El Palillero
Capítulo 4
El Palillero
Sección 1
Las escaleras hacia el segundo piso, Electra, eran lo bastante imponente como para ser llamadas una gran escalinata.
Comparadas con los distintos tramos de escaleras entre el sexto, quinto y cuarto piso, tanto el ancho como la altura de los peldaños estaban ampliados. Llenaban por completo la sala, así que lo desmesurado del asunto se explicaba por sí solo.
—No hay forma de que esto estuviera aquí antes… ¿verdad?
—Es difícil imaginar que hubiéramos pasado por alto una escalera tan evidente. Sin embargo, no puedo negar que no me percaté de la existencia de la sala en sí.
—En cuanto a esa sensación rara al buscar por aquí, creo que sé a qué te refieres totarmente.
Anastasia y Julius asintieron. Subaru estaba confundido por lo fácil que parecían aceptarlo, pero entonces Emilia levantó la mano.
—Más o menos cuando Subaru aún dormía, todos nos reunimos en el cuarto piso. Rem y Patrasche estaban descansando en la Sala verde, y nosotros estábamos intentando resolver el acertijo en el tercer piso, así que todos estuvimos dando vueltas tratando de ver en cuál habitación poner nuestro equipaje…
—En aquel momento, de alguna manera todos evitamos esta habitación, de hecho. Ahora que lo pienso, fue inconscientemente, pero…
—Puede ser que algo del exterior estuviese impidiendo que nuestras mentes procesaran que aquí había esta habitación, ¿o algo así?
Emilia y el resto del grupo, que habían sido los primeros en llegar al cuarto piso, asintieron todos. Era un punto ciego mental del que empezaron a darse cuenta una vez que se completó el examen del tercer piso. Y viéndolo así, la existencia de la gran escalera casi se sentía natural.
—Bueno, sin eso, cualquiera que estuviera aquí cuando se resolviera el rompecabezas de la losa de piedra en el tercer piso podría quedar aplastado…
—Subaru, no es una losa, sino un MONOLITH. Refirámonos a eso de la misma manera. Me gustaría evitar confusiones.
—¡MONOLITH, MONOLITH, MONOLITH! ¿Satisfecho? Continuemos.
Algo molesto, Subaru replicó de forma mecánica antes de volver a mirar la escalera.
Era larga y recta, lo suficiente como para saltarse el tercer piso y llegar directamente al segundo. Por la forma en que estaba construida, casi parecía que al seguirla uno saldría directamente de la torre—
—Tal vez es ahí donde entra en acción el POWER del misterio…
—O tal vez solo parece conducir al segundo piso, pero en realidad lleva a un sitio completamente distinto… ¿Sería eso demasiado ruin?
—Tengo miedo de que la pureza de Emilia-tan se vea manchada por la horrible personalidad del creador de la torre. Quiero conquistar este lugar lo más rápido posible.
Era de gran ayuda que Emilia colaborara para descifrar la disposición de esta torre tan sádicamente diseñada, pero Subaru no podía evitar preocuparse por si eso deformaba su personalidad.
—Aun así, nuestro PACE ha sido bastante bueno hasta ahora. He superado el examen del tercer piso en mi primer intento y ya hemos conquistado un tercio de la torre en menos de tres días.
—Es un ritmo bastante irrazonable si pensamos que no ha habido ningún progreso en más de cuatrocientos años.
—Dicho así, suena un poco loco… No, pero inesperadamente, soy un hombre que mueve la historia que ha permanecido inmutable durante siglos. “Un hombre que mueve la historia” … Eso suena bien.
—Si lo pienso, formé parte del grupo que derrotó a la Ballena Blanca, aplastó al Arzobispo de la Pereza y exterminó al Gran Conejo. Ayudé a superar las pruebas del Santuario de la Bruja de la Avaricia, vencí al Arzobispo de la Avaricia y llegué a la Atalaya Pléyades, donde nadie había llegado antes. Incluso superé el primer examen, que nunca antes se había enfrentado nadie, y ahora estamos a punto de afrontar el segundo.
—Si me limito a enumerar todos mis logros y saltarme el proceso, solo pareceré un idiota.
—En todo eso morí una y otra vez, así que no es que todo haya sido color de rosa, pero aun así, este último año ha estado lleno de momentos históricos para este mundo.
—No lo hago a propósito, pero… cuidado, mundo, que aquí voy.
Esa era la sensación.
—Eh… ¿Uy? ¿Qué pasa, Emilia-tan? ¿Por qué de repente tomas mi mano?
—… No. Es solo que creo que Subaru debería ser un poco, solo un poco más amable consigo mismo.
—Al contrario; te costará encontrar a alguien que sea tan blando consigo mismo como yo. Ya es suficiente con Emilia-tan y Beako, más es demasiado.
Y si Rem despertara, estoy seguro de que también sería amable. Firme, pero amable.
Y Petra, Patrasche, Garfiel y Otto también. Con todos ellos alrededor, no había espacio para que Subaru se diera más indulgencia.
Los labios de Emilia temblaron como si quisiera decir algo, pero simplemente lo miró sin encontrar las palabras.
—... Creo que esto de Natsuki es un problema que viene de lo má’ profundo de su ser. No es argo que vaya a mejorar en un día o dos.
—Es porque siempre dices cosas así, Anastasia…
—Eeey, ¿cuándo vamo’ a dejar de perder er tiempo y subir? Lo que sea que esté esperando podría ser má’ difícir que er tercer piso… O tar vez Natsuki termine completándolo de inmediato.
—A decir verdad, si se trata de algo tan molesto como el acertijo del tercer piso, no me siento tan confiado.
Era pura casualidad que Subaru hubiera logrado resolver el examen del tercer piso.
Si Flugel era un viajero errante del mismo mundo que Subaru, como él sospechaba, entonces era posible que la prueba del segundo piso también requiriera conocimientos modernos de su mundo, pero…
—Si es algo que no sé, hasta ahí llegué… Se llama Flugel, así que, si sale algo de la historia alemana, no hay mucho que pueda hacer.
—Flugel significa “ala” en alemán, si no recuerdo mal. No tengo ni idea de si tiene alguna conexión, pero si Flugel realmente fuera alemán, estaríamos fritos.
—… No hay de otra. Las escaleras están justo enfrente. No puedo llamarme a mí mismo un hombre si doy un paso atrás ahora. Vamos a entrar ahí y superar el desafío.
—Por desgracia, aparte de ti y de mí, todos aquí son mujeres.
—¡Es solo un decir, no lo estropees! ¡Bien, vamos, Beako!
—¡Nkyah, de hecho!
Antes de que su ánimo decayera, Subaru alzó a Beatrice y empezó a subir corriendo las escaleras, decidido a tomarlas de un tirón.
—¡Dadadadadadadadadaaa!
—¡Ah, Subaru, espera!
Siguiendo la estela de su frenética carrera, Emilia y el resto del grupo tomaron las escaleras. Subaru y Beatrice iban en cabeza, guiando a los demás.
Beatrice se acomodó con destreza entre los brazos de Subaru, entornando sus ojos azules.
—Como pensaba, hay algo que altera la percepción del espacio aquí, supongo. No hemos salido de la torre aunque hayamos avanzado tanto en línea recta, de hecho.
—O tal vez la torre tenga realmente esa forma, pero no lo notáramos desde el exterior.
—¿Para que solo sobresalga esta escalera? Si fuera así, entonces tiene que haber algo que haga que la torre parezca una torre; de lo contrario, no tiene sentido ocultar la escalera, de hecho.
—Supongo que sí. Simplemente quise decirlo en voz alta.
De acuerdo con la teoría de Beatrice, Subaru levantó la vista mientras jadeaba un poco.
Era extraño. Incluso después de haber corrido tanto, no había señales del siguiente piso. Por más que avanzaba, se sentía como si estuviera subiendo por una escalera mecánica que bajaba.
—¡La idea de Emilia empieza a sonar mucho más probable…!
Ella había mencionado la posible existencia de una escalera que no conectara realmente con el piso superior. Justo cuando ese pensamiento hizo que Subaru se estremeciera, el espacio sobre su cabeza se abrió de repente.
—U… ¡¿Eh?!
La aparentemente interminable escalinata terminó de pronto en una luz blanca que envolvió a Subaru y Beatrice.
Las escaleras se cortaron de golpe, y Subaru se tambaleó al detenerse en lo que, en algún momento, se había convertido en una nueva sala.
Era—
—¿Otra habitación blanca…?
—Sí, supongo.
Deteniéndose en seco, Subaru bajó suavemente a Beatrice al suelo.
Ante sus ojos se desplegaba un espacio blanco, idéntico al del examen del tercer piso. El suelo y el techo parecían infinitos, creando un entorno incomprensible que desorientaba por completo la percepción de la profundidad.
—Ah, ¿esta sala de nuevo?
Lo único que destacaba como diferente en ese mundo blanco era la escalera que acababan de subir. Emilia y el resto, que habían seguido a Subaru, comenzaron a aparecer uno tras otro desde ella.
Anastasia, que fue la última en llegar, miró a su alrededor con inquietud.
—¿Otra habitación blanca? No me digas que de arguna forma volvimo’ al tercer piso.
—No lo creo. Eran cincuenta y cuatro escalones para subir del cuarto piso al tercero, pero esta vez fueron cuatrocientos cuarenta y cuatro. Es casi diez veces más pasos.
—¿L-los contaste, Emilia-tan?
—Juju~, la verdad es que contar el número de escalones es un pasatiempo secreto que adopté hace poco… ¿Por qué me acaricias la cabeza?
