necesaria para derrotar a su hermano.
Era porque sabía que la presencia de Prisca era en sí misma el veneno que acabaría con Vincent.
—¿No te lo dije, Prisca? Te tengo en muy alta estima. Eres la hermana más peligrosa después de nuestro querido hermano… Tu pensamiento es más afín al suyo que el de cualquiera de nosotros. Por eso sabía que podrías hallarlo. Estaba segura.
Vincent habría sabido que sería el objetivo favorito de todos cuando comenzara el Rito. Lo más probable es que incluso hubiera previsto que una coalición de sus hermanos intentaría sitiarlo y, como la batalla se libraría en territorio de Abellux, sin duda habría preparado muchas rutas de escape. Por mucho que odiara admitirlo, a Lamia le resultaba difícil predecir cómo intentaría Vincent escapar de su red. Pero tenía una regla sencilla: si no podía hacer algo, simplemente confiaba en alguien que pudiera.
Y así lo hizo.
«Vincent y Prisca se encontraban en el mismo lugar. Tengo certeza de que ambos quedaron atrapados en la explosión». El informe telepático de Palladio, cómplice de Lamia, le aseguró que su plan había funcionado.
Palladio mantenía como secreto a sus otros hermanos que llevaba la sangre del Clan del Ojo Maligno y que sus habilidades le permitían rastrear un objetivo determinado con increíble precisión. Para ello, necesitaba alguna parte del cuerpo del objetivo y, aunque Lamia no había podido obtener nada de eso de Vincent…
—Seguro que no pensabas que me había presentado a tu morada solo para acorralarte —dijo Lamia.
Llevaba tramando este plan para utilizar las habilidades especiales de Palladio desde que había comenzado el Rito. Vincent, su verdadero objetivo, era un hombre muy cauteloso. Pero ella no tenía que rastrearlo directamente, solo tenía que rastrear a alguien que sabía que estaría con él.
Prisca era perfecta para ese papel. Por eso fue ella misma a proponer una alianza y se había asegurado de involucrar a Prisca en el sitio.
Por eso Lamia había resistido el impulso de matar a Prisca durante más de siete años.
—Por fin mi corazón siente alivio, Prisca —dijo Lamia, colocando la mano sobre su abundante busto mientras imaginaba la repulsiva cara de su media hermana.
Una vez que estuviera segura de que Vincent y Prisca estaban muertos, solo le quedaría usar la «Legión de Poda» para masacrar a las tropas de Vincent y después dar jaque mate a sus otros hermanos. La mayor amenaza y la incógnita quedarían eliminadas; el resto de sus hermanos no eran rivales para Lamia Godwin.
«Lamia, cuando esto concluya…»
—Sí, sí, lo sé. Te daré una uña o un mechón de mi cabello o lo que sea que desees. Serás capaz de venir tras de mí en cualquier momento, de día o de noche.
Su alianza con Palladio solo duraría hasta que Vincent muriera. Después de eso, el acuerdo era que Lamia le entregaría alguna parte de su cuerpo, pero incluso el Ojo Maligno, que tenía una ventaja incomparable en la guerra de información que era clave para cada victoria, carecía de valor si su usuario era un tarado inútil. Por desgracia para él, Palladio simplemente no podía vencer a Lamia. Podía intentar reunir a los otros hermanos contra Lamia, como había hecho ella contra Vincent, pero eso no lo llevaría a ninguna parte. Ella ya conocía las vulnerabilidades, debilidades y oscuros secretos de la mayoría de los candidatos más poderosos; ellos no se unirían a Palladio.
Vincent y Prisca eran los únicos que tenían alguna esperanza de vencer a Lamia. Y el propio Palladio estaba ayudando a evitar esa posibilidad. Lo absurdo era que ni siquiera se percataba, no era muy diferente de Barthroy, quien había muerto como un perro debido a las maquinaciones de su propia hermana menor.
—Por cierto, el hecho de que todavía piense que puede vencerme lo hace aún más estúpido que el querido Barthroy.
—Su Excelencia, el humo se está disipando.
El uso de cañones de piedra mágica había sido prohibido por su enorme poder destructivo, y cuando la cortina de humo comenzó a desvanecerse sobre el bosque, todos pudieron ver por qué. La devastación causada por diez cañones actuando en conjunto era evidente.
La potencia de un cañón de piedra mágica dependía del tamaño y la pureza del proyectil utilizado, pero, independientemente de ello, la devastación causada en un rincón del campo de batalla era una prueba de la sinceridad con la que Lamia deseaba la muerte de sus objetivos.
Había conseguido cristales mágicos, que eran piedras mágicas de la máxima pureza. La potencia de fuego que podían generar debía de ser la segunda más grande del imperio, solo superada por las piedras utilizadas en la construcción del Palacio de Cristal en la capital, Lupugana. Las piedras eran tan poderosas que los cañones se habían mostrado incapaces de soportar la fuerza resultante, destrozándose en el proceso de disparo. Ni siquiera un miembro de la familia imperial de Vollachia podría haber salido ileso de tal ataque. Ni siquiera si fueran dos.
Este era el golpe maestro que aseguraría la victoria de Lamia. Y ahora…
Se oyó a uno de los exploradores, que observaba a través de un catalejo, murmuró: «¡Eso es imposible!». Con su telescopio, debía de haber podido ver el resultado del ataque, que no se podía discernir a simple vista.
Aun si no podía distinguir exactamente lo que estaba pasando, la propia Lamia se dio cuenta de que algo no estaba bien. El bosque, que debería haber quedado reducido a astillas por la lluvia de artillería, seguía intacto en un lugar, con los árboles aún en su lugar. ¿Y qué había provocado esta situación inconcebible?
—¡Hay alguien en el punto de impacto! —gritó el explorador, temblando—. Una niña-perro de cabello plateado… ¡Es la mano derecha de Prisca Benedict!
Lamia agrandó los ojos. La mano derecha de Prisca… Lamia recordaba a aquella taciturna e inexpresiva sin pedigrí…
—He de reconocerlo, Prisca… —gruñó.
Se puso de pie y se acercó al explorador, arrebatándole el catalejo. A través de él, pudo ver la zona cero, donde la pequeña amiga de Prisca yacía boca abajo en el suelo, exhalando humo. De alguna manera, esa perra mestiza había frustrado por completo el bombardeo de Lamia.
La niña-perro ni siquiera se inmutó; Lamia no sabía si estaba viva o muerta. Pero no le interesaba. Lo que importaba era la magnitud de la destrucción en ese trozo de bosque, o más bien, la falta de ella. Era imposible que Prisca y Vincent estuvieran muertos.
Lo que implicaba que la primera fase de su plan había fracasado. Pero Lamia tenía otra flecha en su carcaj, y otra más tras esa.
—Nunca pensé que tendría que usar la pequeña póliza de seguro de Barthroy…
Recordaba una sugerencia que le había dejado su hermano, aquel que renunció voluntariamente a su derecho al trono. Los otros nueve hermanos que también habían rechazado la candidatura eran cartas en su mano, y las jugaría para acabar con Vincent y Prisca, ambos heridos, de un solo golpe.
Lamia bajó el catalejo y comenzó a dar sus siguientes instrucciones:
—Que comience la emboscada. Puede que lo den todo, pero al menos los ralentizarán…
—¡Su Excelencia! —interrumpió una voz aguda.