—E-en fin, es una gran observación, Emilia-tan. Si esto realmente es el segundo piso, como esperamos, entonces…
—El Examen debería comenzar, de hecho. Quizás eso de ahí lo inicie, supongo.
Evitando responder a la pregunta de Emilia, Subaru miró hacia donde Beatrice estaba señalando: justo delante de donde terminaba la escalera. Allí había un objeto que imponía su presencia.
—…
En el tercer piso, Taygeta, también había algo así en el centro de la sala. Tocarlo había sido la señal para comenzar la prueba. Si el sistema era el mismo, entonces, lo más probable…
—No es un MONOLITH, sino… una espada.
Comentó Julius, entrecerrando sus ojos dorados mientras observaba el objeto clavado en el suelo blanco en medio de la habitación.
Tal como dijo, era distinto de la losa del tercer piso.
Una espada estaba plantada con la punta hundida en el suelo. La hoja desnuda, erguida hacia arriba, le resultaba terriblemente hermosa a Subaru.
No tenía adornos ostentosos. Y no podía opinar sobre la calidad de su forja o su material. Pero tal como estaba, sin ornamentos innecesarios, compuesta solo del mínimo acero necesario, le transmitía una belleza pura.
—Por la atmósfera que la rodea, debe ser una Espada de Selección.
—…
Julius alzó una ceja ante el comentario de Subaru, pero logró contenerse. Dejando de lado su sorpresa, Subaru miró primero hacia Shaula. Las palabras “¡Lo que me preguntes, no lo sé!” estaban escritas por todo su rostro, así que ni se molestó en abrir la boca.
—Subaru…
—Creo que irá bien. Considerando el del tercer piso, esto tampoco debería ser una trampa que provoque una muerte instantánea.
Asintiendo hacia Emilia, que lo miraba preocupada, Subaru se acercó lentamente a la espada. No había forma de saber qué ocurriría en el momento en que la tocara, así que se aseguró de advertir a todos con suficiente antelación.
—Ten cuidado si Anastasia sale huyendo. Son unas escaleras muy largas; así que, si la empujas accidentalmente, ella seguirá rodando hasta morir.
—Lo tendré en cuenta. También deberías estar atento por la señorita Emilia y la señorita Beatrice.
—No hay problema. Yo protegeré a Subaru.
—Sí, dejaré que me protejan.
Emilia le mostró a Subaru un pulgar arriba, y Julius dejó escapar un ligero suspiro ante lo entusiasmada que estaba. Viendo eso, Subaru se colocó frente a la espada.
Estaba lo bastante cerca como para tocarla. En ese momento, la situación empezó a sentirse real. A diferencia del monolito, no parecía ser algún objeto misterioso.
—Aun así… pensar que llegaría el día en que me enfrentara a algo tan clásico de una fantasía ortodoxa…
Murmuró Subaru frente a la espada clavada en el suelo.
Tomó aire y luego extendió la mano para agarrar la empuñadura.
Fue justo entonces cuando ocurrió.
—Gánate el permiso del tonto que ha alcanzado la Espada Celestial.
—¡Ngh!
Una voz que evitó sus oídos y resonó directamente en su cabeza anunció la explicación de la prueba.
Esta vez, al esperarlo, Subaru logró evitar la vergüenza de dejar caer la espada, pero la comunicación misteriosa seguía resultándole desagradable.
—Probablemente porque la voz en mi cabeza suena tanto como la mía.
—Se siente como marearse en un carro… Supongo que todos se sienten igual.
—¿Solo fui yo o ellos también lo escucharon?
Con el monolito, había sido para todos, no solo para quien lo tocara, así que esperaba lo mismo. Pero al girarse, lo notó.
—…
Todos estaban mirando más allá de Subaru.
Atraído por sus miradas, volvió a girarse. Del suelo, justo frente al lugar donde había estado clavada la espada, emergía una única sombra.
—Gánate el permiso del tonto que ha alcanzado la Espada Celestial.
Se pronunció con un murmullo tranquilo, pero resonó con fuerza en los oídos de Subaru.
Era la misma línea que había escuchado al sacar la espada, pero ahora dicha con una voz real por la persona frente a él, en lugar de resonar directamente en su cabeza.
—Gánate el permiso del tonto que ha alcanzado la Espada Celestial.
Su cuerpo se estremeció al oírlo. No podía decir si era miedo, emoción, placer o tristeza. A nivel instintivo, percibía una diferencia de poder capaz de provocar pánico.
—A esta distancia, puedo decir que mi vida está en la palma de su mano solo por el sonido de su voz.
—Gánate el permiso del tonto que ha alcanzado la Espada Celestial
Era un hombre con una sencilla, pero larga, melena roja, que caía sobre su espalda.
Era bastante alto. Le sacaba una cabeza a Subaru, su cuerpo estaba lleno de grandes músculos acordes a su estatura.
No vestía armadura, sino un simple kinagashi carmesí que no le proporcionaba protección alguna y sin cubrir su hombro derecho, dejándolo a la vista junto con el lado derecho de su torso, y dejando ver que su cintura estaba rodeada con una banda blanca muy ceñida.
Su cabello rojo como las llamas llegaba hasta la mitad de su espalda, y su ojo izquierdo estaba cubierto por un parche negro tosco. Para terminar, su ojo derecho, que estaba descubierto, era azul como un cielo inalcanzable.
Sin duda, era una belleza tan absoluta que haría a cualquiera, sin excepción, girarse para echar un vistazo; una imagen digna de enmarcar, salvo por su sonrisa salvaje y cruel, llena de locura, que estropeaba toda la imagen.
Demasiado apuesto para un animal tan feroz.
La bestia feroz más hermosa que haya existido en este mundo haciendo que Subaru olvidara respirar en su presencia.
—Eep…
Lo que finalmente rompió el hechizo que hacía parecer que el tiempo estaba detenido fue un quejido. Hubo un leve thud y, enseguida, el grito de una niña pequeña.
—Ahhh…
Subaru no pudo apartar los ojos, pero, apenas con el rabillo de la vista, distinguió a una mujer de cabello negro caída de espaldas en el suelo—Shaula, desplomada junto a Meili, quien no tenía idea de lo que había pasado.
—N-nooo…
Shaula estaba tan afectada que parecía a punto de orinarse del miedo.
Si hubiese podido, Subaru habría obedecido a su instinto, que le gritaba que saliera corriendo de la habitación de inmediato.
La única razón por la que no lo hizo fue que sus piernas temblorosas no se lo permitieron.
—Ngh…
Tragando saliva, forzó sus párpados a cerrarse un instante para calmarse, y luego, sin apartar la vista del hombre, dio un solo paso atrás. Sujetando la espada con la mano derecha y la de Beatrice con la izquierda, tiró de ella para acercarla.
—E-Emilia…
—Lo… sé…
Cuidando de no dejarla atrás, Subaru llamó a Emilia, que también se encontraba paralizada. Su voz temblaba al asentir. Incapaz de controlar el temblor de sus rodillas, Subaru retrocedió lentamente al mismo ritmo que ella.
—Gánate el permiso del tonto que ha alcanzado la Espada Celestial.
A pesar de que pusieron distancia entre ellos, el hombre no se movió. Solo repitió esas palabras.
—Gánate el permiso del tonto que ha alcanzado la Espada Celestial.
Retrocediendo con cada fibra de su atención puesta en aquel hombre, Subaru llegó junto a Shaula, que seguía desplomada en el suelo con el rostro torcido por el miedo, mientras Meili le sostenía el brazo sin poder moverse.
—Gánate el permiso del tonto que ha alcanzado la Espada Celestial.
El pareado que repetía era la señal para el examen de Electra.
—Tenía que haber una razón para que lo repitiera. Las palabras que escuché al sacar la espada, y él repitiéndolas… Insensato, sanción…
—Gánate el permiso del tonto que ha alcanzado… El Tonto… Celestial…
—¿Eh?
Los pensamientos de Subaru se aceleraron mientras una conclusión aterradora comenzaba a tomar forma. Y justo en ese momento, la voz del hombre cambió.
Un cambio lo bastante potente como para sacudir a Subaru y a los demás.
—El permiso… del tonto… Espada Celestia… aa… o… ooa… ooh… a…
—¿Qu… qué? ¿Qué… qué… qué va a pasar?
—A… ah… ¡¡AAAAAAH… GH!!
—¡Eeeek!—¿Ah?!
El habla del hombre comenzó a descomponerse, hasta que de pronto explotó en un grito repentino.
Ante ese estallido, Shaula soltó un quejido ahogado y, incapaz de soportarlo, saltó sobre Subaru.
Se aferró a él como si le fuera la vida en ello, y Subaru, sin poder sostenerla bien, cayó rodando.
—¡Eso duele! Shaula, ¿qué—?
—¡Hyaaaaaaa! ¡GranMaestroGranMaestroGranMaestro, sálvemeee! ¡Nooo! ¡Sálvemeee!
—¡¡CALLEN DE UNA VEZ!! ¡Mi cabeza de por sí está matándome! ¡PAREN DE GRITAR!
—Ah…
Antes de que Subaru pudiera calmarla, Shaula alcanzó su límite mental.
Se desmayó y quedó completamente inmóvil, un giro total respecto a lo mucho que había forcejeado antes. Sus brazos seguían aferrados con fuerza a la cintura de Subaru, pero estaba fuera de combate.
—No puede ser… ¿Tú…?
—Bukubukubukubuku…
Con ese murmullo, convenientemente dejaba claro que había perdido el conocimiento. Una retirada total de la primera línea.
Su reacción estaba completamente fuera de las expectativas de Subaru. La fuerza de combate de Shaula era real, así que que estuviera tan aterrada…
—Parece justo asumir que no eres una persona común.
—¿Ah?
Un solo paso resonó mientras el hombre, molesto, gruñía.
Era la suela de un zapato blanco golpeando el suelo, al avanzar un elegante caballero. En su mano estaba la espada que Subaru había dejado caer cuando Shaula lo derribó. Era Julius, con el rostro tenso.
—Oye, tú, ¿qué acontece? ¿Qué es este lugar? Estás jodiendo, ¿eh?
—No, en lo más mínimo. Nosotros también estamos bastante confundidos. Apareciste aquí de repente. Espero que comprendas que no podamos evitar estar en guardia.
—¿Qué mierda? No fables tan raro. No fables como si fueras mi seguidor, oye. ¿Eres mi seguidor? No lo eres, ¿cierto? Y ya que no lo eres, no fables como él, faces que esta mierda sea confusa, oye.

El hombre respondió con fastidio a la mirada educada pero cautelosa de Julius.
Se sentía mucho más humano que antes, cuando solo repetía el pareado del examen, pero era innegable que tampoco estaban logrando comunicarse del todo.
—… Preciosa, preciosa, chica sexy, enana, enana, seguidor, mindundi.
—Por desgracia, no soy tu seguidor.
—¡Jah! Tu manera de fablar es de la misma jaez que mi seguidor; deja de copiarlo.
Al oír la réplica de Julius, el hombre sonrió por primera vez, como si se pusiera de buen humor… Una sonrisa como la de un tiburón.
Al fin, esa sonrisa al menos le hacía parecer un poco más humano. O quizá era la confirmación de que era una forma de vida con la que podían comunicarse.
—Oye, tú. Explica qué sucede acá. ¿Do estamos? ¿Qué diablos me ficieron, oye? No te guardes detalles, oye. Fabla con presteza, oye.
—¿No te parece que estás siendo muy mandón tras aparecer de repente?
Subaru, llevándose una mano al pecho, respondió como pudo al hombre altivo que tenían delante. El otro resopló con molestia.
—¿Qué te pasa? Oye, ¿qué faces durmiendo? Ese es un buen lugar, oye. Tienes esa chica sexy con un buen par de tetas para ser tu aperitivo en la cama, oye. Intercambiemos lugares, oye.
—Gracias, pero… por respeto hacia ella, me niego.
Exigiendo al máximo a sus rodillas temblorosas, Subaru consiguió ponerse en pie. En el proceso, no cuidó bien a Shaula y su cabeza resbaló hasta el suelo, pero no podía permitirse repartir su atención.
Pero…
—Ah… eh… ¿Qué? ¿Qué te pasa, oye? ¿Eres de esos? ¿Perdiste la cabeza?
—… Oye tú, ¿tan pronto como ves la cara de alguien, le hablas groseramente?
—¡Já!
Se oyó un chasquido seco, como de dientes apretados, cuando el hombre sonrió de forma feroz.
Luego, ignorando a Subaru y su desconcierto, giró su único ojo para observar todo el espacio blanco. Y entonces—
—Entiendo… Entonces, comencemos.
Asintió para sí mismo, como si entendiera lo que ocurría.
—Entiendo, entiendo. Bueno, ¿empezamos?
—Comenzar… ¡Espera! ¡¿Por qué desde hace rato estás llevando la conversación como te da la gana?! ¡Es mucho para procesar!
—Cállate, oye. Lo expliqué ha un momento, mientras estaba dormido, ¿no es ansí? Atiende a lo que digo.
—¿Hace un momento…?
—Gánate el permiso del tonto que ha alcanzado la Espada Celestial.
Los ojos de Subaru giraron intentando seguir el hilo de lo que pasaba. En su lugar, Emilia murmuró palabra por palabra el pareado que ya habían escuchado incontables veces.
Las chicas empezaban a recuperarse del impacto. Emilia, Beatrice, Anastasia y Meili volvían en sí. Todos menos Shaula.
—¡Jah! Esa preciosa de allá es diferente deste mindundi de acá. Si estuviera vivo, tendríamos sexo esta noche, oye. Agora que me fijo bien, no estás nada mal. Menudo rostro, eres fermosísima, oye.
—¿Fermo…?
—¡Oye, tú! ¡Tú eres esa persona! Eres el examinador de aquí, ¿no?
El hombre tenía un brillo casi lujurioso en los ojos mientras miraba a Emilia. Interponiéndose entre los dos, Subaru lo señaló con el dedo. La sonrisa de tiburón del hombre se ensanchó al escuchar la pregunta.
—… Ni idea, coño. No me interesa un título que otra persona haya puesto. Yo soy yo, tú eres tú. No hay nada aparte de eso. Si quieres fablar conmigo apropiadamente, faz que me mueva un solo paso de acá, oye.
Estaba de pie con calma, completamente indefenso.
Pero no podían tomárselo a la ligera, porque entendían que el requisito que había impuesto era lo bastante difícil como para llamarse examen.
—Gánate el permiso del tonto que ha alcanzado la Espada Celestial.
—Si él es el “tonto que ha alcanzado la Espada Celestial”, entonces que esa sea la manera de recibir su sanción es casi un alivio. Ahora la única pregunta es si moverlo siquiera es posible.
—Caballero de la Orden Real del Reino de Lugnica, Julius Juukulius.
Antes de que comenzara la batalla—o más bien, el examen—, Julius se presentó, como dictaban las normas de etiqueta.
Era lo justo y el mínimo respeto que debía mostrarse a un oponente antes del combate.
El ojo azul del hombre se iluminó. Parecía divertirse, y su cuerpo emanaba un aura anormal.
—No tengo un nombre apropiado para darte; solo soy un simple Palillero.
El examen de Electra, el segundo piso de la Gran Biblioteca Pleiades.
Tiempo: condicionalmente ilimitado.
Intentos: condicionalmente ilimitados.
Retadores: condicionalmente ilimitados.
——El Examen… había comenzado.
Sección 2
Y así comenzó la prueba.
El escenario era un espacio blanco en el segundo piso de la torre.
El examinador era el hombre pelirrojo de sonrisa de tiburón que permanecía de pie, tranquilo, al fondo de la sala.
Una presión inimaginable emanaba de aquel que se hacía llamar simplemente Palillero.
Y estaba también el hecho de cómo había aparecido. Shaula—quien era, al menos técnicamente, la guardiana de la torre—se había desmayado apenas verlo. Era evidente que no era una persona común y corriente.
Y entonces…
—¡Desde el primer momento, lucharé con toda mi fuerza!
Inclinándose hacia adelante, Julius avanzó con esas palabras.
De su mano salió volando la espada que había estado clavada en el suelo frente a la escalera. Girando en el aire, describió un arco y cayó clavándose justo a los pies del hombre, exactamente donde Julius había apuntado.
El hombre podía fácilmente extender la mano para tomarla, tal y como Julius pretendía.
—Oye, ¿qué faces? ¿Qué pretendes lanzándome una espada? ¿Es que ansias perecer?
—¡Desgraciadamente, como caballero, es un acto muy vergonzoso blandir una espada contra alguien desarmado!
—¡Jah! No fagas bromas. No tengo las manos vacías, oye, mira más de cerca.
El hombre sonrió, mostrando los colmillos, mientras Julius acortaba la distancia. Entonces, levantó la pierna con indiferencia y de un violento puntapié apartó la espada. El arma salió volando con un fuerte estruendo.
—¡Gh! ¡Espero que no te arrepientas de haber pronunciado tales palabras!
Tras ver despreciado su intento de tener un duelo justo, el rostro de Julius se endureció al desenvainar su espada de caballero.
La delgada hoja brilló en línea recta, convertida en un martillo de hierro para juzgar al hombre que había mancillado el honor de un duelo serio.
La embestida relampagueante…
—No grites cosas lindas, cachomierda. Tienes un rostro fermoso. No querrás excitarme y facerte plorar, ¿verdad?
—¡Gh!
Un trueno resonó cuando la estocada dirigida a su torso se detuvo.
Por supuesto, Julius no había contenido su mano: él siempre daba todo de sí. Así que no fue él quien se detuvo, sino el tiburón que sonreía frente a él.
—¡Imposible!
—Más te vale aprender a creer lo que ven tus ojos. Empieza por ahí. Ese es el primer paso.
El Palillero sonreía ferozmente mientras se rascaba el pecho con desinterés usando la mano derecha.
Pero era su izquierda la que había detenido la espada de Julius con una precisión aterradora.
Y…
—¿… Palillos de madera?
—No, mira mejor. Oye, ¿tienes los ojos mal o algo ansí? Son palillos; palillos. Son muy buenos para asir aperitivos, los palillos. Por eso los porto encima.
… En sus manos había dos delgados palillos de madera lacados en negro.
—Son palillos, sin duda. Solo supe que existían en este mundo cuando estábamos en Pristella, pero es la primera vez que veo a alguien usarlos de forma tan perfecta.
—No, incluso usándolos perfectamente, detener una espada con ellos no es algo que un humano pueda hacer…
—Oye, no fagas bromas. Golpeando en el mejor ángulo, con la mejor velocidad, con el mejor tacto, del mejor modo… Ya sea con palillos o lo que sea, no hay nada que no pueda cortar.
—Gh…
Era una visión increíble, pero el Palillero parecía incluso estar a punto de bostezar.
Todos estaban sin palabras, pero Julius no podía dejarlo así. Con más fuerza en los brazos, trató de liberar su espada del agarre de los palillos, pero no se movió.