Tan pronto como la oyó, una sombra cruzó la visión de Lamia. Levantó el brazo por reflejo y la Espada Yang que empuñaba quemó el aire al pasar, incinerando la flecha que volaba hacia ella.
Puede que hubiera bloqueado el primer ataque, pero las flechas seguían llegando sin descanso; sus soldados, lentos al reaccionar, la rodearon para protegerla con sus propios cuerpos.
—Mas, ¿cómo han averiguado dónde acampaba? —preguntó. —Aguarda… ¡No puede ser! —intuyendo la respuesta a su propia pregunta, Lamia miró a sus atacantes desde detrás de sus soldados.
Al mirar directamente hacia la lluvia de flechas que se le avecinaba, vio que su suposición era correcta: eran los hermanos desertores, aquellos que le robó a Barthroy, a los que había intentado utilizar para completar el sitio a Vincent. Los cobardes que nunca deberían haber sido capaces de volverse en su contra se rebelaban todos a la vez.
¿Qué? ¿Acaso la visión de la batalla los había inspirado de repente a desear el trono al mismo tiempo? No, eran incapaces de una acción tan decidida.
Eso solo dejaba una explicación.
—Vincent Abellux…
Combatir un sitio con otro. Lamia apretó los dientes al darse cuenta de que su oponente había sido lo suficientemente astuto como para llevar a cabo esta maniobra. La apuesta cara de Vincent, el hombre que la había puesto en esta situación, flotó en su mente, y pensó en lo mucho que lo odiaba.
Era una clásica traición. Lamia, la «Princesa Venenosa», había permitido que el veneno entrara directamente en su círculo más cercano. ¿Cuándo había empezado? Lamia era lo suficientemente perspicaz como para que, en el momento en que tuvo ese pensamiento, se le ocurriera una posibilidad.
—No me digas… ¿Él estuvo confabulando con mi querido hermano Barthroy todo este tiempo?
Barthroy, que había muerto como un perro, que debería haber sido el perdedor definitivo. Los hermanos que había reunido para su causa se convirtieron en la punta de lanza del contraataque de Vincent. Lamia se estremeció ante la posibilidad de que Barthroy la hubiera superado en astucia y al darse cuenta de que Vincent se había empecinado aún más que ella. Quizás incluso permitirle atacar con los cañones de piedra mágica había sido parte de su plan. Eso los sacó limpiamente de la ecuación, dejando una abertura que él podía explotar para atraparla.
Pero ese plan implicaba algo que debería haber sido imposible. Para protegerse de la lluvia de artillería de Lamia, Vincent necesitaba a la niña-perro que era propiedad de Prisca. Y eso significaba que la confianza y la ayuda de Prisca eran indispensables para que tuviera éxito. Todo ello llevaba a una única conclusión:
—Has estado trabajando con él todo este tiempo, ¿no es así, Prisca?
Una alianza secreta entre Prisca y Vincent: esa era la condición previa necesaria para sitiar con éxito a Lamia. Y una vez cumplida esa condición, se intensificó el ataque contra Lamia, que ahora se encontraba en desventaja.
—¡Su Excelencia! Déjenos esto a nosotros. Debe encontrar el camino hacia la «Legión de Poda» y retirarse. —Su comandante, Berstetz, al ver que el enemigo tenía la ventaja, aconsejaba a Lamia que huyera.
Por un segundo, casi escupió la sugerencia por puro despecho, pero Berstetz tenía razón. El juicio frío y racional prevaleció rápidamente; si se quedaba allí, solo podría morir.
—Berstetz, tú estás al mando. Retenlos aquí, aun si la vida te cuesta —le ordenó.
—Sí, Su Excelencia. Cuídese.
Con esa breve despedida, Lamia abandonó su campamento, que se había convertido en un campo de batalla. Solo se llevó consigo a las tropas de élite de su guardia personal. Mientras tanto, Berstetz lanzaba un vigoroso ataque contra los traidores hermanos, pero él ya no ocupaba sus pensamientos. Ella ya estaba pensando en cómo salir de esa situación y planeando lo que haría una vez se librara.
Parecía que siempre le pasaba lo mismo con sus planes.
—Si los controlas con tu emoción, alguien que maneje una emoción mayor puede arrebatártelos. Hay algo más barato y sencillo que los celos o la codicia. Es el miedo.
Lamia casi podía oír cómo los planes se desmoronaban en su mente, y quien los había derribado, quien había destruido todo por lo que había trabajado, no era otro que la persona que se encontraba tranquilamente frente a ella. El subordinado de Vincent, el verdadero asesino despiadado.
—Hola, hola. Siento mucho haber llegado tarde. Intenté darme prisa, de verdad, pero es difícil ser el primer espadachín en el escenario. Aun así, creo que he captado el ambiente que hay aquí. Quizás pueda terminar esto sin una actuación demasiado patética —sonrió, un joven que empuñaba una espada y estaba empapado en sangre.
¿A cuántas multitudes había masacrado? Estaba casi completamente cubierto de sangre salpicada, su inusual kimono estaba tan manchado que era imposible saber de qué color había sido alguna vez. No obstante, lo que hacía tan aberrante al joven no era que estuviera cubierto de sangre de la cabeza a los pies, sino el hecho de que no le importara; era la forma en que se movía y hablaba con total indiferencia, y la presencia abrumadora, casi demoníaca, que desprendía, lo que dejaba claro, sin lugar a dudas, que solo se dedicaba a matar. Eso era lo más extraño y aberrante de él.
—Su Excelencia… —los soldados que vestían la armadura de la «Legión de Poda» dieron un paso adelante, interponiéndose entre Lamia y el joven, y decidieron convertirse en un escudo para que él no pudiera acercarse a ella.
Todos sabían que esa decisión implicaba el suicidio.
—¡Mjm, sí! Resplandecen tanto con una brillante determinación por proteger a su Señora. ¡Es una actitud hermosa! Verdaderamente estupenda. No desapruebo tal tragedia, de hecho, me gusta.
—¡Nunca dejaremos que un monstruo como tú se acerque a Su Excelencia!
En eso, atacó el joven como un rayo; los soldados lo enfrentaron con sus gigantescas tijeras de poda.
En el instante de la colisión, lo que se oyó no fue el terrible sonido de las cuchillas cortando la carne, sino el eco de un gran choque de armas contra armas.
Lamia sabía que sus hombres estaban muriendo; aun así, pasó por encima de los cuerpos inertes de la «Legión de Poda», escapando adonde el muchacho y su espada no pudieran alcanzarla, huyendo a un lugar al que no pudieran seguirla, corriendo más y más.
Y cuando Lamia Godwin finalmente llegó al lugar al que huía…
—Has de no preocuparte, Lamia. Él no te pillará aquí… pues voy a enterrarte con mis propias manos.
… Prisca Benedict la estaba esperando, empuñando la Espada Yang.
Sección 15
—Prisca Benedict. Ese es mi nombre.
Así le había respondido con arrogancia en su primer encuentro en aquella fiesta de jardín. Prisca tenía cinco años en aquel momento; era su primera fiesta de jardín. Vincent, a quien Lamia había estado buscando con tanta insistencia, las presentó la una a la otra, y Lamia se quedó tan impactada que apenas escuchó algo de lo que su hermano dijo después de eso.
Lamia Godwin lo había comprendido instintivamente: esa niña estaba destinada a ser su archienemiga de por vida.
—¿Oh? Soy Lamia Godwin, tu tan querida hermana mayor —se obligó a sonreír, pero Prisca tenía el mismo instinto. Percibió los verdaderos sentimientos de Lamia de un solo vistazo. Desde su primer encuentro, las hermanas se consideraron enemigas.
—…
La única razón por la que Lamia no estranguló a Prisca allí mismo hasta matarla fue porque Vincent las observaba como un halcón. Era un joven inteligente; la tensión entre las dos no se le había escapado.
Lamia había enviado asesinos tras Prisca con bastante regularidad desde entonces, pero siempre había sabido que eso no sería más que un incordio para su hermana. También había reconocido que, mientras Prisca existiera, sería imposible atraer a Vincent a sus filas. Eso implicaba que los dos no eran más que obstáculos en el camino de Lamia.
La libertad de maniobra que creía tener había desaparecido. Entonces, lo mejor sería ponerse manos a la obra.
—Oye, Barthroy, mi querido hermano… ¿Por qué no podemos todos los hermanos celebrar juntos y en paz el cumpleaños de nuestro padre?
—Oh, Lamia… Esa misma pregunta también me aqueja. Pero simplemente no nos es posible.
—¿No nos es posible llevarnos bien? Eso es… Eso es muy triste…
—… —Barthroy no dijo nada.
Lamia, ahora decidida, ya había comenzado a jugar.
Plantó semillas, las regó cuando comenzaron a crecer y cultivó posibilidades. Cuando la profusión de flores comenzó a florecer, las probó para ver cuáles eran venenosas.
—Sí… Tienes razón. Es tal y como dices, Lamia. Ojalá pudiéramos ser hermanos sin herirnos los unos a los otros…
Ella interpretó a la perfección el papel de la hermana pequeña inocente, y Barthroy picó el anzuelo. Parecía profundamente conmovido. De esta manera, Lamia allanó la tierra bajo sus pies, formando el camino que recorrería en el futuro.
Y al final…
—Y pensar que pasé siete largos años tratando de posicionarte cuidadosamente, tratando de convertirte en una flor envenenada para destruir a nuestro hermano Vincent. —No había emoción en la voz de Lamia cuando se detuvo bruscamente al final de su vuelo.
Prisca se encontraba frente a ella sin un solo soldado a su lado. El caso era el mismo para Lamia, que había asignado a su doble para que acompañara a sus guardias, diciéndole que huyera de la forma más llamativa posible.
Aquí, Lamia y Prisca estaban solas.
Lamia no era tan estúpida como para pensar que esto significaba que Prisca la tomaba a la ligera.
—De verdad, eres la hermana menor más detestable de todas… —Lamia se pasó una mano por su cabello mientras observaba a Prisca, que estaba de pie con los brazos cruzados.
Los ojos carmesíes de Prisca estaban lejos de ser fríos; de hecho, ardían intensamente, de igual forma que aquel día en la fiesta de jardín. Prisca miró a Lamia y ella le devolvió la mirada, una imagen especular perfecta de aquel día en que ambas se dieron cuenta de que la otra sería su adversaria a muerte.
—¿Cómo te salvó tu cachorrita de mi ataque de artillería? Si no hubiera sido por ella, podría haberte aniquilado a ti junto con Vincent de un solo golpe.
—Sé lo buena que es tu escucha. Estoy segura de que sabes que Arakiya es lo que llaman una «Devoraespíritus». Su poder depende de los espíritus que consume, y eso debería hacer que tu respuesta sea obvia.
—¿Estás sugiriendo que se comió un espíritu lo suficientemente fuerte como para repeler aquella ofensiva? Dudo que tal cosa… —estuvo a punto de concluir sobre la duda de su existencia, pero entonces se detuvo. Miró al suelo y asintió, como si ahora tuviera sentido—. He estado asumiendo que Vincent, sabiendo que se encontraría rodeado, eligió este lugar porque el castillo era lo suficientemente firme como para repeler a los atacantes. Toda mi premisa fue errónea, ¿cierto?
—Abandonar el castillo era parte del plan de nuestro hermano desde un principio. Eligió este lugar no por sus fortificaciones, sino por la tierra misma.
—Asumo que te refieres, de forma más precisa, al espíritu que se encuentra en letargo en los terrenos, ¿cierto?
Prisca no lo negó. Observando las reacciones de su hermana menor, Lamia comprendió la razón por la que la habían conducido aquí y por qué su bombardeo había fallado.
—La Piedra. Muspel —conjeturó Lamia.
Prisca asintió.
—He aquí uno de los Cuatro Grandes Espíritus, admirado cual santuario inmutable.
Muspel, la Piedra; ese era el nombre de uno de los cuatro espíritus más famosos del mundo. Se decía que el llamado Gran Espíritu vagaba por Vollachia a su antojo. Si uno era capaz de consumir a uno de estos poderosos seres, podría ser posible proteger a su Señora del ataque de artillería de Lamia.
—¿Y tu cachorrita sobrevivió al tomar el poder de uno de los Cuatro Grandes Espíritus dentro de ella?
—Solo consumió una pequeña fracción, e incluso eso habría aniquilado a un recipiente menor. Pero la victoria simplemente no cae del cielo. Siempre hay sacrificios.
—… Supongo que hiciste esto sabiendo lo que pasaría si el Gran Espíritu perdía el control después de ser devorado —dijo Lamia.
Prisca había decidido que su estrategia requería arriesgar la vida de uno de sus confidentes más cercanos. Lamia comprendía ahora que el plan consistía en aprovechar el poder de uno de los Grandes Espíritus. Pero la Piedra era un ser trascendente, imposible de comunicarse con él, y mucho menos de controlarlo o mandarlo. Quizás Arakiya solo había consumido una parte de él, pero siempre era posible que su propio ser fuera consumido a su vez y se descontrolara.
—Tengo otra pregunta —dijo Lamia en un suave murmullo—. ¿Cómo consiguió Vincent atrapar a la Piedra en este lugar? Parece que los humanos no son los únicos a los que nuestro querido hermano puede manipular con sus planes.
—No hay duda de que los planes y la manipulación es en lo que es diestro nuestro hermano. Pero los medios son irrelevantes. Lo único que importa es que yo obtenga mis resultados.
—Sí... Sí, estás en lo correcto.
Prisca, que había decidido que no le interesaba una charla extensa, extendió la Espada Yang. En respuesta, Lamia desenvainó su propia espada del aire y adoptó una postura de combate. Ninguna intentó impedir que la otra desenfundara, pero eso no era una señal de confianza. Atenerse a lo que se sabía que era un hecho no podía llamarse confianza. Las hermanas simplemente estaban conscientes de lo que harían. Sabían que el asunto se resolvería en breve por sus propias manos…
—Siempre te he odiado, Prisca, desde el día en que nos conocimos.
—No has de preocuparte. De todos aquellos cuyos nombres me he molestado en recordar, eres tú a quien más desprecio.
La hermana mayor se enfrentó a la menor, mostrando abiertamente su hostilidad y animadversión. No habrían hecho, ni dicho nada diferente, aunque hubiera sido la última vez que se vieran en sus vidas.