—No te esfuerces, no te esfuerces… Mejor ríete, oye. Quien riese es más apuesto. Mas, siendo tú un hombre, no es que importe.
De repente, aflojó el agarre, y por un instante Julius perdió el equilibrio por la fuerza con la que estaba tirando. Pero en ese único momento, el cuerpo de su oponente giró, y su larga pierna impactó contra la delgada cintura de Julius, enviándolo a volar.
—¡Julius!
Subaru no supo quién gritó. El cuerpo de Julius salió despedido como una hoja sacudida por el viento. Y lo que lo esperaba en el aire fue…
—¡Já!
El Palillero saltó, alcanzando a Julius como si hubiera sido disparado desde un cañón. Colocándose por encima de él con una agilidad imposible, lanzó los dos palillos hacia abajo con la fuerza de una tormenta.
Julius, por puro instinto, trató de desviar el ataque con su espada. Pero los palillos lo esquivaron como burlándose de la idea de ser bloqueados, apuñalándolo, apuñalándolo, apuñalándolo—
—¡¡Jiwald!!
En un instante, un rayo abrasador fue disparado hacia los dos suspendidos en el aire.
Arrasó con el mundo de manera simple y brutal, como la propia luz. En otras palabras, incineraba todo lo que tocaba.
Era directo, y podría parecer fácil de esquivar, pero viajaba a la velocidad de la luz, persiguiendo a su presa.
Ni siquiera el Palillero debería poder anticipar un ataque de rayo proveniente de alguien fuera del anillo—
—Mi espada puede cortar incluso la luz, oye.
Antes de que esas palabras, que parecían simple fanfarronería, pudieran asimilarse, el ataque de palillos atravesó el rayo de calor.
Todos abrieron los ojos de par en par ante lo inimaginable, lo imposible.
Pero el hombre solo sonrió con burla, como si fuese natural y aun así siguió golpeando a Julius sin parar.
—¡Gh! ¡¡Jiwaaaaaald!!
Los ojos inyectados en sangre estaban completamente enfocados mientras volvía a conjurar—
Con las manos extendidas, Anastasia lanzó otra vez el hechizo de rayo de calor, su bello rostro teñido de determinación mortal.
De la punta de sus dedos salieron diez rayos separados, todos dirigidos al Palillero.
—¡Já!
De una forma asombrosa, el hombre los evitó: cortando de nuevo los rayos de luz con los palillos, y luego descendió en picada, clavando con precisión la punta de un palillo en el plexo solar de Julius, arrastrándolo por el suelo y estampándolo con brutalidad.
—¡Jajajajajah! Apunta bien, oye. Ni siquiera puedes aplastar una mosca así, oye. No me claman donjuán por nada, oye. ¡Jajajajajah!
—¡Jiwald! ¡Jiwald! ¡Jiwaaald!
Anastasia disparaba un torrente interminable de rayos mientras el hombre corría y reía como un demonio.
Pero, aunque la magia era poderosa, de nada servía si no daba en el blanco.
La diferencia entre la destreza de combate del hombre y la inexperiencia de Anastasia—o, mejor dicho, de Eridna—era evidente.
Y al final…
—Aah… Ngh…
—¿Ah…?
El Palillero arqueó una ceja al ver que los ataques se detuvieron. Anastasia se desplomó, con sangre manando de su nariz. Subaru recordó entonces: Eridna había advertido que usar esa carta final ejercía una carga inmensa sobre el cuerpo de Anastasia.
—¡Señorita Anastasia!
Al ver a su señora caer, el caballero, aún cubierto de heridas por los incontables golpes de palillo, se movió.
Liberándose al arrancarse el manto de la Guardia Real y usando el cambio de fricción, Julius logró escapar por un instante de la implacable ofensiva.
Girando desde el suelo, lanzó una patada con sus largas piernas hacia la cabeza de su enemigo.
El hombre la esquivó apenas inclinando el cuello, pero luego se impulsó lejos de Julius con un salto.
—Lo que acabas de facer, oye, fue de mi agrado. Sintiose así de bien, oye.
—¡No tengo tiempo para tus tonterías! ¡Apártate!
La diferencia de fuerzas era abrumadora.
Aun sabiendo eso, Julius rugió, cargando otra vez con la espada en mano. Su hoja se lanzó como una serpiente, en un ataque bello y elegante, perfeccionado tras incontables horas de esfuerzo, sudor y sangre.
Y, sin embargo—
—¿Esto es todo? No me fagas reír. ¿Es en serio? ¿Este eres tú dando todo? Qué decepción, oye.
El estoque fue detenido, el tajo desviado, la secuencia de golpes repelida, y la técnica final destruida.
Toda la esgrima que Julius había cultivado, todo lo que había forjado como caballero, fue cruel y aterradoramente pisoteado por dos simples palillos.
—No sueles ser ansí, oye. ¿Por qué peleas solo? No es ansí como peleas usualmente, ¿verdad? No estás acostumbrado… Y por eso todo esto abúrreme, oye.
—¡Yo…!
—Si quisieres asistir a tu chica, te dejaría. Toma prestados su par de muslos y déjate mimar, feo fracaso de espadachín.
Por un instante, una emoción apareció en el rostro de Julius. ¿Ira? ¿Dolor? ¿Desesperación? ¿Arrepentimiento?
Fuera lo que fuera, nadie desde fuera podía saberlo.
Su espada brilló, siguiendo un trayecto que había repetido decenas de miles de veces.
Pero, a ojos de cualquiera, era un ataque lleno de dudas.
El siguiente instante, los palillos cortaron la espada en dos con un simple chasquido.
Los ojos amarillos de Julius se abrieron de par en par al ver cómo su hoja volaba en pedazos.
No solo su espada se había roto.
—Duérmete.
Con esa sentencia, un puño de hierro lo golpeó en la cabeza. Era la violencia más simple y primitiva, la que existía incluso antes de que el hombre aprendiera a usar herramientas.
El ataque brutal destrozó su bello rostro y apagó su conciencia en un instante.
Su cuerpo fue lanzado como un muñeco de trapo, rodando por el suelo hasta caer junto a Anastasia.
Ambos quedaron inconscientes, lo que parecía casi un gesto de “consideración” del hombre bestial.
—En fin, que venga el siguiente.
Crujiendo su cuello como si solo hubiera terminado el calentamiento, el hombre volvió la mirada hacia Subaru.
Podría literalmente haber sido un simple calentamiento para él. Desde que Julius cargó, recibió una paliza, Anastasia intervino, y ambos cayeron inconscientes… apenas habían pasado uno o dos minutos.
Todo había ocurrido tan rápido que Subaru no tuvo ni un instante para ayudar. Solo había podido quedarse plantado como un poste.
Y no solo él: Emilia y los demás también…
—ICE BRAND ARTS, ICICLE LINE.
… O tal vez no.
Una luz pálida danzó en el espacio blanco, subrayando esa diferencia.
Sección 3
Era una danza resplandeciente de luz azul pálida, pequeños fragmentos de hielo apenas visibles a simple vista: Icicle Line, una barrera de hielo nacida del abrumador poder mágico de Emilia.
—Quiero preguntar una cosa antes de empezar.
Desplegando un campo limitado de maná a través del cual canalizó su magia, Emilia creó una especie de barrera mientras llamaba al hombre en el centro, que se rascaba el parche que cubría su ojo izquierdo.
—¿Eh? Pregúntame, fermosísima.
—Mi nombre es Emilia. Solo Emilia. ¿No se suponía que con hacerte mover un paso era suficiente? Y hace un momento estuviste corriendo por todos lados.
Tras presentarse, Emilia planteó la pregunta obvia.
Antes de que empezara la pelea, el Palillero había dicho claramente: “Intenta hacerme mover, aunque sea un paso de este lugar.”
Técnicamente, ya había perdido. Durante el combate con Julius, se había movido por toda la sala en todas direcciones.
Pero el hombre solo se encogió de hombros.
—No tomes esas cosas tan en serio, oye; ocurrióseme en el momento. Eso pasa, ¿verdad? Querer lucir genial de vez en cuando, ¿verdad? Son esas cosas, oye. ¿De acuerdo? Quizás no lo entiendes por ser una mujer. Por ser fermosísima. Quédate conmigo esta noche, oye.
—Lo siento, pero no entiendo lo que dices. Y además, estoy segura de que no podría ganarte ni aunque luche.
—¿E-Emilia…?
A pesar de haber invocado todo su poder mágico y estar lista para combatir, Emilia soltó esa declaración sin la más mínima vacilación. Al oírla, los ojos del Palillero se abrieron con sorpresa, y Subaru se quedó helado, apenas logrando pronunciar su nombre.
Ella se disculpó con Subaru antes de continuar.
—Pareces muuuuy fuerte. Pude darme cuenta solo con mirarte. Pero de todos modos tenemos que superar esta prueba de alguna manera. Así que… ¿podrías darnos alguna forma de ganar?
—…
—Si conseguimos que te muevas, aunque solo sea un paso, será nuestra victoria. Podemos basar en eso nuestro combate… ¿O no?
El hombre guardó silencio ante la propuesta de Emilia. Subaru quedó boquiabierto con esas condiciones: eran absurdas, descaradas incluso.
El Palillero permaneció callado, pensándolo un momento, y luego—
—¡Já!
El Palillero rió, rechinando los dientes. Sus ojos azules se abrieron de par en par mientras miraba a Emilia.
—Bien, no me desagrada, oye. Demostraste muchas agallas diciendo todo eso a alguno como yo. Eres la mayor idiota que he visto desde Trisha, oye. Me gusta.