—…
Ambas dieron un paso adelante, cruzaron sus espadas y el mundo se envolvió en un destello blanco, rojo y caliente. Lamia no veía nada a su alrededor; estaba en un mundo en el que solo existían ella y Prisca, y se rio, más segura que nunca de que debería haber asesinado a esta niña cuando se conocieron en aquella fiesta.
Las hermanas se odiaron hasta el final, se insultaron mutuamente hasta los postreros momentos de su relación.
Sección 16
—Prisca y Lamia deben de haber terminado de arreglar las cosas ahora mismo —dijo Vincent, mirando desde arriba a Arakiya, que estaba medio muerta.
Estaba completamente exhausta, apoyada contra un gran árbol con las piernas extendidas, sin fuerzas.
No era precisamente sorprendente; ella había repelido sola un bombardeo de cañones mágicos con el poder de aniquilar a un ejército entero y, para ello, había absorbido a uno de los Cuatro Grandes Espíritus en su pequeño cuerpo. Las consecuencias fueron serias; Arakiya lo había hecho sabiendo perfectamente que podría costarle el alma.
Así, el plan de Vincent tuvo éxito y Arakiya había sido fundamental.
—No debe de haber sido sencillo. Prisca dispone de la fortuna de contar con una buena ayuda, he de admitirlo.
—Lo hice… por la Princesa…
—Sí, de eso tengo certeza. No lo dudo. —Era raro que Vincent elogiara tal lealtad. Casi todos los que servían a la familia imperial eran al menos tan leales como Arakiya, algunos incluso más.
Eso incluía a los soldados personales de Vincent, que habían sido utilizados como carnada para el enemigo, sin saber que el propio Vincent había hecho un acuerdo secreto con Prisca.
—No obstante, supongo que Chisha externará sus pensamientos al respecto —murmuró Vincent.
Miró a Chisha, quien, tras ser atravesado por Arakiya, se había encontrado en medio del choque entre el bombardeo y el poder de uno de los Cuatro Grandes Espíritus. Se le estaba tratando como a un héroe, pero estaba gravemente herido, tanto por dentro como por fuera. Sus posibilidades de sobrevivir no eran mejores que las de una moneda lanzada al aire. Era un estratega listo, un sirviente devoto al que Vincent podría confiarle puestos importantes en el futuro, y aun así, incluso él había sido parte del plan, una forma de dar verosimilitud al ardid para asegurar que pasara desapercibido y tuviera éxito.
No obstante, Vincent estaba seguro de que había valido la pena.
—Cuento con una opinión muy afín a la que Lamia tenía de mí y de Prisca. El Rito acaba de dar inicio, mas he eliminado a mis mayores rivales al trono con esto.
Desde el punto de vista de la ambición y la aptitud, y desde la perspectiva de si tenían alguna posibilidad de obtener realmente el trono, solo Lamia y Prisca habían merecido la pena preocuparse, en opinión de Vincent. Lamentablemente para todos los demás hermanos, ninguno de ellos era rival para Vincent. Aunque había alguno que —si bien no suponía una amenaza para el trono— llegó a sorprenderlo de otra forma.
—De imaginarlo… al parecer, también di un juicio erróneo acerca de mi hermano mayor, Barthroy.
Barthroy Fitts, quien dejó este mundo poco después del comienzo del «Rito de Selección Imperial» y fue eliminado por Lamia. Odiaba la idea de que hermanos se mataran entre sí y había tratado de reducir al mínimo la muerte causada por el Rito con un plan que sorprendió incluso a Vincent.
—Al negarse a participar en el Rito mismo, prometió la sumisión de varios otros hermanos a cambio de mi garantía para sus territorios y personas. Una jugada audaz, como mínimo.
Si hubiera funcionado, Vincent habría tenido que cortar diez cabezas menos para alcanzar el trono. Y si cada uno de ellos hubiera levantado ejércitos personales para disputar la sucesión, la pérdida de vidas habría sido mucho mayor. La propuesta se basaba en una visión del mundo que contradecía la lectura abiertamente más correcta que Vincent tenía de la situación: que ninguno de sus hermanos se le podía permitir seguir con vida.
En términos generales, habían sido dos las claves de su escape del sitio de Lamia. Una había sido Arakiya, capaz de utilizar al Gran Espíritu para neutralizar el ataque de artillería; la otra era la traición que Lamia nunca había previsto, que serían los hermanos y sus ejércitos, que Barthroy había confiado en secreto a Vincent. Era cierto que, si tenían éxito, él estaría esencialmente honrando un contrato con un hombre muerto, pero Vincent no era capaz de considerar simplemente el asunto nulo e inválido. La recompensa no debía ser dispensada en menor medida que el castigo, eso era algo que Vincent siempre tenía presente como miembro de la familia imperial de Vollachia.
Esos hermanos a los que Barthroy había persuadido para que renunciaran a su derecho a la sucesión sin duda luchaban desesperadamente por el triunfo de Vincent, por lo que consideraban su propia supervivencia. Sin conocer nunca la verdadera naturaleza del acuerdo. Barthroy había ocultado la verdad. Siempre había sido tan convincente, dulce y amable para conseguir lo que quería. A Vincent le impresionó especialmente que Barthroy estuviera dispuesto incluso a incorporar su propia muerte en sus planes si con ello conseguía su objetivo. Barthroy Fitts había sido, en realidad, un miembro digno de la familia imperial de Vollachia.
—… —Arakiya, respirando con dificultad, no respondió a las reminiscencias de Vincent.
Al fin y al cabo, nunca había sido más que un leal perro, siguiendo las órdenes de Prisca. No tenía opiniones propias, nunca había necesitado una mente para pensar por sí misma. Era una niña muy útil, alguien que nunca había sido tocada por la ambición o el impulso traicionero. Y aun así, Vincent dudaba que fuera solo su utilidad lo que hacía que Prisca la apreciara tanto.
Había algo más entre Prisca y Arakiya que una simple relación de Señora y sirvienta. Había un vínculo genuino. Arakiya no dudaría en sacrificarlo todo por Prisca, aunque ni ella ni Prisca tuvieran la imaginación suficiente para comprender plenamente lo que eso significaba.
—Has dicho que tu nombre era Arakiya, ¿cierto?
—¿…? Sí… Así es. —Arakiya miró a Vincent con desconfianza. Él se acercó y se detuvo frente a ella, donde lo miraba como un animalito asustadizo, y entonces él le guiñó un ojo.
—Me gustaría hacerte una proposición. Una de parte de mi persona… —Vincent se detuvo y sacudió ligeramente su cabeza hacia los lados. Sin cambiar la emoción de sus ojos oscuros, se corrigió: —De parte de tu emperador.
Sección 17
Habían pasado dos meses desde el intento de sitio a Vincent Abellux.
—¡Maldita seas, Prisca…!
—Silencio, canalla. No gano nada al hablar contigo.
La cara del hombre de cabello largo era una máscara de ira mientras desenvainaba la Espada Yang de la nada. No obstante, el corte semicircular de color carmesí fue interceptado y repelido por un golpe desde arriba, lo que obligó a la espada mágica a salir despedida de la mano del hombre.
Desarmado, el hombre agrandó los ojos al presenciar un destello, un tajo de espada mucho más hermoso y cruel que el suyo…
Y fue lo último que vio.
El corte separó fácilmente la cabeza del hombre de su cuerpo, asegurando su muerte. Los ahora separados cabeza y torso se incendiaron simultáneamente, con grandes lenguas de fuego rojo que redujeron el cadáver a cenizas.
Estos fueron los últimos momentos de Palladio Manesque, hijo de la familia imperial de Vollachia.
—Al final, nunca fuiste más que un hombre anodino. Esa era tu cota máxima.
El juicio de Prisca sobre el destino de este tonto hermano mayor, que se había atrincherado en su castillo para esperar su destrucción, fue severo.
El pequeño convenenciero había trabajado muy duro para aliarse con Lamia y dirigir el «Rito de Selección Imperial». Y tal y como prometió, Prisca le había cortado la cabeza con sus propias manos. Probablemente, el difunto ya no podía disfrutar de ese honor, pero a Prisca no le importaba en absoluto la difícil situación de Palladio. Lo único que sabía era que había eliminado otro obstáculo entre ella y el trono. Ese era el único hecho digno de mención.
—Princesa…
—¿Arakiya? He limpiado por aquí. ¿Cómo va el resto?
—Sin problemas. Se acabó.
Enfundando la Espada Yang en el aire, Prisca se dio la vuelta cuando Arakiya apareció. Había estado ocupándose de los soldados que salpicaban la base de operaciones de Palladio, pero no tenía ni un solo rasguño en su piel expuesta.
Las habilidades del Ojo Maligno de Palladio eran la característica más destacada de su facción, pero carecía tanto del ingenio como de los seguidores necesarios para sacarle el máximo partido. Así que Arakiya se había encargado fácilmente de sus brazos y piernas en otro lugar, mientras Prisca le cortaba la cabeza.
—Lamia era al menos delectable. Nunca imaginé que añoraría a esa villana rencorosa.
—… —Arakiya no respondió.
—¿Qué ocurre, Arakiya? No es propio de ti tal sosiego —Prisca se sentó ostentosamente en el trono de su difunto hermano para luego dirigir una mirada interrogante a la niña silenciosa.
—Oh… —respondió Arakiya finalmente, y luego parpadeó. Después de un momento, dijo: —¿Va a pelear pronto…? ¿Con el señor Vincent?
—¿Mi hermano? Sí… Sí, supongo que sí. Si será pronto, no es algo que pueda decir, mas tarde o temprano tendremos que concluir esto.
Prisca, al darse cuenta de que el comportamiento de Arakiya tenía que ver con la continua existencia de Vincent, se permitió relajarse y esbozar una sonrisa. Vincent Abellux era su mayor oponente en el «Rito de Selección Imperial», su verdadera prueba. Desde el día en que le ayudó a escapar del sitio de Lamia, había visto cómo su ejército crecía cada vez más y cómo él eliminaba a sus otros hermanos —los demás que aspiraban al trono— uno por uno.
Lamia sabía que esto pasaría; precisamente por eso había intentado atacar a Vincent desde el principio, aun si eso implicara colaborar con otros. Si los demás hubieran sido inteligentes, habrían seguido trabajando juntos después de que fracasara el sitio, cuando Vincent se encontraba, al menos nominalmente, en desventaja. Pero habían perdido su oportunidad, y Vincent se había lamido las heridas y aprovechando la ocasión para recuperarse.
—Por tal idiotez, no merecían más que la destrucción —dijo Prisca.
A fin de cuentas, cuando alguien salía victorioso del «Rito de Selección Imperial», lo que le esperaba era el trono del Imperio de Vollachia y todas las responsabilidades que venían con él. Esos hermanos habían demostrado que nunca habrían sido capaces de soportar esa carga. Ahora, con Lamia eliminada y Palladio acabado, lo único que quedaba era…
—Ahh, señorita Prisca, su perspicacia nunca deja de maravillarme. —La conversación entre Señora y sirvienta se vio interrumpida por el ligero golpeteo de unos zapatos sobre el suelo al emerger una nueva figura—. Debo expresar mi profunda admiración.
Prisca apoyó la barbilla en las manos y dirigió sus ojos carmesíes al recién llegado, que hizo una reverencia con elaborada cortesía. Era un joven de cabello blanco. Por un segundo, Prisca cerró un ojo, buscando en su memoria, pero pronto recordó quién era el hombre. Excepto que no se veía exactamente como ella lo recordaba.
Según se acordaba Prisca, la última vez que se vieron, él tenía el cabello negro.
—¿La he sorprendido, su Señoría? Mis disculpas. Mi experiencia cercana a la muerte en nuestro último encuentro parece haber robado el color de mi faz.
—Ya veo. Son cosas inusuales que pasan. Mas me iba a abstener de cuestionarte por tu aspecto, que por un fugaz momento me resultó tan confuso. Eres Chisha Gold, ¿cierto?
—Me siento de lo más honrado de que usted me recuerde —Chisha volvió a hacer una reverencia; en efecto, era el joven que Prisca había visto en su batalla con Vincent.
Prisca, que había estado ocupada al efectuar una lucha con espadas con Vincent para después centrar su atención en Lamia, no conocía los detalles, pero por lo que había oído, Chisha tuvo un encuentro cercano con Arakiya ese día y había sufrido heridas casi mortales.
—He traído un pequeño obsequio en nombre de Su Excelencia para conmemorar esta ocasión. Puede parecer un poco precipitado, pero esperamos que lo acepte.
—Hace unos cuantos minutos que he cortado la cabeza de mi enemigo y mi hermano ya ha conseguido enviar un mensajero a este fuerte. Es muy propio de él. ¿Y qué es este obsequio congratulatorio?
—Un vino de alta calidad, si es de su agrado —Chisha sacó una botella de lo que se consideraba uno de los mejores vinos de la zona.
A pesar de su tierna edad de doce años, Prisca ya estaba familiarizada con el sabor del alcohol. E incluso para alguien que se enorgullecía de tener lo mejor de todo, como siempre hacía, ese vino no era fácil de conseguir.
No obstante, ella dijo:
—Arakiya, destrúyelo.
Tras esas palabras, la botella que Chisha tenía en la mano se hizo añicos, y el sonido resonó en la habitación mientras el vino se derramaba cual cascada sobre la alfombra.
La sonrisa de Chisha era casi reptiliana, y…
—Algunos nobles habrían vendido hasta su alma por una botella como esa.
—Estoy perfectamente consciente de ello. Si no estuviéramos en medio del «Rito de Selección Imperial», incluso podría haberlo aceptado. Mas mi hermano sabrá perfectamente que destruiría cualquier presente que me enviara en este momento.
—Y así lo hizo —dijo Chisha, asintiendo sin mostrar ningún signo de que esto le molestara lo más mínimo.
En la familia imperial de Vollachia siempre se suponía que los regalos tenían algún motivo oculto. Dada la popularidad del asesinato por envenenamiento, habría sido impensable beber sin reparo algo que otro miembro de la familia hubiera enviado sin mayor inspección.
Sin duda, la reacción era totalmente previsible, pero aun así, el joven amigo de Vincent observaba a Prisca con tanta calma como si la emoción se hubiera agotado de su cuerpo junto con el color de su cabello.
—Vuelve y dile a mi hermano que los obstáculos más evidentes han desaparecido y que pronto llegará el momento de que él y yo resolvamos las cosas. Ya no podemos comportarnos entre nosotros como antes, ni deberíamos desearlo.