—¿Eso significa que pasamos la prueba?
—¡No voy a tratarte tan bien, oye! Mas está bien. Ya me he lucido delante de una bella mujer. Y ya que lo he fecho, debo seguir luciéndome fasta el final; no puedo morir, aunque muera. Lo faré como deseas.
—Entonces…
—¡Ganas si logras moverme, aunque sea un solo paso!
Al oírlo, Emilia asintió y luego dirigió la mirada hacia Subaru.
—Te dejo a Anastasia y a Julius. Por favor, atiéndelos.
—¡E-espera! ¡¿Viste lo que pasó recién, no?! Si entras sin un plan…
—Está bien. No parece que pretenda matarnos… Y yo también lo daré todo.
Ignorando la advertencia de Subaru, Emilia dio un paso al frente con mirada decidida y alzó los brazos hacia el Palillero.
Con esa distancia entre ellos, podía desatar su magia sin miedo a una represalia inmediata.
—Eh, fermosisíma, eso no es muy femenino que digamos.
—¡Haz lo que puedas lo mejor que puedas, es lo que he aprendido de mi gran caballero!
El Palillero cruzó sus fornidos brazos y sonrió de oreja a oreja, de pie en una posición que parecía increíblemente desventajosa.
Apuntando directo a esa sonrisa, Emilia alzó la voz en la última sílaba y liberó un torrente de armas de hielo dentro del campo de cristales resplandecientes, acompañadas por el sonido del aire congelándose.
Espadas, lanzas, hachas, alabardas, flechas, todo tipo de armas.
Ice Brand Arts: Icicle Line: Usando su inmenso poder mágico, Emilia podía provocar una destrucción inconmensurable en un espacio cerrado. Era una técnica poderosa que Subaru había ideado, y ahora ella la estaba ejecutando.
—¡¡Ei, ya!!
Fue un grito un tanto ridículo, pero el espectáculo que se desplegó a continuación fue cualquier cosa menos eso.
Con su grito, las armas de hielo afiladas se lanzaron hacia el Palillero desde todas direcciones.
Él respondió con una ráfaga de cortes—o más bien, de golpes de palillos—de una fuerza abrumadora.
—¡Ngh… Emilia…!
Mientras eso ocurría, Subaru corrió hacia Julius y Anastasia, como Emilia le había pedido.
A simple vista, el desmayo de Anastasia se debía a lo que Eridna había advertido: un esfuerzo excesivo para su cuerpo. Su sangrado nasal ya se había detenido y no presentaba heridas externas graves.
Y aunque Julius había sido golpeado de manera brutal, tampoco tenía heridas mortales.
Pero el hecho de que hubiera recibido tantos impactos era la prueba de que, si su rival hubiera usado una espada, ya estaría muerto cien veces.
—Ambos están bien, supongo. Pero…
—Lo sé.
Beatrice, que también había ido a revisarlos, fue interrumpida por Subaru.
Habían confirmado su seguridad. Pero la bestia que les había hecho eso era el mismo hombre contra el que Emilia estaba luchando en ese momento…
—¡Já!
El Palillero parecía divertirse mientras blandía sus palillos, atrapando un fragmento de hielo con la boca y mordiéndolo. De un solo golpe, partió a la mitad una espada y un hacha de hielo que volaban hacia él.
Las armas rotas brillaron por un instante antes de desvanecerse, creando un espectáculo de luces que no hacía más que enmarcar la salvaje y hermosa masacre de aquel hombre, como si fuera un sueño febril.
Pero incluso haciendo todo eso…
—… No se mueve…
—Una vez que empiezo, puedes estar seguro de que voy a lucirme hasta el final. Hay que tener modales. Si un hombre no puede presumir cuando camina en la cuerda floja entre la vida y la muerte, ¿entonces cuándo?
Riéndose con desprecio de las palabras de Subaru, el Palillero casi tarareaba para sí mismo mientras interceptaba toda la magia. Y aunque su torso se movía sin parar, sus piernas permanecían firmes, inamovibles como montañas.
Tanto Subaru como Emilia llegaron a la conclusión de que aquello se volvería un punto muerto.
—¡¡Uu… yah!!
Así que, para romper el estancamiento, Emilia se lanzó de frente con valentía.
Su figura esbelta danzó mientras alzaba los brazos, formando una enorme hacha de batalla de hielo. Con un giro, la dejó caer desde arriba sobre él.
—¡Jajah!
El Palillero clavó sus palillos hacia adelante en el descenso del hachazo. El golpe se desvió apenas unos centímetros y se incrustó en el suelo.
Hubo una violenta onda de choque al romperse el hacha de hielo bajo un palillo. Pero al mismo tiempo, Emilia soltó el hacha y encadenó de inmediato el siguiente ataque con una alabarda que ya estaba lista.
—¡Ei! ¡Yah! ¡Torya! ¡Urya! ¡Uryaurya! ¡Uyah!
Un golpe con la alabarda, un tajo de doble hoja, el corte de una espada larga, el desenvainado de una katana, el chasquido de un látigo, el hachazo de un hacha—lanzó todo tipo de ataques que se le ocurrieron, pero todos fueron neutralizados con facilidad.
Y no era porque Emilia careciera de técnica.
La combinación entre su inmenso poder mágico y su habilidad de combate había sido pensada por Subaru. Él mismo podía asegurar que ese estilo aprovechaba al máximo las capacidades de Emilia.
Que no funcionara no era culpa suya.
Subaru hubiera querido apoyarla de alguna forma, pero…
—… Subaru.
Beatrice le apretaba la mano con fuerza. Ella también lo sentía: no había hueco para intervenir. Era una prueba del nivel de saturación de armas y magia que Emilia había creado.
Y en el centro de esa explosión de violencia estaba el incomprensible monstruo que se hacía llamar Palillero, lidiando con todo lo que se le lanzaba sin mover un solo pie.
Si Subaru intentaba entrar a la fuerza, solo la distraería. Dolía aceptarlo, pero no podía moverse hasta que la resistencia de Emilia empezara a flaquear.
En ese punto muerto, ocurrió un cambio inesperado.
—¡Fun! ¡Ei! ¡Terya!
Emilia blandía dos espadas cortas, lanzando un tajo doble contra su cuello desde ambos lados. Él agachó la cabeza y, al intentar atraparlo en el regreso del movimiento, ella giró los filos de vuelta.
—¡Já!
El Palillero dobló las rodillas y arqueó la espalda casi hasta el suelo, sosteniendo todo su cuerpo solo con los tobillos. Emilia, al fallar el golpe, perdió el equilibrio.
Era la primera apertura crítica que mostraba en toda la pelea—y el hombre saltó hacia arriba, lanzando sus palillos en dirección a ella.
En ese instante, enseñó su sonrisa más afilada, inclinándose hacia delante.
—Estás indefensa.
Y con los palillos, levantó sus pechos hacia arriba.
—¿Eh…?
Sin la capa del desierto, Emilia vestía otra vez su atuendo blanco habitual. El Palillero sonrió con vulgaridad mientras manoseaba obscenamente su busto con los palillos.
—Ventajas de pelear con una chica. No te enojes por—
—¡Torya!
—¡¿Goagh…?!
Emilia entrelazó sus manos sobre la cabeza y formó un guante de hielo alrededor de ellas, descargándolo contra la coronilla del Palillero.
El golpe fue tan fuerte que el hielo se pulverizó en un solo impacto con un sonido seco y brutal. Él soltó un alarido, se agarró la cabeza y rodó por el suelo.
—¡QUÉ DOLOOOOOOR! ¡¿E-en qué demonios estabas pensando, mujer?! Normalmente, una mujer vacila si alguno face eso, ¡pero tú ni siquiera parpadeaste! ¡¿Qué demonios te pasa, mujer?!
—¿Eh? Solo has tocado mi cuerpo, ¿no? Además, estabas completamente desprevenido.
—¡¿Pero qué coño…?! ¡¿Qué clase de educación te han dado?! ¡¿Qué
demonios facían tus padres?!
Sobándose la cabeza, el Palillero se sentó de piernas cruzadas en el suelo, aullando.

Emilia parpadeó sorprendida y se tocó el lugar donde los palillos la habían alcanzado.
—… ¿Dije… algo raro?
—¡Oye! ¡Dale algo de sentido común a esta fermosísima! ¡Sácala a pasear o algo ansí! ¡Donnadie! ¡Se supone que debes cuidarla, coño! ¡Oye, faz algo, fazlo bien! ¡Duele, mierda…!
—¡Deja de hacer estupideces tú también! ¿¡Qué diablos crees que haces con Emilia?! ¡Pervertido! ¡Cerdo asqueroso! ¡Arzobispo!
Subaru rugió contra el Palillero por haberse propasado. En ese instante, al menos, estaba enfurecido, olvidando todo el miedo y el asombro que le provocaba aquel hombre salvaje y desmesuradamente poderoso.
—¡Subaru, cálmate! Betty entiende cómo te sientes, ¡pero mira mejor, supongo!
—¿Ahh?! ¿Mirar qué…?
—Sus pies.
Beatrice tiró de su manga, devolviendo a Subaru a la realidad. Y al hacer lo que Beatrice decía y fijarse en los pies del hombre, abrió los ojos de par en par.
—Se movió. Y no solo un paso, ¡sino más!
—¡Ah! ¡Es verdad! ¡Viva! ¡He ganado!
El hombre guardó silencio mientras Emilia juntaba las manos y saltaba de alegría.
En respuesta a su celebración, su magia de hielo se transformó en flores, floreciendo en celebración de su victoria.
Había cumplido la condición que él mismo había puesto: hacerlo mover un paso.
Era algo evidente para cualquiera. Siempre y cuando el propio hombre no lo negara.
—Sea como sea, una victoria es una victoria… Así que, ¿qué vas a hacer?
A diferencia de Emilia, Subaru no tenía muchas expectativas de que aquel hombre cumpliera su palabra. Con todo lo que había pasado, era difícil esperar algo de él.
Pero, a pesar de sus dudas…
—Vaya… Qué remedio. Mi palabra es mi palabra. Esta clase de derrota me convertirá en un fazmerreír, maldita sea mi alma lasciva, mas no tengo elección.
—¿D-de verdad lo aceptarás…?
—Oye, ¿qué coño piensas de mí? Si no cumpliere con mi palabra, todo lo que fice y faga para parecer genial y augmentar mi valía sería en vano, oye. Sería como tirar por la borda todo aquello por lo que trabajé, oye. Si ocurriere, ¿te farías responsable, donnadie? No podría dar un paso más hacia las mujeres, oye.
—En realidad, con la forma en que perdiste ahora, tu valía ya ha tocado fondo.
—¡Cállate, donnadie! ¡Ni siquiera llegas al nivel de donnadie, solo eres una mierdecilla pinchada en un palo! No te pongas a tirar mierda, mierdecilla. De todos modos, esa fermosísima de allí gana. Ganaste un pase. Esa es la condición. Qué remedio.
Restregándose la cabeza con violencia, el Palillero reconoció su derrota sin poner objeciones.
¿Era eso caballerosidad o pura miseria?
Fuera lo que fuese, Subaru no pensaba presionarlo más. Julius y Anastasia habían quedado inconscientes al enfrentarlo, pero seguramente con un descanso en la sala verde estarían bien.
En realidad, no había habido mucho examen en este piso, pero…
—… Bueno, ¿quién será el siguiente? ¿El mierdecilla? ¿O será una de esas enanas?
—¿Eh?
Justo cuando Subaru pensaba que ya podrían subir al siguiente piso, abrió los ojos como platos al oír lo que el hombre decía.
El instante siguiente, casi podía olerse el aire mismo ardiendo.
La presencia de aquel hombre no se podía ni comparar con antes. Subaru tardó en entender lo que estaba pasando mientras sus instintos le gritaban ante ese cambio dramático, como si todo lo anterior no hubiera sido más que un juego de niños.
—Hay alrededor de siete personas en esta torre… Tu chica es la única que puede pasar.
—…
—¿Entonces quién será el próximo en intentar superarme?
El examen de Electra, el segundo piso de la Gran Biblioteca Pleiades.
Tiempo: condicionalmente ilimitado.
Intentos: condicionalmente ilimitados.
Retadores: condicionalmente ilimitados.
Aprobada: Emilia.
Aún no aprobados: Subaru, Beatrice, Julius, Anastasia, Meili, Ram.
——El examen continúa.
Sección 4
El Palillero sonrió mientras anunciaba la continuación del examen.
—¡¿Las reglas no dicen que es suficiente con que solo uno pase?!
—¿Eh? ¿Quién demonios dijo eso? Deja de sacar cosas de la galera, oye. ¿Por qué pasarían todos si solo una persona aprobó? ¡Usa un poco el sentido común, el sentido común! ¿O es que tu cerebro es ansí de diminuto, mierdecilla?
—¡Se-se lo dices a la persona que menos quiere que le hablen de usar el sentido común!
Subaru gimió mientras el hombre frotaba sus palillos, destrozando su argumento.
En realidad, Subaru era quien había sacado conclusiones apresuradas, asumiendo la condición de victoria en el examen del segundo piso. En el tercer piso, la prueba había terminado en cuanto resolvieron el acertijo, así que Subaru asumió que, si alguien pasaba el segundo piso, todos tendrían acceso al siguiente archivo.
Si cada uno tenía que superarlo por su cuenta, entonces la cosa era prácticamente imposible. Más aún después de ver lo difícil que había sido incluso para Emilia, que había conseguido negociar una condición más fácil.
Hablando claro, Emilia tenía la mayor fuerza de combate de todos los presentes. Con los contratos de Julius rotos, ella era indudablemente la más fuerte de su grupo.
Entonces, ¿cómo se supone que los demás iban a derrotar a este tipo por sí solos?
—… Espera un momento, de hecho. Hay un error clave en lo que dices, supongo.
—¿Un error?
Subaru temblaba, buscando desesperadamente una salida en esa situación tan desigual. Entonces Beatrice habló, sujetándole fuerte la mano, como si quisiera obligarlo a calmarse.
—Qué intentas decir, ¿eh? Llegas diez años demasiado pronto, o al menos cinco, oye. Torna cuando tus piernas, brazos y cuerpo hubieren crecido y tuvieres algo de TETAS CULO, oye.
—… Betty no tenía intención de seguir tus sinsentidos, pero ahora me has puesto de mal humor, de hecho. Así que te lo diré STRAIGHT, supongo.
—¿STRAIGHT…? ¿Qué?
—Ya está decidido, de hecho. Emilia dijo que, si dabas tan solo un paso, entonces nosotros ganábamos, supongo. ¡En otras palabras, la victoria de Emilia fue la victoria de todos nosotros, de hecho!
Subaru contuvo la respiración y miró a Emilia.
Se sorprendió de aquel truco escondido, de que esa hubiera sido su intención desde el principio en su atrevida propuesta. Pero Emilia se llevó la mano a la boca y dejó escapar un pequeño suspiro. No, espera.
—¡Cierto, sí lo dije! ¡Dije “nuestra”! ¿Entonces? ¿No significa que todos pasamos el examen?
—Eso es solo un asunto de palabras. No voy a dejarlo pasar, oye.
—Ya… Entiendo. Lo siento, Subaru, Beatrice. No funcionó…
—¡¡TE RINDES DEMASIADO RÁPIDO, SUPONGO!!
Beatrice rugió cuando Emilia bajó la mirada con un gesto apenado. Pero, pensándolo bien, era una ocurrencia sin mucho peso. Eso solo mostraba lo desesperanzadora que se veía la muralla delante de ellos.
—Bueno, lo que la enana dice tiene algo de sentido; también recuerdo que originalmente podrían enfrentarme tantos como quisieran para intentar pasarme, más seguir las reglas es aburrido, así que obligueme a despertarme.
—Cuando dices obligueme a despertarme… ¡¿Quieres decir que lo que ocurrió al principio eras tú hackeando el SYSTEM?!
—¿De qué demonios estás fablando, cachomierda? Usa palabras que entienda, oye. Deja de fablar como aquel tipo al que le salieron canas siendo muy joven, oye.
El humor del hombre cambiaba entre bueno y malo, pero con lo que dijo, Subaru empezó poco a poco a entender qué era él y qué había pasado con el sistema del examen.
—¿O sea, que debió haber sido un Examen en la que todos pudiésemos trabajar juntos para superarlo, pero debido a que “despertaste” ahora cada uno debe pasarla por su cuenta?
—¡Já, como si fuere a saberlo, oye! Aunque tampoco sé cuál habriales sido más fácil, si atacarme combinando todos vuestros ataques, o dejarme tocar sus tetotas y golpearme de una ve― ¡Epa!
—Ten cuidado con lo que dices, maldito pervertido acosador, o te cerraré la boca yo mismo.
De inmediato Subaru lanzó un latigazo contra él al oír esas palabras. Por supuesto, incluso un ataque sorpresa no lo tomó desprevenido, y lo detuvo con facilidad con sus palillos.
—¡Jah! No pensaba que fueras de los que atacan usando bastones, pero ¿un látigo? ¿En serio, cachomierda? Tienes gustos muy raros. Los látigos solo sirven para azotar a tus enemigos o a tu mujer.
—¡Estoy bastante seguro de que eres mi enemigo! ¡Además, pienso ir paso a paso con Emilia, por lo que el látigo será mi última opción!
—Subaru, Subaru, cálmate, de hecho. Apenas entiendo de lo que hablas, supongo, ¡y hasta te estás dejando llevar por el enemigo, de hecho!
—¡Es cierto, Subaru; no te alteres tanto! Solo tocó mi pecho, no es que haya hecho algo malo.
—¡Eso SÍ es algo malo, Emilia-tan!
—Se supone que deberías estar molesta, ricura fermosísima.
Emilia intentó calmarlo, pero tanto Subaru como el Palillero la interrumpieron. Los ojos de Emilia se abrieron al verlos coincidir, y Beatrice soltó un suspiro pesado.
Entonces…
—¿Me permiten decir algo breveee?
Una voz que hasta entonces había estado en silencio interrumpió aquella extraña conversación.
—No me gusta decir estooo, pero creo que deberíamos regresaaar.
Meili levantó su pequeña mano. Tenía la cabeza de Shaula apoyada en su regazo mientras negaba lentamente. Sus ojos amarillos dejaban claro su miedo.
—No sé cómo puedes hablar con él tan normal, señor… El caballero y la señora de la bufanda ya están caídos, y la medio desnuda tambiééén.
—De ellos tres, Shaula se desmayó por otra razón, pero sin duda fue raro.
La tímida opinión de Meili era la conclusión natural, viendo la situación.
De hecho, Subaru, que aún pensaba en seguir peleando, estaba lejos de ser objetivo. Estaba claramente influenciado por la presencia abrumadora del Palillero. Sumado a eso lo de Emilia, y que Julius y Anastasia habían quedado fuera de combate, se entendía por qué no podía pensar con claridad.
—… Solo es algo hipotético, pero si dejáramos la sala ahora y luego regresáramos, ¿todavía contarías su victoria?