—Si disculpa mi atrevimiento, señorita Prisca, ¿cree sinceramente que puede vencer a mi Señor?
—Es evidente. Puesto que este mundo está hecho a mi conveniencia.
Chisha respondió a esta expresión de la filosofía de Prisca con una reverencia respetuosa. Prisca apartó la mirada de él, agitando la mano de un lado a otro como si indicara que la conversación había terminado. Esperaba que él volviera con Vincent y le dijera que era hora de prepararse para la batalla final. En cambio…
—Si el mundo se inclina a su conveniencia, ¿cómo luce el futuro para usted?
—¿Qué? —La mirada inquisitiva de Prisca volvió a Chisha, buscando el significado de aquella pregunta tan significativa. Entonces agrandó los ojos, pues alguien estaba arrodillado en el suelo ante ella.
—…
Era Arakiya, con las rodillas en el charco de vino; se inclinaba hacia el alcohol que manchaba el suelo. Mientras el líquido se extendía lentamente, extendió la lengua temblorosa y lo lamió de forma sonora.
—Arakiya, ¿qué estás haciendo? Ninguna de mis asistentes debería rebajarse tanto como para…
—Princesa. Lo… lo siento… —Los ojos de Arakiya se llenaron de lágrimas mientras miraba a Prisca, que la observaba con asombro.
Era la primera vez que veía tanta tristeza en aquella que había crecido como su hermana, e incluso Prisca no pudo evitar quedarse paralizada. Y su asombro no terminó ahí, porque entonces las fuerzas abandonaron el cuerpo de Arakiya y esta colapsó en el suelo.
Arakiya solo dio con dificultad unos cuantos gemidos: «Ah... hh... ¡Agh!». Sus extremidades comenzaron a sufrir espasmos, sus ojos se pusieron en blanco y era obvio que estaba sufriendo en sus últimos momentos.
—… —Prisca solo había estado observando durante un instante antes de que sus ojos revelaran que había comenzado una serie de fríos cálculos.
Ahora que Arakiya estaba al borde de la muerte, innumerables posibilidades se presentaron en la mente de Prisca, surgiendo para después desaparecer.
Una persona común habría tardado demasiado en analizarlas; Arakiya habría muerto mientras tomaban una decisión. Pero Prisca no era una persona común. Tampoco lo era Vincent, que había previsto lo que ella haría.
Por eso, estos hermanos, más unidos entre sí que con cualquier otra persona, no tuvieron otra opción más que entablar un duelo a muerte.
—Condenado idiota —murmuró Prisca, acercándose a Arakiya, quien estaba desplomada en el suelo mientras se retorcía.
Sentó a Arakiya, acomodándola en sus brazos, y —casi con el mismo movimiento— presionó sus labios contra la boca de Arakiya y comenzó a succionar el vino envenenado. Lo escupió a un lado, sorbo a sorbo, como si estuviera succionando veneno de una herida. No obstante, esta toxina era tan potente que había vencido incluso a Arakiya; el simple contacto con ella bastaba para afectar a la mayoría de las personas.

—Grr… —Prisca también sintió los efectos, pero, aunque el veneno le carcomía el cuerpo, siguió succionándolo de Arakiya y escupiéndolo.
—Una pareja de lo más terrible —comentó Chisha, observándolos con verdadera admiración en sus palabras.
Tanto por Prisca, que logró soportar el veneno, aunque fuera por poco, mientras lo extraía de Arakiya; como por Vincent, que había visto que esa era la única forma posible de envenenar a su hermana siempre vigilante. A los ojos de Chisha, ambos hermanos eran obras maestras, conspiradores de ingenio sin igual.
Arakiya había dejado de tener espasmos y, aunque estaba inconsciente, el momento de mayor peligro había pasado. Prisca, que la había llevado hasta ese punto, se limpió los labios y no pudo ocultar el temblor de su voz cuando le preguntó a Chisha:
—¿Cómo convenció mi hermano a Arakiya para que colaborara con él?
—¿No lo sabe? —preguntó Chisha, inclinando la cabeza con cierta confusión, aunque seguía impresionado por su audacia—. Creo que usted, señorita Prisca, está en una mejor posición que yo para comprender el pensamiento de Su Excelencia.
—Jmm… Y aun así, te concedió un papel protagónico en su pequeño acto.
—Solo puedo lamentar no poder corresponder a su amabilidad.
Prisca se levantó lentamente y regresó al trono. Chisha se sorprendió, sin mostrarlo, al ver que aún caminaba con firmeza. Y, del mismo modo, se sintió aliviado cuando la vio apoyarse en el respaldo, revelando el duro precio que el veneno le había cobrado.
No había necesidad de decir lo que Chisha dijo a continuación, pero no pudo evitarlo.
—Señorita Prisca —comenzó.
—Sí, ¿qué?
—Si no hubiera servido a su excelencia Vincent, le habría servido a usted de todo corazón, su Señoría. Es una pena que no haya tenido la oportunidad —dijo él, para después sacudir su cabeza de un lado a otro.
—Ja — rio Prisca como si estuviera exhalando un suspiro agudo.
Después miró a Arakiya, que estaba recostada en el piso, y esbozó una pequeña sonrisa con los labios, que ahora tenían el color de la sangre.
—No tengo necesidad alguna de un bufón carente de gracia como tú. Si tu anhelo es servirme, al menos has de adecentarte. Para un mínimo de belleza. Qué plebeyo tan ridículo.
Exhaló un largo suspiro, pero hasta el amargo final, quiso ser ella misma; insistió en esa última crítica maliciosa.
Y entonces dejó de respirar. Ese fue el final de Prisca Benedict.
Sección 18
—Y así, la pobre y dulce Princesa cayó en el ardid de su enemigo y perdió la vida. El hermano mayor de la Princesa reclamó la victoria absoluta y se convirtió en emperador de la nación, y dicen que aún hoy sigue gobernando y prosperando.
—¡Q-qué historia tan emocionante! ¿Y qué pasó después?
—No hay ningún «después». ¿No te lo he dicho? La Princesa, la protagonista de la historia, muere al final. La historia no puede continuar.
—¿Qué? Pero… ¡pero en ninguna parte se dijo eso! —el muchacho levantó las cejas de forma adorable en su aflicción. Era un estado muy inusual para él.
La hermosa Princesa que le había estado leyendo la historia, bueno, más bien, deberíamos decir Priscilla, inclinó la cabeza. Su cabello naranja caía en cascada sobre sus hombros, brillando al hacerlo. Cruzó los brazos frente a su abundante busto. Y después reprendió al descontrolado niño:
—Qué inusual, Schult. ¿Es que te has vuelto tan altivo como para criticar la historia que elegí para contarte? ¿Qué parte del cuento te ha disgustado tanto? Dímelo, si puedes.
—¡Sí, mi Señora! ¡La Princesa de ese cuento era mucho muy trágica! Muy en efecto, trabajó muy duro e hizo su mejor esfuerzo, pero su hermano la engañó, al igual que su «perro», y también… ¡Oh, es que no sé qué hacer! —Schult infló sus mejillas de un rojo intenso.