La fuerza del Palillero estaba en un nivel completamente distinto.
Con solo dos palillos había destrozado a Julius, enfrentado a Emilia de igual a igual y todavía parecía sobrarle energía. No era exagerado decir que estaba al nivel de Reinhard. No tenían absolutamente ninguna posibilidad de ganar.
Finalmente, Subaru decidió que lo mejor era retirarse. Y entonces…
—… Ya basta.
—¿Eh?
—¡YA BAS-TA! ¡Ya basta, ya basta, ya basta, ya basta, basta, basta, basta! ¡Ya me cansé de esto!
Viendo que ellos se enfocaban en retroceder, el hombre respondió como un niño haciendo berrinche.
—Se cierra el local. Largo de aquí. Ya me cansé de esto, largo de una vez.
Se dejó caer en el suelo, con una rodilla levantada, y los despidió.
—… ¡E-espera un momento! ¿¡Qué mierda significa eso!? ¿¡Decides lo que quieres de este examen como se te da la gana?!
—De verdad eres ruidoso, cachomierda. Tuve el poder de decisión desde el principio, oye. Si digo que no, es no.
Era una barbaridad, y Subaru no sabía cómo responder. El hombre siguió.
—Si no tengo ganas de facer algo, no le doy más vueltas al asunto. Así que, ¿qué farás?
Un frío mortal recorrió el cuerpo de Subaru.
Los labios del hombre se curvaron mientras guardaba los palillos, abandonando toda arma. Todavía sonreía, pero ahora era distinto.
Por muy feroz que hubiese sido antes, había tenido cierta calidez. Ahora era la oscura, sangrienta y asesina sonrisa de una mabestia.
—…… Ah.
Un leve gemido.
No fue Subaru, sino Emilia a su lado. Ella llevó la mano a su blanca garganta, y sus ojos de joya se abrieron de par en par, horrorizados.
Sus rodillas flaquearon y cayó al suelo. Solo entonces se dio cuenta de que había olvidado respirar…
—Haaah…
Y al ver a Emilia, Subaru recordó respirar también. Se llevó la mano a la garganta, cayó de rodillas y luchó por llenar sus pulmones de aire y oxigenar su sangre.
De no haber tenido ese recordatorio visceral, bien podría haber muerto sofocado. La mera presencia de ese hombre era capaz de matar.
—Rompanse la cabeza buscando una forma de vencerme. El mismo truco que usó esa fermosísima no tornará a funcionar. Y tampoco la tipa buenota durmiente. Salgan de mi jodida vista, voy a dormir.
Su voz fue grave y seria al dar ese último mensaje antes de bajar la cabeza.
Después de un momento, se quedó dormido, pero era igual de molesto dormido que despierto.
En cierto modo, roncaba exactamente como Subaru se imaginaba… pero nadie en la sala tenía fuerzas para reírse.
—Vayámonos de aquí lo antes posibleee. Quiero alejarme de aquí lo antes posible.
Meili no luchó contra sus instintos. Y sus palabras fueron el impulso que los demás necesitaban.
Cargando a los heridos, no les quedó más remedio que retirarse del examen.
Sección 5
—Ya veo, así que por eso volviste arrastrándote con tan mal ánimo después del segundo examen.
—… Tan severa como siempre, ¿eh, hermana?
—No hables así. Hace que la teoría de esa chica desmayada sobre que eres su Gran Maestro suene demasiado plausible.
—Eso sí sería malo. Tendré más cuidado.
Subaru se encogió débilmente de hombros ante aquella advertencia tan intimidante. Ram suspiró apenas al ver su reacción.
Se encontraban en otra sala del cuarto piso, tras reunirse con Ram en el cuarto verde. Además de Subaru y Ram, estaban Emilia, Beatrice y Meili. Y Shaula, que yacía tirada en el suelo.
Su grupo se había retirado del segundo piso, bajando los larguísimos escalones para llevar a Julius y Anastasia hasta el cuarto verde, confiándolos al espíritu.
Después, pusieron a Ram al tanto de lo que habían aprendido en el tercer y segundo pisos.
—Parece un examinador bastante absurdo, pero… la señorita Emilia pasó la prueba, ¿no? ¿No podría haber ido ella sola a ver el archivo del siguiente piso?
—Ah, es cierto. Puede que hubiera podido seguir yo sola… ¿Debería preguntarle al señor Palillero?
—… No, no lo hagas. No conviene provocarlo cuando ya está de mal humor. Y aunque dijera que puedes subir sola, sería… peligroso.
—Pero prometo que tendría mucho, muchíííísimo cuidado.
—Demasiado peligroso.—Excesivamente peligroso.—Imposiblemente peligroso.
Subaru, Ram y Beatrice apagaron de inmediato las ganas de Emilia. No lo hacían por sobreprotección, sino por puro sentido común.
—Si el examen del segundo piso fue así, las probabilidades de que en el siguiente nos espere algo igual de letal son altísimas. Y dejarte ir sola cuando no hay garantía de que puedas regresar es…
—Entonces tendremos que esforzarnos hasta que podamos vencer todos juntos al señor Palillero.
—Sería genial, pero…
Quedaba la duda de si era siquiera posible. Su combatiente más fuerte apenas había superado la prueba rebajando la condición casi al mínimo. Y Julius seguía inconsciente…
—Espero que no se desanime demasiado.
—¿Estás preocupado por Julius?
—No estoy seguro. Preocupado preocupado… bueno, diría que sí, pero no es tan sencillo.
Tras perder por completo en un enfrentamiento directo contra el Palillero, la imagen del rostro de Julius cuando su espada se rompió se le quedó grabada a Subaru. Y pensándolo, sí, estaba preocupado.
El arte de la espada de Julius había fallado. Su oponente lo trató como a un niño y hasta le rompió la espada…
—Hay una espada de repuesto en el Carruaje de Dragón, pero supongo que ese no es el problema.
—Las espadas se pueden volver a forjar. Betty no entiende por qué tanta fijación con eso, supongo.
—Pero, Beako, tú cuidas mucho el pañuelo, las manoplas y el delantal que te hice, ¿no? Quiero decir, son cosas especiales, y no te gustaría que se rompieran.
—… Pido disculpas por decir algo tan insensible, de hecho.
Subaru suspiró y acarició la cabeza de Beatrice, que se retractó de su comentario tajante.
No podía imaginar cómo reaccionaría Julius al despertar. ¿Se hundiría en la depresión, o al menos fingiría ser el de siempre? De cualquier modo, Subaru no sabía qué decirle, y eso lo angustiaba.
Y Julius no era la única preocupación.
—¿Qué fue esa desesperación de Anastasia… o mejor dicho, de Eridna…?
Una gran duda rondaba en su cabeza: la decisión de Anastasia/Eridna de intervenir y apoyar directamente a Julius en el duelo.
En ese momento, todos estaban buscando la oportunidad de ayudarlo. Pero que Echidna fuera la primera en actuar era algo que Subaru no se habría esperado.
Durante todo el viaje, incluso después de llegar a la torre, Eridna nunca había dejado de actuar como Anastasia, y hasta donde Subaru podía ver, había mantenido su promesa de cuidar el cuerpo de Anastasia.
Entonces, ¿por qué lo hizo?
Cuando se reveló en Priestella, Eridna había explicado su conexión con Anastasia y el problema con su cuerpo.
Su puerta estaba incompleta, así que no podía absorber maná del exterior y solo podía usar magia quemando su propio Odo, acortando su vida.
—¿Por qué estaba tan desesperada por ayudar a Julius?
No parecía un cálculo frío con segundas intenciones. Lo que había debajo de esa desesperación era preocupación genuina.
—La señorita Anastasia solo estaba preocupada por el señor Julius. Hay problemas más importantes que atender primero.
—El examinador, el Palillero.
—Sí. Quizá parezca un poco fría, pero me resulta más importante saber qué haremos con el Examen; si no logramos superarlo, no podremos recuperar a Rem.
Interrumpiendo sus pensamientos, Ram dejó escapar una opinión que sonaba cruel. Ella misma reconocía que era poco considerada, pero Subaru no pudo reprocharselo.
La expresión de Ram era la misma de siempre, pero había un rastro de impaciencia tras ella. La irritación y la ansiedad de estar al borde de una respuesta para recuperar a su hermana, pero quedarse a un paso de conseguirlo.
—Un kimono y un parche. Cabello rojo y un ojo azul… Vaya apariencia fastuosa y desagradable.
—¿Alguna idea de quién podría ser? Sé que es difícil imaginarlo sin verlo, pero siendo claros: era monstruosamente fuerte. Nivel Reinhard, quizás.
—Suena como una pesadilla.
Ram no parecía del todo convencida, pero Emilia intervino para confirmarlo.
—Subaru no miente. Nunca he visto a Reinhard pelear en serio, pero… mhmm, probablemente era así de fuerte.
—Entonces, si confiamos en la descripción de Barusu y la tuya, si hablamos de un enemigo al nivel del más fuerte del mundo… Ahora mismo cada país tiene uno.
—¿Reinhard es el más fuerte del reino, y los otros tres países también tienen al suyo?
—En el Imperio de Vollachia está el General de Primera Clase, el “Relámpago Azul” Cecilus Segmunt; en el Reino Sagrado de Gusteko está el “Príncipe Loco”; y en las Ciudades-Estado de Kararagi, el “Admirador” Halibel. Cada uno de ellos con sus rasgos distintivos.
—¿Ninguno de ellos tiene pelo rojo y largo?