Priscilla sintió que esbozaba una pequeña sonrisa. Había modificado algunos detalles, pero su historia seguía en gran medida los hechos reales. Por eso, la reacción de Schult era conmovedora, dado que él mismo conocía a la «trágica Princesa». Aun así…
—Sin importar cómo te sientas al respecto, la Princesa ya está muerta y la historia llegó a su fin. Es inalterable. Esa es la naturaleza de los cuentos que contamos.
—Ohh… Pero eso es mucho muy triste. Y hiere muchísimo.
—¿Y qué has de hacer al respecto? ¿Perder el tiempo quejándote y afligiéndote?
Si esa era la forma en que pensaba comportarse, la opinión que Priscilla tenía de Schult cambiaría drásticamente. De hecho, el futuro de Schult dependía de cómo respondiera a una historia que ella le había contado por capricho.
Schult no era consciente de ello, ya que cruzó sus cortos brazos y asintió distraídamente. Priscilla no le presionó, sino que esperó a saber cuál sería su respuesta. Tras un rato, Schult descruzó los brazos, miró a Priscilla y dijo:
—En ese caso… ¡En ese caso, muy en efecto, yo mismo escribiré el resto de la historia!
—¿Qué? —ella levantó una ceja. Nunca habría imaginado esa respuesta. Schult respondió apretando su pequeño puño con determinación.
—Señorita Priscilla, muy en efecto, usted dijo que la historia llegó a su fin. ¡Pero me voy a imaginar muchísimo en lo que pasó después, para que la Princesa no tenga que sufrir un final trágico!
—… —Priscilla no dijo nada de inmediato. Así que Schult, con su modesto dominio del lenguaje, iba a tejer la continuación de una historia que se suponía que había terminado. Priscilla dio un largo suspiro y luego cerró un ojo pensativamente—. Continuar lo que ya ha terminado, ¿eh? Bueno, ¿cómo dará continuación? ¿Qué futuro le darás a una Princesa extinta, Schult?
—Bueno, uhm… Bueno, primero, muy en efecto, la Princesa bebió el veneno, ¡pero no murió por eso! ¡Cayó en un sueño mucho muy profundo, y después, se despertó de nuevo!
—Joh. Se despierta, ¿no es así? ¿Y a qué se debe eso? El veneno era mortífero. Lo suficientemente fuerte como para matar a una persona sin esfuerzo.
—¡Muy en efecto, pero la Princesa y su perro tomaron la mitad! ¡Es por eso!
Sí, había suficiente para matar a una persona entre los dos, pero al tomar solo la mitad cada uno, ni la joven Princesa ni su perro murieron. La simple lógica de ello, la aplicación ciega de la aritmética básica, era profundamente infantil, pero así era como Schult intentaba explicarlo, y Priscilla no discutió con él. En cambio, simplemente le despeinó su cabello rosa y sonrió.
—¿Señorita Priscilla? —dijo él.
—Piensas cosas de lo más extrañas, Schult. Reescribir una historia finalizada para que se ajuste a tus caprichos… Vaya arrogancia supina, ¿no crees? ¿Acaso no es como escupirle en la cara a quien originó la historia?
—Uhm, ¿estuvo mal que lo hiciera?
—¿Por qué habrías de estar mal? No hay nada malo en tomar una historia que no puedes aceptar y trocarla a una que se adapte a tu antojo. Nada malo en lo absoluto. De hecho, estoy asombrada.
Si Schult se hubiera limitado a llorar hasta quedarse dormido de pura frustración, era casi seguro que Priscilla lo habría desechado sin remordimientos y sin dudarlo, como si fuera nada más que un niño mimado. Pero Schult había estado a la altura de sus expectativas.
—Espero que me relates la continuación de la historia de la pobre Princesa. Cuéntame la historia que se ajuste a tu persona.
—¡…! ¡S-sí, su Señoría! Muy en efecto, primero, ¡la Princesa no murió por el veneno! Y luego alguien mucho muy amable la ayudó…
Schult, con los ojos brillantes ahora que tenía el permiso de Priscilla, comenzó a tejer el resto de la historia. Priscilla apoyó la barbilla en una mano y observó al eufórico muchacho continuar con la historia, mientras con la mano desocupada acariciaba suavemente la cubierta del libro. El libro la había inspirado para relatar este cuento. No podía expresar lo valioso que era recibir esa inspiración. Para algunos, podría no parecer tener valor alguno. Para aquellos que no sabían nada, el libro podría parecer simplemente una profusión de letras sin sentido. Pero para ella…
—¿Señorita Priscilla? ¿Me está escuchando?
—Por supuesto que sí. ¿Pues quién crees que soy? —Priscilla volvió a acariciar la cabeza de Schult y sonrió. Recordaba otra cabeza que solía acariciar, sonriendo también en ese otro tiempo…
Sección 19
«Prisca no puede vencerme. Ostenta más debilidades que yo. Por consiguiente, si nos enfrentamos, Prisca morirá, es inevitable.
No obstante, ni siquiera yo poseo el deseo de matar a la hermana menor que más aprecio. Y por eso, como corresponde al asombro causado por tus acciones de hoy, te concedo una oportunidad. Una coyuntura para salvar a Prisca.
En lo que respecta a cómo…»
—…
—Por fin te despiertas, ¿eh? —Alguien, solo un rostro de perfil, le habló cuando abrió los ojos en la cama.
Se encontró mirando un techo desconocido, pero una rápida mirada al lado reveló a un hombre con una vestimenta muy inusual, completamente blanco de pies a cabeza. El nombre del hombre… Era…
—Estás… todo blanco…
—Soy Chisha Gold. Me gustaría que al menos hicieras un esfuerzo por recordar mi nombre. Es solo mi opinión, por supuesto. —Chisha, como se hacía llamar, no mostró ningún cambio en su expresión a pesar de su queja.
La niña en la cama, Arakiya, no prestó atención a su objeción. Sentía que algo estaba mal; a lo que colocó una mano en su ojo izquierdo. A veces, el mundo se veía borroso al despertar, pero la neblina que lo cubría en ese momento era diferente de alguna manera. Era casi como si no pudiera ver por el ojo izquierdo.
Cuando vio que Arakiya se tocaba el párpado con los dedos, Chisha le explicó con calma:
—Considéralo el precio que pagaste a cambio de conservar tu vida. Muy similar a cómo yo me volví blanco como la nieve. Pero lo importante es que, efectivamente, los dos estamos vivos.
Arakiya no se sorprendió especialmente al enterarse que había perdido el ojo. Había hecho lo que hizo sabiendo perfectamente que podría costarle la vida. El hecho de que siguiera allí era lo más sorprendente.
Además, el que estuviera viva significaba que el plan de Vincent había tenido éxito. De lo contrario, el veneno seguramente la habría matado.
—La Princesa… ¿Dónde?
—¿Te refieres a la señorita Prisca? Me temo que está muerta.
—¡…! —Arakiya contuvo el aliento.
Chisha sonaba tan tranquilo como cuando le había explicado lo de su ojo, pero ella no podía ignorar lo que acababa de decir. Abrió ampliamente el ojo derecho, el único que le quedaba, y se abalanzó violentamente sobre Chisha, tratando de retorcerle su pálido cuello.
—¡Uy! Ahora no, todavía estás convaleciente. Cálmate, linda perrita.
—¡Aahg!