—No podría asegurarlo, porque no conocemos la apariencia del “Príncipe Loco” del Reino Sagrado de Gusteko.
—Príncipe, un príncipe… Creo que no daba la impresión de ser un príncipe.
La parte de “loco” hacía difícil asegurarlo, pero aunque era guapo, no daba la impresión de ser de la realeza.
Era más bien una belleza salvaje, la que solo se acepta porque existe en la naturaleza.
—Por otro lado, es un maestro desconocido de las artes marciales…
—Su vestimenta era la típica de Kararagi, de hecho. También usaba palillos con gran maestría, supongo.
—No los usaba para lo que deberían usarse, pero sí que los usaba con absoluta maestría.
Y Subaru tampoco podía imaginarlo como un gran luchador desconocido. Con lo fuerte que era y lo grandilocuente que se comportaba, parecía imposible que pasara desapercibido.
Y estando ligado a esta torre, la cuestión era si era un tipo fuerte al azar o si había una conexión más profunda…
—Ah… ¿Puedo interrumpir un momentooo?
—¿Hmm?
—Me parece que la medio desnuda está por despertaaar.
Meili, que seguía sirviéndole de regazo a Shaula en la esquina de la sala, levantó la mano. Como dijo, Shaula seguía apoyada, pero su cuerpo comenzó a agitarse casi de forma seductora mientras soltaba gemidos.
Y cuando todos dirigieron la mirada hacia ella, sus párpados se abrieron lentamente…
—Gran Maestro~… No me deje supersola, por favor… Ya no quiero estar supersola…
—¡No digas cosas desgarradoras de buenas a primeras! ¡Estuviste despierta todo este tiempo, ¿no es así?!
—Rayitos… Pensé que, si decía algo encantador, me mostraría algo de cariño, Gran Maestro; qué frío. ¡Pero, pero, también amo eso de usted!
—Me haces preocuparme por nada…
Con un movimiento ágil de sus largas piernas, Shaula se levantó de un salto. Su melena se agitó mientras miraba alrededor de la sala y ladeaba la cabeza.
—¿Uy? ¿Qué estamos haciendo aquí? O sea, si no me equivoco, pasamos el Examen gracias a una superocurrencia repentina del Gran Maestro, y subimos…
—Sí, eso pasó, no fue un sueño.
—Y entonces el Gran Maestro me abrazó y sonrió diciéndome que nunca lo soltara…
—¡Eso sí fue un sueño! ¡Te desmayaste apenas comenzó el segundo Examen!
Subaru le gritó a Shaula, intentando que recordara lo ocurrido justo antes de que cayera inconsciente. Pero Shaula resopló, como riéndose de la idea.
—¿Yo, desmayada? Jamás haría algo tan supervergonzoso. Ni siquiera me desmayé después de reencontrarme con el Gran Maestro tras varios siglos, ¿sabe? Y aun así dicen que yo me desmayé… ¡Es tan gracioso que mi ombligo sudará de tanto reír!
—Emm… Entiendo que te resulte raro, pero en serio te desmayaste; Subaru y Meili estaban muuuy preocupados por ti, créeme.
—¡¿Eh?! ¡¿El Gran Maestro preocupado por mí?! Dejejeje, te creeré.
—Eso fue fácil.
—Debí haber visto venir que me tratarían como a un extraaa.
Shaula ladeó la cabeza.
—¿Por qué me desmayé? O sea, no es normal que me pase, y en esas situaciones lo superprobable es que todos terminen muertos, a excepción del Gran Maestro…
—Creo que sobreestimas a Barusu… digo, a tu Gran Maestro. Pero parece que eso fue lo que sucedió. Tómate un momento y recuerda… Recuerda la larga, larga escalera frente a ti.
—La larga, larga escalera…
La voz de Ram sonaba casi hipnótica, como si intentara llevar la mente de Shaula de vuelta a sus recuerdos.
—Al final de ella había una sala blanca, y una espada de acero clavada en el suelo. Y cuando la tomaron, una voz extraña resonó en la cabeza de todos…
—Mm-hmm, mm-hmm…
Shaula y Emilia se dejaban llevar por las palabras evocadoras y sensuales de Ram. Shaula estaba perdida en ellas, y Emilia, aunque ya sabía qué había pasado, permaneció callada para no romper el momento.
—Justo entonces, apareció una figura al fondo de la sala. Un hombre con ropa extranjera, cabello rojo largo y un ojo azul…
—¡¡HIAAAAAAHHH!!
Al llegar al punto crítico, Shaula soltó un grito y saltó hacia atrás. Intentó aferrarse a Subaru, pero él, previéndolo, bajó su centro de gravedad y usó todo su cuerpo para atraparla. Esta vez no cayó al suelo.
En su lugar, terminó sepultado bajo la piel suave de Shaula.
—¡AY AY AY AY! ¡¿Pu-pudiste recordar?! ¡Recordaste, ¿verdad?!
—¡¿Po-po-po-porqué está él aquí?! ¡O sea, ustedes me dijeron que había muerto! ¡Está supervivo! ¡Sabía que era alguien superimposible de matar!
—¡¿Qué?! ¡Oye, ¿qué estás di…?!
Con los ojos llorosos de dolor, Subaru intentaba entender lo que Shaula decía, hasta que de golpe lo comprendió.
Entendió lo que quería decir.
Solo había una persona que encajaba con esa descripción de la que habían hablado desde que llegaron a la torre.
Ese era…
—¡El Palillero! ¡Reid, el Palillero! ¡Ese superbruto! ¡Demonio! ¡Ha vuelto a la vida para toquetear mis tetas de nuevo!
Sección 6
Reid Astrea.
Ese era el nombre de un espadachín mencionado en las leyendas.
Un gran espadachín del que se decía que había derrotado a mabestias, maestros espadachines, dragones, y finalmente… hasta a una bruja.
El primer hombre en recibir el título de Santo de la Espada, y uno de los tres héroes que salvaron al mundo.
El origen mismo del glorioso linaje de los Santos de la Espada, la familia Astrea, de la cual surgió incluso Reinhard van Astrea, y que hasta hoy seguía siendo el mayor ideal de todos aquellos que vivían por la espada…
Era difícil de creer. Ese era el nombre de alguien que debía haber muerto hace cuatrocientos años.
Si no fuera porque se encontraban dentro de una torre construida hace cientos de años y con cierta conexión con la Bruja, habría sido algo que cualquiera se habría reído en su cara.
Pero allí había un testigo de hace cuatrocientos años.
Esa torre la había erigido el Sabio, quien vivió en aquella época.
Y considerando el sadismo de su diseño, colocar como guardián definitivo al Santo de la Espada original… y luego exigir que cualquier retador lo superase… era exactamente el tipo de cosa que el Sabio haría.
Con todo eso en mente, regresaron rápidamente al cuarto verde.
Sabiendo ahora que su oponente era Reid Astrea, tenían que idear algún tipo de plan. Por suerte, sabían exactamente a quién preguntar si querían conocer todo sobre las leyendas de un Santo de la Espada en particular.
Y, aún más afortunado, también tenían a alguien con conocimiento sobre las grandes figuras del pasado.
Por supuesto, era fácil imaginar que todavía estaría atormentado por su derrota. Pero si sabía quién había sido su adversario, eso debería aliviar su vergüenza. Después de todo, solo le había tocado un rival imposible.
A fin de cuentas, su oponente había sido el Santo de la Espada—el ancestro que fundó el glorioso y famoso linaje del que había nacido Reinhard.
Eso debería ser suficiente para borrar cualquier sentimiento de derrota…
Pensando en todas esas excusas, cuando Subaru entró al cuarto verde, en cambio se encontró con—
—Ese idiota…
En el centro de la sala, el espíritu había creado cuatro camas para los heridos.
En una descansaba Rem, en otra Anastasia, y al fondo, Patrasche.
Pero la cama entre Anastasia y estaba vacía.
Encima de ella, descansaba únicamente una espada rota de caballero.
Sección 7
El hombre abrió lentamente los ojos al escuchar los pasos en la escalera y sentir una presencia abrumadora erizarle la piel.
No había ira por ver interrumpido su sueño. Su vida siempre había transcurrido en el campo de batalla.
Como había vivido siempre en la delgada línea entre la vida y la muerte, sin importar lo que ocurriera, podía permanecer en calma. Otra cosa distinta era si tuviese ganas de jugar o no.
—…
Poco a poco, la figura fue apareciendo mientras terminaba de subir los escalones. Recordaba esa aura de combate. Del mismo modo, reconocía el sonido de los zapatos y la forma de caminar. Había sido tan reciente que no había forma de olvidarlo.
Pero, al ser el mismo oponente, lo encontró extraño.
—Pensé que era un poco más listo que esto…
—…
—¡Já!
Pero aquella impresión se borró en cuanto vio a su adversario.
En su lugar, emergió un impulso que lo hizo estallar por dentro. El hombre se revolvió el pelo rojo con violencia. Y entonces…
—Esta vez no voy a contenerme, oye.
—…
No creía que importara, pero como cortesía, le dio esa advertencia.
Al oírla, su oponente cerró los ojos un instante, para acto seguido despojarse de toda emoción.
Y entonces, su mano se extendió sin titubeos, arrancando la espada del suelo y alzándola en alto.
—De la Orden de los Caballeros Reales del Reino de Lugúnica, Julius Juukulius.
Pronunciando su nombre, el caballero cargó hacia adelante con resolución.
Los ojos de Reid Astrea se entrecerraron, y sus mejillas se torcieron con una sonrisa cruel.
—Mientras sigas usando ese título aburrido, ni en tus sueños serás un buen rival.