Tan pronto como habló —casi como si lo hiciera en broma— algo duro la golpeó en la frente y sintió que se quedaba sin fuerzas. Parpadeó, tratando de comprender lo que había pasado. En el borde de su visión, vio una cara borrosa pero sonriente. La figura se agachó frente a ella, mirándola fijamente donde había caído: era el chico de cabello azul.
En el instante en que se dio cuenta de quién era, Arakiya, que pocas veces mostraba sus emociones, sintió como si su corazón se rompiera en mil pedazos.
—Bufón sonriente…
—¡Ja, ja, ja! Sé que debes estar feliz de verme, pero no hay necesidad de que te llames así. Después de todo, ¡no hay persona viva que pueda evitar sonreír cuando ve mi cara!
—… —Con el ojo que le quedaba, Arakiya miró con odio al chico que le había empujado un dedo contra su frente, revelando un deseo bastante obvio de querer matarlo.
Chisha sacudió lentamente la cabeza de un lado a otro y dijo:
—Permite que me disculpe por su torpe parloteo. Y también por mi respuesta propensa a sufrir malentendidos. Reitero que la señorita Prisca está muerta. Sin embargo, tu Princesa sigue con nosotros en este mundo.
—Pero… eso…
—Su Excelencia cumplirá su palabra. Te convertiste en el veneno que acabó con la señorita Prisca y, por esa razón, él no perjurará. Aun así…
—Nunca podré… ver a la Princesa…
—… En efecto —dijo Chisha en voz baja mientras asentía.
Arakiya prácticamente lo ignoró; se presionó el ojo izquierdo con la mano y contuvo el aliento.
«Vincent mantendrá su palabra». Si lo que Chisha había dicho era cierto, entonces Prisca estaba muerta, pero había sobrevivido. El «Rito de Selección Imperial» había terminado para ella con la traición de Arakiya.
—Princesa… —Arakiya recordó la hermosa cara que había pasado tanto tiempo estudiando.
¿Ahora odiaba a Arakiya? ¿Odiaba a Arakiya, quien cedió al plan de Vincent y se convirtió en veneno para ella? ¿A Arakiya, quien fue incapaz de tener fe en el triunfo final de Prisca y, en cambio, actuó por iniciativa propia para salvar a su Princesa de la muerte?
No era que Arakiya se hubiera dejado embelesar por la magia de las palabras de Vincent. Si Prisca realmente no podía esperar vencer a Vincent, no era por una cuestión de fuerza o ingenio. Era por una del corazón. Prisca era profundamente compasiva, muy amable. Por eso no podía esperar derrotar al frío y cruel Vincent.
—Oh… Ohh…
—Oh, cielos, empezó a llorar. Chisha, ¿qué hacemos con la perrita? Su Excelencia dice que ahora es un perro callejero.
—Se me ha dicho que su curso de acción se dejará a su discreción. De cualquier forma, ¿qué hay de ti? Se está corriendo la voz sobre la brutalidad con la que aniquilaste a la «Legión de Poda».
Chisha y el chico charlaban a los pies de Arakiya; ella se cubrió la cara con las manos y lloró. Ignoró por completo a los otros dos; en cambio, lloró y, mientras lo hacía, rezaba. Aunque era una «Devoraespíritus», una bárbara sin nada a lo que rezar, le clamó al cielo. Suplicó que lo que la dueña de su corazón siempre había dicho fuera cierto.
«Que este mundo…»

Sección 20
—… está hecho a mi conveniencia —murmuró la chica, sujetando su cabello naranja mientras el viento intentaba levantarlo y agitarlo a sus espaldas.
La hermosa joven estaba de pie en un campo herboso, contemplando una tumba construida a la sombra de unos árboles. La lápida tenía grabadas las palabras «Prisca Benedict»; nombre de un miembro de la familia imperial de Vollachia quien falleció en combate. La joven la contempló y sus ojos carmesíes se arrugaron por una sonrisa.
—Princesa, va a morir de frío si se queda ahí con este viento —dijo alguien detrás de ella.
Era una anciana, vestida con indumentaria de noble que llevaba con tanta naturalidad como si hubiera nacido con ellas. Varios pajes se encontraban detrás de ella, y su aspecto indicaba que la mujer era todo lo que parecía ser. Era igualmente obvio que la joven a la que la anciana mostraba tanto respeto ocupaba una posición más augusta que la suya.
—Princesa —repitió la anciana—, por favor, escúcheme…
—Cesa ya de «Princesa». Es una necedad. Prisca Benedict está muerta y enterrada. Y siendo así, no puede ser correcto el llamarme Princesa. Se supone que soy tu preciosa nieta.
—… —La anciana inclinó la cabeza. La actitud de la chica era terriblemente engreída para ser una nieta.
La chica podía sentir el gesto de sumisión detrás de ella.
—Jmm —dijo y volvió a mirar la tumba.
Aquellos que morían en el «Rito de Selección Imperial» no se les solía conmemorar con tal cosa. No había piedad para los vencidos; tal era la índole del Rito que los perdedores solían ser reducidos a cenizas, sin dejar ni siquiera un cadáver. Así que esta lápida para una tal «Prisca Benedict» era algo fuera de lo común. También lo era el hecho de que el cuerpo de una niña yacía enterrado debajo de ella.
—Se parecía tanto a mí… Pensar que me serviría dos veces.
Pensó en la doble que se había sacrificado contra los asesinos enviados justo antes de que el Rito comenzara. Una chica con el mismo cabello naranja que la Princesa a la que había protegido con éxito. Su cuerpo había sido tratado con respeto, devuelto a su familia junto con una compensación adecuada. Pero ni siquiera en la tumba se la dejó en paz; le habían asignado un nuevo papel. Desempeñaría lo que le correspondía a Prisca Benedict, en la muerte como lo había hecho en vida.
—Algo valioso —fue todo lo que la joven dijo, para después abrir de un golpe el abanico plegable escarlata que tenía en la mano. Se lo había quitado a su repulsiva hermana mayor, y ahora se abanicaba con él mientras volteaba hacia la anciana y los pajes que esperaban detrás de ella. Y finalmente…
—Princesa…
—¿Cuántas veces tengo que decirte que has de no llamarme de tal forma? La Princesa que ostentaba tal título murió de forma lastimera. Trágica, quizás, mas era lo que se merecía por su incapacidad para aliviar las ansiedades de sus seguidores. La que tienes ante ti ahora es… Mhmm. De muevo, ¿cómo era? —la chica inclinó la cabeza con curiosidad.
La anciana cerró los ojos y, tras un instante, respondió:
—Priscilla.
—Sí, justo ella —la chica asintió lentamente y cerró el abanico de un golpe.
Su hermana mayor solía guardarlo entre su escote, y la chica no podía hacerlo, pero quizás en un futuro próximo podría. Porque estaba viva. Y mientras se estuviera vivo, había un futuro próximo. Y en dado caso…
—Eso significa que podemos continuar. Después de todo…
Levantó la vista hacia el cielo. Flotando en un cielo de un azul casi repugnante, el sol brillaba con tanta intensidad que casi parecía escarlata. Extendió una mano como si fuera a asirlo y aún podía sentir el calor de la Espada Yang contra su palma.
Confortada por el calor, la niña —Priscilla— sonrió y concluyó:
—… este mundo está hecho a mi conveniencia.
FIN